Amada mía

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Amada mía

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Esperad noticias

Queridos amigos que algún día podáis leer esto:

   Parece mentira. He logrado llegar a Barajas a las nueve y media de la mañana. Y aquí me tenéis, escribiendo después de complicarme un poco la vida. Me refiero a que lo de ser vegetariano me trae algún problemilla que otro.

   Mis amigos expedicionarios se olvidaron mencionar ese detalle tan tonto respecto a mí y, claro, cuando lo digo en los mostradores en que me dan la tarjeta de embarque ¡plaf! no voy a poder comer a mi modo desde Madrid a Chryse Planitia. Tendré que escoger secciones comestibles para mí de entre el menú poco variado que me ofrezcan. Han tardado en atenderme más de lo normal porque, además, a petición mía, se han molestado en intentar reservarme mi nutrición especial en el transcurso del vuelo de vuelta. Son unas ricuras estas chicas.

   Terminé todo el papeleo en un cuarto de hora. Hasta tuve que pasar por R-X mi equipaje al confesar que no sabía lo que Elizabeth me ha legado para que entregue a su hermana y que resultó ser una batidora. Y ahora, mientras escribo con esta maravillosa pluma que me regaló Armando, estoy dejando pasar la hora que falta hasta mi embarque. Salgo a las 11:25 AM pero debo estar en la lanzadera a las 10:45 AM.

   Me he propuesto absorber todo lo que ocurra a mi alrededor y concentrarme en mis objetivos a realizar. Necesito dejar de pensar, hasta donde resista, en todo lo que dejo aquí. La ilusión de volver con nuevos ánimos vitales me ayuda a no obsesionarme con lo que me espera a la vuelta.

   Y justamente lo que me ha estado martirizando durante estos últimos días es muy distinto a lo que, en un principio, cuando me planteé el viaje, concentraba mis pensamientos: Converger todo mi amor en una persona determinada en vez de buscar el conocimiento.

   Me iniciaré magistralmente en el arte de aprender, aprender de mí mismo y de los demás.

   Esperad noticias.

 

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Posdata

Querida mía:

Después de hablar contigo esta mañana, he sentido que el teléfono es demasiado frío para mí, pues desde el momento en que lo cuelgo hasta el siguiente día, estoy contando las horas que faltan para escuchar tu voz, deseándolo fervientemente, casi obsesivamente, porque una vez que no la vuelvo a escuchar me siento morir, contando, y martirizándome con ello, los días que faltan para estrecharte entre mis brazos.

No te puedes imaginar lo que te echo de menos. Nunca me he sentido tan mal separándome de alguien, y es que se me acaban las ganas de todo. Duermo mal, pues sé que no despertaré a tu lado. Como a desgana, porque sé que la comida no ha sido cocinada con tus manos y, como tú me dices, con todo tu Amor. No logro avanzar en mi novela porque me falta la inspiración y, con tu falta, me he dado cuenta que esa inspiración eres tú. Huyo de la soledad estando con mis amigos y hermanos, porque me siento igual de solo siendo tú lo único que llena mi vida. Y lo siento, pero no puedo controlar las lágrimas. ¡Tan mayor y llorando como un niño!

¡Te amo tanto!

Y ha hecho falta esta separación para darme cuenta que, de verdad, sin ti no soy nada.

Hasta trabajando, intento concentrarme en lo que hago para no pensar, pero al final decaigo pues tu esencia me recorre el pensamiento y, lo que es más duro en estos momentos, el corazón.

Intento, por teléfono, dar la sensación de tranquilidad y normalidad, pero lo hago para que no te agobies, pero no puedo mentirte. A ti, nunca. Eres mi compañera, mi mejor amiga, y no te puedo ocultar nada. Espero que todo lo que está pasando valga la pena para ti. Que estés disfrutando. Que seas feliz. Eso me consolará. Pero a medias.

Cuando hablo contigo por teléfono intento controlarme y me desespera que no me digas, tan acostumbrado como estaba, que me amas y que me echas de menos. Como tú decías de ti, yo también debo aplicarlo a mí: Soy un egoísta. Te quiero para mí solo, y tengo envidia de todos los que te rodean, de todos los que te disfrutan.

Y luego me llegan los momentos de tranquilidad, en que me calmo y logro no pensar en todas las semanas que aún quedan para volverte a ver.

No puedo escuchar música romántica porque me hundo. Y separo la vista de las parejas porque te recuerdo conmigo. Y sufro. Y algunas noches me consuelo mirando nuestras imágenes en vídeo o en fotografía, pero es pasajera la anestesia. ¡Es tan complicado de explicar!

No sé si tú sientes lo mismo. No sé si estás conmigo en la distancia. Solo sé que te adoro y que estoy locamente enamorado de ti.

