Creo

Creo que eres tú quien se fuma el Sol,

quien moja los mares,

quien pinta el cielo.

 

catching-the-sun-1389609Photo by Alun Davies from FreeImages

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Verano

Verano. Sandalias. Sudor a chorros desde los poros recalentados. Gafas polarizadas protegiendo los ojos enrojecidos. Harto de estar solo. Deseando desear. Para sudar aún más. 

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La caja de madera

Sabía que encontraría vacía la caja de madera. Había estado probando cantidades industriales de su contenido durante meses. Y aun así, necesitaba seguir consumiendo aquella sustancia maravillosa que le habían prometido que llenaría su vida de instantes felices e irrepetibles. Se había prometido a sí mismo dosificar la apertura de su cerradura, para eternizar el efecto altamente beneficioso para su cordura y, sobre todo, para su creatividad. Pero se dio cuenta, demasiado tarde, que se había convertido en un dependiente de las endorfinas provocadas por aquellos orgasmos psicodélicos insuflados por aquel maná que parecía no acabarse nunca.

Pero se acabó. Y con el vacío que tocaba cada vez que metía los dedos en el recipiente sagrado, se desmoronaban sus ganas de vivir. Y con su desánimo llegó el declive de su cuerpo, de su agilidad mental, de su rendimiento en el trabajo.

Y decidió volver a suicidarse. Y decidió volver a fabricar otra caja mágica. Para volver a ser feliz. Para repetir el ciclo. Hasta que alguien le rescatara de su soledad. Hasta que alguien le liberara de su maldición, mostrándole la verdad, mostrándole el hecho de que aquella caja con la que jugaba en su imaginación no era otra cosa que su corazón vacío, tan necesitado de amor.

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Con poco

Con poco 

tengo mucho.

Me prevengo

de no querer más.

Te prevengo

de no pedirte más.

Más más más.

Y si tuviera demasiado

no valoraría lo poco

que te puedo dar

y lo mucho que me ofreces.

                 

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Mechón

El mechón rubio tapaba su ojo derecho. Durante un tiempo lo dejó caer sobre ese lado de la cara porque decía que así iba a la moda. Pero se dio cuenta que lo que se llevaba en ese momento era la indiferencia, el egoísmo, la soberbia. De los demás ante ella. De ella ante los demás. Y con su desprecio llegó la decisión de dejar caer todo el flequillo sobre la cara, ocultando ambos ojos, para que cuando los observara a través de la cortina de pelo no vieran su mirada punzante, embajadora del odio que hervía en sus entrañas.

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Abuela

Perfecta.

Tan perfecta que da miedo. No por su aspecto físico, que es la envidia de los que la rodean, sino por su mente tan centrada, ecuánime y disuasoria.

Los que la conocen en la distancia envidian su seguridad. 
Los que la conocen íntimamente acaban huyendo de su avasalladora ternura porque no la creen real.

Nunca da pistas sobre sus pensamientos, y, menos aún, sobre sus pasiones, y a los que preguntan sobre sus emociones, que no suele mostrar abiertamente, les reclama que las mujeres no tienen que machacar con ajo su corazón en el mortero para que éste sea un remedio curativo contra los males de este mundo. 
Y no la comprenden. Nunca la comprenden, pues preferirían que fuera su lengua la que estuviera troceada y mezclada en cuencos de leche y miel para resarcirles de su amargura. 
Y así, ella sabe sobre la verdad de su vejez, que no es otra que el reflejo de la intrascendencia que la rodea, que intenta apagarla, sin jamás lograrlo.
Y así, ella sabe más que los otros que creen que saben más por ignorarla.
Sola, tierna, eterna, suave, libre.

Perfecta.

 

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El paseo

Quieta.
Esperando el momento perfecto, el espacio perfecto, la luz perfecta.
Siendo yo sola. Pero siendo yo.
Dejándome envolver por lo cotidiano, para captarlo con mi cámara, para celebrarlo, para desear más instantes sublimes.
Y compartirlos contigo, para mirarte, para abrazarte, para que me sientas otra vez libre. Libre en la prisión de tu corazón. 
Extasiada ante la belleza de lo que aún no he fotografiado. 
Pero hoy, que he venido a pasear por 1980, no hay nadie, y la sensación de sentirme observada es mucho menos fuerte que el placer de observar a través del objetivo de mi cámara, que alimenta mi búsqueda subjetiva de la belleza, tan recóndita a veces ella, tan sensible siempre yo. Y he llorado ante un hecho que siempre me fue imperceptible, y que he recordado hoy, cuando no había nadie para susurrármelo: Que los chinos también bostezan.

 

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Liberación

Me vino a la memoria. Y la rechacé de plano. No quise revivir lo sobrevivido. Era demasiado doloroso. 
Preferí que siguiera borroso, desenfocado, diluido. Que desapareciera en la penumbra de mis recuerdos más lejanos, los más profundos, los que siempre me negué a rescatar. 
Sentí que así te liberaba. Y que no existías. Ni tú ni tu ternura.

 

 

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Ensortijados

Cada vez que la miraba a los ojos más se convencía de que les quedaba poco tiempo de estar juntos, pues ella rehuía su mirada justificándose con cualquier distracción del paisaje, y el traqueteo del tren no era suficiente para eclipsar sus síes y noes ante las preguntas intrascendentes que surgían del aburrimiento.

-Bien por ti. Bien por mí.  Bien por ambos, pues ambos nos tenemos.

Y la ausencia de reacción demostraba que el fin estaba próximo.

– Te echaré mucho de menos. No sé tú a mí.

Y la ausencia de emoción clarificaba que uno de ellos era el perdedor en la relación fallida.
Solo el pestañeo incontrolable, el obligado trago de saliva y el desgaste en las palabras, por repetitivas, liberaban la tensión del interminable silencio incómodo.

-Me enseñan sus billetes, por favor.

La diplomacia ante el extraño.
Y después, la desesperación.

-¿No me vas a decir nada? ¿Crees que te voy a dejar bajar en la próxima estación sin saber por qué ya no me hablas como antes, por qué ya no me miras como antes, por qué ya no me quieres…?

-¿… cómo antes?- completó ella, impertérrita, retirando la mano que él acariciaba con un roce de energía inservible.

Ella se levantó para dirigirse a la portezuela de salida del vagón.

Él contempló, por última vez, su espalda bañada de precioso cabello ensortijado.

Y se perdonó.

 

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