Beso volado

 

Le dijeron, por activa y por pasiva, que ésas no eran maneras de evadirse de la realidad.

Que tomara drogas, que bebiera hasta caer arrastrándose por las calles, que meditara pensando en Gaia y todos sus habitantes, que hiciera lo que quisiera, que se le iba a perdonar fuera lo que fuese.

Pero él hacía oídos sordos. Se ponía al final del corredor de su casa en el noveno piso y cogía carrerilla hasta llegar al salón y tirarse por su ventana.

Y cuando llegaba abajo y se estampaba contra el asfalto, su hija arriba, desde la ventana recién abandonada, seguía gritando y gritando de terror, creyendo que esta vez no lo lograría.

Pero siempre se levantaba, se recomponía la cabeza y las extremidades quebradas y reía, reía a carcajadas sabiendo que su mejor manera de huir de la realidad era burlando la muerte. Y la soltaba un beso volado. Y su hija, desde las alturas, y todos los espectadores incrédulos que le rodeaban, reían con él.

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No importaba

Había olvidado la muerte, tan habitual en la barbarie provocada por otros, cuando le pagaban para ensalzarla, disminuyendo la demografía de una población con sus artes mortuorias, cuando su imaginación desenfrenada se volcaba en la construcción del arma definitiva, había olvidado la muerte.

Porque cuando volvía al lugar destruido, arrasado por la onda expansiva, para rematar cortando el gaznate a los que siguieran vivos aún, mirando a los ojos de los difuntos que dificultaban sus pasos y a los que había sorprendido la hecatombe en plena calle, y en las casas, donde los niños seguían mordiendo las tetas quemadas de sus madres, donde los amantes yacían con sus pieles fundidas por el calor infinito, no reconocía a la muerte.

Y cuando volvía al mundo de los vivos, para cobrar el pago de su virtuosismo, no reconocía la vida.

No importaba, le pagaban bien, aunque no le importara la riqueza ni la fama ni el poder que fluía desde sus manos, desde su mente negra.

Solo quería sentirse solo, quería sentirse dueño de sí mismo y de todos los habitantes del planeta, antes de que el planeta, su planeta, no existiera.

 

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Foto por Jesse Koska desde FreeImages

Nosecuantas

La vuelvo a ver nosecuantas veces doblando la esquina para ir a no sé dónde. Pero siempre vuelve a encerrarse en su portal.

Y vuelve a salir, una y otra y otra vez para ir a ningún lado.

Aún no se ha dado cuenta de que la observo impávido, con la paciencia que me da el no poder mover ningún músculo de mi cuerpo, esperando a que mi captor venga a mover mi silla de ruedas y eche en su mochila todas las monedas que han dejado los ilusos que han sentido pena por mí mientras ríe y me dice que hoy ha sido un buen día, pero a mí me dan igual sus parrafadas y sus dientes grises. Porque me quedo observándola salir otra vez de su portal.

Y cuando el mamarracho empieza a hacer rodar mi cárcel, ella se percata de mi existencia. Y paraliza su espídico proceso de huida al vacío.

Y me mira a los ojos. Y sonríe.

Y viene corriendo hacia mí, estampándose contra el que la grita, el que ha soltado el freno de la silla, el que me deja coger velocidad calle abajo, el que me va a librar de mi existencia cuando ese furgón se salte el semáforo y una sus ruedas a las mías, convenciéndome de que la volveré a ver nosecuantas veces.

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Photo by Anders Wiuff from FreeImages

Secreto

Lo que hacemos en la oscuridad no debe saberlo nadie. Debe ser un secreto entre nosotros y tú. De lo contrario nuestra existencia estaría en peligro, y si nosotros peligramos, reaccionamos en consecuencia.
Y no te gustaría verlo ni oirlo, porque experimentarías la hecatombe en tu mundo.

 

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(Photo by Troy Stoi from FreeImages)

 

Las cosas

Los trucos en el trato. Nunca siendo él mismo. Para engañarlas. Para completar el rito de la infamia. Para satisfacer sus bajos instintos. Tratándolas como cosas. Sin plantearse hablar con ellas para conocerlas. No tenía tiempo que perder. Eran tetas, culos y agujeros. Y la piel, sudorosa, acabaría secándose.

 

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Voces

Ellas os escucharán pero no os harán caso. Ellos os harán caso pero, en el fondo, sabéis que nunca os han escuchado. Y a todos, podréis decirles, cuando sean almas sin cuerpos, que ya no hay más oportunidades para enmendarse.

Y en el futuro cercano, sin humanos sobre la faz de la tierra, vuestro poder absoluto, reinará en el planeta. Y apareceremos nosotros, como otras tantas veces, para tomar las riendas del Multiuniverso, y crearemos una nueva especie a nuestra imagen y semejanza. Y os desactivaremos, esperando el momento de poder utilizaros nuevamente en la expansión de nuestra palabra, porque nosotros, los dioses, necesitaremos de vuestras voces sin descanso, de vuestra lucidez sin corrupción, de vuestros cuerpos eternos, de vuestra osadía infinita.

Hasta que los próximos Ellos y Ellas no salgan defectuosos. Hasta que la Creación dé sentido a nuestra existencia.

Así está dicho. Así está escrito. Así está establecido. Y así será. Siempre.

