Ni una maldita brizna de aire.
Ni mi rincón de tu piel.
Ni la almohada de la esperanza.
Ni la lujuria de la sabiduría.
Uno se harta de las persecuciones a mi mente.
Uno esquiva los tropiezos de la quietud.
Para qué soy si no soy eterno.
Para qué respiro si no lloro.
La tentación de la inexistencia
ha pululado demasiadas veces.
La rebelión de la ironía es la que hace ensombrecer la desesperanza.
Tanto aire y tantos pulmones.
Tanta mente y tan pocos recuerdos.
Sabré superarlo.
Siempre, a mi pesar, lo supero.
Esta vez me costará más hacerlo, porque no estás tú para cobijarme.
Pero el sin miedo me tonifica los músculos de la lucha perenne.
Y esta vez, después de tantas, creo que no fallaré, creo que no te fallaré.









