No tengo derecho a tocarte. No tengo derecho a mirarte a los ojos ni, menos aún, a recorrer tu cuerpo con mi imaginación. No tengo derecho a hablarte ni, menos aún, a susurrarte palabras que considero hermosas. No tengo derecho a creer que eres mía. Tengo el deber de respetarte, de echarte de menos cuando no estás conmigo, de liberarte de tus miedos y ansiedades, de protegerte y cuidarte. Pero no porque hayas decidido acompañarme en el camino de la vida, sino porque, contrariamente a lo que tú pudieras creer, la verdad es que adoro la soberbia de tus matices.
Debería quejarme menos y escribir más. Dejar de llenar mi boca de palabras insulsas, sin sentido, cuya única finalidad es el quedar bien ante los demás, y armarme de paciencia, talento y rebeldía para atacar al Sistema y a todos los que adoran sus templos de intelectualidad y basura mediática. El mundo se merece un revulsivo para seguir evolucionando, y cuando me refiero al mundo me refiero al planeta, a la Tierra que nos ve nacer y morir cíclicamente, y también me refiero a la masa de humanos que corrompen la armonía del Universo. Debería llenar hojas y hojas y hojas con palabras hirientes, que invocaran la conciencia de la especie primigenia, antes de que sea demasiado tarde y los quejumbrosos habitantes de las civilizaciones fallidas se hundan en la miseria ética y moral, antes de que desaparezca el inmerecido estado de bienestar que idolatran todos los que sabotean las leyes del amor, respeto y tolerancia hacia lo ajeno. Debería mandar a paseo a los gurús económicos y financieros, a los políticos calentadores de poltronas, a los medios de comunicación incomunicadores, a los falsos profetas de lo perennemente bello. Debería escribir y dejar de quejarme a los oídos sordos, a las voluntades inconexas, a la barbarie de la desidia. Tengo tiempo. Toda una vida y las siguientes en las que no creo. Y después de escribir las palabras, las gritaré. Y las actuaré.
Parece que la instantaneidad de los contenidos de las redes sociales estuviera cambiando el «chip mental» de las personas. La velocidad del consumo de información y la aceleración de la difusión de los hechos privados, colectivos y globales, hacen que las nuevas generaciones de la Era Tecnológica, y las más viejas, que se han adaptado a trompicones para sobrevivir en ella, parecieran creer que detrás de esos hechos no hay personas, seres humanos de carne y hueso, que tienen una vida propia que, muchas veces, va desacompasada con la velocidad de comunicación en esta nueva era. Se mantiene la privacidad, la intimidad infranqueable, que no quiere ser difundida entre en el resto de mortales. No todo es la vida bella que muchos quisieran para el prójimo y para sí, y muchas tragedias ocultas marcan el ritmo vital de muchos humanos. Que alguien no te conteste un segundo después, que alguien no te tenga al tanto de sus movimientos vitales, no hace de esa persona alguien antipático, descortés o aburrido. Son seres reales con vidas reales en un espacio-tiempo real (o relativo según la física cuántica). Y merecen, merecemos, respeto.
Cierro mi orto Para que tú me metas bien el dedo Mi cuarto ojo Para que tú, entiendas mi dolor
Para que oigas Hoy de verdad Lo mucho que me duele Para que veas Para que creas Que vivo Ya un horror.
Abro mi orto Para que tú me cures libremente Para que tú Me mires y no tiembles Y puedas darme Pomada otra vez
Abro mi orto Para que cortes las venas sanamente Para que pongas sutura y no tiembles Y puedas darme De alta de una vez
No me moveré, no me moveré Puedes hacer, lo que quieras conmigo No me quejaré, ya no lloraré Cúrame ya, las hemorroides, doctoooor
(Letra de Jesús Fernández de Zayas «Archimaldito». Cántese o recítese con la música de la canción «Cierro mis ojos», compuesta por Manuel Alejandro e interpretada por Raphael)
Han pasado 25 años desde que empezó el siglo 21. Convivimos con tecnologías que dicen que sirven para mejorar nuestra calidad de vida (y de muerte). Y, después de tantos siglos, seguimos aceptando nuevas corrientes filosóficas, económicas y políticas, aunque en lo social seguimos arrastrando falsas apreciaciones de lo que está bien o mal, aceptando clichés impuestos por las religiones o por las normas sexistas, clasistas y estéticas. Parece mentira que aún seamos minoría los que no estamos de acuerdo con estas normas erradas impuestas. He apoyado y apoyaré, con mis acciones, muchas campañas de concienciación y conciliación entre los seres humanos, para que se cumplan los Derechos Humanos Universales y, de vez en cuando, saldré del anonimato para poner mi cara y mi cuerpo visibles en el escaparate social. No hay otra forma de acabar con el adormecimiento del prójimo, con el sometimiento del poderoso, con la sinrazón de la discordia de las ideas.
