Esfuerzo

Dentro de aquellas zapatillas, los pies esforzándose por lograr el equilibrio perfecto, el paso perfecto, la vida perfecta.

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Cada día

Cada día se sentaba en la misma esquina de la plaza, para intentar retratar pedacitos de vidas que pasaban ante él. Y cuando no conseguía plasmar nada en su lienzo, no se deprimía, ni se desesperaba ni se censuraba, sino que recogía sus bártulos y sonreía, pensando que lo lograría al día siguiente, cuando la luz, el aire y sus lápices y pinceles estuvieran en la sintonía perfecta para retratar la felicidad eterna.

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Mejor

En la oscuridad previa, los pensamientos cabalgan desbocados.

En la penumbra plena, esos pensamientos, que se han transformado en pesadilla sudorosa, le despiertan. Y se ve a sí mismo boca abajo, con la cara mojada por su propia saliva y los ojos ardiendo por las lágrimas.

Y se asusta, porque todo el cabecero de la cama está bañado en luz, porque, temiendo que aún siga soñando, se yergue y, apoyándose sobre los codos, observa sus manos que brillan en fosforescencia amarilla.

Tras un desesperado parpadeo, vuelve a enfrentarse a la realidad extraña y ve como sus uñas pintadas en rojo quieren arrancarle los ojos y las manos en garfio quieren estrangular su cuello.

Y la oscuridad desaparece, pues, por fin, todo él es luz.

Y gime de terror intentando no despertar a su acompañante, para que no le tome por loco.

Y, como un resorte, salta de la cama, descalzo, sintiendo el frío en sus talones, tropezando, ahogando el chillido del meñique golpeado con las malditas patitas del sifonier.

Y la luz envolvente va diluyéndose, convirtiéndose en un torbellino que desaparece por la puerta del dormitorio. Y se atreve a preguntar, musitando. Pero no llega la respuesta.

Mejor.

 

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Cimbreo

Arrostré el peligro arrastrando el cuerpo y levantando el pie derecho a una altura inverosímil, la que me permitía la pierna correspondiente, para dejarlo caer y machacar la jeta de aquel malnacido que había intentado asaltarme con su navaja de Toledo, cimbreando por mi rostro la hoja reluciente, amenazándome con que la iba a estrenar con mi sangre.

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Heces

Abu Singleton cabeceó un segundo importándole un bledo la opinión de los que compartían el receptáculo. Él no había criticado aún el malgasto de oxígeno por parte de los que entraban en estado arbitrario de ansiedad. Pero las normas eran las normas y cuando se había decidido, en la ridícula democracia formada por siete supervivientes, que nadie podría dormir, había que intentar cumplir dicha decisión, por lo menos en apariencia. Y punto. 
Pero la espera y el sudor eran demasiado agobiantes y se iban acortando los ciclos de éxtasis.
Fuera yacían desparramados los que no habían hecho caso a la disciplina, aún habiendo sido advertidos desde la NAVE. Y se estaban descomponiendo sus cadáveres. Y el olor debía de ser nauseabundo. Pero a ellos, por fortuna, este olor no les llegaba. No entraba aire, pero tampoco salía, y éste se estaba viciando. No dormir, ésa era la cuestión, no dormir y no respirar o, por lo menos, respirar muy lento, pausadamente. Pero los tres ansiosos se tragaban, a borbotones, todo el aire que existía.
Abu pensó en matarlos con sus propias manos, uno a uno, para poder respirar más tiempo. Pero luego recordaba que, ante todo, no debía dormir. Si lo hacía, llegaría la destrucción, irreversible desmolecularización de sus neuronas, y se anularían las sinapsis, y sin ellas, sería un vegetal, un vegetal que respiraría, hasta que se agotara la inmensa dosis de microatmósfera, pero en un cuerpo inerte, al fin y al cabo.
Y volvió a cabecear, o, por lo menos, hacerse el dormido, para que los otros entraran en pánico y respiraran aceleradamente. Los gases, las heces y la orina harían el resto.

