Moonwalk

Ésta es una primera edición en español de la autobiografía de Michael Jackson, Moonwalk, publicada en 1988. Recuerdo haberla leído con avidez porque, después de mi familia, Michael era una de las personas más importantes en mi vida. Recuerdo que se publicó después de la gira Bad, a la que también pude acudir en su concierto español en el estadio de fútbol Vicente Calderón.

Este fin de semana fui a casa de mis padres, y allí estaba, en un estante de libros de mi hermano Gerardo, y volví a tocar sus páginas y leer escritas las palabras de Michael que quedan como constancia de su humanidad. Y sentí mucha añoranza. De mis padres y hermanos, de Michael, de mis adolescencia y juventud.

Recordé mis momentos álgidos de jacksonmaniaco, la música que escuchaba, que se centralizaba en torno a él (hasta que conocí a Prince), mis momentos bajos (que él curaba con su música) y toda la gente que he conocido que fuera fan de Michael.

Recuerdo mi emoción al poder colaborar, por primera vez, con mi timidez innata, en lo mínimo que pudiera y me dejaran, en su organización en España de Heal The World For Children, para poder poner mi granito de arena en su misión humanitaria en el mundo.

Todo lo que hago actualmente como artista, o proyecto de artista, tiene algún guiño a Michael (en mi vestimenta, por ejemplo, como sombreros, o guantes de lentejuelas, o gafas de sol, o en mi forma de bailar, etc).

Recuerdo uno de los momentos tristes de mi vida, su muerte, y la depresión que me dio (hasta hace poco no lo he asumido) y los mensajes de condolencia que me enviaron algunos amigos, como si se hubiera muerto alguien de mi familia, porque así consideraban esas personas que era, por lo imbricada que estaba mi vida con la suya (aunque él no lo hubiera sabido nunca).

Ahora no escucho su música, obviamente, tanto como antes, porque siento tristeza. Pero sigo al tanto de todo lo que ha acontecido desde que no está entre nosotros, aunque ya no estoy interesado en su familia, ni en sus discos póstumos, ni en los documentales que siguen intentando denigrar su persona y su legado, ni en los cotilleos.

Solo respeto todo lo que hizo en vida. Como este libro.

Rompecabezas

Mis pulmones funcionan a pleno rendimiento y mi corazón percute con latidos acompasados pero que se vuelven frenéticos cuando mis pensamientos, sentimientos y hechos claman libertad.

Tengo razones para pensar que aún no soy libre y que los embaucadores digitales están aprisionando mi intelecto mientras intentan llevarme por los derroteros del colectivo alienado.

Hay demasiadas señales de desasosiego que me alarman sobre los próximos precipicios. Pero es tan larga la lista de las cosas que tengo que cumplir para mi propia supervivencia que me desentiendo de ellos. Y cuando estoy estable, vuelo, en sueños, o en otras realidades, como la que me hace creer que puedo ser artista o que puedo aportar algo al ingenio humano.

Mientras que llegan las respuestas, grito.

Mientras que llegan las respuestas, respiro controlando el final de otro ciclo, el de la madurez.

Mientras que me hago más preguntas, suavizo los altibajos emocionales con los intentos de resolver el rompecabezas en el que me estoy convirtiendo.

