Y así lo certifico

Se detuvo ante el temor de que la reconociera cualquiera de los insomnes que debatían, entre alcoholes varios, sobre el sentido de la Literatura en sus vidas. Los vituperios lanzados contra el interlocutor presente, en pie, en medio del salón, adquirían niveles decibélicos tan altos que, echando un vistazo a las posibles ventanas escrutadoras, se extrañó de que no hubiera aparcada ninguna patrulla policial que detuviera aquel desenfreno trasnochador.
Los camareros colocaban sillas, volteadas, sobre las mesas vacías, y miraban, con ojos enrojecidos de recelo, el reloj de pared que colgaba tras la barra.
Pensó que ya había esperado bastante y que era momento de envalentonarse para empujar las hojas acristaladas.
Y cruzó el umbral, echándose las manos a la nariz para impedir que llegara el olor nauseabundo de sudores de macho y de orines de váter mezclados con un prominente aroma a café rancio.
Pensó en dar media vuelta y volver al frío de la noche, pero se dijo que no tendría, nunca más, otra oportunidad como aquella.
Y ellos se percataron de su presencia y reinó, por primera vez en muchos años, el silencio.
Las incisivas miradas no la reprimieron y se acercó al núcleo del corrillo masculino.
Y habló. Vaya si habló. Y se dio cuenta que, mientras hablaba, algunos acercaban su boca a la oreja del que tenía a su lado, pues llegaba hasta ella el nombre de su difunto esposo.
Confirmó, ante aquellos cuchicheos, que era viuda de Abel Martín Biosca, el malogrado autor de una de las obras literarias más impactantes de los últimos tiempos, pilar de un nuevo movimiento, no muy bien entendido debido a sus revolucionarias bases ideológicas. Pero dijo que estaba allí no para hablar de su marido sino de la realidad que estaba dispuesta a desvelar ante los dormidos ojos y los sordos oídos de los allí presentes.

Los murmullos se convirtieron en burlas, pues muchos no habían respetado, en vida, a su esposo, y tuvo que detener su introducción biográfica, hasta que el espectador más callado y observador se levantó, apoyado en unas muletas, conservando la dignidad y el respeto que infundían sus encanecidas barbas, y pidió, con su voz ronca y pausada, respeto, y una silla y un café para la dama.
Algunos, que no estaban dispuestos, a aquellas alturas de la noche, a aceptar ningún tipo de autoridad, viniera de quien viniese, abandonaron el local, tropezando en el camino, soltando obscenidades por sus gangosas gargantas borrachas, sin echar la vista atrás. Y los demás callaron, viendo como un enfurruñado camarero acercaba el asiento y la bebida a la viuda, mientras el anciano se sentaba y clavaba su mirada escrutadora en la recién llegada.

Tras el último trago reconfortante, se levantó, ya sin temor, recomponiendo su bufanda y su falda y, tras frotarse los párpados, volvió a hablar. Vaya si volvió a hablar.

A cada palabra, la asaltaban los momentos vividos hasta aquel instante. Las veces que había sufrido los malos tratos del que muchos creyeron persona intachable, las veces que había pasado hambre y frío acompañando al prolífico genio escribidor, las veces que había sido ninguneada ante las interesadas amistades del cada vez más afamado autor, las veces que había sufrido el desprecio marital ante su imposibilidad para tener hijos, las veces que había cargado con el aplastante cargo de conciencia por no decir nunca la verdad a nadie, dejando que una mentira infinita se transformara en una aseveración aceptada e inamovible.
Supo, semanas antes, que allí estaría el editor de su marido, que allí estaría el crítico encumbrador de su obra, que allí estaría el creador del boom literario encendido con la chispa que había supuesto la amada y odiada, a partes iguales, Trilogía del Desánimo. Y era bueno que los tres estuvieran allí, dando igual sus estados etílicos, sus capacidades de concentración, sus consciencias, porque el momento y el lugar eran únicos e irrepetibles, para remover sus conciencias.

