En mi época de acudir a los conciertos de grandes estrellas internacionales, no había smartphones ni cámaras pequeñas con las que hacer fotos. Además, estaba prohibido, a no ser que pertenecieras a un medio de comunicación autorizado. Yo me las ingeniaba para pasar la cámara, carretes y flashes, de maneras rebuscadas para lograr burlar los controles de seguridad antes de entrar al recinto. Y luego estaba la complicidad de los desconocidos que te rodeaban para cubrirte y que los de seguridad no fueran a buscarte para requisarte el instrumento del delito. A Prince lo tuve muy cerca en las dos ocasiones que fui a verlo. Tan cerca que temblaba de emoción (por eso algunasfotos me salieron movidas, salvo excepciones).
Bien por ti, porque, estando hundido en la más profunda de las miserias, siempre sonríes a la vida. Bien por ti, porque creyendo que los demás son tan inocentes e ilusos como tú, confías plenamente en ellos. Bien por ti, porque tienes sueños e ilusiones que no podrás hacer realidad jamás, pero las cuentas como si ya formaran parte de tu vida. Bien por ti, porque lloras cuando ves una injusticia. Bien por ti, porque no estás apegado a nada ni a nadie y aún así amas todo y a todos. Bien por ti, porque crees que no existe un paraíso en la otra vida pero realizas actos continuos para merecerlo. Bien por ti, porque te crees todo lo que te cuentan y no haces jamás ninguna crítica. Bien por ti, porque sin ser bello ni elegante, reluces entre todos los demás. Bien por ti, porque crees lo que los demás dejaron de creer hace mucho tiempo. Bien por ti, porque jamás haces las cosas a cambio de algo. Bien por ti, porque nunca has perdido la esperanza de que alguien te ame. Bien por ti, porque tu corazón aún sigue entusiasmado con tu infancia lejana. Bien por ti, porque te he mirado a los ojos y no he visto remordimiento ni culpa en ellos. Bien por ti. Bien por ti. Bien por ti, porque, sin conocerme, me has brindado tu ayuda.
Dicen que soy un artista. Algunas personas dicen, incluso, que soy un buen artista. Esta es una faceta de mi vida que siempre me ha acompañado, desde niño, y que intenté ver materializada en mi adolescencia cuando quise ser actor. Pero no pudo ser. En el 2016 empecé a cantar en jam sessions, tímidamente, para salir de la depresión en la que caí tras la muerte de mi padre, en julio de ese año. Haciendo coros para otros cantantes llegué hasta la eclosión con Purple Rain, de Prince, que dedicaba, en mis pensamientos, a mi padre, y más tarde, cuando también falleció, a Prince. Considero que nunca he cantado bien hasta hace bien poco. Tras la Pandemia, realizando covers, a mi manera excéntrica, de varias canciones conocidas por la mayoría del público de jam sessions y open mics, me fui haciendo conocido en la escena underground de Madrid. Sé que lo que hago no agrada a muchos pero me reconforta saber que puedo dibujar una sonrisa, e incluso una carcajada, de satisfacción en el ánimo de otros. Todos los elogios recibidos continuamente, los aplausos, no se han visto materializados en ningún proyecto mío o de colaboración con otro artista. Quiero que ese arte del que algunos quieren convencerme que tengo, se haga conocido, para poder hacer feliz a la mayor cantidad de gente posible. Pude haber aprovechado, en el año 2022, la oportunidad de aparecer en la TV, pero no lo hice por miedo a que repercutiera en mi vida laboral, ya que yo no padezco del mínimo sentido del ridículo. He podido ser manager o representante de varios músicos, he podido ser presentador de Open Mics en Madrid y otras localidades aledañas, y no lo he hecho. Una amiga, artista reconocida, me dijo una vez: el Arte hay que pagarlo y a ti te tienen que pagar por tu arte. Yo transformé, en mi interior, su consejo, creyéndome, de corazón, que mi arte hay que valorarlo y me tienen que valorar por mi arte. Más allá de lo económico, más allá de lo transaccional. Me tomo su consejo en serio ahora, en el comienzo del año 2026. Y sigo abierto a cantar con mis amigos o participar en proyectos colaborativos, o a actuar en salas que me inviten para hacerlo. Soy un artista, porque ya me estoy creyendo, en serio, que lo soy. Gracias por escucharme, por verme, por dejarme ser libre encima de un escenario.
