Con los sonidos

Con el sonido lejano del violín desafinado mis manos dibujan ondas en el aire.

Con el sonido cercano de tu voz apasionada mis latidos componen una melodía enamorada.

Con el sonido de la brisa en la tarde luminosa mi mente dibuja paisajes de paraísos cercanos.

Con tantos sonidos que creo escuchar, los de mis lágrimas cayendo sobre mi regazo son los únicos que me recuerdan que estoy solo en este planeta.

 

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Pionero

Vuelvo a estar solo otra vez.

Casado y con hijos, pero solo otra vez. 

Con amigos, pocos y escogidos, y cientos de conocidos, pero solo otra vez.

Echando de menos el contacto humano.

Queriendo salir y abrazar. Queriendo conversar y, sobre todo, escuchar.

Solo, siempre solo. 

Y cuando me entra el bajón, me pregunto, después de secarme las lágrimas, que a veces no puedo controlar: 

¿De qué vale la fama?

¿De qué vale ser un pionero?

¿De qué vale vivir algo extraordinario?

Si, al final, estoy solo.

(Diario Personal, clave a69X8THRE3, Mars Mission Dome/ Cúpula Misión Marte)

 

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Marca

Era inapreciable la marca del odio en mí. La que transformaba la vida del que osaba estar a mi lado. Cuando divagaba con su trascendencia, hundía el ánimo del más cauto, del que se creía seguro en su guarida de felicidad. Y entonces, atacaba. Y solucionaba todos mis problemas. Me aceptaba a mí mismo y me sentía bien por ello. Hasta que volvían a encerrarme. Hasta que, en mi obligada soledad, me volvía a sentir incomprendido.

 

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Ocasionalmente

 

En una ocasión, cuando creí dormir, estaba muriendo.

En otra ocasión, cuando creí correr, estaba huyendo.

En una tercera, cuando creí llorar, estaba sabiendo.

En todas, cuando deduje que era yo quien erraba, decidí meditar, parar mi tiempo, para preguntar a la vida si podía quedarme, si podía luchar por ser eterno.

Y obtuve, por respuesta, solo silencio, silencio solo.

Pues era yo, en esa soledad, quien estaba quieto. Sin soñar, sin correr, sin saber.

Solo yo, en el vacío de mi plenitud.

Solo yo, en el hartazgo de mi esencia.

Con una única conciencia.

Inconsciente de mi dicha. Inconsciente de mi lucha. Inconsciente de la verdad, que se asemeja al infinito. Que se acerca al pasado, presente y futuro, armonizados en el grito intenso, concentrado en una ilusión: Ser vacío, ser forma, ser todo, ser nada.

No ser, para ser. Ser, para no ser.

 

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Egoísmo

Remaré tantas veces al viento

que mis brazos tensarán mis desgracias.

 

Lucharé tantas veces por mis risas

que ningún sistema de fuerzas ahorcará mis osadías.

 

Pero no creeré más que en mí.

Pero no seré más que yo.

 

Y si tú quieres, lucha conmigo,

porque uno solo rema demasiadas veces,

porque uno solo acaba quebrando sus ilusiones.

 

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Lámpara

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                                       Visualizó un enchufe.           Se acopló a  él.                 Irradió luz.                              Se convirtió en lámpara.      Les quitó la oscuridad.              Las penumbras.                     La soledad.

La declaración

   No era muy dado a hablar en público. Ni siquiera tenía presencia para hacerlo. Ni nunca tuvo tema lo suficientemente atractivo para embaucar a los posibles oyentes.

   No comprendía, entonces, por qué le habían escogido a él para transmitir ese mensaje que ni siquiera él comprendía.

   Tan humilde y tan apocado. Tan poca cosa.

   Se acercó a aquella reunión en el comedor social para abrigarse de la soledad que le esquilmaba en la miseria de la calle. Ese peregrinar rutinario para no sentirse olvidado por el resto de la especie humana. Y de paso, comer caliente. Y aquel hombre robusto, que ya había visto antes, mirándole siempre de reojo, mientras hablaba con las monjas que regían todo con disciplina férrea.

   Y sin haberle dirigido palabra alguna antes, le tomó por el hombro y clavó su mirada de vidrioso azul para espetarle.

   -Sé que eres el elegido. Y ha llegado tu momento. Ha llegado la hora de hacerles saber a los otros que has venido a redimirles.

   En tres ocasiones se repitió la misma escena. En diferentes enclaves. Y siempre rodeados del barullo de los otros miserables.

   Y en ninguna de ellas contestó. Pensó que aquel loco se olvidaría de él. Que alguna paranoia extraña le hacía tener aquella fijación. Y que tan pronto como había pasado de la ignorancia a la manía persecutoria, volvería a no reconocerle entre la multitud.

   Pero se equivocó.  Ahora estaba allí. Ante otra multitud. Con un micrófono en la mano. Engalanado con un traje de etiqueta. Bien rasurado, peinado y perfumado. Irreconocible para él mismo.

   Y cien mil ojos mirándole. En silencio. Bajo un cielo más azul que nunca. Aguantando la respiración. Hambrientos de conocimiento.

   Y otros cientos de ojos artificiales enfocando sus iris al simpar. Tantos como países tenía el mundo. Esperando la declaración.

   Miró por última vez hacia atrás, hacia el fondo del escenario, para asegurarse de que allí estaba ojosazules, incitándole con la mirada y con la mano nerviosa para que hablara.

   Tímido, humilde, pero sobre todo, sincero.

   -Yo… soy… Dios.

 

 

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(Relato presentado al V Concurso de Relatos Breves de Diari de Terrassa, con seudónimo “Virgilio Taciturno”)

Las horas llanas

 

  Las horas llanas. Sin altibajos. Sin emociones. Vacías. Tan distantes los recuerdos. Tan próximos los pensamientos, los peores pensamientos. Esos que la soledad aflora. Tan poco caritativos con el espíritu débil. Sin control inmediato en una cabeza martirizada.

   Deseando que las horas llanas pasen, para caer en el nuevo día con más horas llanas.

   Y siempre, algo irremediable, siempre vacío.

   En el corazón.

 

Dulzor amargo

  Él, por supuesto, se creía supergracioso, y con las carantoñas y piropos recargados a las señoritas y señoras, se granjeaba nuevas enemigas, pues a ninguna gustaba su empalagoso estilo. Pero él hacía oídos sordos y miradas ciegas. Y seguía en sus trece.

   Y los más escandalosos comentarios machistas salían de su boca para no verse descolgado de las variadas pandillas de amigotes en las que andaba infiltrándose. Todo coches, mujeres y cerveza. Y llevaba a rajatabla aquello de que si no hueles a sudor, tabaco y vino no eres hombre.

   Mas cientos de conocidos no eran bastantes para llenar su vacío, ya que cuando llegaba a casa muy de noche, ningún verdadero amigo, ningún amor de mujer, hombre, niño o animal espantaba su soledad, tan profunda que lloraba silencioso ante su propio reflejo en el espejo, mientras se cepillaba los dientes ensayando alguna mueca que otra para demostrar su encanto a la mañana siguiente ante más desconocidos.

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