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Punto de encuentro

A más velocidad aparecen las arcadas, y calmo el ritmo para recuperar la compostura.  
Tengo tantas ganas de llegar que me olvido que, tarde lo que tarde, estarán esperándome, que no se irán sin mí. 
No quedan vehículos y tengo que hacer el trayecto por mi propio pie, por lo que debo extremar el cuidado en no torcerme el tobillo o en clavarme cualquier arista del camino o cualquier elemento extraño abandonado. Cuando se agarrotan mis gemelos, me detengo para frotármelos con ambas manos, y vuelvo a la carretera.
Tengo unas ganas inmensas de volar, pero me controlo porque, si no, llamaré la atención y alguna de las patrullas policiales itinerantes retrasará mi llegada al punto de destino. 
Los otros deben de estar actuando de la misma forma porque no veo a ningún alado en las inmediaciones. Lo suyo es que todos nos ocultemos de miradas que podrían dar la alarma a las autoridades. Y si éstas se enteraran de nuestra existencia, el Plan se torcería. 
El Sol ha desaparecido hace rato y no se avistan aún las balizas lumínicas que señalan el punto de encuentro. 
Seguiré corriendo a un ritmo más pausado, para que uno de mis dos corazones pueda entrar en “modo espera” y no consuma parte de mis energías, más necesarias que nunca. 
La visión nocturna se ha activado automáticamente y son más visibles los resaltes de la pista, que se nota que no ha sido asfaltada hace tiempo.
Mi respiración se anula periódicamente, en intervalos de dos minutos y medio por cada hora, y así no se perturba la oxidación de mis células.
Ningún rastro animal ni vegetal me distrae de mi focalización en el punto previamente fijado en el horizonte. Y si escucho algún sonido, es el de mi propio corazón, el activo, que bombea y recicla sangre a un ritmo vertiginoso. 
Las zancadas son cada vez más largas, porque mi impaciencia se va acumulando y las visiones premonitorias me dan continuos subidones de adrenalina.
Sé lo que me espera cuando alcance las coordenadas prefijadas en mi cerebro por el Maestro.
Lo más importante será que los “no alados” elegidos no se arrepientan. Ahora se sentirán secuestrados, apartados de sus seres amados, extraídos de sus vidas “felices”, abducidos de su presunta sociedad perfecta, humillados, anulados, manipulados. Pero con el tiempo, y después de un adoctrinamiento y adiestramiento continuos, verán la realidad, verán que son piezas claves en la Gran Recuperación. 
Poco a poco, en mi penumbra realzada, atisbo movimiento en la lejanía, y manteniendo mi aceleración continua, a media madrugada estaré brindando con mis colegas venidos desde todos los rincones del planeta.
Se supone que el “Invisibilizador” ya estará cubriendo, con su manto de frecuencias, el núcleo de simas de escape.
Los satélites y radares humanos no se percatarán de la gran huída hacia el espacio, formada por más de un millar de lanzamientos hiperlumínicos.
Tengo fe en el Maestro porque Él, con su sintonía con el Gran Consejo, ha precipitado los acontecimientos humanos para cribar los seres necesarios para la reconstrucción de la especie en otro planeta con condiciones biosféricas radicalmente distintas a las de este mundo fallido.
Preferimos la adaptación de los ya existentes a la nueva experimentación con la creación de nuevos seres que podrían acabar siendo inválidos.
Cuando atraviese la frontera de la cúpula de radiación, podré extender mis alas y dejar descansar mis extremidades ya extenuadas.
Falta poco. Lo intuyo, pues las oleadas de júbilo impactan en mi córtex y me imbuyen de felicidad extrema.
Cuando me olvido, los espasmos me sobrevienen, y tengo que detenerme. Pero la esperanza me apantalla la conciencia y el silencio de la noche me relaja la euforia. Porque, al fin y al cabo, ellos me esperarán. No creo que el Maestro me haya mentido al marcar mi destino con el papel que cumplirán mis genes en el Plan, pues una gota de la sangre de mi corazón ralentizado aprobará y activará el código matemático de multilanzamiento a las estrellas. Por supuesto que me esperarán.

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A rajatabla

No la destrocé. Porque, si lo hubiera hecho, podría haberse recompuesto en cualquier momento. Y yo no quería eso. Lo que hice fue aniquilarla. Porque así, sin ninguna posibilidad de regeneración, mi visión y mi misión se cumplían a rajatabla.

La libertad de expresión siempre ha estado sobrevalorada. Y nunca debí de haber permitido su existencia en los comienzos de mi gobierno.