Armaduras, de Marta Pinilla. (Fotografía de Jesús Fdez. de Zayas «Archimaldito»)
Mi nombre es Jesús Fernández de Zayas, y soy conocido artísticamente como “Archimaldito”.
Perdone mi atrevimiento, pero dado que abandoné las redes sociales hace casi un año, cuando cumplí los 57, no tengo otra forma de dirigirme a usted.
Conozco y disfruto de su música desde mi infancia, pues mis padres, emigrados en los años 60 a Francia, reproducían, una y otra vez, en un “pickup”, sus sencillos.
Empecé a cantar meses después de que falleciera mi padre, en el año 2016, para salir de la depresión en la que me sumí por este hecho, y sin saber si se iba a convertir en algo más que un puro entretenimiento, para evadir las penas personales y los estreses laborales.
Pero poco a poco, animado por el público de las “jam sessions” y micrófonos abiertos a los que acudía, me di cuenta que podía cantar todo tipo de canciones y que podía moverme en el escenario con soltura.
Los cantantes a los que más he homenajeado con mis interpretaciones han sido Prince, Elvis Presley y usted, intentando respetar su espíritu en cada una de mis intervenciones sobre un escenario.
Ayer, día 12 de septiembre, actué en una sala de Madrid llamada Thundercat, en la que, otra vez, me invitaron a cantar su archiconocida “Mi Gran Noche”, y al terminar, los músicos coordinadores del evento me indicaron que toda la sala, con casi 100 personas, se enfervoreció con mi “performance”.
Cuando regresaba a casa, sumido en mis pensamientos, me di cuenta del éxito que he estado cosechando durante estos años, homenajeándole a usted reinterpretando algunos de sus mayores éxitos, pero me entristeció darme cuenta que, al no ser yo un profesional de la música, todo el entusiasmo del público, y el mío propio, era efímero, y que la realidad de la cotidianidad me volvería a envolver, positivamente, al día siguiente, hasta mi próxima actuación.
Y pensé en las veces que, cuando estaba en las redes sociales, usted o, con casi total seguridad, alguno de sus colaboradores, habían visto alguno de esos momentos de homenaje hacia usted, y habían agradecido y engrandecido, en cierta manera, como es habitual ahora en la nueva era tecnológica en la que vivimos, con el susodicho “me gusta” o “corazoncito” de las plataformas al uso.
Y pensé, como conclusión, en escribirle esta carta, porque a la edad que tengo, me apetece hacer las cosas que siento, siempre con respeto y dignidad y, por ello, quisiera transmitirle mis deseos de conocerle en persona y estrechar su mano para agradecerle todos los años de felicidad que he tenido con su música.
Cuando hace unos años estuve con mi madre, hiperfan suya (desde que le conoció en Sevilla en persona hace casi 70 años), en su concierto en el WiZink Center, no podía suponer que, pasado ese tiempo, ella adquiriría la fatal enfermedad de Alzheimer, y ahora me recuerda, como es normal en esa enfermedad, aquellas veces que le vio, y yo, para animarla, le canto alguna canción suya o le envío alguna grabación que me han enviado amigos del público de mis actuaciones. Y en su inocencia y candidez me pregunta si voy a cantar alguna vez con usted. Obviamente le respondo “Todo se andará, Mamá, todo se andará”, para mantener su sonrisa.
El tiempo pasa, pero la ilusión permanece, y ella es la que nos mantiene vivos. Tener sueños y proyectos mantienen las ganas de vivir. A ello me sumo todos los días, con esperanza.
Reciba un cordial saludo.
Siempre raphaelista.
Jesús “Archimaldito”
Postal con autógrafo de Raphael, propiedad de Jesús Fdez. de Zayas «Archimaldito»
¿Es la I.A. a lo que me dicen que tengo que adaptarme, los que supuestamente saben mucho de la vida, de la inteligente y de la otra? Resulta que ahora cualquier ser humano mediocre, sin talento, sin sabiduría, sin conocimientos ni cultura, puede escribir libros y canciones, hacer exámenes (en remoto, claro, o hasta presenciales a hurtadillas), dar conferencias y ganar concursos y puestos de trabajo, porque puede utilizar la Inteligencia que él no tenga naturalmente, y liderar el mundo filosófico, económico y social. ¿Os puedo decir algo, por escrito, a los que defendéis a capa y espada (o debería escribir, a neurona y axioma) la utilización de la IA, o AI?
¡IDOS A LA MIERDA CIBERNÉTICA (Y A LA OTRA TAMBIÉN)!