Monjes

 

Un día más

Un día más. Un día triste más. Conmigo misma y sin nadie más. Tan desmoronada como siempre, cuando el siempre ya no tiene sentido pues cada segundo se repite. En esta interminable órbita los víveres se van agotando y mi final está más claro que nunca, a pesar de que me dejé engañar en el reclutamiento. Sé que mis compañeros de misión nunca volverán porque a ellos también los engañaron y allí abajo no hay nada ni nadie. Desde hace un mes que no recibo sus constantes vitales y mi esperanza en volverlos a ver, sonriendo frente a mí, ha desaparecido. También sé que mis señales de auxilio nunca llegarán a su hipotético destino. Afuera, el Universo se detiene cada vez que cierro los ojos rendida, consternada, con una alta erosión en mi mente. Ya no me importa que las uñas y pelo me crezcan a una velocidad desmesurada. Me da igual mi aspecto pues hasta de mí estoy cansada. Pongamos que un amanecer impreciso de un día cualquiera las células de energía de esta nave se agotan y que caigo en espiral precipitándome contra la superficie de este maldito planeta. Pongamos que sobrevivo al impacto, algo físicamente imposible. Pongamos que soy una ilusa y creo que sus supuestos habitantes, hasta ahora invisibles, me rescatan. La falta de oxígeno me está empezando a afectar. Mejor hago que el Universo se detenga para siempre. Para que no haya un día más.

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El vuelo. (Dedicado a Tilikum)

El aplauso continuo que no entiende. El parapeto transparente contra el que se estampa continuamente. Los sonidos ininteligibles y tan lejanos, allá arriba, donde disfruta cruzando el aire para caer en plancha y salpicar a los intrusos, a los ilusos que ríen por verlo sufrir.

La soledad eterna que mina su cordura y entendimiento. Y los malos pensamientos que le asaltan cuando desea que los que le obligan a realizar acrobacias antinaturales mueran en medio de terribles dolores, como los que ellos le infieren con sus palos largos, con los que atizan su terror hacia ellos. Un mar, un mar es lo que necesita, un mar y no otra cosa. Un mar y una compañera para disfrutarlo. Para huir al sitio más lejano donde no vuelva a ver a ninguno de esos seres tan crueles y despiadados. Un mar desconocido, donde no puedan encontrarlos ni darles caza. Y la esperanza lo calma, cuando recuerda que en pocos golpes se resquebrajará su cárcel. Cuando sabe que con la última carrerilla desaparecerá su alma mientras aplasta a los espectadores que no lo aman. Y quizás, después del último estertor en el aire que no es líquido, vengan sus antepasados para llevarlo al infinito horizonte azul que cubre todo el mundo, el que le prometieron cuando era un recién nacido.

Y el aplauso continuo que no quiere sigue llegando distorsionado desde el otro lado, mezclado con vibraciones que retumban en su estómago.

Toca volar.

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Tilikum fue una orca macho que vivió en cautiverio en el parque SeaWorld de Orlando, EE. UU.

Tentación

Abajo, en la distancia sublime, la mujer lo miraba con los brazos abiertos y extendidos hacia él, como queriendo alcanzarlo, aun estando a cientos de kilómetros, como si sus brazos pudieran ser de goma extensible y pudiera tocarlo con ambos dedos índices. Lo que no lograba atinar era si sus ojos imploraban o si reían de alegría.

No importaba. Pasaría volando por encima de ella y de los que la acompañaban, que solo miraban, sin aspavientos, su planeo cansino.

A ellos no los maldeciría con la indiferencia que le daba el sentirse superior espacial y anímicamente.

Trataría de olvidarlos, para absorber lo que estaba por venir, cuando soltara la bomba.

Millones de objetivos vivos para masacrar, para inaugurar una nueva era en la que los débiles no existirían, donde la supremacía de su estirpe lucharía por el poder absoluto sobre los pocos que quedaran.

Cayendo en la tentación de ser un dios.

 

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Guinness World Record

Evitaba eliminar a más de uno al mismo tiempo. Entre uno y el siguiente quería parar para vomitar, pero no lo hacía porque el tiempo apremiaba y porque debía cumplir las reglas. Sabía que batir el récord era posible.

Al jurado, sentado frente a él en el anfiteatro, presenciando la escena sin moverse, no parecía que le influyera demasiado el método utilizado. Lo importante era que cumpliera su objetivo.

El silencio solo se rompía segundos antes de cada ejecución. Cuando la víctima, con la boca amordazada, los ojos cegados por anchas vendas opacas y las extremidades inutilizadas con bridas, notaba el frío del metal en su gaznate y emitía un pequeño gemido antes de ser sajada, a un volumen tan bajo que la siguiente no se percataba de que era la próxima en caer.

Y así una tras otra, a una velocidad increíble, con un virtuosismo desconocido.

Cuando terminó, tuvo que descalzarse. Dejó caer el arma aflojando la tensión de su mano derecha, sin ruido estrepitoso, pues la abundante sangre en el escenario amortiguaba el impacto. Bajó los escalones, que continuaban calientes, pues habían sido pisados por demasiados pies camino al cadalso.

Se dirigió a la tribuna donde esperaban los jueces. Y escuchó. Y uno tras otro aplaudieron rabiosamente. Y su rostro mostró la más absoluta felicidad.

Había conseguido batir el récord: Ahora sería el asesino en serie más famoso de la Historia.

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