Poema muerto de un vivo eterno

 

Tengo una vida.

Una vida de vidas.

Vidas debidas

a las vidas vivas

de otras vidas

que me mantienen con vida

en esta muerte eterna que vivo.

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(Fotografía: © Luis Leo Photos)

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Rectitud

 

Era cuadriculado, disciplinado, recto y pausado, y el punto vigía más alto de su alma le advertía que debía vivir la vida con osadía, con pasión, día a día, antes de que el infinito de su desesperanza se mezclara con el límite de su apatía.

 

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(Fotografía: © LuisLeo Photos)

Desolada

Risueña. Feliz.

O eso creían ver los que la conocían por primera vez. O eso pretendía mostrar a los demás para que tuvieran esa imagen de ella por primera vez, o para siempre.

Pero, en el fondo, ni estaba risueña, porque era una mueca de disgusto disimulado, ni era feliz, porque su odio al prójimo impedía que lo fuera.

Deseaba la muerte o, en su falta, la desgracia, a todo ser vivo que osara cruzarse en su camino, e imaginaba, en su sadismo, las truculentas formas en que esto podía ser llevado a cabo.

Y sonreía, de nuevo, mirándote fijamente a los ojos.

 

 

Dedicado a Monami, que siempre está risueña… o no

 

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Cansancio

Nos advirtieron varias veces y no hicimos caso. ¿Para qué? Si nosotros éramos más inteligentes que ellos. Si nuestras insulsas vidas nos daban derecho a despreciarlos. Si ellos tenían el conocimiento pero nosotros el poder del capital, del consumismo, del desperdicio de los recursos, de la barbarie del acelerado ritmo de nuestras vidas.
Y se cansaron de indagar, de buscar salidas a lo que no parecía tenerlas, de enseñar y difundir la verdad, de comprobar una y otra vez sus teorías con la realidad circundante.
Se aburrieron de ser altruistas.
Y acabaron liberando sus remordimientos por dejar que sus palabras y sus obras cayeran en el olvido, antes de dejar de ser Científicos.

 

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¡Mancha!

Me paso horas mirando la punta del lápiz. Girándolo con los dedos de mi mano derecha. Acariciándolo con su pulgar.

Lo froto de abajo arriba, de arriba abajo, como si creyera que algún genio fuera a salir de él, manifestando una creatividad oculta que yo desconozco.

Y de todas estas horas, ni un segundo es apoyada sobre el papel que tengo frente a mi barriga. Éste sigue inmaculado. Aburrido de mi desidia. Observándome como un gran ojo blanco.

Desenfocado, pues mi objetivo visual es la punta del lápiz, me lo imagino riéndose por lo bajinis. Acuciando a las demás hojas que tiene por debajo.

Incitándolas a la rebelión: O son manchadas o se van.

 

© Copyright 2010 CorbisCorporation

Virus

Traslado un conocimiento insano. Emito axiomas inabarcables. Con la disputa de la razón heterodoxa que elimina cualquier atisbo de genialidad, sumisa al sistema impuesto por los mediocres. Los que son tantos. Los que no varían con el paso del tiempo. Los que eternizan las generaciones de esclavos. Los que eliminan el progreso, la evolución de la especie, que aún no merece ser exterminada.

 

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Performer

Escribo tanto que no tengo tiempo a publicarlo y, mientras, lo guardo en notas en papel dispersadas por la casa o en mi lugar de trabajo, y allí, como hojas caídas en otoño, aplastadas entre libros o cuadernos releídos, dejan madurar sus palabras, con la intención de que las ideas expresadas provoquen efervescencia en mi psiquis que valga de aviso para volver a rescatarlas.

Y mientras me quedo con los vacíos llenos de mecanicismo laboral, llenos de actos de supervivencia. Deseando que me sobrevenga el estado de dependencia creativa.

Y los ojos, con su punto de visión dirigido a objetos inexistentes. Y las olas de voltaje sensorial que rompen en mi muro mental, tan proclive a ser derribado, me horrorizan y me embaucan a partes iguales, disimulando las pequeñas implosiones con la percepción de la obra de otros artistas, mientras las absorbo y las mimetizo con mi propia percepción de las cosas y de las no cosas.

Y siempre, el agobio continuo por no poder detener el tiempo, que es siempre tan veloz que me siento desamparado ante la idea de que nada sea eterno.

No quisiera tomar nunca como propias las palabras que escuché el otro día de un “performer” o interpretador de la vida y del arte encerrado en esa vida: “No soy un artista, soy un poeta”.

Esas palabras no me valen, pero aun teniendo claro que no me las puedo, ni quiero, aplicar, me hieren demasiado. Y cuando deje de escribir ahora, dentro de un instante, volveré a rebuscar mis hojas caídas de otoño. Volveré a rescatar aquellas palabras escondidas para hacerlas visibles a otros ojos, para que ellos las llenen de sentido y hagan que mi vida tenga, otra vez, sentido.

 

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(Fotografía de Jesús Fdez. de Zayas “Archimaldito”)