Y apareció

Unos estaban locos. Otros estaban locos. Los pocos, con cordura, sorprendían por su locura. 
Y apareció él: El Loco.

 

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La caja de madera

Sabía que encontraría vacía la caja de madera. Había estado probando cantidades industriales de su contenido durante meses. Y aun así, necesitaba seguir consumiendo aquella sustancia maravillosa que le habían prometido que llenaría su vida de instantes felices e irrepetibles. Se había prometido a sí mismo dosificar la apertura de su cerradura, para eternizar el efecto altamente beneficioso para su cordura y, sobre todo, para su creatividad. Pero se dio cuenta, demasiado tarde, que se había convertido en un dependiente de las endorfinas provocadas por aquellos orgasmos psicodélicos insuflados por aquel maná que parecía no acabarse nunca.

Pero se acabó. Y con el vacío que tocaba cada vez que metía los dedos en el recipiente sagrado, se desmoronaban sus ganas de vivir. Y con su desánimo llegó el declive de su cuerpo, de su agilidad mental, de su rendimiento en el trabajo.

Y decidió volver a suicidarse. Y decidió volver a fabricar otra caja mágica. Para volver a ser feliz. Para repetir el ciclo. Hasta que alguien le rescatara de su soledad. Hasta que alguien le liberara de su maldición, mostrándole la verdad, mostrándole el hecho de que aquella caja con la que jugaba en su imaginación no era otra cosa que su corazón vacío, tan necesitado de amor.

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Manifestándose

Reía y producía endorfinas a toneladas para que me escucharais, pero me rebajabais la autoestima con el peor de los insultos: La indiferencia.
Cuan equivocado estaba creyendo que no os fijaríais en mí cuando podíais localizarme en la distancia si teníais una buena pituitaria. Lavarse siempre ha sido un acto fundacional, y yo, que me considero un antisistema, me lavaba lo justo y necesario.
Según daba un paso, os ibais separando a ambos lados, y yo me carcajeaba cada vez más, y se despegaba mi ego a niveles estratosféricos cuando intentabais encontrar, sin conseguirlo, el origen de aquel olor nauseabundo, a la par que tapabais vuestras narices con mangas, manos o pañuelos. Y seguía riendo, antes de que os percatarais de mi existencia, antes de que dedujerais que en el más allá no necesitamos lavarnos porque es así como nos manifestamos desde el inframundo contra las injusticias de vuestro mundo.

 

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La realidad eterna

La realidad insana la barbarie apocalíptica la sinrazón metódica el jolgorio de la desesperanza el embrutecimiento de la carcajada la tachadura del prejuicio la sensación inerte el oscurantismo más brillante el tremendismo desasosegante la mentira triunfadora la contundencia de lo gris el materialismo abrasador el péndulo que no oscila y la prisión.

La prisión eterna.

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El vuelo. (Dedicado a Tilikum)

El aplauso continuo que no entiende. El parapeto transparente contra el que se estampa continuamente. Los sonidos ininteligibles y tan lejanos, allá arriba, donde disfruta cruzando el aire para caer en plancha y salpicar a los intrusos, a los ilusos que ríen por verlo sufrir.

La soledad eterna que mina su cordura y entendimiento. Y los malos pensamientos que le asaltan cuando desea que los que le obligan a realizar acrobacias antinaturales mueran en medio de terribles dolores, como los que ellos le infieren con sus palos largos, con los que atizan su terror hacia ellos. Un mar, un mar es lo que necesita, un mar y no otra cosa. Un mar y una compañera para disfrutarlo. Para huir al sitio más lejano donde no vuelva a ver a ninguno de esos seres tan crueles y despiadados. Un mar desconocido, donde no puedan encontrarlos ni darles caza. Y la esperanza lo calma, cuando recuerda que en pocos golpes se resquebrajará su cárcel. Cuando sabe que con la última carrerilla desaparecerá su alma mientras aplasta a los espectadores que no lo aman. Y quizás, después del último estertor en el aire que no es líquido, vengan sus antepasados para llevarlo al infinito horizonte azul que cubre todo el mundo, el que le prometieron cuando era un recién nacido.

