Las artimañas perennes de ella le sublevaban. Tenía la convicción de que ardería en el infierno si claudicaba ante ellas. Era fogosa, voluptuosa y sensual, pero él se resistía. Por muchas carantoñas, por muchos chupetones en el cuello que le diera, él hacía caso omiso. Le ganaba su osadía de creerse exclusivo, único, incorruptible, y, por muchas danzas del vientre con sexo jugoso que se pusieran ante él, siempre cerraba los ojos y huía. No era que le gustaran los hombres en vez de las hembras, no era que se autosatisfaciera en la intimidad. Las mujeres le volvían loco, y soñaba con ellas casi de continuo, alternando sus fantasías eróticas con pesasillas laborales o de intrigas familiares. No era asexual, estaba convencido, pero prefería contener su virilidad ante tanta preponderancia de curvas de carne y perfumes envolventes. Aún así, ella insistía, y no perdía la oportunidad del guiño, ni de la relamida de labios, ni del contoneo exagerado de caderas. Sabía que, tarde o temprano, caería entre sus brazos y se hundiría entre sus piernas. Ningún hombre se le había resistido y este curita, se decía a sí misma, no sería la excepción.
Mis lectores sabéis que no suelo publicar textos de otros autores, pues casi todos tienen los medios para difundir sus obras, más aún con las omnipresentes redes sociales de hoy en día. Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, pido permiso a algún escritor o escritora para difundir una pequeña muestra de su obra en mi blog. Pues bien, hoy quiero presentaros a Zelia, una persona talentosa e implicada con la cultura y los movimientos sociales. El texto que sigue lo escuché leído de su propia boca en el último Micrófono Abierto de la Asociación Cultural La Brecha, de Aranjuez, y me impactó. Es por ello que espero que sus mensajes, el directo y el subliminal, os lleguen al intelecto, al corazón y a la rabia tal como me han llegado a mí. Con vosotras y vosotros, Zelia.
¿por qué cargo con esto? ¿porque arrastro con las miradas de los que quieren cambiar mi cuerpo? en las entrañas tengo sangre hecha bola, nudo que ni con agua se deshace, los coágulos espesos que encima llevan muertes aunque no tengan cuerpo tengo las palmas de los pies roídas, llenas de callos y pieles secas por el peso que carga mi cuerpo uso los pelos para tapar marcas que no quiero que se vean, las manos que en el recuerdo me ahogan, las bocas que no son eliminables, salivas que recorren caminos por los que nunca tuvieron permiso de entrada
en los vestidos está mi cuerpo para la exposición del resto, la tela apretada me deja desnuda en ojos por los que no quiero ser desnudada, está la presión de que no existan pliegues en el vientre, mírate de perfil mil veces y mete la tripa, disimula la curva que hay de ésta hasta el coño, solo hay un tipo de coño, tiene que ser plano sin pelo sin bulto con todo para adento, el coño de una niña, solo hay un tipo de coño
en los tirantes está la espalda demasiado ancha, poco fina para ser femenina, poco fina para ser mujer, creo que no lo soy en los tirantes están los pliegues de grasa que juntan a mí pecho con los brazos, brazos que no son delgados, uso mi mano para medir su grosor, no me dan los dedos para rodearlo entero, cuando me hago una foto de perfil lo separo un poco del cuerpo para disimularlo
en el corto del vestido están mis piernas coartadas de movimiento, están los muslos apretados uno contra otro provocando roce herida y sangre, más sangre, no hay movimiento, están las estrías y la celulitis, están las voces de los anuncios que enseñan piernas lisas sin una marca, piernas de muñeca de maniquí de niña, siempre de niña
en mis manos y mi boca está el tacto y el gusto de trozos de piel que no quise haber tocado ni saboreado en la memoria corporal está el recuerdo que me causa ganas de limpiarme, está el rechazo y el asco, están los kilos de cuerpo que alguna vez estuvieron encima mía o debajo pero sus manos me impedian, en algunos de esos cuerpos están las identidades de cuerpos que sin ser mujeres también sufrimos lo que es ser vistas en ellos
en mi culo y mis tetas están las miradas de los no conocidos desde que las propias tetas ni forma tenían
Me cardo el pelo. Maquillo mis decenas de arrugas mal distribuidas y me convenzo de que soy hermoso. No hace falta que nadie me eche flores pues ya estoy en la edad del pasotismo social. Aún así, me enfundo mi vestido más ceñido para llamar la atención. Y me pinto los labios. Tiento la suerte y me atrevo a bajar a la calle para mostrar mi palmito. Y a mi paso se alzan las mariposas del planeta, y ligo. Hoy, por fin, ligo.
