XXI

Desde niño siempre me ha rondado por la cabeza la idea de una necesaria revolución, después de haber estudiado, durante años, las múltiples revoluciones que ha habido a lo largo de la Historia de la Humanidad.

Todas ellas las he considerado incompletas porque ha sido manipuladas por los intereses creados de ciertas élites. 

Y ya en el siglo XXI, me da la impresión de que el mundo sigue igual que siempre y que el inmovilismo ha creado monstruos que nos están devorando, tanto a la especie humana como al planeta Tierra. 

Confío en que las nuevas revoluciones, la feminista y la animalista, traigan la armonía necesaria en este Universo en el que estamos.

 

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La salida

 

Querer sobrevivir. Querer vivir. Aunque no haya motivo.

Querer querer. Aunque no haya objetivo.

Querer. Y de pronto…

Querer evitarlo.

 

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Con poco

Con poco 

tengo mucho.

Me prevengo

de no querer más.

Te prevengo

de no pedirte más.

Más más más.

Y si tuviera demasiado

no valoraría lo poco

que te puedo dar

y lo mucho que me ofreces.

                 

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Elefantes

Mienten los que dicen que no escuchan crecer la hierba.

Mienten los que dicen que no se puede respirar en el vacío del espacio.

Mienten los que dicen que la mancha de mora con otra verde no se quita.

No hagas caso de los que no ven elefantes rosas surcando el cielo.

Desconfía de los que no creen que una sola palabra construye un mundo.

Márcate un rumbo sin contenido y libera tu mente.

Salta los mares. Nada los montes.

Y si algo te cierra el corazón, no desfallezcas. Y fíjate bien cuando sientas que estás ahogando. Quizás hagas pie.

Solo estira el espíritu, coge impulso y rebélate.

Volviendo a reír, volviendo a soñar, volviendo a volver.

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¡Esa mosca!

No puedo matar a esa mosca.

No porque no se lo merezca por su aspecto impertinente ni por su zumbido deleznable. Ni porque digan que transmite enfermedades inclasificables y pretenciosas. 

Merece vivir, y morir también.

Pero yo no la voy a matar.

Quizás lo haría en defensa propia. Pero no es el caso. No creo que saque ningún tipo de arma y, además, sería desproporcionado el combate. Ella tan pequeña y yo tan gigante.

Se trata de lógica irrefutable: Si la mato, mis superiores se me echarán encima.

Y lo más seguro es que ellos se librarían de mí tras uno de esos juicios sumarísimos a los que nos tienen acostumbrados con ese tribunal militar de sentencias amañadas. 

Pero si así fuera, esta vez tendrían razón porque no es permisible ni plausible ni justo que desaparezca del Universo el único vestigio de vida de ese terrible planeta que acabamos de abandonar hace medio año luz, antes de que surtiera efecto la destrucción irreversible provocada por esos nauseabundos humanoides a los que hemos dado demasiadas oportunidades.

Así que ahora se la daremos a la mosca, y poblaremos con ella un mundo entero, que permitirá el paso a una evolución sostenible y que, ya se adivina, acabará surcando, con sus congéneres, los espacios, dentro de algunos millones de años.

Si dejo volar a esa mosca, se extenderá la Armonía en el Cosmos.

No, no puedo matar a esa mosca.

Es preferible que ella me mate a mí.

 

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Abducido

Ya fui abducido hace tiempo, justo cuando me implantaron nódulos neurológicos de alta prestación para que se imbricaran con los ejes de mis neuronas, aunque creo que erraron en la apreciación de que mi cerebro extralimita su velocidad en relación con mis constantes fisiológicas, o sea, pienso más rápido de lo que hablo y es por ello que, a veces, me trabo en mis disquisiciones.

 

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Sufro

Me esmero por difuminar mi conciencia en la del colectivo en el que estoy inmerso.

Me esmero por aceptar sus irracionalidades y aplaudir sus injusticias.

Pero no puedo, pues me abaten mis alarmas internas que me avisan de lo que está mal, de lo que está bien y de lo que es correcto.

Y en el tránsito entre pensamiento y acción sufro. Por mí y por los demás.

Por mí porque me siento impotente ante la posibilidad de no llegar a tiempo para arreglar los desperfectos causados por la inconsciencia de mis projimos

Por los demás, porque veo que se hunden irremediablemente en el fango putrido de la sumisión, la manipulación y la ignorancia.

Fotografía: Monami

La fragua

Tan remotamente cerca. Tan lúcido como escéptico. Tan irreal como consecuente. Al menos con la intención de sobrevivir y hacer el esfuerzo de no avasallar con una humildad hipócrita. Rivalizando con los que tienen deseos impuros, con los que abusan de mentes retorcidas. Con los que fanfarronean de intachables virtudes que no son más que defectos destructivos.

Tan profundamente lejos. No solo en la distancia sino en el olvido. No solo en el tiempo sino en el vacío. Ése que no es rellenable ni con la libertad ni con la verdad.

Me asomo para caer. Y caigo para no levantarme. Al menos hasta que tenga la suficiente desfachatez para fraguar una venganza. Una fría y cruel venganza. Sobre mi falta de entereza ante las discordias. Sobre mi falta de lucidez ante el engaño. Sobre mí mismo.