Y el aplauso continuo que no quiere sigue llegando distorsionado desde el otro lado, mezclado con vibraciones que retumban en su estómago.

Toca volar.

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Tilikum fue una orca macho que vivió en cautiverio en el parque SeaWorld de Orlando, EE. UU.

Guinness World Record

Evitaba eliminar a más de uno al mismo tiempo. Entre uno y el siguiente quería parar para vomitar, pero no lo hacía porque el tiempo apremiaba y porque debía cumplir las reglas. Sabía que batir el récord era posible.

Al jurado, sentado frente a él en el anfiteatro, presenciando la escena sin moverse, no parecía que le influyera demasiado el método utilizado. Lo importante era que cumpliera su objetivo.

El silencio solo se rompía segundos antes de cada ejecución. Cuando la víctima, con la boca amordazada, los ojos cegados por anchas vendas opacas y las extremidades inutilizadas con bridas, notaba el frío del metal en su gaznate y emitía un pequeño gemido antes de ser sajada, a un volumen tan bajo que la siguiente no se percataba de que era la próxima en caer.

Y así una tras otra, a una velocidad increíble, con un virtuosismo desconocido.

Cuando terminó, tuvo que descalzarse. Dejó caer el arma aflojando la tensión de su mano derecha, sin ruido estrepitoso, pues la abundante sangre en el escenario amortiguaba el impacto. Bajó los escalones, que continuaban calientes, pues habían sido pisados por demasiados pies camino al cadalso.

Se dirigió a la tribuna donde esperaban los jueces. Y escuchó. Y uno tras otro aplaudieron rabiosamente. Y su rostro mostró la más absoluta felicidad.

Había conseguido batir el récord: Ahora sería el asesino en serie más famoso de la Historia.

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Mea culpa

Señorita Culpa: Ha vuelto usted a distorsionarme, a hacerme ver una parte de mí que no conocía. Ha vuelto a incidir en mi papel en el entramado del ciclo de la muerte. Pero, se lo ruego, no me haga sentir mal.

Es cierto que hoy he vuelto a resucitar pero, la verdad, ya me estoy hartando de volver a la vida cada vez que se me necesita.

Y usted sabe que llegará el momento en que no me sienta culpable ni decepcionado por no poder hacerlo.

Creo que ya me he ganado el derecho a descansar en paz eternamente.

 

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Mejor

En la oscuridad previa, los pensamientos cabalgan desbocados.

En la penumbra plena, esos pensamientos, que se han transformado en pesadilla sudorosa, le despiertan. Y se ve a sí mismo boca abajo, con la cara mojada por su propia saliva y los ojos ardiendo por las lágrimas.

Y se asusta, porque todo el cabecero de la cama está bañado en luz, porque, temiendo que aún siga soñando, se yergue y, apoyándose sobre los codos, observa sus manos que brillan en fosforescencia amarilla.

Tras un desesperado parpadeo, vuelve a enfrentarse a la realidad extraña y ve como sus uñas pintadas en rojo quieren arrancarle los ojos y las manos en garfio quieren estrangular su cuello.

Y la oscuridad desaparece, pues, por fin, todo él es luz.

Y gime de terror intentando no despertar a su acompañante, para que no le tome por loco.

Y, como un resorte, salta de la cama, descalzo, sintiendo el frío en sus talones, tropezando, ahogando el chillido del meñique golpeado con las malditas patitas del sifonier.

Y la luz envolvente va diluyéndose, convirtiéndose en un torbellino que desaparece por la puerta del dormitorio. Y se atreve a preguntar, musitando. Pero no llega la respuesta.

Mejor.

