Año

Como casi siempre, pienso que lo mejor que puedo hacer es expresarme por escrito, sin interrupción alguna, sin comentarios o críticas a lo que diga.
No soy capaz de transmitir mejor que puedo hacerlo por escrito, sin que se tergiverse algún tono de voz o una mirada mal posada. Y lo siento.
No soy feliz desaprovechando años.
Y este año no es distinto.
Yo, que vivo obsesionado con el tiempo, veo que no aprovecho bien el tiempo de vida que tengo.
Y eso me frustra.
Y, por circunstancias varias, el cumplir años no me supone ningún adelanto en ese sentido.
No me gusta mi trabajo y tengo problemas económicos, familiares y afectivos. Obviamente, no me siento pleno conmigo mismo.
Poseo una alta incapacidad para concentrarme en otra cosa que no sea vivir automáticamente, a la zaga, teniendo que hacer malabarismos mentales para no perder la cordura y no caer en la depresión más absoluta.
Y en el vivir automáticamente está el efecto de desatender lo que de verdad me importa en esta vida.
Soy, o eso creo, optimista por naturaleza porque, en caso contrario, hace tiempo que hubiera sucumbido a desaparecer de este planeta,  desconectándome voluntariamente.
Pero mi incapacidad para llevar una vida centrada ha salpicado la vida de otras personas, las que me importan: mi familia.
Y el último dolor provocado es el que más daño me está haciendo: el provocado a mi propia hija.
No sé cuánto tiempo tendrá que pasar para que ella me perdone todo el mal que le he causado.
Y ése es el peor dolor, que trasciende los demás dolores físicos y mentales que puedo o pueda tener durante los años que van a transcurrir hasta mi muerte.

Desinflar

Es bueno inflarse para mantenerse vivo, tanto de mente como de espíritu o de alma, si es que los hay. Pero también es bueno soltar un poco de aire, de vez en cuando, para bajar al suelo y tocar tierra, la realidad, para que sepamos adaptarnos a ella, y así no solo vivir, sino sobrevivir.

Los niños

Los niños gritaban y lloraban bajo un sol ardiente confinados en un contenedor al que le faltaba la parte superior que valiera de techo.

Me acerqué a ver qué ocurría con ellos en aquella situación y me salieron varios hombres armados al paso, desdentados, sudorosos y embriagados, amenazándome para que no me acercara más.

En una caseta contigua, un par de mujeres asiáticas tiraban comida a los niños, desde arriba, como si estos fueran animales, y dos de ellas sujetaban a uno de los niños mientras un viejo de barriga hinchada y pústulas por todo el cuerpo se masturbaba delante del niño al que habían desnudado completamente, mientras hacían fuerza para que el niño no se zafara.
No pude soportar la visión de aquella perversión y, olvidando los avisos de los vigilantes borrachos, ingresé a toda velocidad en la caseta y molí a palos al viejo asqueroso y a las mujeres perversas mientras que agarraba al niño y huía de allí a toda la velocidad que me permitían mis piernas y la fuerza de mis brazos que soportaban el peso del chaval , que estaba como drogado.

Este texto fue escrito nada más despertar, tras haber visualizado lo que en él se narra en una pesadilla exprés e inacabada. Mi subconsciente debe de estar enviándome mensajes.

Fundido en neg

Se puede decir aquello de “hasta luego” pero ¿y si es un adiós definitivo?

Total, ¿quién soy yo?

¿Quién creo ser?

Quizás una gota de nada.

Uno se cansa. No se deprime, pero se cansa.

Y lo intenta para nada.

Se puede decir aquello de “hasta luego” pero ¿y si es un adiós definitivo?

Y ahora, fundido en neg…

Pantallazo en negro | El Correo

Érase una vez un ser extraño

Érase una vez un ser extraño.

Escuchaba sonidos que nadie escuchaba, veía otras realidades dentro del aparente orden de las cosas y luchaba incesantemente por la libertad y la justicia de los demás seres, los que se creían ser normales, o los que aportaban esperanza a sus semejantes.

Agazapado en la turba mediocre, intentaba no ser visto ni escuchado. Esperando su momento. Ese momento en la vida de los seres extraños en que, se decía, uno brilla más que la más resplandeciente estrella del firmamento.

Y mientras llegaba su catarsis, seguía intentando pasar desapercibido. Aunque otros como él ya se habían dado cuenta de su existencia.

