Implantes

Según los últimos avances tecnológicos, tendremos tiempo de saber de cuánta gente está compuesto nuestro cuerpo.

 

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(Fotografía de Olga Shevchenko, desde Freeimages)

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Un día más

Un día más. Un día triste más. Conmigo misma y sin nadie más. Tan desmoronada como siempre, cuando el siempre ya no tiene sentido pues cada segundo se repite. En esta interminable órbita los víveres se van agotando y mi final está más claro que nunca, a pesar de que me dejé engañar en el reclutamiento. Sé que mis compañeros de misión nunca volverán porque a ellos también los engañaron y allí abajo no hay nada ni nadie. Desde hace un mes que no recibo sus constantes vitales y mi esperanza en volverlos a ver, sonriendo frente a mí, ha desaparecido. También sé que mis señales de auxilio nunca llegarán a su hipotético destino. Afuera, el Universo se detiene cada vez que cierro los ojos rendida, consternada, con una alta erosión en mi mente. Ya no me importa que las uñas y pelo me crezcan a una velocidad desmesurada. Me da igual mi aspecto pues hasta de mí estoy cansada. Pongamos que un amanecer impreciso de un día cualquiera las células de energía de esta nave se agotan y que caigo en espiral precipitándome contra la superficie de este maldito planeta. Pongamos que sobrevivo al impacto, algo físicamente imposible. Pongamos que soy una ilusa y creo que sus supuestos habitantes, hasta ahora invisibles, me rescatan. La falta de oxígeno me está empezando a afectar. Mejor hago que el Universo se detenga para siempre. Para que no haya un día más.

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Heces

Abu Singleton cabeceó un segundo importándole un bledo la opinión de los que compartían el receptáculo. Él no había criticado aún el malgasto de oxígeno por parte de los que entraban en estado arbitrario de ansiedad. Pero las normas eran las normas y cuando se había decidido, en la ridícula democracia formada por siete supervivientes, que nadie podría dormir, había que intentar cumplir dicha decisión, por lo menos en apariencia. Y punto. 
Pero la espera y el sudor eran demasiado agobiantes y se iban acortando los ciclos de éxtasis.
Fuera yacían desparramados los que no habían hecho caso a la disciplina, aún habiendo sido advertidos desde la NAVE. Y se estaban descomponiendo sus cadáveres. Y el olor debía de ser nauseabundo. Pero a ellos, por fortuna, este olor no les llegaba. No entraba aire, pero tampoco salía, y éste se estaba viciando. No dormir, ésa era la cuestión, no dormir y no respirar o, por lo menos, respirar muy lento, pausadamente. Pero los tres ansiosos se tragaban, a borbotones, todo el aire que existía.
Abu pensó en matarlos con sus propias manos, uno a uno, para poder respirar más tiempo. Pero luego recordaba que, ante todo, no debía dormir. Si lo hacía, llegaría la destrucción, irreversible desmolecularización de sus neuronas, y se anularían las sinapsis, y sin ellas, sería un vegetal, un vegetal que respiraría, hasta que se agotara la inmensa dosis de microatmósfera, pero en un cuerpo inerte, al fin y al cabo.
Y volvió a cabecear, o, por lo menos, hacerse el dormido, para que los otros entraran en pánico y respiraran aceleradamente. Los gases, las heces y la orina harían el resto.

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Nivel avanzado

Escucho continuamente, de boca de los escritores, lo de estar sentados ante la pantalla en blanco del ordenador, y me pregunto si dan por hecho que los demás escritores, los otros que no son ellos, no se sirven ya ni del bolígrafo, ni de la pluma o el lápiz, ni de ese instrumento avanzado llamado máquina de escribir.

 

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(Fotografía: Jesús Fdez. de Zayas “Archimaldito”)

Marchita

se paseaba contoneándose ridícula por la acera mirando si la miraban para luego despreciar a los que lo hacían y sentirse insultada por los que no con una máscara por cara llena de colores mal distribuidos que envolvían una sonrisa amarillenta dedicada a los que intentaban filtrear con ella deteniéndose cuando pasaba algún perro por temor al mordisco cambiándose de acera cuando veía acercarse a algún hombre que no tuviera la piel blanca intentando no caerse desde la altura que le daban unos tacones tan afilados y jactándose de estar envuelta y abrigada por pieles muertas que brillaban bajo un sol marchito de vez en cuando hacía como si hablara por el teléfono móvil para sentirse importante para que creyeran los demás que era una persona muy ocupada cada día recorriendo las manzanas de un barrio distinto buscando alguna víctima que no conociera su fama con la que olvidar momentáneamente la soledad provocada por su mala educación por su desfachatez por su insultante soberbia y se decía a sí misma que a estas alturas no cambiaría no le valía la pena empezar desde cero creyendo que con su hermosura ya decrépita lograría tener una vejez soportable en una casa que ahora estaba insoportablemente vacía y solitaria y cuando la llave volvía a escurrirse entre sus dedos arrugados para abrir la oscuridad en su vida mojaba el almohadón frío con sus lágrimas desesperadas esperando que el sueño fuera eterno y que no tuviera que despertar a un nuevo día para volver a contonearse ridícula por las calles mirando si la miraban

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¡Mancha!

Me paso horas mirando la punta del lápiz. Girándolo con los dedos de mi mano derecha. Acariciándolo con su pulgar.

Lo froto de abajo arriba, de arriba abajo, como si creyera que algún genio fuera a salir de él, manifestando una creatividad oculta que yo desconozco.

Y de todas estas horas, ni un segundo es apoyada sobre el papel que tengo frente a mi barriga. Éste sigue inmaculado. Aburrido de mi desidia. Observándome como un gran ojo blanco.

Desenfocado, pues mi objetivo visual es la punta del lápiz, me lo imagino riéndose por lo bajinis. Acuciando a las demás hojas que tiene por debajo.

Incitándolas a la rebelión: O son manchadas o se van.

 

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Germen

Es la rabia que me puede. Es la contundencia de la sinrazón la que me enerva. Es la ausencia de lo divino lo que me inspira. Es la presencia de la tragedia lo que me mueve. Son tu desidia y conformismo los que me alcanzan. Son mis manos y mi corazón los que me sienten. Es la revolución en las palabras y en los hechos los que me dan vida. Es el germen de la revolución que os dará, por fin, un sentido al existir.

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Virus

Traslado un conocimiento insano. Emito axiomas inabarcables. Con la disputa de la razón heterodoxa que elimina cualquier atisbo de genialidad, sumisa al sistema impuesto por los mediocres. Los que son tantos. Los que no varían con el paso del tiempo. Los que eternizan las generaciones de esclavos. Los que eliminan el progreso, la evolución de la especie, que aún no merece ser exterminada.

 

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Guapamente

Buenamente guapamente demente. Y nada arrepentido​ por ser una condición irreversible de mi naturaleza. Con implosiones de conocimiento. Con explosiones de creatividad. Algunas veces con el ánimo por el suelo pero, las más, con la mente más allá de las nubes. Visualizando la magia extrema de la creación cósmica. Trazando líneas imaginarias entre mis infinitos puntos de lucidez. Y actuando. Siempre actuando con golpes continuos de misericordia hacia el mundo egoísta en que me ha tocado vivir. Lleno de habitantes cuerdos. De gentes hipnotizadas con los reflejos escasos de una libertad inexistente. 
Y yo soy el loco…

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(Fotografía: sofamonkez)