-Me llamo Juana Isabel Fernández Caballera y soy la autora de todos los textos firmados por mi difunto marido. No pretendo recuperar una fama mal atribuida y poco merecida. No pretendo más que decir una verdad ocultada porque ustedes, cómplices del sistema patriarcal y machista, así lo obligaban. Pretendo, y exijo, que se haga justicia para nosotras, las mujeres olvidadas por la Literatura y el Arte. Soy la creadora de los argumentos, de los personajes, de las vidas y de los mundos reflejados en las muchas novelas atribuidas a Abel. Tuvimos que salir del estado de pobreza en el que nos introdujimos con nuestro matrimonio, pues éste no fue aceptado por nuestras familias y no recibimos ayuda para empezar la nueva vida, sino que fueron nuestros brazos y nuestras mentes las que nos permitieron sobrevivir en esta sociedad repleta de mediocridad y de desidia. Mi amado esposo tenía pasión pero no talento, tenía sueños pero no era creativo, y me pidió ayuda y se la di, y, por comodidad y un vicio mal adquirido, seguimos engordando el engaño, hasta que se convirtió en algo avasallador e irreparable. Les pido perdón. Pero quiero que sepan que esta es la verdad y que es necesario que la acepten, por la memoria de mi marido y por la memoria del movimiento feminista que se ha creado a partir de mis ideas. La revolución ha llegado y será efectiva en cuanto alguno de ustedes, aquí, en el Café, que tanto amó mi Abel, la asuma y cambie las reglas que tanto aplauden.

Tras sus palabras, que fueron dichas sin interrupciones, salvo algún imperceptible carraspeo, se hizo el más profundo silencio. Pareciera que todos se hubieran trasladado, por arte de magia, a otro lugar, donde solo reinaba el tictac del gran reloj de pared, donde todos, y cada uno de los presentes, escuchaban sus propios latidos.

El arrastrar de una silla y el paso vacilante de unos tacones que impactaban en el suelo viejo, mientras que ella se sentaba para recuperar el aliento, hicieron que todas las miradas se focalizaran, de nuevo, en el anciano.

-Y así lo certifico.

  

Visible

Había llegado demasiado lejos.

Sin pensar en los límites, había vuelto a contradecir todas las leyes físicas conocidas, para salirse con la suya, con el riesgo inherente a su ímpetu revolucionario.

Paso a paso, errando para avanzar, sobreponiéndose siempre a las críticas de sus colaboradores y allegados, quedándose, al final del proceso, solo, sin nadie que celebrara su triunfo.

Y para preservar su legado había grabado cientos de horas de vídeo, atestiguando sus avances, hasta dejar de ser visible y que solo quedara registrada su entusiasta voz.

Y los miles de procesos espaciotemporales rebasaban las capacidades de los más potentes ordenadores, dejándolos inservibles, sin opción de poder replicar sus hallazgos en el futuro.

Ahora deambulaba sin destino, decidiendo quedarse mudo para siempre, para no trastocar el tejido social, para no asustar a las masas ni a los poderosos, para que siguiera todo igual.

Para que su invisibilidad fuera su inexistencia.

Los niños

Los niños gritaban y lloraban bajo un sol ardiente confinados en un contenedor al que le faltaba la parte superior que valiera de techo.

Me acerqué a ver qué ocurría con ellos en aquella situación y me salieron varios hombres armados al paso, desdentados, sudorosos y embriagados, amenazándome para que no me acercara más.