Ahora todo fluye. El pueblo acepta lo que decimos. Y los tenemos mansos como corderos. Acatan nuestras órdenes sin vacilación, sin distracciones que retrasen la cadena de productividad. Los contentamos con entretenimientos intrascendentes y efímeros, que no hagan pensar demasiado. Porque lo único que importa es que se dejen manejar a nuestro antojo, para satisfacer nuestra soberbia, para llenar nuestros bolsillos y asegurarnos un futuro de bienestar que ellos, que no son de los nuestros, no se merecen. 
Ya no me consideran un dictador, sino un bienhechor, que cuida de sus hijos y que los cobija de las maldades de los nuevos tiempos.
Que no piensen.

Que no digan.

Que no pregunten.

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Hay vida fuera

Álvaro Pérez de Herrasti Urquijo

 

Hacía tiempo que no compartía en mi blog textos de otros escritores. Y no ha sido porque no conozca escritores o porque mi ego haga que solo publique “historias” o rimas escritas por mí.

Casi todos los autores literarios tienen un canal donde dejan que fluyan todas sus ideas, llámese libro, blog o alguna de las más contemporáneas redes sociales. En el medio que sea, transmiten su valía como creadores de sueños.

Pero alguna vez descubro un escritor que está buscando aún su momento o su medio para poder hacerlo, y ahí es donde entro yo para que el mundo lo descubra.

El talento merece, debe, ser compartido, y se le debe dar su justo valor en esta sociedad que va demasiado rápida como para perder su valioso tiempo en productos que no sean comercializables, vendibles y consumidos por las masas de habitantes del planeta que buscan vivir la vida intensamente, y que prefieren las dosis cortas y continuas de creatividad efímera que el sabor del talento cocido a fuego lento en la mente en ebullición de ciertos seres humanos.

Por ello, intentaré seguir en la busca continua de talentos escondidos, para que no se pierdan entre la turba de vulgaridad que asola el mundo del Arte.

Álvaro Pérez de Herrasti Urquijo es uno de esos talentos que merecen ser leídos por la mayor cantidad posible de personas. Mordaz, irónico y talentoso en expresar lo subliminal. Conocedor de la actualidad más hiriente y maestro en el arte de mezclarla con la memoria histórica más olvidable, para que el lector no caiga en la utopía de un mundo demasiado idealizado por algunos medios de comunicación, para que el lector no sucumba a la amnesia colectiva que idiotiza a sus prójimos, Álvaro se deja rozar por la genialidad en la intromisión de nuestra conciencia, y se deja bañar plenamente por ella cuando azota nuestra psiquis con su humor ácido y sanador.

Con ustedes, con vosotros, con todos, Álvaro. ¿Álvaro? ¿Estás por ahí?

 

HAY VIDA FUERA

Si te da por poner la televisión, verás el mundo lleno de tertulianos, políticos, empresarios y gánsteres, pero no a la gente que gobierna el mundo en las sombras. Verás a gente muy importante y a otra sin ninguna importancia, que repetirá mentiras una vez detrás de otra. Porque sabes por tu pareja, que es socióloga, que las cadenas de TV son multinacionales, las ve mucha gente, a todo lo largo del planeta, y lo que buscan no es informar, sino crear opinión. Cuando te acuerdas de un amigo que se puso a investigar todo eso, y se dio cuenta de que cada día hay una noticia que acapara la atención de casi todo el mundo. Yo, cuando me lo dijo, le pregunté:

-¿Es casualidad?

-No.- me contestó- Es que hay organizaciones que deciden lo que los medios tienen que contar. Las noticias no son información, son historias que cuentan los que mandan para lavar el cerebro de la gente.

Cuando oigo que hay programas en que se presentan candidatos a cantantes de éxito, sin reparar en las consecuencias, en que su vida cambiará para siempre, que se convertirán en muñecos maneados por hijoputas. Cuando ves a cocineros desconocidos, o de postín, haciendo el ganso, en vez de enseñar a cocinar, a supervivientes estilo Robinson que encuentran en una isla el único medio para adelgazar. Cuando me entero que todavía sigue en antena un programa en que varios jóvenes, de ambos sexos, se presentan para encerrarse en una casa, con la intención de que les filmen los pedos que se tiran, lo bien o mal que follan, los tacos que se dicen unos a otros, cómo se critican mutuamente, cómo se insultan, las tonterías que dicen, lo palurdos que son. Y veo que tiene mucho éxito. Cuando veo que todavía el futbol es el opio del pueblo, y que está dirigido por mafiosos. Y que algunos de los más forofos son los mismos que usan bates de beisbol para apalizar inmigrantes, mujeres, gente que piensa distinto a ellos.  Mientras no nos dicen nada de las colas del paro, de las que hay en las urgencias de los hospitales públicos, de las colas de gente que hay viviendo de la caridad, pidiendo comida en iglesias, ONG y en los comedores sociales. Cuando veo que hay cámaras que nos vigilan de continuo, en todas partes, quiero desparecer.

