Verano

Verano. Sandalias. Sudor a chorros desde los poros recalentados. Gafas polarizadas protegiendo los ojos enrojecidos. Harto de estar solo. Deseando desear. Para sudar aún más. 

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Prevenido

Mi madre me lo advirtió. Me lo dijo tantas veces que ya no me hacía efecto su prevención.

-No la mires a los ojos, que te embrujará y no podrás zafarte de su hechizo jamás.

Mi madre, tu suegra.

 

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Photo by Helmut Gevert from FreeImages

Palabrotas

Palabrotéame hasta que diga basta.

Susúrrame palabras sucias para excitarme, palabras necias para incitarme.

Y luego chisquéame para llamarme la atención, ningunéame para liberar mi explosión.

Palabrotéame, que te quitaré la vergüenza y me quitaré la desdicha.

Palabrotéame, que tomaré nota de tus palabras, no de tus palabrotas.

 

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Con poco

Con poco 

tengo mucho.

Me prevengo

de no querer más.

Te prevengo

de no pedirte más.

Más más más.

Y si tuviera demasiado

no valoraría lo poco

que te puedo dar

y lo mucho que me ofreces.

                 

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Elefantes

Mienten los que dicen que no escuchan crecer la hierba.

Mienten los que dicen que no se puede respirar en el vacío del espacio.

Mienten los que dicen que la mancha de mora con otra verde no se quita.

No hagas caso de los que no ven elefantes rosas surcando el cielo.

Desconfía de los que no creen que una sola palabra construye un mundo.

Márcate un rumbo sin contenido y libera tu mente.

Salta los mares. Nada los montes.

Y si algo te cierra el corazón, no desfallezcas. Y fíjate bien cuando sientas que estás ahogando. Quizás hagas pie.

Solo estira el espíritu, coge impulso y rebélate.

Volviendo a reír, volviendo a soñar, volviendo a volver.

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Rezos

Los santos la escudriñaban desde lo alto. Desde sus aposentos divinos. Y ella, indiferente, rezaba para encontrarse a sí misma. Segura de que así encontraría a Dios. 
Y los santos aplaudían su fe, aplaudían su búsqueda, aplaudían su entereza. Pero ella no los escuchaba. 
Porque estaba tan concentrada en su amor por Dios que ni siquiera escuchaba su propia respiración, ni sentía sus propios latidos, ni el fluir de sus pensamientos. 
Y allí estaba, rezando a un dios que quizás no existiera solo en su cabeza. Implorando el perdón por un pecado que aún no había cometido. Buscando en un rincón de aquella iglesia la divinidad. Porque aún no sabía que la divinidad estaba en ella.

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Felicidad

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Abuela

Perfecta.

Tan perfecta que da miedo. No por su aspecto físico, que es la envidia de los que la rodean, sino por su mente tan centrada, ecuánime y disuasoria.

Los que la conocen en la distancia envidian su seguridad. 
Los que la conocen íntimamente acaban huyendo de su avasalladora ternura porque no la creen real.

Nunca da pistas sobre sus pensamientos, y, menos aún, sobre sus pasiones, y a los que preguntan sobre sus emociones, que no suele mostrar abiertamente, les reclama que las mujeres no tienen que machacar con ajo su corazón en el mortero para que éste sea un remedio curativo contra los males de este mundo. 
Y no la comprenden. Nunca la comprenden, pues preferirían que fuera su lengua la que estuviera troceada y mezclada en cuencos de leche y miel para resarcirles de su amargura. 
Y así, ella sabe sobre la verdad de su vejez, que no es otra que el reflejo de la intrascendencia que la rodea, que intenta apagarla, sin jamás lograrlo.
Y así, ella sabe más que los otros que creen que saben más por ignorarla.
Sola, tierna, eterna, suave, libre.

Perfecta.

 

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El paseo

Quieta.
Esperando el momento perfecto, el espacio perfecto, la luz perfecta.
Siendo yo sola. Pero siendo yo.
Dejándome envolver por lo cotidiano, para captarlo con mi cámara, para celebrarlo, para desear más instantes sublimes.
Y compartirlos contigo, para mirarte, para abrazarte, para que me sientas otra vez libre. Libre en la prisión de tu corazón. 
Extasiada ante la belleza de lo que aún no he fotografiado. 
Pero hoy, que he venido a pasear por 1980, no hay nadie, y la sensación de sentirme observada es mucho menos fuerte que el placer de observar a través del objetivo de mi cámara, que alimenta mi búsqueda subjetiva de la belleza, tan recóndita a veces ella, tan sensible siempre yo. Y he llorado ante un hecho que siempre me fue imperceptible, y que he recordado hoy, cuando no había nadie para susurrármelo: Que los chinos también bostezan.

 

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