Hace cuatro años yo era un completo desconocido

Hace cuatro años yo era un completo desconocido para los artistas con los que comparto cartel el sábado, día 14 de noviembre de 2020 (dejadme que lo especifique tanto porque para mí es una fecha a recordar para siempre).
Hace cuatro años era un completo desconocido en la escena artística y/o literaria madrileña.
Hace cuatro años era un completo desconocido para mí, no porque no me conociera a mí mismo, sino porque hasta hace cuatro años no había descubierto que seguía viva, dentro de mí, la llama del artista que se había encendido cuando era niño y adolescente.
No he tenido el gusto de coincidir con algunos de los que estaré en este evento, pero dejadme que haga un breve ejercicio de memoria con los que sí he tenido el placer de cruzar caminos.
Rebeca fue la primera. Recuerdo el Micrófono abierto de la Sala Alive, a la que solía acudir para descubrir nuevos talentos y subirme a su escenario con mis amigos de Lakedada o con los Dirty Bones o el gran Dakil. Recuerdo quedarme maravillado por su talento y haberme acercado, tímidamente, para decirle que iba, que va, a llegar muy lejos. Rebeca Soul con su sonrisa eterna y sus inmensas ganas de comerse el mundo.
Por orden cronológico, debo decir que el siguiente fue Miguel Angel Delgado, que ante mi entusiasmo después de su actuación en la misma sala, me regaló su disco de presentación y, pasado el tiempo, volví a coincidir con él  este año en el Micrófono Abierto de Calvario.
Aleatorio ha sido mi hogar literario, y espero pueda seguir siéndolo, y en él descubrí, en la famosa jam poética de los miércoles al irreverentemente genial Jorge Valverde y al, entonces para mí, tímido, Joako Perroverde. Muchas noches de poesía y narrativa, la que yo compartía en la minijam de microficción de los martes, bañada siempre de la sonrisa cálida e inolvidable de Escandar Algeet y la personalidad contundente de Carlos Salem. Después coincidiríamos en la sala hermana de Aleatorio, Alevosía, de la que tengo tan buenos recuerdos y que me llevará a contaros que en Aleatorio escuché a Miriam Martins y en Alevosía empecé a conocerla. La sinceridad de su mirada y sus carcajadas me animaban después de un duro y deprimente día de trabajo. Pero allí estaba ella, para curarme del desasosiego.
Ella y la persona que me impulsó a salir del bucle infinito de la rutina artística y creativa: Alfonso Gardi.
Alfonso me dio la oportunidad de crearme a mí mismo, dejando de lado los pensamientos negativos que me traían el ego y la inseguridad, tanto así que, cuando aún dudaba de mi propia capacidad para solventar la lucha entre mi libertad artística y mi miedo al fracaso, le pedí, en un momento dado, que si consideraba que yo no era artista merecedor de subirme al escenario, no tendría problema en aceptarlo y seguir con mis sueños enfrentándome a la realidad tomando otros caminos. Se sumaba el hándicap de que yo, al no saber tocar ningún instrumento, era el único que cantaba a capela. Y él me contestó (nunca se me borrará de la memoria la imagen de su cara y su sonrisa al decírmelo): “Eso jamás ocurrirá”.
Alfonso me abrieron una puerta, cuyo umbral nunca me atreví a pasar antes, y un mundo de nuevas posibilidades creativas, que yo ya había llevado hacía años en mis vídeos en YouTube y Vine, pero que nunca se habían materializado en el mundo real.
En Alevosía he descubierto a grandes artistas, como Kinfolks, con su destreza y virtuosismo musical, y a Gabriel Vidanauta, con ese humor tan tierno y esa presencia arrolladora.
¿Quién me iba a decir a mí, que tras el Primer Confinamiento, iría por primera vez a Calvario y allí me presentarían en mis actuaciones, Roura y Gabriel, alternándose junto con Miriam?
Todos en una. En una sala donde me he reunido con los amigos virtuales que hice en su micro abierto online por Instagram, donde pude degustar talentos y personalidades creativas tan arrolladoras como el propio Roura, Gabriel, Reich y Max Capiro.
El respeto mutuo, el no enjuiciamiento y la falta absoluta de miedo al qué dirán, me ha hecho , y está haciendo ser feliz, en Calvario y en Búho Real.
Y como esto va en orden cronológico, recuerdo la pregunta: ¿Y tú quién eres? Y la respuesta: Archimadito. ¿Y ése quién es? Y me quedé callado.
Momentos así son los que espero a veces. Porque me reafirman en mi falta de egocentrismo (aunque no lo parezca). Si te preguntas con quién tuve esa conversación y que ahora es un referente en lo que a libertad artística se refiere, él es el único e irrepetible Myjazz.
Y ahora yo… yo en un cartel…. En un escenario… ¡con ellos!
¡Felicidad absoluta!
Gracias a Reich y a Max Capiro por la oportunidad de, como me presentó Max un día, hacer lo que me da la gana.

