Zona Cero

En la Zona Cero no hay acero.
No es el reino del hormigón y sí el de las hormigas.
El sinsentido de la civilización ha dado paso a mujeres y hombres civilizados como los animales.
La desesperanza del desbarajuste climático se ha transformado en la dicha del ajuste empático.
Todos hacia la Armonía y la Armonía hacia todos.
Un cambio con sentido consentido por la Humanidad renacida desde los últimos chispazos de la tecnología.
La vuelta a la supervivencia. El saborear las vivencias del prójimo como si fueran propias.
Dejando a la Naturaleza hacerse cargo de los ritmos diarios, para tranquilizar los nocturnos.
Dando a todas y todos lo que merecen del fruto de la felicidad.
En la Zona Cero se vive con esmero.
En la Zona Cero nadie ni nada es más que nadie ni nada.
Todo trasciende, todo importa, todo es racional y razonado.
La Utopía se ha hecho realidad, y nadie piensa en lo que vendrá sino en lo que es. Para experimentar cada milisegundo de lo que, en otros tiempos, llamaban Gloria.
Ya ha sido reseteada la memoria de los habitantes de la Zona Cero. No hay sitio, pues, para la desesperanza.
En la Zona Cero, el mundo es, por fin, un feliz mundo, para todos, por todos, hacia todos.

Fotografía por Archimaldito

Entramado

Han cambiado las puertas del cielo.

No podían traspasarlas los simples humanos en sus carcasas efímeras.

Ahora vienen resguardados en sus vehículos diabólicos y, en vez de hacerlo uno a uno, viajan en cuantiosas inmundas manadas.

Estamos pensando controlar sus migraciones.


Estamos pensando en resetear sus mentes para que no piensen en activar el hiperespacio.


Lo mejor es que se queden recluidos en su galaxia.


No queremos cambios en la matriz subespacial ni, menos aún, dejar que la plaga humana se extienda en el Cosmos global.


Cerraremos las puertas del cielo, a cal y canto.

Bloquearemos cualquier intento de humanizar las galaxias.


El Entramado está decidido.
La eternidad no puede ser trastocada ni corrompida.


Caso cerrado.

Imagen de Jim Cooper en Pixabay


Así fluirá

Vida vivida y dada.

Sentimientos y sentidos enaltecidos.

Los actos y pensamientos engarzados en la dicha.

Movimientos armónicos, armoniosos y armonizados.

Solo falta la complicidad.

Así fluirá la Empatía, la Armonía, el Amor.

Y mi razón de ser estará justificada.

Fotografía Archimaldito

Inamovible



La desmemoria le incapacitaba para tomar cualquier decisión.

Rompía los esquemas, pero estaba atado a la desdicha.

Y en el cúmulo de sus circunstancias siempre vencían las dudas.

Se solapaban las ideas emergentes que luchaban por vibrar.

Se repetía el cansancio hacia lo mundano.

Sopesaba los cambios, y era entonces cuando la inteligencia de cualquier entelequia escondida era amenazada por el paroxismo de lo inabarcable.

Fotografía por Archimaldito

Las artimañas perennes


Las artimañas perennes de ella le sublevaban. Tenía la convicción de que ardería en el infierno si claudicaba ante ellas.
Era fogosa, voluptuosa y sensual, pero él se resistía.
Por muchas carantoñas, por muchos chupetones en el cuello que le diera, él hacía caso omiso.
Le ganaba su osadía de creerse exclusivo, único, incorruptible, y, por muchas danzas del vientre con sexo jugoso que se pusieran ante él, siempre cerraba los ojos y huía.
No era que le gustaran los hombres en vez de las hembras, no era que se autosatisfaciera en la intimidad.
Las mujeres le volvían loco, y soñaba con ellas casi de continuo, alternando sus fantasías eróticas con pesasillas laborales o de intrigas familiares.
No era asexual, estaba convencido, pero prefería contener su virilidad ante tanta preponderancia de curvas de carne y perfumes envolventes.
Aún así, ella insistía, y no perdía la oportunidad del guiño, ni de la relamida de labios, ni del contoneo exagerado de caderas.
Sabía que, tarde o temprano, caería entre sus brazos y se hundiría entre sus piernas.
Ningún hombre se le había resistido y este curita, se decía a sí misma, no sería la excepción.

Foto Archimaldito

De 6:33 a 6:44

Eres la traición a mis sentimientos.
La patada a mis rutinas.

Eres la inquietud en mi desdicha.
La raíz cuadrada de mis deseos.

Eres la ilusión engañadora de mi destino.
La porción de mis días limitados, finitos.

Eres el querer y no poder.
El tratar de sonreír.

He de reabrir la realidad humilde,
y aceptaré que mi cuerpo, no, mi alma, no, mi espíritu y circunstancia, son tuyos más que míos, y que alimentaremos los días y noches infinitos de nuestro amor inverosímil.



(Escrito de 6:33 a 6:44 del día 15 de agosto de 2026, mientras esperaba al milagro de la inspiración para el comienzo de una novela nonata).

Fotografía por Archimaldito

Mansos

La muchedumbre gritaba, clamaba, arremetía contra los que provocaban las injusticias más infames.
Y, mientras, la mansedumbre aplaudía, acataba, ensalzaba a los que oprimían a los justos, a los que hurtaban las libertades de los humildes, a los que socavaban la Armonía de lo cotidiano.

Imagen de OpenClipart-Vectors en Pixabay

Debería

Debería quejarme menos y escribir más. Dejar de llenar mi boca de palabras insulsas, sin sentido, cuya única finalidad es el quedar bien ante los demás, y armarme de paciencia, talento y rebeldía para atacar al Sistema y a todos los que adoran sus templos de intelectualidad y basura mediática.
El mundo se merece un revulsivo para seguir evolucionando, y cuando me refiero al mundo me refiero al planeta, a la Tierra que nos ve nacer y morir cíclicamente, y también me refiero a la masa de humanos que corrompen la armonía del Universo.
Debería llenar hojas y hojas y hojas con palabras hirientes, que invocaran la conciencia de la especie primigenia, antes de que sea demasiado tarde y los quejumbrosos habitantes de las civilizaciones fallidas se hundan en la miseria ética y moral, antes de que desaparezca el inmerecido estado de bienestar que idolatran todos los que sabotean las leyes del amor, respeto y tolerancia hacia lo ajeno.
Debería mandar a paseo a los gurús económicos y financieros, a los políticos calentadores de poltronas, a los medios de comunicación incomunicadores, a los falsos profetas de lo perennemente bello.
Debería escribir y dejar de quejarme a los oídos sordos, a las voluntades inconexas, a la barbarie de la desidia. Tengo tiempo. Toda una vida y las siguientes en las que no creo.
Y después de escribir las palabras, las gritaré. Y las actuaré.

Fotografía de Adelbrando McPherson