Basta de ser un apocado. Basta de ser un mindundi. Basta de ser un alienado. Y de acatar sin acotar la verdad ni acortar los poderes asfixiantes que nos oprimen. Basta de callar sin sonreír, y basta de reír sin pensar. Llevemos la lucha de las ideas a la catarsis. Celebremos el desamparo de los que se creen privilegiados ante las leyes, porque se ven intocables por ellas. Miremos hacia adelante dejando atrás lo que no funciona, en pos del bien común. Basta de no mirar o de hacerlo hacia otro lado cuando el mal actúa. Basta de no querer hablar para no atragantarnos con la vehemencia de las palabras no dichas por miedo a la censura. Basta de no querer escuchar por no querer molestar. ¡Molestemos para que se despierten las conciencias! Seamos libres y liberemos. Seamos justos y traigamos justicia. Y hagamos todo en paz para que la mayoría destinataria del bien común seamos todos, sin excepción.
Uno está cansado de la vida. De sus inconsistencias y vaivenes. De los tirabuzones de sus circunstancias. De lo efímero y esporádico. De los ciclos inmensos…
Las artimañas perennes de ella le sublevaban. Tenía la convicción de que ardería en el infierno si claudicaba ante ellas. Era fogosa, voluptuosa y sensual, pero él se resistía. Por muchas carantoñas, por muchos chupetones en el cuello que le diera, él hacía caso omiso. Le ganaba su osadía de creerse exclusivo, único, incorruptible, y, por muchas danzas del vientre con sexo jugoso que se pusieran ante él, siempre cerraba los ojos y huía. No era que le gustaran los hombres en vez de las hembras, no era que se autosatisfaciera en la intimidad. Las mujeres le volvían loco, y soñaba con ellas casi de continuo, alternando sus fantasías eróticas con pesasillas laborales o de intrigas familiares. No era asexual, estaba convencido, pero prefería contener su virilidad ante tanta preponderancia de curvas de carne y perfumes envolventes. Aún así, ella insistía, y no perdía la oportunidad del guiño, ni de la relamida de labios, ni del contoneo exagerado de caderas. Sabía que, tarde o temprano, caería entre sus brazos y se hundiría entre sus piernas. Ningún hombre se le había resistido y este curita, se decía a sí misma, no sería la excepción.
Tantas veces miramos hacia otro lado. Tantas veces no nos implicamos. Tantas veces hacemos oídos sordos y ojos ciegos a las señales. Mientras no nos salpique la sangre, no olamos el hedor ni toquemos lo podrido todo va bien, pensamos. Y mientras, el poder se aprovecha de nuestra inacción, de nuestra falta de empatía.
Imaginémonos, por un momento, que la Historia de la Humanidad se hubiera escrito de otra manera: Los accidentes geográficos no han creado fronteras naturales entre agrupaciones de humanos y todos los habitantes del planeta son parte de una gran comunidad global, por lo que no existen naciones, ni estados, ni culturas diferenciadas, ni religiones, ni lenguas distintas. Todo está unificado y el desarrollo intelectual, científico y económico de la Humanidad no ha creado diferencias entre los integrantes de la especie humana, salvo su raza y su forma de protegerse ante las inclemencias naturales. No habría poderes que lucharan por crear diferencias y no existiría la soberbia ni la supremacía, no habría guerras porque toda la tierra y el agua de la Tierra sería de todos y para todos. Esta es la Utopía de la Hermanad Humana. Pero es eso, una utopía. La realidad es que la Historia ha creado diferencias entre nosotros y se ha desarrollado graciasa, o pese a, esas diferencias entre nosotros. Se necesitan los filósofos, científicos, economistas y políticos para dirigir el caos que supondría no ejercer algún tipo de regla integrada en la libertad, la justicia y la dignidad humana. Se necesitan hombres que unifiquen a los integrantes de comunidades de individuos que creen en distintas divinidades. Se necesitan intelectuales, maestros y artistas que impulsen las capacidades creativas que todo ser humano lleva dentro. Y se necesitan personas que hagan que las personas entiendan todos los contenidos escritos y verbales en los que las distintas sociedades han volcado sus conocimientos para hacer evolucionar sociedades, tribus, naciones y estados: Los intérpretes y