Nos mirábamos en los reflejos de la ventana del vagón de metro. A veces de soslayo, otras directamente, sin reparo, sin vergüenza, sin recato. Sabiendo que nunca nos dirigiríamos la palabra. Que el amor entre nosotros era tan fugaz como las estaciones de metro que dejábamos atrás. Que no tendríamos más oportunidades de encontrarnos en aquella ciudad atestada. Daba igual. Eran más importantes las palpitaciones que sentíamos al vernos sorprendidos mirándonos la piel, el nerviosismo del primer amor de colegiales adolescentes que fuimos y la ingravidez emocional de no conocer nuestros nombres, nuestros destinos, nuestras vidas. Deseando que nunca llegara el fin de nuestro trayecto para así eternizar la vorágine de las mariposas en nuestro corazón, el asalto de la calentura en el imposible contacto de nuestros dedos. Sin sonreír, para no perder el encanto. Sin pestañear, para no perder detalle de lo fugaz de nuestro encuentro.
Quieta. Esperando el momento perfecto, el espacio perfecto, la luz perfecta. Siendo yo sola. Pero siendo yo. Dejándome envolver por lo cotidiano, para captarlo con mi cámara, para celebrarlo, para desear más instantes sublimes. Y compartirlos contigo, para mirarte, para abrazarte, para que me sientas otra vez libre. Libre en la prisión de tu corazón. Extasiada ante la belleza de lo que aún no he fotografiado. Pero hoy, que he venido a pasear por 1980, no hay nadie, y la sensación de sentirme observada es mucho menos fuerte que el placer de observar a través del objetivo de mi cámara, que alimenta mi búsqueda subjetiva de la belleza, tan recóndita a veces ella, tan sensible siempre yo. Y he llorado ante un hecho que siempre me fue imperceptible, y que he recordado hoy, cuando no había nadie para susurrármelo: Que los chinos también bostezan.
El ambiente, lleno de líquido enloquecedor aunque a algunos les pareciera enriquecedor.
El calor, lleno de lujuria en cada cruce de miradas.
Y allí estaba yo, fuera de lugar, como siempre. Y mis amigos burlándose de mi desánimo y de mi apatía. Y es que estaba ya aburrido de tanto amor libre y de tanta palabrería utópica y desenfrenada. Sabía que siempre hablaban por hablar. Para llenar sus vidas vacías, para vaciar sus vidas llenas. Y a punto de marcharme de la fiesta apareciste tú. Despreciándolos a todos. Poniendo caras neutras ante sus gracias, que solo a ellos hacían gracia. Y me quedé para observarte. En la distancia que nos separaba, una pista de baile de cuerpos caóticos. Tú quieta. Yo quieto. Tu quietud, mi liberación. Cada uno de tus tragos, mi hipnotismo. Nunca haría nada por conocerte. No quería romper la magia efímera de mi descubrimiento. Solo supe, con certeza, que jamás podrías amarme. Pero tampoco podrías vivir sin mí. Porque en cuanto volviera a la realidad, la que me abrasaba con su artificialidad, desaparecerías de mis deseos, de mis sueños de libertad, de mi imaginación sin contaminar, de mi vida.