¡Mancha!

Me paso horas mirando la punta del lápiz. Girándolo con los dedos de mi mano derecha. Acariciándolo con su pulgar.

Lo froto de abajo arriba, de arriba abajo, como si creyera que algún genio fuera a salir de él, manifestando una creatividad oculta que yo desconozco.

Y de todas estas horas, ni un segundo es apoyada sobre el papel que tengo frente a mi barriga. Éste sigue inmaculado. Aburrido de mi desidia. Observándome como un gran ojo blanco.

Desenfocado, pues mi objetivo visual es la punta del lápiz, me lo imagino riéndose por lo bajinis. Acuciando a las demás hojas que tiene por debajo.

Incitándolas a la rebelión: O son manchadas o se van.

 

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Refunfuñando

 

No conseguía escuchar el tic tac del reloj. Algo lógico cuando se daba cuenta de que era un reloj digital el que pesaba en su muñeca izquierda. Y refunfuñaba. Echaba de menos dar cuerda por la noche al reloj que había heredado de su abuelo, que en paz descansara.

No conseguía encontrar, discernir, ningún olor en la casa. Totalmente inodora. Y refunfuñaba. Echaba de menos el pestazo de los callos que cocinaba la abuela. Y echaba de menos las reuniones familiares en torno a la mesa, para comérselos.

No escuchaba maullidos ni ladridos ni alboroto de niños, como antaño. Y echaba de menos las correrías con sus primos, y los mordiscos del pequeñajo Petronio. Y la risa le sobrevenía con la ocurrencia del nombrecito para el perro del Tío José. Pero ahora todo era silencio. Sepulcral. Y refunfuñaba para escuchar sus propios bufidos de desdicha.

Y con cada paso crujían los listones de madera bajo sus pies, con miedo a que alguno se quebrara y cayera todo su orondo peso al vacío del primer piso, clausurado por la plaga de carcoma.

Refunfuñaba, refunfuñaba y refunfuñaba. Hasta que decidió calmarse porque dedujo que con la mala sangre no perjudicaba a nadie salvo a él mismo.

Y aún no sabía qué hacía recorriendo las habitaciones de la casa de su infancia.

Y aún no sabía qué hacía martirizándose pensando en esa vida que nunca volvería.

Y aún no sabía qué mal había hecho para merecer ese castigo. Ese castigo eterno.

 

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Los comienzos y mi LEDLI

 

Queridos amigos lectores:

Ésta es la única crítica que existe sobre el primer relato que me publicaron en mi vida, en la Antología Visiones 1999, de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT). Por lo menos es la única de la que tengo constancia.

Aparece en la página web http://www.archivodenessus.net

 

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Inexcusable

Perdido. Buscado. Encontrado. Deseado y adquirido. Acumulado y guardado. Pero con la mente reblandecida por la inconsciencia y por el absurdo del egoísmo. Por el mal hacer de tus circunstancias. Esas que se convierten en tus excusas para volver a perder más oportunidades. Que volverás a buscar. En un ciclo incontrolable y eterno. Tan eterno como tú.

 

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Atornillado

Tornillos moleculares. Se trata de los tornillos moleculares repartidos por mi estructura craneoencefálica. Y aunque no tengo localizados todos, noto cómo algunos están desestabilizando mi equilibrio. Y si éste me llegara a fallar en cualquier momento el desbarajuste tendría tal magnitud que llamaría la atención del Sistema y éste tomaría represalias con el resto de mi estructura base. 
No podría tener miedo, aunque quisiera. No me ha estado nunca permitido. 
Pero una especie de sufrimiento se apodera de mí cuando racionalizo las consecuencias de los desajustes moleculares. Porque pienso más allá: en niveles atómicos y subatómicos. Y en la influencia del malfuncionamiento preprogramado en el Continuo.  
Y si el Continuo se desequilibra, los efectos en los demás entes que lo habitan serán catastróficos, anulando la existencia de unos y cambiando radicalmente la de los otros.
Los localizaré y abandonaré esta suerte de pesimismo. No tiene por qué pasar nada. Pocas veces ha ocurrido. Solo es que el Sistema me lo recuerda. Por si acaso decido dejar de ser Dios.

