Poema muerto de un vivo eterno

 

Tengo una vida.

Una vida de vidas.

Vidas debidas

a las vidas vivas

de otras vidas

que me mantienen con vida

en esta muerte eterna que vivo.

_MG_1230

(Fotografía: © Luis Leo Photos)

Anuncios

Sinrostro

Sin rastro del rostro. Con un rato de reto. Avivando la vida. Mezclándola con la tuerta muerte. Aguantando la desidia, el desánimo y el estupor ante el no reconocimiento de uno mismo. Sin rastro del espíritu arrastrado. Tan erosionado que parece anulado. Y el resto, supurando sopor. Ante la mentira, ante el engaño continuo y manejado. Ante el temblor crónico del enajenado. Ante el encogimiento de hombros de los hombres, que por querer mucho acaban teniendo lo que se llevarán a la muerte: Nada.

 

sinrostro

(Selfie tomado el 12 de marzo 2017 a las 15:08:41, justo cuando el sol deslumbraba)

Tan de vez en cuando, cuando las veces eran tantas

Y el amasijo de carne putrefacta hiriendo la sensibilidad de los que se asomaban por las ventanas de sus casas. Sin nadie que hiciera nada. Dejando, simplemente, que sucediera, como tantas veces, cuando las veces eran tantas.

Acostumbrados al olor, que se extendía por kilómetros, encontrándose con otros olores que venían desde kilómetros. Y dejando que se mataran, porque nadie castigaba.

Ya nadie lloraba. Lo podían ver allí o en las pantallas. No había casi diferencia, solo en el olor. Habían perdido sus almas. Y la Madre ya no se quejaba. Ya había perdido a todos sus hijos, y la Tierra era la Madre, cuando había sido padre y madre a la vez.

Comer, beber, dormir, matar. No había nada más. Ni siquiera supervivencia, ni siquiera defensa propia. La vida no engendraba valor para dar valor a la vida.

Y un día, como en un juego de palabras, como en un juego de estrategia, como en un juego sin niños, porque la inocencia no era más que una palabra vacía, llegaron ellos. Decían que desde las montañas. Lo decían incluso donde no había montañas. Y ellos empezaron a retirar las cenizas, el polvo que nadie tapaba ni enterraba. Y limpiaron de carne las calles, las sendas, los valles, los bosques, los océanos, los ríos, las grutas, las selvas.

Y después de la limpieza, que llevó siglos de constancia, de paciencia y de mesurada reeducación, se dirigieron, los que quedaron, al hogar del último recién nacido sobre la faz de la Madre. Sin importarles la especie ni la raza del neonato. Y cuando le dieron su bendición tras estudiar su espíritu limpio y libre, se reunieron en consejo, los pocos que eran, para mirarse a los ojos.

Y el más joven, que era extremadamente anciano, dijo, sin palabras, al más anciano, que era extremadamente joven.

¿Y si les decimos que no existe Dios y que son ellos los que deciden sus destinos?

 

perroagresivo