Qwerty

Qwerty volvió a mirarlo a los ojos, o lo que habían sido ojos en otro tiempo. La tendencia al vacío en todo su cuerpo era la evolución que Adeldran siempre había deseado, y la mirada del infrahumano se lo estaba recordando.
No esperaba respuestas. Solo un movimiento rutinario que demostrara que estaba operativo. La conciencia haría lo demás. Pero Adeldran, el capacitado, se lo estaba poniendo difícil.
Mientras que los otros agentes inspeccionaban aquel estercolero, él no se rendía. Pero, aún así, no quería recurrir al filamento neuronal. No quería ponerse al nivel del detenido.

Qwerty liberaba su masa sobre los desgraciados.
Si a veces los aplastaba, no se arrepentía.

Foto Jesús Fdez. de Zayas «Archimaldito»

Instantaneidad

Parece que la instantaneidad de los contenidos de las redes sociales estuviera cambiando el «chip mental» de las personas. La velocidad del consumo de información y la aceleración de la difusión de los hechos privados, colectivos y globales, hacen que las nuevas generaciones de la Era Tecnológica, y las más viejas, que se han adaptado a trompicones para sobrevivir en ella, parecieran creer que detrás de esos hechos no hay personas, seres humanos de carne y hueso, que tienen una vida propia que, muchas veces, va desacompasada con la velocidad de comunicación en esta nueva era. Se mantiene la privacidad, la intimidad infranqueable, que no quiere ser difundida entre en el resto de mortales. No todo es la vida bella que muchos quisieran para el prójimo y para sí, y muchas tragedias ocultas marcan el ritmo vital de muchos humanos.
Que alguien no te conteste un segundo después, que alguien no te tenga al tanto de sus movimientos vitales, no hace de esa persona alguien antipático, descortés o aburrido. Son seres reales con vidas reales en un espacio-tiempo real (o relativo según la física cuántica). Y merecen, merecemos, respeto.

Imagen de Annette en Pixabay

Invisibles


No se atrevía a levantar la vista del suelo, para no cruzar la mirada con nadie. Y se concentraba en los sonidos que llegaban desde todos lados. Las risas de niños exultantes por el viaje, mientras que los padres advertían que no soltaran sus manos. Las batallitas de los ancianos, que aprovechaban cualquier descuido de los jovenzuelos para soltar su perorata. Los avisos de megafonía, indescifrables a veces. La guitarra del artista ensayando antes de subirse al siguiente tren para conseguir algunas monedas. Y sus propios latidos, acelerados por la ansiedad que le causaba el próximo examen en la facultad.

Imagen de Klaus Fedorow en Pixabay

Llano Ya No

Ya no me tocas.
Rehuyes mi mirada.

Ya no me hablas.

Te molesta que te diga Amor.
No soportas mi presencia.
Siempre te vas cuando aparezco.

No contestas mis mensajes.
No cambias el gesto de tu rostro cuando me ves en la distancia.

Cualquier comentario te molesta.
Ahora echas el pestillo cuando entras  al baño.
Parece que estalla tu ira cuando pregunto cómo te ha ido el día.

No me despiertas con un beso, como hacías antes, cuando marchas al trabajo.

Apagas la radio cuando la enciendo.
Cambias de canal en la tele cuando notas que algo me está interesando.

Nunca nunca nunca me piropeas.
Ya no me regalas nada.

Friegas solo los cubiertos y platos que has utilizado.

Llenas el carro en el supermercado pero no me relevas para empujarlo.

Tengo la sensación eterna de que hablo con las paredes.

No aprietas mi mano en el cine, ni paseando, ni durmiendo.

Estando contigo, me siento solo. Y perdido.

Payasa

Gua pedía agua, no para beber sino para echársela por encima y reír a mandíbula desencajada.
Gua jugaba con los demás tal como había jugado cuando era niña. Pero la edad y la experiencia daban otro sentido muy distinto a sus juegos.
Estimaba que los que estaban con ella o se cruzaban en su camino eran seres aburridos a los que había que divertir a costa de sus defectos físicos y psíquicos, lo que la acarreaba la aparición de muchos enemigos y enemistades.
Pero a ella eso no la importaba porque la principal diana de sus burlas, insultos y escarnios era ella misma y cuando alguien la preguntaba por qué se cebaba con su propia cojera, con su mandíbula saliente y con su bizquera mal disimulada, contestaba que lo hacía para superarse cada día, para encontrar un objetivo en la vida, para dar y recibir cariño y, consecuentemente, felicidad.

Imagen de Alexandr Ivanov en Pixabay, editada por Archimaldito

Defectos, virtudes y pecados

¿Quieres saber quién puede absorber tu cerebro y quitarte las ideas más rápido que nadie?

¿Quieres saber quién puede absorber el agua de tu cuerpo y quitarte la vida más rápido que nadie?

En los sueños están las respuestas,  mientras que esperas la noche con calma y con la extensión de tu raciocinio perenne.

En los sueños se esclarecen tus miedos diarios, tus traumas vitales, tus obsesiones más recónditas. Se magnifican tus defectos, tus virtudes, y tus pecados más secretos se transparentan.

Fotografía de Iván Fernández Claudet

Por encima del hombro

Hoy me han dicho que sufro de microinfartos cerebrales.

Los médicos no saben decirme aún cuál es el motivo de esta anormalidad.

Yo intento sugerirles una respuesta al enigma y no me hacen caso. Desprecian mis explicaciones aduciendo que no estoy preparado intelectualmente para aportar una solución científica plausible.

Yo insisto e insisto para ayudarles desinteresadamente y, aún así, me miran por encima del hombro.

A veces, me imagino sus caras cuando les diga algo que les he ocultado hasta el momento: que no tengo cerebro.

Imagen de u_if8o5n0ioo en Pixabay

Laprofe

Golpeó varias veces la mesa, con las manos muy abiertas, hasta hacerse daño, pero los alumnos seguían sin callarse.

Consideraba que ya estaba muy harta de desgañitarse para nada, así que, desde la segunda mitad del curso, optó por golpear la mesa con alguna regla, que acababa rota, con algún libro, que acababa deshojado o, como hacía últimamente, con las manos, a riesgo de romperse algún hueso.

Imagen de facethebook en Pixabay