 

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Punto de encuentro

A más velocidad aparecen las arcadas, y calmo el ritmo para recuperar la compostura.  
Tengo tantas ganas de llegar que me olvido que, tarde lo que tarde, estarán esperándome, que no se irán sin mí. 
No quedan vehículos y tengo que hacer el trayecto por mi propio pie, por lo que debo extremar el cuidado en no torcerme el tobillo o en clavarme cualquier arista del camino o cualquier elemento extraño abandonado. Cuando se agarrotan mis gemelos, me detengo para frotármelos con ambas manos, y vuelvo a la carretera.
Tengo unas ganas inmensas de volar, pero me controlo porque, si no, llamaré la atención y alguna de las patrullas policiales itinerantes retrasará mi llegada al punto de destino. 
Los otros deben de estar actuando de la misma forma porque no veo a ningún alado en las inmediaciones. Lo suyo es que todos nos ocultemos de miradas que podrían dar la alarma a las autoridades. Y si éstas se enteraran de nuestra existencia, el Plan se torcería. 
El Sol ha desaparecido hace rato y no se avistan aún las balizas lumínicas que señalan el punto de encuentro. 
Seguiré corriendo a un ritmo más pausado, para que uno de mis dos corazones pueda entrar en “modo espera” y no consuma parte de mis energías, más necesarias que nunca. 
La visión nocturna se ha activado automáticamente y son más visibles los resaltes de la pista, que se nota que no ha sido asfaltada hace tiempo.
Mi respiración se anula periódicamente, en intervalos de dos minutos y medio por cada hora, y así no se perturba la oxidación de mis células.
Ningún rastro animal ni vegetal me distrae de mi focalización en el punto previamente fijado en el horizonte. Y si escucho algún sonido, es el de mi propio corazón, el activo, que bombea y recicla sangre a un ritmo vertiginoso. 
Las zancadas son cada vez más largas, porque mi impaciencia se va acumulando y las visiones premonitorias me dan continuos subidones de adrenalina.
Sé lo que me espera cuando alcance las coordenadas prefijadas en mi cerebro por el Maestro.
Lo más importante será que los “no alados” elegidos no se arrepientan. Ahora se sentirán secuestrados, apartados de sus seres amados, extraídos de sus vidas “felices”, abducidos de su presunta sociedad perfecta, humillados, anulados, manipulados. Pero con el tiempo, y después de un adoctrinamiento y adiestramiento continuos, verán la realidad, verán que son piezas claves en la Gran Recuperación. 
Poco a poco, en mi penumbra realzada, atisbo movimiento en la lejanía, y manteniendo mi aceleración continua, a media madrugada estaré brindando con mis colegas venidos desde todos los rincones del planeta.
Se supone que el “Invisibilizador” ya estará cubriendo, con su manto de frecuencias, el núcleo de simas de escape.
Los satélites y radares humanos no se percatarán de la gran huída hacia el espacio, formada por más de un millar de lanzamientos hiperlumínicos.
Tengo fe en el Maestro porque Él, con su sintonía con el Gran Consejo, ha precipitado los acontecimientos humanos para cribar los seres necesarios para la reconstrucción de la especie en otro planeta con condiciones biosféricas radicalmente distintas a las de este mundo fallido.
Preferimos la adaptación de los ya existentes a la nueva experimentación con la creación de nuevos seres que podrían acabar siendo inválidos.
Cuando atraviese la frontera de la cúpula de radiación, podré extender mis alas y dejar descansar mis extremidades ya extenuadas.
Falta poco. Lo intuyo, pues las oleadas de júbilo impactan en mi córtex y me imbuyen de felicidad extrema.
Cuando me olvido, los espasmos me sobrevienen, y tengo que detenerme. Pero la esperanza me apantalla la conciencia y el silencio de la noche me relaja la euforia. Porque, al fin y al cabo, ellos me esperarán. No creo que el Maestro me haya mentido al marcar mi destino con el papel que cumplirán mis genes en el Plan, pues una gota de la sangre de mi corazón ralentizado aprobará y activará el código matemático de multilanzamiento a las estrellas. Por supuesto que me esperarán.

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