traductores, que aúnan los entendimientos entre humanos. Los párrafos anteriores tienen como finalidad el incidir en la necesidad de preservar el derecho a la diversidad cultural y lingüística de las naciones, y de las comunidades diferenciadas dentro de esas naciones. Debería estar recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el derecho a poder manifestar las ideas en el propio idioma y que estas puedan ser difundidas en los idiomas existentes distintos del propio para el buen entendimiento entre pueblos en aras de mantener la armonía, la paz y la concordia entre las naciones. Si así fuera entendido por todos los integrantes de la sociedad, verían que las personas que promueven y ayudan a que se haga realidad este propósito merecen todo el respeto que se merecen. Todo el colectivo de profesiones y vocaciones, que trabajan en aras de este entendimiento, juegan un papel capital en la conservación y en el futuro del patrimonio inmaterial de la palabra pensada y hablada. Es por ello que deben ser valorados en su justa medida, como personas y como artífices de una parte importante del progreso y evolución de la Humanidad. Que gobiernos nacionales o regionales promuevan el derecho a ser entendidas las ideas, conceptos y hechos, es un avance primordial para borrar distanciamientos entre los pueblos, para eliminar discrepancias entre colectivos, para llevar a buen puerto la estructuración del desarrollo de sus territorios. Porque recuerden: Esta es la realidad. Las utopías son solo proyectos con improbabilidad de que sucedan.
Eres la traición a mis sentimientos. La patada a mis rutinas.
Eres la inquietud en mi desdicha. La raíz cuadrada de mis deseos.
Eres la ilusión engañadora de mi destino. La porción de mis días limitados, finitos.
Eres el querer y no poder. El tratar de sonreír.
He de reabrir la realidad humilde, y aceptaré que mi cuerpo, no, mi alma, no, mi espíritu y circunstancia, son tuyos más que míos, y que alimentaremos los días y noches infinitos de nuestro amor inverosímil.
(Escrito de 6:33 a 6:44 del día 15 de agosto de 2026, mientras esperaba al milagro de la inspiración para el comienzo de una novela nonata).
¡Ay, la pena negra de la bella Yerma! ¡Ay, el Camborio de mis azucenas! No sé si es cante o es poema, pero es jondo. Ay, que tenía que haber dejado que me dejaran ser quien era. No hay peor desesperación que la piedad bien hecha. Que si a quién amo, a quién escribo, a quién engaño con mi obra maltrecha. Soy Federico, señor, el de Fuente Vaqueros, no tenga la mirada estrecha. Sepa que he escrito lloros, poesía y dramas de amplia cosecha. Pero nadie sabe dónde estoy desde que decidieron que debía irme de las tierras de vino y arte, de cante y luna libre, de la sangre el caballo y el toro. ¡Ay, Ignacio Sanchez Mejías, si hubiera sabido que te seguiría allá donde fuiste! ¡Ay, que quiero ser uno de los sueños de mi Dalí! ¡Ay, Salvador, sálvame de su incultura!
Salvador Dalí y Federico García Lorca, Turó Parc, Barcelona, 1925
La muchedumbre gritaba, clamaba, arremetía contra los que provocaban las injusticias más infames. Y, mientras, la mansedumbre aplaudía, acataba, ensalzaba a los que oprimían a los justos, a los que hurtaban las libertades de los humildes, a los que socavaban la Armonía de lo cotidiano.
Siento el dolor. Siento el calor. Siento el temor. Y aún así, me mantengo firme. Sin ganas de irme. Sin lograr que te vayas. Y cuando menos me lo espere, sentiré la plenitud. Dejaré de sucumbir a la barbarie de los daños de lo gris, de lo insulso, de lo estancado y negativo. Y estarás aún conmigo. Apoyándome en la lucha por avanzar. Por estremecer las desarmonías del prójimo. Vitalizando el derrame de lo eterno, la victoria de lo sencillo. Aclamando y celebrandola actitud del cambio. Desarmando la aptitud de lo mediocre, de lo oscuro y anodino. Volviendo al origen de lo lumínico, radiante y brillante. Para vivificarnos y darnos nuestra razón de ser, del como tiene que ser. Porque alguien, con más poder que nosotros, lo dijo y lo predijo. Y ahora, aunque estemos amparados en la esperanza, seguimos vibrando en los colores de la Armonía. Seguimos amando en la esencia de lo bello e imperfecto. Tú y yo, y la Luz.