Quizás las personas esperen los buenos tiempos para olvidarse de los malos tiempos. Empiezo a atisbar otro nuevo rastro de desmemoria a corto plazo. Sin haber dado oportunidad a dejar atrás los efectos mortales de una reciente pandemia, la gente, que ha creído que se trataba de un mal sueño, se ha lanzado, irresponsablemente, a vivir de nuevo la vida como si la emergencia sanitaria no hubiera sido algo real que puede volver en cualquier momento. El egoísmo humano, cómo no, impera en las relaciones globales humanas. El beneficio inmediato, el placer de vivir una vida que, algunos consideran, es demasiado corta. Han muerto muchos humanos, y han quedadas trastocadas muchísimas más vidas. Pero no pasa nada. Hemos venido a este mundo a trabajar y a disfrutar de nuestro suspiro vital. Y así van las cosas: La caída libre e incontrolada hacia el desbarajuste total del Planeta Tierra, el olvido hacia las futuras generaciones, el autoexterminio imparable. Luego diremos que no nos lo podíamos imaginar, que todo es una sorpresa continua, que el azar juega con nuestras vidas. ¡Cuán equivocados estamos!
Tengo muchas anécdotas profesionales inolvidables. Muchas deberían ser borradas de mi registro mental, por desagradables o poco constructivas, pero otras, como la que voy a contar ahora, me llenan de positivismo y son un refuerzo profesional y personal. Recuerdo que tranacurría un día de un año de la Era Pre-Covid. Recuerdo estar trabajando en el almacén, revisando equipos utilizados en eventos anteriores a ese día y preparando los que serían utilizados en los siguientes. Recuerdo que mi vestimenta y aspecto no eran los adecuados para mostrarme en público, con unos pantalones para poder moverme con soltura y un polo oscuro para poder realizar trabajo físico y sudar tranquilo. Recuerdo recibir la llamada de un compañero que estaba realizando la asistencia técnica en la Fundación Rafael del Pino,para decirme que debía acercarle más receptores para la interpretación simultánea en el Auditorio. Le dije que saldría ipso facto y que cuando llegara a la puerta del edificio, le avisaría para que saliera a recogerlos. Al llegar, me dijo, por WhatsApp, que no podía salir y que tendría que acercárselos a la sala. El personal me conocía de sobra y me dio paso libre hasta la puerta de la sala, pero aún no podía entrar ya que estaba por finalizar la intervención del ponente. El conferenciante era Mario Alonso Puig, una de las personas más constructivas y positivas que he conocido en mi vida, cuando había sido técnico asistente en algunas charlas y ponencias suyas años atrás. Tras los merecidos aplausos del público, que yo escuchaba tras las puertas de cristal, había una pausa en el congreso que yo aprovecharía para acercar los receptores extras al punto de entrega. Pero lo haría sin llamar la atención y yéndome a toda prisa porque, como dije anteriormente, no estaba «vestido para la ocasión». Recuerdo ver como salía Mario Alonso de la sala acompañado por los organizadores y por los directivos de la institución. Recuerdo echarme a un lado para que no se me viera mucho cuando salieran aquellos hombres trajeados y recuerdo pensar que no debería hacer ningún gesto que delatara mi presencia. Mario Alonso Puig estaba radiante. Una persona que transmite ondas de felicidad y positivismo vaya por donde vaya. Esa persona que atrae las miradas no solo por su físico y su majestuosa voz, sino por el aura de luz que lo envuelve. Pues bien, esa persona me reconoció en la distancia y yo, con un «trágame tierra», aparté mis ojos de él esperando que pasara de largo junto con la tropa de getifaltes que le rodeaba. Pero no lo hizo. Se detuvo, ante la sorpresa de los demás para dirigirse a mí, con un apretón de manos y unas palabras de reconocimiento hacia mi persona y nuestros pasados encuentros. Todo esto viene a que a veces te encuentras con personas, como Mario Alonso Puig, que te reconocen y valoran por lo que eres, no por lo que parece que eres o por lo que se supone que debes ser. Ese día, Mario Alonso me hizo pensar en que todos tenemos que valorarnos a nosotros mismos porque todos somos especiales, y llegar a esa conclusión me hizo feliz.