La Multitud

 

Esta vez mi paciencia ha sobrepasado su límite.

Esta vez he conducido un centenar de kilómetros para llegar hasta aquí, al culo del mundo, donde nadie me vea, donde no exista gloria ni alarma en lo que voy a hacer. Donde nadie ni nada, salvo el viento, intente detenerme y me haga repensar mi decisión.

Esta vez el borde del acantilado está a mis pies, en la semioscuridad, con las olas allá abajo, adivinadas por el sonido relajante de sus rompientes.

Esta vez he saltado.

Y el pitido del aire acelerado ensordece mis sentidos, cerrando los párpados, notando la presión de la velocidad en mi cuerpo que cae descontrolado.

Esperando el impacto. Esperando el click del apagado.

Y los segundos se hacen eternidad. Y otra vez estoy empezando a impacientarme.

Pienso, demasiado tarde, que voy a aplastar a algún habitante de las rocas, o a varios, con el guiñapo en el que me voy a convertir.

Y creyendo que ya está aquí el silencio, un murmullo gratificante me sorprende.

Pero, ¿qué hace aquí tanta gente?

 

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Madrugando

-¿Qué maldito olor es ése? ¡Qué maldito calor! ¿De dónde sale? No hay ninguna fábrica en cientos de kilómetros a la redonda. Y en esta época del año no es de recibo este bochorno. ¿Ayer nevando y hoy este calor? ¡Maldita sea! Ni un domingo del Buen Señor voy a poder descansar tranquilo. Todos los días de madrugón, ¿y hoy también? Tendré que levantarme y salir a ver qué pasa, no vaya a ser que hoy sea el Día del Apocalipsis y yo ni me entere si me quedo aquí encerrado.

El hombre enfundado salió de su cabaña. El día anterior se había quedado hasta tarde bateando oro y no tenía sus sentidos al cien por cien, por lo que no estaba dispuesto a aceptar ninguna complicación en su día de descanso. Pero los accidentes son impredecibles y, aunque la onda expansiva había movido, sin que él se hubiera percatado, los cimientos de su vivienda, él solo notaba un calor intenso irracional.

– ¡Maldito bastardo! ¿No tenía otro sitio donde estrellarse? Parece un avión pequeño por el poco humo y ruido que ha hecho al estamparse contra el suelo. Es que ni me he enterado. O vaya sueño más profundo debo de tener últimamente.

Y allí, la nave, que él había tomado en un principio por una avioneta, tenía su morro incrustado en la nieve hasta la mitad de su estructura lingüiforme. Se quedó inmóvil sobre sus raquetas de nieve y lo vio. Claro que lo vio.

– Tranquilo buen hombre. Tenga usted en cuenta que tengo la sabiduría muy limitada pero que, aun así, supero el umbral de conocimiento de su especie. Es verdad que estoy perdido y que me he dirigido a usted arma en mano para activar mi autodefensa en caso de reacciones violentas hacia mi ser, pero no debe usted temer porque, ante todo, vengo en son de paz, y prefiero utilizar dardos psíquicos antes que dejar huellas materiales de mi paso por este planeta. Dicho esto, le ruego que deje de gritarme, que calme sus biorritmos y que deje caer el ejemplar de roca que tiene en su mano derecha. No es justo que quiera lastimar a ese ser indefenso. Defiéndase, en tal caso, con sus pensamientos e intente rechazar mi presencia con ellos. Pero le advierto que no es necesario. Aún queda muy lejos la fecha programada para la colonización y no me está permitida la injerencia en sus asuntos planetarios, por lo que le dejaré continuar su insulsa vida si me indica, de buena fe, cómo puedo llegar hasta el pico montañoso más alto de esta zona donde puedan recogerme mis congéneres.

No importaba

Había olvidado la muerte, tan habitual en la barbarie provocada por otros, cuando le pagaban para ensalzarla, disminuyendo la demografía de una población con sus artes mortuorias, cuando su imaginación desenfrenada se volcaba en la construcción del arma definitiva, había olvidado la muerte.

Porque cuando volvía al lugar destruido, arrasado por la onda expansiva, para rematar cortando el gaznate a los que siguieran vivos aún, mirando a los ojos de los difuntos que dificultaban sus pasos y a los que había sorprendido la hecatombe en plena calle, y en las casas, donde los niños seguían mordiendo las tetas quemadas de sus madres, donde los amantes yacían con sus pieles fundidas por el calor infinito, no reconocía a la muerte.

Y cuando volvía al mundo de los vivos, para cobrar el pago de su virtuosismo, no reconocía la vida.

No importaba, le pagaban bien, aunque no le importara la riqueza ni la fama ni el poder que fluía desde sus manos, desde su mente negra.

Solo quería sentirse solo, quería sentirse dueño de sí mismo y de todos los habitantes del planeta, antes de que el planeta, su planeta, no existiera.

 

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Foto por Jesse Koska desde FreeImages

Secreto

Lo que hacemos en la oscuridad no debe saberlo nadie. Debe ser un secreto entre nosotros y tú. De lo contrario nuestra existencia estaría en peligro, y si nosotros peligramos, reaccionamos en consecuencia.
Y no te gustaría verlo ni oirlo, porque experimentarías la hecatombe en tu mundo.

 

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(Photo by Troy Stoi from FreeImages)

 

Implantes

Según los últimos avances tecnológicos, tendremos tiempo de saber de cuánta gente está compuesto nuestro cuerpo.

 

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(Fotografía de Olga Shevchenko, desde Freeimages)

Cúter

Lo tengo decidido. Hoy me plantaré frente al espejo y, después de llorar, por mi impotencia ante la vida, me haré cinco cortes rápidos en la yugular con el cúter que agarro desesperado. Si no lo hago, tendré un mañana.

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Un día más

Un día más. Un día triste más. Conmigo misma y sin nadie más. Tan desmoronada como siempre, cuando el siempre ya no tiene sentido pues cada segundo se repite. En esta interminable órbita los víveres se van agotando y mi final está más claro que nunca, a pesar de que me dejé engañar en el reclutamiento. Sé que mis compañeros de misión nunca volverán porque a ellos también los engañaron y allí abajo no hay nada ni nadie. Desde hace un mes que no recibo sus constantes vitales y mi esperanza en volverlos a ver, sonriendo frente a mí, ha desaparecido. También sé que mis señales de auxilio nunca llegarán a su hipotético destino. Afuera, el Universo se detiene cada vez que cierro los ojos rendida, consternada, con una alta erosión en mi mente. Ya no me importa que las uñas y pelo me crezcan a una velocidad desmesurada. Me da igual mi aspecto pues hasta de mí estoy cansada. Pongamos que un amanecer impreciso de un día cualquiera las células de energía de esta nave se agotan y que caigo en espiral precipitándome contra la superficie de este maldito planeta. Pongamos que sobrevivo al impacto, algo físicamente imposible. Pongamos que soy una ilusa y creo que sus supuestos habitantes, hasta ahora invisibles, me rescatan. La falta de oxígeno me está empezando a afectar. Mejor hago que el Universo se detenga para siempre. Para que no haya un día más.

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La realidad eterna

La realidad insana la barbarie apocalíptica la sinrazón metódica el jolgorio de la desesperanza el embrutecimiento de la carcajada la tachadura del prejuicio la sensación inerte el oscurantismo más brillante el tremendismo desasosegante la mentira triunfadora la contundencia de lo gris el materialismo abrasador el péndulo que no oscila y la prisión.

La prisión eterna.

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