 

 

 

Ocho soles

El primero, demasiado cerca. Tanto que pudo achicharrarnos. La nave casi no resistió.

Después, la hibernación, para llegar al siguiente.

El segundo pasó de largo, pues aún no habíamos despertado. Dio igual. No era nuestro objetivo.

En el tercero, ¡ya el tercero!, tuvimos tiempo de pasearnos por cubierta mientras el equipo científico descubría un par de planetas que podrían albergar vida. Fantástico. Volveríamos. No sabíamos cuándo, pero volveríamos.

Y vuelta a dormir.

Cuando las máquinas nos despertaron del segundo sueño, no todos pudimos volver a nuestros camarotes, pues muchos no sobrevivieron, y estando en órbita alrededor del cuarto decidí estar despierto un par de años durante nuestro trayecto al quinto. Me alegró la vida poder observarte durmiendo, imaginando que te acariciaba el pelo, mientras me iba cansando y perdiendo la esperanza de encontrar otras especies fuera de la Tierra. Demasiado tiempo desde que nos embarcamos para recorrer el Universo.

Decidí dormir los casi doscientos años que nos llevará llegar al sexto. Demasiado tiempo para que me esperes si decides despertar antes. Ahora no sé en qué fase me encuentro, ni sé si los demás han aguantado tanto trasiego corporal, ni sé si sigues tan bella como cuando reíste a carcajadas mi ocurrencia de pedirte mano en el Gran Hall de la Academia diciéndote algo que me repito, en mi subconsciencia, con cada latido ralentizado:

-¡Me gustas siete soles y te daré ocho si lo deseas!

Extracto de SOL

Se despertó de madrugada y fue entonces cuando escuchó los alaridos. Provenientes de los otros adosados. Y ruidos de carreras por la calle. Gritos y gente corriendo descontrolada. Como si les fuera la vida en ello. No se decidió a salir hasta que pareció llegar, de nuevo, el silencio. Pero cuando se dirigía a su coche, para revisar si tenía desperfectos por posibles vandalismos, cayó al suelo por un violento empujón. Y, aunque las farolas no funcionaban, pudo ver la cara, la media cara de su asaltante.

La Multitud

 

Esta vez mi paciencia ha sobrepasado su límite.

Esta vez he conducido un centenar de kilómetros para llegar hasta aquí, al culo del mundo, donde nadie me vea, donde no exista gloria ni alarma en lo que voy a hacer. Donde nadie ni nada, salvo el viento, intente detenerme y me haga repensar mi decisión.

Esta vez el borde del acantilado está a mis pies, en la semioscuridad, con las olas allá abajo, adivinadas por el sonido relajante de sus rompientes.

Esta vez he saltado.

Y el pitido del aire acelerado ensordece mis sentidos, cerrando los párpados, notando la presión de la velocidad en mi cuerpo que cae descontrolado.

Esperando el impacto. Esperando el click del apagado.

Y los segundos se hacen eternidad. Y otra vez estoy empezando a impacientarme.

Pienso, demasiado tarde, que voy a aplastar a algún habitante de las rocas, o a varios, con el guiñapo en el que me voy a convertir.

Y creyendo que ya está aquí el silencio, un murmullo gratificante me sorprende.

Pero, ¿qué hace aquí tanta gente?

 

cliff-vertigo-1464990

 

La Flor

Me cardo el pelo.
Maquillo mis decenas de arrugas mal distribuidas y me convenzo de que soy hermoso.
No hace falta que nadie me eche flores pues ya estoy en la edad del pasotismo social.
Aún así, me enfundo mi vestido más ceñido para llamar la atención. Y me pinto los labios.
Tiento la suerte y me atrevo a bajar a la calle para mostrar mi palmito.
Y a mi paso se alzan las mariposas del planeta, y ligo. Hoy, por fin, ligo.

