Sala de espera

El lanzamiento había transcurrido sin demasiadas novedades, después del acostumbrado retraso en el encendido de motores. 
La liberación de la gravedad había sido tal y como habían experimentado en los interminables simulacros.
Y después, el vacío, el sonoro y el visual.

Y los corazones acompasados bombeando sangre al ritmo previsto. 
Debían prepararse para el largo viaje. Debían dormir para aguantar los antojos imprevistos de sus organismos. Debían acomodarse a las exigencias del hiperespacio y dejarse llevar hasta el infinito, en busca del nuevo mundo prometido para empezar una nueva vida anhelada.

Y cuando estaban a punto de entrar en el agujero de gusano, la implosión inesperada los borró del Universo Material Conocido.

Y noté el espasmo en mi alma.

Sin saber lo sucedido, me detuve en el intercambio de anécdotas con mis allegados, los que habían decidido acompañarme en el que podría haber sido uno de los momentos más felices de mi vida. Debió ser entonces cuando el director de la misión, cabizbajo, con labios temblorosos y con los ojos humedecidos, se decidió a entrar en la sala de espera. Y antes de que pronunciara palabra alguna, me derrumbé con el corazón exhausto, pues intuí lo que me iba a decir.

-Tus padres no lo han logrado. Pero no pierdas la esperanza. Se han marchado sin ti, pero esperan que vayas, estén donde estén ahora.

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Jugador

Debimos haberte eliminado hace tiempo porque no eres más que un agente en discordia, inválido para nuestros propósitos, que no son otros que la búsqueda de la armonía unificada en esta parte del Universo.

Es erróneo que pienses huir porque, aunque logres burlar todas nuestras medidas de seguridad, las balizas, insertadas en ti, nos mostrarán tus posiciones exactas. Tu posición espaciotemporal y tu posición en el nivel de juego de tu vida actual.

 

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Excéntrico

Paciente. Pletórico. Capaz. 
Con ganas de ir a por todas. Enfundándose el mono multicolor para no dejar de estar a la moda y para que las cámaras no lo perdieran de vista.
Asomándose a la escotilla y mirando hacia abajo y a todos lados, porque el vacío lo rodeaba. 
Sabía que el salto iba a salir perfecto, porque los simulacros así se lo habían anticipado.
Ya no había perturbaciones que pudieran echar al traste tantos años de entrenamiento. Ni cuánticas ni mentales.
Y en la Tierra, allá abajo, veía el punto de luz que debía alcanzar en tiempo récord. Solo faltaba que el trampolín lo situara a los cinco metros estipulados de la carcasa de la nave, que desde control terrestre detuvieran la caída en picado de ésta, y que él dispusiera ambos brazos a lo largo de su tronco, con el casco iridiscente apuntando en sentido contrario al Sol.
Y la inercia haría el resto. 
Y el calor infernal de la entrada en la atmósfera. 
Y su hermoso traje, y su egocéntrica banalidad, y sus tediosas riquezas, se fundirían en un abrazo irreversible entre su profunda cobardía y la muerte, alimentando la última de sus insaciables excentricidades.

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Consejo impensable

A veces pensar cansa.

A veces no pensar libera.

Pero siempre hay alguien pensando.

Y si tú no lo haces, esa persona lo hará por ti.

Y entonces tú dejarás de ser tú para ser ellos, otro más de los ellos, los siempre prescindibles.

Por eso, si te cansas de pensar, respira, relájate, desconecta tu mente un segundo, pero no dejes de hacerlo.

Porque no pensar no libera.

Porque no ser libre es no ser.

 

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La élite impúdica

Fin de las emociones y las transiciones entre pensamientos vedadas.

Sin importar a qué se parecen o qué pretenden, porque son inmaduros, porque no tienen consistencia.

Porque presumen de genialidad sin tenerla.

Asumiendo que los borregos humanos aplaudirán la desidia y el conformismo.

Teniendo bastantes razones para claudicar ante la apatía.

Porque no son valientes.

Porque no se arriesgan a nada. Van a lo fácil y no saben de lo difícil.

De lo difícil que es vivir. Y sin esfuerzos las emociones finalizan.

Y se creen elegidos por un ente inexistente.

Y presumen de una vida llena para desasosegar a los demás.

Para embaucar y engañarlos con un paraíso ficticio.

Tan irreal como su propia vida.

Tan vacío como la vida ajena.

Porque son inmaduros y los demás son frágiles. De corazón y de espíritu.

Y de eso se aprovechan.

Y de eso se jactan.

Y en eso se malgastan.

 

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No hago poesía

Pronto, loco, pronto.

No desesperes.

Loco, pronto, pero poco.

No te excedas ni antecedas.

No me desampares,

no me abandones

pues estoy contigo

en éste, éstas y aquéllas.

Pronto, falta poco,

juntos,

mutuos,

míos,

tuyos,

todo.

Pero siempre poco.

Y demasiado pronto

 

 

¿Qué esperas de mí?

¿Qué no esperas de mí?

¿Qué quieres que te dé?

¿Qué pretendes recibir sin ofrecer?

¿Amor, dolor, sopor, temor, amor,

amor, amor, amor?

¿O no?

No.

Será que no.

La espera se te hará larga.

Disfruta de lo que no vas a conseguir.

De mí.

Sin mí.

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Para nadie

“¿A qué espero para el suicidio? A tener una razón para vivir.”

 

Y se asomaba al espacio profundo de sus mentes, por otra parte, tan superficiales, que le daban tan poco trabajo, que le aburrían tanto.

Y algunas lo sorprendían por su negrura, no porque fueran nulas sino por su podredumbre y depravación.

Y cuando encontraba una que era limpia, autoinducía un retardo en su acción, antes de llegar a la inacción más severa, más irreversible.

Y así viviría. Para siempre. Para nadie.

 

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La Revo

La emoción de transgredir las normas.

Las de la familia, las del trabajo, las de la sociedad que las envolvía a ambas.

La adrenalina que se disparaba al hacerlo.

Y mantenerlo en secreto añadía valor a su osadía.

Y el miedo a que la descubrieran.

Actuando tan poquito a poco que, a veces, se olvidaba de que estaba cambiado el mundo.

 

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Por el mundo

Voy a viajar por el mundo creyendo que hay mundo y que no me lo han robado junto con los sueños.

Voy a trasladarme de un sitio a otro con el pensamiento, sin escalas.

Sin equipajes que me anclen, sin desesperación, sin conformismo, sin engaños.

Convencido de tener un destino que no es el vacío en el que navegan otros sin rumbo.

Sin que nadie me acompañe, porque así no hay desencantos.

Dejándome llevar por el viento de las ideas, sin dejar que cicatricen en mi cerebro.

Sin amedrentarme ante el fulgor de las estrellas, porque éste es siempre pasajero.

Enviando las señales de humo que son mis palabras, las cantadas y las susurradas.

Anhelando encontrarte para no sentirme perdido.

Voy a viajar por el mundo, antes de que tu mundo no viaje por mí.

 

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