En la época post-moderna más moderna, todo era sandeces, locuras y melancolías.

En la época post-moderna más moderna, todo era sandeces, locuras y melancolías.

En el egoísmo humano no hay lugar para cambiar el sistema que mantiene el status de los poderosos.
Pocos hacen algo para cambiar nada, mirando hacia otro lado, porque no les salpican a ellos la sangre ni las lágrimas.
Es una emergencia planetaria. La especie humana debe cambiar o, si no, sucumbirá hacia la extinción, y ningún rico ni poderoso podrá librarse de ella.

No se trata de admirar a una persona por su talento, ni por su personalidad, ni por su belleza.
No es admiración por parte de una persona, mi persona, que cree que ningún ser humano es más que otro, a no ser que demuestre que es necesario o imprescindible para desarrollar y conservar la armonía del mundo en el que viven las demás personas.
Se trata de apoyar los sueños del prójimo, y de que, cuando estos se están haciendo realidad, mantener viva la llama de su ilusión, de su emoción, de su felicidad por lograrlos.
Y una manera de conseguirlo es difundir los actos, las obras bien realizadas, de esos seres humanos (o colectivos) con un entusiasmo imperecedero.
Solo eso me mueve.

En mi época de acudir a los conciertos de grandes estrellas internacionales, no había smartphones ni cámaras pequeñas con las que hacer fotos. Además, estaba prohibido, a no ser que pertenecieras a un medio de comunicación autorizado.
Yo me las ingeniaba para pasar la cámara, carretes y flashes, de maneras rebuscadas para lograr burlar los controles de seguridad antes de entrar al recinto.
Y luego estaba la complicidad de los desconocidos que te rodeaban para cubrirte y que los de seguridad no fueran a buscarte para requisarte el instrumento del delito.
A Prince lo tuve muy cerca en las dos ocasiones que fui a verlo. Tan cerca que temblaba de emoción (por eso algunas fotos me salieron movidas, salvo excepciones).
Nunca olvidaré las experiencias. Nunca.

En el tumulto de las sospechas ajenas, los liberados imaginan un mundo de inocencia sana, proclive a resucitar los corazones primigenios, los que habitaban la dicha planetaria de antaño, cuando la evolución había permitido que los humanoides comenzaran a pensar en algo más que en la supervivencia salvaje.
Los que aún deben ser despertados deambulan entre codazos y zancadillas estériles, preponderadas en la intrusión del sensacionalismo y del egocentrismo exacerbado, con la parálisis de la intuición, con la anulación de la creatividad, a punto de caer siempre por el abismo de la apatía, resbalando aceleradamente hacia la negrura del vacío que trae la desesperanza.
Y es entonces cuando triunfa la ignominia, el despotismo, la barbarie, la indignidad, la locura.

Otra vez, en la quietud de la noche, me dispongo a soltar las amarras de mis pensamientos, dejando que naveguen libres, y que las inquietudes del día se aparten de mi destino, en mi camino hacia la exaltación de la libertad más absoluta, cuando no existen cortapisas impuestas por el entorno que me oprime en el alboroto del día.

Es imposible mirar hacia otro lado sin sentir remordimientos por ser todo lo egoísta que te permite el instinto depredador, el canalla que llevas dentro.
Es imposible ser transigente con todo tipo de pecados, magnánimo con toda suerte de debilidades, preciso en discernir la línea divisoria entre lo malo y lo peor, sin críticas moralistas que solo envilecen las cicatrices, que solo dulcifican los arrebatos existencialistas.

Es en lo cotidiano donde fijo la mirada para verter mi dosis de pureza. Es en lo versátil de la realidad donde apoyo mi estremecimiento de los pensamientos. Sin un poco de osadía no sería libre. Sin un mucho de capacidad de absorción de lo bueno del mundo, no sería feliz con mis hechos.
Aquí estoy para entregarme abierto de alma y cuerpo, tan sutil como una brizna de electricidad neuronal, tan contundente como el martillo de mis pies sobre el suelo cuando camino hacia el futuro.
¡Salud y Alegría! ¡Amor y Armonía! ¡Libertad y Justicia!
Archimaldito

Deseo equivocarme mucho para corregir continuamente el camino. Y a estas alturas, o bajuras, de mi vida, deseo que me critiquen continuamente para demostrarme a mí mismo cuan desapegada tengo mi mente de mi ego, cuan despegado y despejado tengo mi cuerpo de mi libertad de ser, y así demostrar a los demás no cuánto valgo sino cuánto soy.
¡Feliz vaivén!

En la trastienda de mi desesperación acudo a los recuerdos de hechos fútiles, tan livianos como mi paciencia con los demás, con esos prójimos que están siempre muy lejanos.
Y la paciencia infinita corroe la pequeña parte de egoísmo que queda en mí.
Y asumo la desesperanza, el no fiarme de nadie ni de nada que provenga de humanos, porque la mente me lleva a revivir la inacción de tantos y tantos inútiles y mediocres.
Y llego a dudar que aquellos recuerdos existan, que no sean más que memorias implantadas por los miembros del poder oculto que maneja y diluye todo.
Tampoco me fío de mí mismo, pues son tantas veces las que he fallado que he traicionado a mi animalidad, ya que mi humanidad la he perdido.
Los hombres me explican cosas, pero yo no las entiendo.
Creo que, al fin, no soy nadie.
Y duermo, claro que duermo. Aunque creo que, más bien, me hago el dormido.