Madrugando

-¿Qué maldito olor es ése? ¡Qué maldito calor! ¿De dónde sale? No hay ninguna fábrica en cientos de kilómetros a la redonda. Y en esta época del año no es de recibo este bochorno. ¿Ayer nevando y hoy este calor? ¡Maldita sea! Ni un domingo del Buen Señor voy a poder descansar tranquilo. Todos los días de madrugón, ¿y hoy también? Tendré que levantarme y salir a ver qué pasa, no vaya a ser que hoy sea el Día del Apocalipsis y yo ni me entere si me quedo aquí encerrado.

El hombre enfundado salió de su cabaña. El día anterior se había quedado hasta tarde bateando oro y no tenía sus sentidos al cien por cien, por lo que no estaba dispuesto a aceptar ninguna complicación en su día de descanso. Pero los accidentes son impredecibles y, aunque la onda expansiva había movido, sin que él se hubiera percatado, los cimientos de su vivienda, él solo notaba un calor intenso irracional.

– ¡Maldito bastardo! ¿No tenía otro sitio donde estrellarse? Parece un avión pequeño por el poco humo y ruido que ha hecho al estamparse contra el suelo. Es que ni me he enterado. O vaya sueño más profundo debo de tener últimamente.

Y allí, la nave, que él había tomado en un principio por una avioneta, tenía su morro incrustado en la nieve hasta la mitad de su estructura lingüiforme. Se quedó inmóvil sobre sus raquetas de nieve y lo vio. Claro que lo vio.

– Tranquilo buen hombre. Tenga usted en cuenta que tengo la sabiduría muy limitada pero que, aun así, supero el umbral de conocimiento de su especie. Es verdad que estoy perdido y que me he dirigido a usted arma en mano para activar mi autodefensa en caso de reacciones violentas hacia mi ser, pero no debe usted temer porque, ante todo, vengo en son de paz, y prefiero utilizar dardos psíquicos antes que dejar huellas materiales de mi paso por este planeta. Dicho esto, le ruego que deje de gritarme, que calme sus biorritmos y que deje caer el ejemplar de roca que tiene en su mano derecha. No es justo que quiera lastimar a ese ser indefenso. Defiéndase, en tal caso, con sus pensamientos e intente rechazar mi presencia con ellos. Pero le advierto que no es necesario. Aún queda muy lejos la fecha programada para la colonización y no me está permitida la injerencia en sus asuntos planetarios, por lo que le dejaré continuar su insulsa vida si me indica, de buena fe, cómo puedo llegar hasta el pico montañoso más alto de esta zona donde puedan recogerme mis congéneres.

Pataleta

La pataleta. La rabia. El estómago encogido. Y el puño apretado hasta doler, por no dar el golpe. Y los ojos humedecidos porque la sangre, que hierve, no tiene otro sitio por donde salir más que transformada en lágrimas. Y la boca desencajada con un grito sin sonido, pero tan hiriente como un chillido agudo al más alto volumen.                                                                                                               Y tú, enfrente, provocándolo todo. 

 

red-lips-1430845

Próxima estación

Nos mirábamos en los reflejos de la ventana del vagón de metro. A veces de soslayo, otras directamente, sin reparo, sin vergüenza, sin recato. Sabiendo que nunca nos dirigiríamos la palabra. Que el amor entre nosotros era tan fugaz como las estaciones de metro que dejábamos atrás. Que no tendríamos más oportunidades de encontrarnos en aquella ciudad atestada.
Daba igual. Eran más importantes las palpitaciones que sentíamos al vernos sorprendidos mirándonos la piel, el nerviosismo del primer amor de colegiales adolescentes que fuimos y la ingravidez emocional de no conocer nuestros nombres, nuestros destinos, nuestras vidas.
Deseando que nunca llegara el fin de nuestro trayecto para así eternizar la vorágine de las mariposas en nuestro corazón, el asalto de la calentura en el imposible contacto de nuestros dedos.
Sin sonreír, para no perder el encanto. Sin pestañear, para no perder detalle de lo fugaz de nuestro encuentro.

metro-3-1430623