Cuando veo tantos presentadores estrella tontos, tantas presentadoras estrella tontas, y algunas guapas, para confirmar un tópico absurdo. Cuando veo presentadores y periodistas expulsados de sus medios por decir cosas incomodas e inconvenientes. Cuando veo que no hay ningún canal de televisión de izquierdas, progresista, alternativo, en el que la gente tenga voz, te da por pensar que por cada uno que se sale del corporativismo, florecen mil días de sol. Y que entonces las mariposas emprenden el vuelo a destiempo. Las aves pierden su radar interior con el cual localizan las estrellas. Los bosques se incendian por control remoto. Las jóvenes desaparecen y los niños se ahogan en pozos, y algunos ejecutivos del periodismo sin escrúpulos hacen negocio de ello. Entonces, te entran ganas de apagar el aparato. Esa máquina ya tan vieja, pero tan mefistofélica. Y de repente decides apagarlo, apagas la tele, y empieza a llover, como si fuera un efecto mariposa. Piensas si el agua será un espejo en donde la vida se refleja mejor que en las pantallas, y que tú estás hecho con un setenta y cinco por ciento de agua. Te acuerdas de Gene Kelly, o de aquel día de lluvia en el que paseabas con esa chica, y os resguardasteis en un portal, y allí te dieron el primer beso en la boca de tu vida.

Cuando compruebas que hay vida fuera de las ciudades, de los electrodomésticos, de la prisa, del odio, de los móviles, del ruido, del ordenador. Entonces te acuerdas de Christine Lagarde, la del FMI, que dijo que los viejos tenían la mala costumbre de no morirse. Buscas en internet. Te enteras de sus señas. Coges un avión con los últimos ahorros. Llevas una pistola nueve milímetros Parabellum. Te presentas en su casa, y llamas a la puerta. Te abre una mujer cuya figura ya conoces, con pinta de pastora evangélica y cara y cuerpo de lagartija. Te pregunta, “qué quiere usted” en francés, y le pegas un tiro entre las cejas. Piensas, “con esto pasaré a la posteridad”. Entonces suenan sirenas, llegan ambulancias y la policía. Esta te pregunta educadamente qué ha pasado, si eres un terrorista islámico. Te acosan diciéndote que por qué has destrozado la cara de una mujer tan importante. Y tú les contestas impávido:

-No la destrocé, lo que hice fue matarla.

 

Arco Iris

El susurro en el intercomunicador le causó alarma y, sobre todo, extrañeza. Había escuchado el mensaje y no había conseguido dilucidar en qué idioma había sido vocalizado, porque, pensó bien, eso es lo que había oído, una retahíla de vocales entonadas en altibajos continuos en una frecuencia perturbadora, cercana al ultrasonido. 
Continuó caminando con los rayos del sol azul incidiendo en la visera de su casco, pensando que su compañero de misión se había tomado unas copas de más y estaba desbarrando incongruencias. Era perdonable en aquella soledad tan profunda, en aquella luminosidad perenne tan irritante. 
Estaba a punto de cruzar el umbral de la carpa isotérmica y de manipular los anclajes manuales de las compuertas de las cúpulas de descompresión cuando volvió a sufrir las estridentes vocales imposibles en sus auriculares. Y se dijo que aquel idioma extraño no era propio de un borracho como el comandante.
Y de reojo, aún con los guantes resbalando por las manivelas de acceso, lo vio. Allí de pie, junto a él, con su cara iridiscente y sus extremidades fantasmales. Y cuando lo vio, inexplicablemente, conociendo su propio carácter asustadizo, no se inmutó, y fue al otro al que la cara le cambió de color, pasando del arco iris luminoso al gris más apagado, mientras que levantaba lo que parecía una mano, a modo de saludo, a la vez que susurraba al intercomunicador del humano, varias vocales, que éste entendió perfectamente.
-Bienvenido. Os esperábamos con ansia.

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