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El actor sin acto

Teatro abierto. Mundo abierto. Telón levantado. Y las ocurrencias sin sentido de un individuo arrepentido del papel que ha aceptado, ante la mirada amenazante del director de escena, porque su vida vacía se lo merece. Y como no hay marcha atrás, al pasado continuamente cambiante, se aprende el libreto, para intentar convencerse que su vida tiene una finalidad en el Universo.
Pero el teatro sigue vacío, y quizás nadie acuda, porque las entradas, demasiado caras, no se las puede permitir nadie.
Y los diálogos que tiene que memorizar, tan insulsos que da pereza aprendérselos, no dan sentido al mundo abierto que, segundo a segundo, va clausurando  sus puertas de acceso. Y cuando el mundo se apague, no porque no haya luz que lo ilumine, sino porque las escenas repetitivas lo asesinan, él, como todos los otros, los miles de millones de otros, se fundirá en la nada, disgregándose en la mezquindad de los dioses, los directores de la obra desasosegante.
Y el telón bajará para volver a levantarse. Periódicamente. Sin prisa. Sin pausa. Sin remedio.

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Mis mañanas mías

Me he despertado, demasiado temprano. Sigo atontada y me niego a tener que llenarme de cafeína para volver a ser persona. Porque me aburre esa rutina. Porque quiero salir, por mí misma, del bucle infinito de la desidia.
Cogeré el cassette portátil y, mientras duren las pilas, daré play a la cinta con mezclas que me regaló mi último novio. Mientras me enfundo los vaqueros negros y la camisa floreada que se deja resbalar por los hombros. Sin mucha prisa, porque hoy no voy a perder el tiempo maquillándome.
Y con dos barritas de cereales tendré bastante para aplacar los ruidos de hambre del estómago.
Ni coche ni bicicleta. Hoy andando al trabajo. Así que me acoplaré las bambas deshilachadas y mugrientas pero extremadamente cómodas. Y que me quiten lo bailao.
No sé, pero hoy me encuentro llena de buenas vibraciones, como si algo bueno fuera a pasarme.
Desde que decidí no llorar más por el último descerebrado que me dejó, las cosas parecen ir a pedir de boca. La depresión atraía lo negativo, parece ser.
Me peinaré con las manos y saldré a la calle, para comerme el mundo.
Y prometo no hundirme, con el paso de las horas, cuando caiga en la cuenta de que hoy, tampoco, volveré a cruzarme con otro ser humano, ni con otro ser vivo.
Me quedaré sentada frente al escritorio, en mi oficina, observando la pantalla apagada de mi monitor. Intentando no llorar. Ni suplicar. Ni suicidarme.
Sin perder la esperanza de que mañana, otro interminable mañana, alguien me eche la bronca por ser un desastre, o de que mi exnovio aparezca para llevarse sus cosas, todas empaquetadas, a su nuevo apartamento.
Sin perder la esperanza de escuchar otra voz que no sea la mía.

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Los trinos

Las notas de color estrenaban la primavera y, como cada año, de los últimos veinte, los trinos de los pájaros eran, cada vez, menos intensos. Llamaba la atención que la explosión de vida fuera acompañada, cada vez más, de una explosión de desánimo de los habitantes de las ciudades.
El temor al repentino apagado. El terror a la andanada de explosiones solares y las subsiguientes olas de radiación. Y el apagado. El apagado total de todos los equipos electrónicos del planeta. Y las posteriores generaciones de supervivientes que tendrían que volver a confiar en su instinto y no en la asistencia de las máquinas. Algo para lo que no sabían si estaban preparados.

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Los supermurientes

 

Mataban para sobrevivir. Sin prisa. Con calma. Meticulosamente. Estudiando, por supuesto, cada detalle de la infamia. Esperando el segundo exacto para asaltar, sin piedad, a sus víctimas. Logrando que nada ni nadie se interpusiera en su camino a la barbarie. Haciendo que el exterminio fuera su obra maestra, su continua e incesante obra maestra. Y mientras actuaran en grupo la hecatombe tendría sentido. Porque el individuo sobraba, siempre sobraba, y era asimilado o aniquilado. O eras ejecutor o eras víctima, sin término medio. Y disfrutaban de la magia de la muerte. Su magia. Hasta que ese hechizo desaparecía con los primeros rayos de sol. Cuando la luz del día los catapultaba a la oscuridad de la inexistencia.

 

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(Supervivientes: Aquellos que mantienen o prolongan su vida.

Supermurientes: Aquellos que mantienen o prolongan su muerte.)

 

 

Confesiones desquiciadas

¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las  dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

 

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