Ombligo

Escapo del infierno de tus ojos para caer en las arenas movedizas de tu boca.

No es que seas una trampa, es que eres un peligro para mis sentidos, pues al final caigo voluntariamente en tus excesos, los de personalidad, los de hermosura, los de tu inquietante ternura.

Y, sin embargo, tú me sigues mirando insultante, creyendo que acaparas el mundo porque te crees su ombligo. Me desprecias y me desesperas a partes iguales, porque has asumido que te amo y que puedes ningunearme a tu antojo, pero he de decirte que aún no he asumido mi papel de esclavo reprimido. Mi ama. Ama.

Ámame tú también.

 

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Melocotón

Por fin ha claudicado ante mis miradas más que insinuantes. A mis movimientos de manos hipnotizadores. A mis vahos perfumados dirigidos a su pituitaria perfecta. A mis roces de melocotón electrizante. A mis lubricados labios por los que resbalará su lengua exploradora. A mis microarañazos que microsurcaron su piel de porcelana. A mis susurros doblegadores de voluntades férreas.
Por fin ha accedido a mis súplicas nada humilladoras de enlazarme eternamente con ella.
Y ahora sí, por fin, tengo que aguaparme. Y aguaparla con mis ensoñaciones de enamorada. Y absorberla con mi mano para irnos juntas hacia el éxtasis. Y vivir lentamente en ella. Vaciándonos de temores. Liberándonos del peso de nuestras mentes. Abrazándonos en la poca sombra que da la luz cegadora de algo que se parece al Amor. Sin sus concesiones superfluas. Siendo así dos en una. 
O una en dos.

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Más que una mujer

Era, posiblemente, la mujer más bella que él jamás hubiera conocido. Era, seguramente, la mujer más inteligente con la que jamás nunca hubiera hablado. Y cuando decidió que debía abandonar los prejuicios de género, se dio cuenta de que era, con certeza absoluta, el ser vivo más feliz del Universo.

 

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Vainilla

La fragancia a vainilla y el pelo largo rubio invadieron sus sentidos cuando esperaba, a una hora demasiado temprana, en la parada de autobús. No quiso mirarla directamente para que no se diera cuenta de que la estaba observando, a tres personas de distancia en la cola, y le valía con la oleada de perfume que se expandía con cada movimiento de la muchacha.
Se daba cuenta de que los demás hombres estaban sintiendo las mismas irrefrenables ganas de inaugurar una conversación con la mujer, pero todos, como él, la tenían solo en su imaginación.
Cuando llegara el transporte, la magia desaparecería y llegaría la cotidianeidad que se la llevaría muy lejos de allí.
Y con la muchacha rubia, inmersa en su vida, que no sabría nunca de su existencia, se escaparían, de nuevo, los deseos de aventura, de cambio, de huida de una vida insulsa, demasiado llana, demasiado solitaria.

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Sin Cyrano

¡Hermosa mía! Te tengo dicho, muchas veces, que el narizota no está conmigo y que entonces no me siento obligado a escribirte bellas palabras. Ni tampoco a decírtelas. Para qué. Si es al final mi peculio lo que te convence. Más que mi bella cara o mi prominente masculinidad. Tampoco tienes tú ni verbo ni labia. Ni herencia ni dote. Ni sapiencia ni lujuria. ¡Vayamos pues al tema! El frenesí instantáneo bien lo merece.

 

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Orgasmo

 

Y, sin embargo, se adueñó de mi alma, pues ahora, cuando la busco no la hallo, y deduzco que debió de ser ella la que la arrebató de mi cuerpo, cuando lo encumbró a lo más alto del placer físico.

Y es que ahora la hecho en falta, cuando quiero llegar a lo más alto del placer espiritual.

 

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Versos cortos de pasión profunda

 

Si como una fresita,
sabor a ti.
Si huelo una rosita,
olor a ti.
Te guardo una cosita,
es para ti.
Corro si me necesitas,
ya estoy aquí.

 

Hoy he vuelto a enamorarme
y es que no puedo, no quiero evitarlo,
esta mañana al despertarme,
y encontrarte, mujer hermosa, a mi lado.

 

Te quiero con locura,
te amo con total pasión,
y si me das un besito
me da un vuelco el corazón.

Que soy tuyo no lo dudes,
que eres mía ya lo sabes,
por eso al abrazarnos,
el Amor en mi alma ya no cabe.

Hasta la noche espérame,
y entre tus brazos
haz un hueco, que sea abrigo de mi mundo.
Espérame sobre tus labios,
que en ellos mi amor abundo.

Miel de mis flores,
Luz de mis estrellas,
Agua de mis ríos,
Sangre de mis venas.

 

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(Fotografía: © Jesús Fernández de Zayas “archimaldito”)