Eres la traición a mis sentimientos. La patada a mis rutinas.
Eres la inquietud en mi desdicha. La raíz cuadrada de mis deseos.
Eres la ilusión engañadora de mi destino. La porción de mis días limitados, finitos.
Eres el querer y no poder. El tratar de sonreír.
He de reabrir la realidad humilde, y aceptaré que mi cuerpo, no, mi alma, no, mi espíritu y circunstancia, son tuyos más que míos, y que alimentaremos los días y noches infinitos de nuestro amor inverosímil.
(Escrito de 6:33 a 6:44 del día 15 de agosto de 2026, mientras esperaba al milagro de la inspiración para el comienzo de una novela nonata).
No tengo derecho a tocarte. No tengo derecho a mirarte a los ojos ni, menos aún, a recorrer tu cuerpo con mi imaginación. No tengo derecho a hablarte ni, menos aún, a susurrarte palabras que considero hermosas. No tengo derecho a creer que eres mía. Tengo el deber de respetarte, de echarte de menos cuando no estás conmigo, de liberarte de tus miedos y ansiedades, de protegerte y cuidarte. Pero no porque hayas decidido acompañarme en el camino de la vida, sino porque, contrariamente a lo que tú pudieras creer, la verdad es que adoro la soberbia de tus matices.
Va a ser que no me haces caso cada vez que te digo que te quiero. Va a ser que te miro a los ojos cuando me hablas y rehúyes los míos. Va a ser que te toco una mano y la retiras. Va a ser que soy como soy y te burlas de mí o, peor aún, me desprecias. Pero tenme en cuenta cuando no haya nadie que te diga que te quiere, o nadie que te mire a los ojos, o cuando no sientas ninguna caricia en el final de tus días y nadie toque la magia de tus arrugas.
Por ahora voy a seguir contigo. Por ahora voy a seguir mirándote a los ojos cuando te hable. Por ahora voy a respetar tus opiniones, aunque no las comparta. Y no me reiré de ellas, aunque te merezcas mi burla. Y no se me escaparán los ojos hacia tu escote, para demostrarte que admiro tu cerebro. Y aguantaré tus monsergas sobre mi forma de ser, y tus histerias de cómo te arrastran mis ridiculeces ante los demás, haciéndote sentir una profunda vergüenza ajena.
Tengo tantos miedos que me enternezco con los valientes. Tengo tantos medios que me asombra estar entero. Y la desdicha, que no es más que dicha en negativo, me hace reír y llorar a partes iguales, cuando es verdad que encuentro mis partes. No voy de gurú, ni vengo con un soy más que tú. Pero aquí estoy para que mires, así soy para que oigas, así todo lo doy para que de mí no te olvides y puedas recordar cómo espanté tus sombras. Tengo tantos miedos que el que más temo es no acordarme de ellos. No saber quién soy o no recordar tus destellos.
(Texto escrito en colaboración con Estela Tatiana Fernández Claudet «Monami»)
Creo que usted me desprecia como artista y, si no es así, por lo menos sé que usted se burla de mi arte. Pero ya sabe, todo es subjetivo. Desde que le conozco, me ha dado usted muestras gestuales y verbales de lo dicho anteriormente. No pretendo que acepte que yo soy un artista, pero sé que doy felicidad a algunas personas con lo que hago. Solo pretendo eso. Nada más. Tengo ya una edad en la que el egocentrismo lo dejé atrás, aunque pueda parecer, por mis vestimentas y excentricidad de carácter, lo contrario. Cada vez que usted se ha burlado de mí, he sacado más fuerzas para seguir haciendo lo que hago con pasión. La pasión, el amor por el arte, y la felicidad del prójimo es lo que me mueve. Aunque a usted le pese, existo, y seguiré subiéndome a un escenario allá donde me permitan hacerlo, para expandir positivismo allá donde voy. Nunca he tenido ocasión de manifestarle todo esto en persona, pues siempre le he considerado una persona poco accesible. Como soy escritor, aprovecho este medio, el de la escritura, para manifestarle mi pesar por su trato hacia mí. Pero bueno, yo seguiré respetándole aunque usted no me respete. Cuídese mucho y sea feliz. Y no se preocupe, que no le molestaré más. Haré, cuando me encuentre con usted (que estoy seguro que ocurrirá muchas veces) como si no existiera. Quizás sea ese el peor castigo para un odiador como usted: la indiferencia.
Reciba un cordial saludo, de este, su humilde odiado,
Esperando que bajara la guardia la atacó con crudeza y desesperación. Insuflando desdichas, alimentando rencores. Liberando la rabia que le permitía la saliva que llenaba su boca a punto de ahogarla.
-¡Hermosa mariposa que sobrevuela las flores antes de elegir la que será succionada!
Enrojecida por la ira insalubre, atacada por la histeria acogedora.
-¡Haciendo votos de ternura espantas a los organismos parásitos de tu benevolencia, tan falta de fronteras!
Vomitando improperios como talismanes, fijando su mirada en la yugular palpitante, por si había algún cambio en el ritmo de su vibración subyugadora.
-¡Y esa lengua bífida tuya que silba inconstancias que penetran en mi infinito! ¡Y ya mis yemas no sienten más que los minúsculos enjambres de luz que pululan en tus poros!
Sin dejarse desconcentrar por el nácar de la piel incitadora de recuerdos impronunciables, de pretéritos innombrables.
-¿Y sigues neutra, como si la espuma que suelto por la boca no tuviera que ver contigo? Sigo sin entender por qué sigues muda ante la expresión de mi barbarie.
A punto de claudicar ante la fina línea que separaba la locura de lo relativo de la existencia, calló, al fin, esperando una reacción ante la vehemencia de su búsqueda. Sin dejarse engullir por la negrura de sus pupilas, esperando que esa oscuridad no la hubiera paralizado el corazón, esperó un atisbo de piedad en la respuesta, y cuando esta llegó deseo no quedarse en el clímax que la anularía como ser y como persona, cuando había logrado que ambas batallas no coincidieran.