Pareja

Tampoco hoy.

Tampoco mañana.

Como tampoco fue en el pasado nunca.

Asumir que tengo tan poco que dar a nadie.

Ni mi corazón lo ofrece ni mi mente está por intentarlo.

Me tildan de egoísta.

Yo me aplico el sambenito de lobo solitario.

Que ronda por la vida sin necesitar a nadie y que la acabará sin echar de menos a nadie.

Me describen como un ser amargado. Y no les quito la razón, pues me amarga la misma existencia, a la que mis padres me lanzaron sin pensarlo, sin reflexionar sobre mi futuro cuando ellos me faltaran.

Él.

 

Los trazos de amargura se difuminaban en su alma ilusionada. No cabían en ella nuevas pretensiones que sabía incumplidas de antemano. Germinaban, sin embargo, los pellizcos de emociones hasta entonces desconocidas. Y haber conocido a esa persona que había logrado hacerle olvidar sus desórdenes internos, más del corazón que de la mente.

 

Cuando me digas que me quieres.

Cuando me hables de nuestros recuerdos.

Cuando me toques y yo te deje hacerlo.

Cuando me mires, sin reírte, o sin llorar.

Yo te preguntaré cuándo.

Sobre vivir, te hablaré mientras sobrevivo.

Ella.

Pareja

 

 

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Dedoslargos

Golpeó unas cuantas veces en la cara, con el puño cerrado, para provocar que reaccionara, pero no lo consiguió. Sin embargo, las percusiones incrementaron el dolor del tirón del cuello y, solo por eso, se detuvo.

Se lo masajeó mientras observaba, esperando que abriera los ojos en cualquier momento. En vano.

Sentado en el suelo, junto con el cuerpo inerte del otro, temiendo que alguien pudiera aparecer y que el callejón dejara de ser un lugar solitario. Temiendo que el que apareciera lo tomara por autor del presunto crimen.

Y se observó los nudillos de su mano derecha, huesuda, alargada y fina, y se dijo que los pianistas no deberían realizar aquellos trabajos sucios.

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Excéntrico

Paciente. Pletórico. Capaz. 
Con ganas de ir a por todas. Enfundándose el mono multicolor para no dejar de estar a la moda y para que las cámaras no lo perdieran de vista.
Asomándose a la escotilla y mirando hacia abajo y a todos lados, porque el vacío lo rodeaba. 
Sabía que el salto iba a salir perfecto, porque los simulacros así se lo habían anticipado.
Ya no había perturbaciones que pudieran echar al traste tantos años de entrenamiento. Ni cuánticas ni mentales.
Y en la Tierra, allá abajo, veía el punto de luz que debía alcanzar en tiempo récord. Solo faltaba que el trampolín lo situara a los cinco metros estipulados de la carcasa de la nave, que desde control terrestre detuvieran la caída en picado de ésta, y que él dispusiera ambos brazos a lo largo de su tronco, con el casco iridiscente apuntando en sentido contrario al Sol.
Y la inercia haría el resto. 
Y el calor infernal de la entrada en la atmósfera. 
Y su hermoso traje, y su egocéntrica banalidad, y sus tediosas riquezas, se fundirían en un abrazo irreversible entre su profunda cobardía y la muerte, alimentando la última de sus insaciables excentricidades.

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Consejo impensable

A veces pensar cansa.

A veces no pensar libera.

Pero siempre hay alguien pensando.

Y si tú no lo haces, esa persona lo hará por ti.

Y entonces tú dejarás de ser tú para ser ellos, otro más de los ellos, los siempre prescindibles.

Por eso, si te cansas de pensar, respira, relájate, desconecta tu mente un segundo, pero no dejes de hacerlo.

Porque no pensar no libera.

Porque no ser libre es no ser.

 

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