No tengo derecho a tocarte.
No tengo derecho a mirarte a los ojos ni, menos aún, a recorrer tu cuerpo con mi imaginación.
No tengo derecho a hablarte ni, menos aún, a susurrarte palabras que considero hermosas.
No tengo derecho a creer que eres mía.
Tengo el deber de respetarte, de echarte de menos cuando no estás conmigo, de liberarte de tus miedos y ansiedades, de protegerte y cuidarte.
Pero no porque hayas decidido acompañarme en el camino de la vida, sino porque, contrariamente a lo que tú pudieras creer, la verdad es que adoro la soberbia de tus matices.