En una caseta contigua, un par de mujeres asiáticas tiraban comida a los niños, desde arriba, como si estos fueran animales, y dos de ellas sujetaban a uno de los niños mientras un viejo de barriga hinchada y pústulas por todo el cuerpo se masturbaba delante del niño al que habían desnudado completamente, mientras hacían fuerza para que el niño no se zafara.
No pude soportar la visión de aquella perversión y, olvidando los avisos de los vigilantes borrachos, ingresé a toda velocidad en la caseta y molí a palos al viejo asqueroso y a las mujeres perversas mientras que agarraba al niño y huía de allí a toda la velocidad que me permitían mis piernas y la fuerza de mis brazos que soportaban el peso del chaval , que estaba como drogado.

Este texto fue escrito nada más despertar, tras haber visualizado lo que en él se narra en una pesadilla exprés e inacabada. Mi subconsciente debe de estar enviándome mensajes.

Fundido en neg

Se puede decir aquello de «hasta luego» pero ¿y si es un adiós definitivo?

Total, ¿quién soy yo?

¿Quién creo ser?

Quizás una gota de nada.

Uno se cansa. No se deprime, pero se cansa.

Y lo intenta para nada.

Se puede decir aquello de «hasta luego» pero ¿y si es un adiós definitivo?

Y ahora, fundido en neg…

Pantallazo en negro | El Correo

Fetal

Cargó el cadáver sobre sus hombros y observó los rastros líquidos que luchaban por filtrarse en los recovecos del suelo empedrado.
La sustancia viscosa que supuraba de la piel atravesaba la armadura biosintética de su carga y estaba empezando a encharcar su traje de combate. Tuvo que asumirlo e intentó alargar el ritmo y la longitud de las zancadas, para que no le alcanzara la onda expansiva de la explosión del vehículo en el que su víctima había intentado aterrizar, antes de que su arma de largo alcance lo abatiera.
Pero su esfuerzo no sirvió para nada, pues cayó,  junto con su carga, y esperó a que no se repitiera la detonación.
Había cerrado los ojos durante picosegundos y, cuando levantó los párpados, solo vio arena y unas briznas de lo que parecía hierba azul, habiéndose esfumado los restos del extraño.
Recuperó la compostura y notó que se habían secado las babas de lo que había creído un cadáver. Giró sobre su eje en trescientos sesenta grados y no escuchó ni vio nada, salvo la humareda del transporte estrellado.
Y cuando se dispuso a activar las videosferas para peinar, desde las alturas, el terreno, una voz sonó dentro de su cabeza en un idioma extraño que, sin embargo, entendió perfectamente y que le conminó a arrodillarse, a bajar la cabeza mirando al suelo, y a esperar.
Y allí, en medio de la nada, solo, sufriendo el cansancio de la postura y los angustiosos estertores, aguardó algún milagro que anulara su sed y hambre y que el frescor de la noche difuminara su sopor y evaporara los sudores que empañaban el visor de su casco.
No pudo aguantar así muchos ciclos bipolares y terminó rindiéndose, desesperado, doblado sobre sí mismo en posición fetal, sin poder abrir la visera de su casco, ante la certeza de que si lo hacía moriría ipso facto.

Abstract lights Foto por Rybson desde FreeImages

Tautograma

Cuando contabilizó cada ciudadano, catalogó cientos comunicándose contracorriente, con cerebros cercenados, colapsados. Consternado contempló culparlos, castigarlos.

Pero propuso perseguirlos, paralizarlos, para poder ponderar pruebas para perdonarlos.

Sopesó su sentencia. Sería sabia. Sondearía soluciones, sin sacrificarlos.

Curaría cada cicatriz con constancia, con certeza. Combinaría cambios cosmológicos, como cuando cambiaba civilizaciones.

Validaría voluntades vibrantes venciendo vicios vacuos.

Uniría, urdiendo un Universo único.

Así ansió ampararlos, así ansió amarlos.

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Demencia

Ya ha empezado la desmemoria global.

Ya se están empezando a olvidar de los muertos por el Virus Covid-19.

Ya se están empezando a olvidar del hundimiento de la economía y de la sociedad.

