Hoy he vuelto a resucitar y, la verdad, ya me estoy aburriendo de volver a la vida cada vez que se me necesita.

Hoy he vuelto a resucitar y, la verdad, ya me estoy aburriendo de volver a la vida cada vez que se me necesita.

Gua pedía agua, no para beber sino para echársela por encima y reír a mandíbula desencajada.
Gua jugaba con los demás tal como había jugado cuando era niña. Pero la edad y la experiencia daban otro sentido muy distinto a sus juegos.
Estimaba que los que estaban con ella o se cruzaban en su camino eran seres aburridos a los que había que divertir a costa de sus defectos físicos y psíquicos, lo que la acarreaba la aparición de muchos enemigos y enemistades.
Pero a ella eso no la importaba porque la principal diana de sus burlas, insultos y escarnios era ella misma y cuando alguien la preguntaba por qué se cebaba con su propia cojera, con su mandíbula saliente y con su bizquera mal disimulada, contestaba que lo hacía para superarse cada día, para encontrar un objetivo en la vida, para dar y recibir cariño y, consecuentemente, felicidad.

En la terraza de un bar, Adolfo Gila, está tomando una tila (pa lo nervio). Se acerca la cámara de una joven o un joven y existe el siguiente diálogo:
(Joven): -Abuelo, ¿sabe usted que, por mucho que se esfuerce, no va a vivir hasta los doscientos años?
(Adolfo Gila): -Pue e verdá.
(J): -Abuelo, ¿sabe usted que hay mucha contaminación y que usted, aquí sentado, se está tragando todo el humo de los coches?
(AG, mirando a su alrededor, y absorbiendo aire fuerte por la nariz): -Pue e verdá.
(J, mirándole fijamente a los ojos): -Abuelo, ¿le molesta que le llame abuelo?
(AG): -Para na, nieto.
(J): -Pero usted no es mi abuelo.
(AG): -¡Vamo a ve, vamo a ve!
(J): -De veras, tú no eres mi abuelo.
(AG): -!No me toque lo huevo, no me toque lo huevo!
(J): -Perdona si te he molestado, ¡viejo!
En ese momento, Adolfo Gila termina de sorber de su taza de tila, levanta el bastón apuntando al joven y le dice:
-¿Qué pasa? ¿Qué te aburre mucho en tu casa, niñato/a? Si te aburre, muérdete un codo, ¡desgraciao!
Adolfo Gila se levanta parsimoniosamente y se va, dándole la espalda al/a la joven, cantando ¡no me gusta que a los toros pongas la minifaldaaa… ! y pega un salto chocando los pies en el aire.
FIN.

Lo único que me mueve es estar quieto.
Y sin embargo, en la osadía de mi existencia clamo por desaparecer de ella.
Visionando cada detalle del proceso. Sintiendo el irse de la sangre a raudales, hasta quedar vacío y liviano.
No quiero disolver mi forma con la firma de lo infernal.
Se acercan tiempos devastadores para mi mente.


Kilos, kilómetros, kolokómetros, la ruta del desastre, a la que todos se apuntan sin pensar en la consecuencias, que suelen ser irreversibles e irremediables. Tanto kolomolo que te como lo que quieras porque quedan pocos días de vida y estos pasan muy rápido, ultrarrápido, que me echo a la nariz todo lo que pille, al gaznate todo lo que no atragante y a las venas todo lo que no sea rastreable. Pumba pumba chaka chaka, que no me des la chapa, que si no puedes seguir mi ritmo quédate panza arriba bajo el sol viéndolas venir, que yo sigo noche tras noche, que paqué dormir si cuando duermo me lo pierdo todo. Que qué música, que qué pibón, que qué buenos colegas que me pasan el costo, que para la meta mejor con tíos y tías no conocidos, que todos nos conocemos y se nos va la lengua. Que vomites te digo pameterte más, que nunca es suficiente y cuando el travelo se dé cuenta que se ha dejado manosear por una escoria como tú me va a venir a dar el cante y amenazarme con contárselo a mi niña de fijo.
Que me da igual quedarme sordo que lo que mola es la vibración de los pulmones y el estómago, que lo de la pilila que no se te levante ya habrá remedio cuando te pase el mono.
Y no pienses en volverte para casa y que te pillen los maderos y a lo que les digas con las pupilas dilatadas no se van a creer lo que les cuentes y encima se van a querer quedar, decomisar dicen ellos, con todo el material pa colocarse en sus ratos libres que son muchos.
Suda sudadera que me la suda que pases de mí para darles picos a todos los machos del lugar que para eso tengo resistencia para tres o cuatro días más sin dormir, que para eso no curro y me despabilo pronto con un rezbul pa seguir pribando.
Que me queman los ojos pero lo importante es no cerrarlos para ver luces innecesarias, que hoy estoy aquí contigo que mañana no sé dónde estaré, a lo peor en gayumbos y con un tatuaje de más o sin cartera y sin manera de volver a casa a no ser que sea andando o tirando de dedo, que fijo que no me coge nadie.
Venga, pásame el chunda chunda chunga jajajá que me parto el esternón.
Que no sé pa qué me estás gritando si con esta música tan disparada no me entero.
¡Sigue bailando o saltando o arrastrándote por el suelo que da igual que todos son colegas y hacen lo mismo esmirriao!

El ojo pinchado en una aguja de punto miraba a todos lados, llorando la poca sangre que le quedaba, maldiciendo no parecer desorbitado por no tener una cuenca que lo ciñera; esperando, con cólera, a que apareciera su liberador, para no quitarle la vista de encima.

El heladero, en el calor insoportable de agosto, se hizo famoso por sus sopas de vainilla, fresa y chocolate.