Fetal

Cargó el cadáver sobre sus hombros y observó los rastros líquidos que luchaban por filtrarse en los recovecos del suelo empedrado.
La sustancia viscosa que supuraba de la piel atravesaba la armadura biosintética de su carga y estaba empezando a encharcar su traje de combate. Tuvo que asumirlo e intentó alargar el ritmo y la longitud de las zancadas, para que no le alcanzara la onda expansiva de la explosión del vehículo en el que su víctima había intentado aterrizar, antes de que su arma de largo alcance lo abatiera.
Pero su esfuerzo no sirvió para nada, pues cayó,  junto con su carga, y esperó a que no se repitiera la detonación.
Había cerrado los ojos durante picosegundos y, cuando levantó los párpados, solo vio arena y unas briznas de lo que parecía hierba azul, habiéndose esfumado los restos del extraño.
Recuperó la compostura y notó que se habían secado las babas de lo que había creído un cadáver. Giró sobre su eje en trescientos sesenta grados y no escuchó ni vio nada, salvo la humareda del transporte estrellado.
Y cuando se dispuso a activar las videosferas para peinar, desde las alturas, el terreno, una voz sonó dentro de su cabeza en un idioma extraño que, sin embargo, entendió perfectamente y que le conminó a arrodillarse, a bajar la cabeza mirando al suelo, y a esperar.
Y allí, en medio de la nada, solo, sufriendo el cansancio de la postura y los angustiosos estertores, aguardó algún milagro que anulara su sed y hambre y que el frescor de la noche difuminara su sopor y evaporara los sudores que empañaban el visor de su casco.
No pudo aguantar así muchos ciclos bipolares y terminó rindiéndose, desesperado, doblado sobre sí mismo en posición fetal, sin poder abrir la visera de su casco, ante la certeza de que si lo hacía moriría ipso facto.

Abstract lights Foto por Rybson desde FreeImages

Ombligos: una historia de humanos

El ser humano, denominado, simple y totalmente, Ser, fue tratado como Omblisciente por el resto de los Miembros, pues consideraron, durante milenios, que eran el centro del Universo Conocido y del Desconocido.
Hasta su unipresencia fue discutida y rechazada por el Total y dejaron de ser omblipresentes, acudiendo en su ayuda cuando lo necesitaron, influyendo en su desarrollo planetario y en su evolución como especie.
Los Seres dejaron de sentirse únicos y especiales en su supuesta creación divina y su exclusividad de conocimientos fue compartida con el resto de los mundos.

Gárgolas

Pensaba continuamente en el tiempo que pasaría en volver a verla.  Y cuanto más pensaba en ello más angustiosa se le hacía la espera.
Mientras, para amortiguar el desasosiego, trabajaba a destajo en las obras de la catedral.
De vez en cuando, miraba hacia abajo, desde los andamios, para ver si adivinaba su silueta en las calles colindantes. Pero nunca ocurría el golpe de buena suerte.
Le minaba el corazón el pensar que la había perdido para siempre después de la última y contundente discusión que tuvieron antes de decidir darse un tiempo.
Éste les liberaría de ciertas trampas que habían sembrado en el camino del primer intento de convivencia que duró un año.
Pensaba y deseaba que le hubiera perdonado su egoísmo y que decidiera darle una segunda oportunidad.
Pero mientras que pensaba y se torturaba y se confundía de días y noches, en la odisea de su nueva rutina, allá, en las alturas, las gárgolas se carcajeaban.

Reto literario propuesto por Rubén Romero Lozano

Todos los viernes

La amistad que los unía iba más allá del tiempo y del espacio, como se decían mutuamente cada vez que se separaban.
Mientras que estaban juntos, disfrutaban cada segundo de sus risas, de sus barrabasadas, de sus lloros de tristeza, de sus desaires a los que les rodeaban.
Se recordaban continuamente la primera vez que se encontraron, que se miraron, que se enzarzaron a manotazos, que los reprendieron en público por su comportamiento, y reían, reían a carcajadas al recordar el momento exacto en que se juraron amistad eterna, fueran cuales fueran los obstáculos en sus vidas, las pruebas a las que les sometieran en sus trayectorias familiares, sociales y profesionales.
Y aquel viernes, como todos lo viernes, volverían a jurarse amor incondicional, esperando no olvidarse el uno del otro durante el fin de semana, y que nada ni nadie les distrajera de su objetivo de volver a encontrarse al siguiente lunes, cuando sus respectivos abuelos los entregaran a su cuidador en la puerta de la guardería.

Reto literario propuesto por Rubén Romero Lozano.

Tautograma

Cuando contabilizó cada ciudadano, catalogó cientos comunicándose contracorriente, con cerebros cercenados, colapsados. Consternado contempló culparlos, castigarlos.

Pero propuso perseguirlos, paralizarlos, para poder ponderar pruebas para perdonarlos.

Sopesó su sentencia. Sería sabia. Sondearía soluciones, sin sacrificarlos.

Curaría cada cicatriz con constancia, con certeza. Combinaría cambios cosmológicos, como cuando cambiaba civilizaciones.

Validaría voluntades vibrantes venciendo vicios vacuos.

Uniría, urdiendo un Universo único.

Así ansió ampararlos, así ansió amarlos.

Photo by CJLUC from FreeImages