Vuelven los egoístas para intentar rememorar y volver a aplicar las costumbres y vicios y modas de la Era Pre-Covid, queriendo disimularlas con un falso e hipócrita lavado de cara, creyendo que por llamarlas Nueva Normalidad han acabado con la Vieja o Antigua Normalidad.

Vuelve el mirarse el propio ombligo y no preocuparse por los demás. Vuelve la destrucción del Planeta Tierra, que se había paralizado, momentáneamente, durante el momento más álgido del Confinamiento.

Vuelve el trabajar sin solidaridad por los demás.

Vuelven los gobiernos a estar bajo el yugo de las grandes multinacionales y de los bancos, porque las vidas no importan, solo los beneficios.

Vuelven las farmacéuticas, las industrias energéticas, los partidos políticos, a sacar tajada de las crisis.

Vuelve mi desesperanza en la especie humana. Vuelve mi deseo de exterminio para la Humanidad.

Quizás la próxima vez aprendan. Pero será demasiado tarde.

3, 2, 1


Cuando escuchó la detonación, no pensó que hubiera sido tan cerca. Pero, aún así, corrió y corrió sin mirar atrás, por si le alcanzaba la mala suerte. 

Cuando, a su paso, otras explosiones fueron concatenándose a ambos lados de la calle por la que estaba dejando su aliento y sudor, pensó que ya era una cuestión de casualidades ajenas a su persona.

Siguió avanzando a grandes zancadas, las que le permitían su juventud y su estatura, ansioso de guarecerse en el aparcamiento subterráneo del centro comercial que se encontraba a tres manzanas de su ubicación, y empezó a preguntarse por qué no escuchaba gritos ni sirenas y por qué no había gente huyendo con él ni animales saliendo despavoridos en todas direcciones.

Creyó estar dentro de un mal sueño y que cuando despertara lo haría sudoroso y con falta de aire y, consolado con esa perspectiva, siguió sorteando los cascotes de los edificios estallados.

Y llegó al humo denso e irrespirable cayendo al suelo por la asfixia, cerrando los ojos por sentirlos arder, tapándose los oídos para escuchar su propia respiración, pues del exterior ya no escuchaba más que un pitido continuo y lacerante que eclipsada sus otros sentidos. Rogando que el polvo que estaba en suspensión, y que le iba cubriendo mientras que adoptaba una posición fetal, se convirtiera en purpurina de colores de fiesta y que el radiodespertador lo sustrajera de la desesperanza que estaba invadiendo su psiquis descontrolada.

Y empezó a sentir cómo se ralentizaban sus latidos, cómo su lengua se convertía en un tapón de carne pastosa que no le dejaba tragar la poca saliva que embalsaba en la boca sellada por labios resecos y sangrantes.

Levantó, por última vez, los párpados, antes de apagarse, y no vio más que oscuridad.

Ciego y sordo. Muriendo poco a poco.

Sin poder llorar o gritar.

Tres, dos, uno.

Rompecabezas

Mis pulmones funcionan a pleno rendimiento y mi corazón percute con latidos acompasados pero que se vuelven frenéticos cuando mis pensamientos, sentimientos y hechos claman libertad.

Tengo razones para pensar que aún no soy libre y que los embaucadores digitales están aprisionando mi intelecto mientras intentan llevarme por los derroteros del colectivo alienado.

Hay demasiadas señales de desasosiego que me alarman sobre los próximos precipicios. Pero es tan larga la lista de las cosas que tengo que cumplir para mi propia supervivencia que me desentiendo de ellos. Y cuando estoy estable, vuelo, en sueños, o en otras realidades, como la que me hace creer que puedo ser artista o que puedo aportar algo al ingenio humano.

Mientras que llegan las respuestas, grito.

Mientras que llegan las respuestas, respiro controlando el final de otro ciclo, el de la madurez.

Mientras que me hago más preguntas, suavizo los altibajos emocionales con los intentos de resolver el rompecabezas en el que me estoy convirtiendo.