Te pido, por lo que más quieras, que nunca más volvamos a separarnos. Que aunque las circunstancias lo pidan, hagamos lo posible para estar siempre juntos. Tú eres mi vida, y contigo se ha ido una gran parte de la misma.

 

Todo tuyo, en cuerpo y alma,

 

P.D.: Te escribo con ordenador para que puedas entender mi letra, pues hasta ella me tiembla cuando pienso en ti.

 

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No más

Nunca más te vuelvas a ir, porque sin ti se me desgarra el alma.

Nunca más te vuelvas a ir, porque el hogar, la ciudad, el mundo entero sin ti no son nada.

Y tu olor cálido no vuelvo a encontrar cada mañana.

Y tus sonidos plácidos no vuelvo a respirar cada tarde.

Y me desespero porque no te encuentro cuando vuelvo muerto al final de la jornada, esperando resucitar entre tus brazos.

Jamás te vuelvas a ir, y si te marchas, que sea conmigo.

Para poder rozar tu mejilla con mis dedos temblorosos.

Para extraer de ti palabras que acaricien mis oídos.

Para poder nombrar cada amanecer con tu nombre.

Y que las estrellas, que nos observan allá encima, en el cielo, sean un reflejo de los poros de tu piel.

Y que la luz de nuestro sol sea tu mirada fija en mí mientras tiemblo de emoción al imaginarte entre mis brazos, devolviéndome parte de la vida que te di al entregarme por entero a ti.

No te vayas más, porque mi corazón se ahoga,

y todos los segundos compartidos contigo se me escapan transformados en lágrimas.

No más

(Fotografía: © Jesús Fdez. de Zayas “archimaldito”)

Hasta luego

Te acabas de ir y ya te echo de menos. Acabo de encontrar este papel marchito en uno de los cajones y, tras terminar esta nota, lo dejaré bajo la almohada que tengo a mi lado, donde aún queda presente la huella de tu cabeza, que reposaba hace unos minutos mirando hacia el techo mientras desgranaba sus sueños para que yo los escuchara y los hiciera míos. Algo que no entiendo, porque me acabas de conocer.

Ahora que te has ido, creo que comprendo por qué lo hacías: Quizás estés harta de contarlos, siempre sin que te hagan caso, para justificarte por haber caído en la tentaciones que te pedía tu cuerpo, para no sentirte culpable por haber utilizado a otra persona para tu gozo egoísta, porque crees siempre que cerrara la puerta de tu apartamento sin mirar la vista atrás, porque para ella también ha sido un placer pasajero e intrascendente.

Pero me has dejado dormir sin despedirme antes. ¿Por qué? ¿Por qué te has fiado de mí en la primera cita? ¿Por qué crees que no levantaré tus ropas en tus cajones en busca de dinero y joyas para robarte? ¿Qué te he dicho para que confíes en mí, un desconocido hasta ayer noche, para pensar que actuaré honradamente y abandonaré, con un portazo, tu piso, sin llevarme nada a cambio en pago por tus increíbles orgasmos?

No sé si soy merecedor de tu confianza o si lo haces con todos.

Lo que sí sé es que tú tampoco esperarás encontrar algo como esta nota en tu cama.

Porque yo quiero confesarte que no me voy con cualquiera a su dormitorio nada más conocerla. No soy de esos que tratan a la mujer como un objeto de usar y tirar, te lo aseguro. Si he estado contigo es porque he visto algo en ti que no he encontrado en ninguna. Y, sinceramente, creo que pasaran muchos días hasta que descubra qué es. Porque te aseguro que no podré echarte de mis pensamientos y estaré dándole vueltas a la cabeza para buscar el modo de no perderte. Jamás.

Aún huelo tu presencia. Y no lo entiendo, porque recuerdo perfectamente que, en la primera pausa de descanso de tu sexo febril, te dije que me sorprendía que no olieras a nada. Que eras inodora en piel y cabello. Que eras algo raro y extraordinario.

Y aún tengo tus pupilas marcadas a fuego en mis pupilas, las de aquí dentro, las de mi cabeza, pues por mucho que aprieto los párpados no logro borrar la imagen de tus ojos mirándome intensamente, sin pestañeos, algo que yo no lograría sin que las lágrimas afloraran por el esfuerzo.

¿Qué me has hecho?

No serás bruja, ¿no? Y me echaste una pócima en el vino tinto de bienvenida.

¿Qué me has hecho? ¿Por qué quiero volver a verte? ¿Por qué quiero volver a abrazarte? ¿Por qué quiero volver a amarte?

¿Por qué, cuando he despertado y recuperé el sentido, y me percaté de que estaba solo, me ha faltado el aire, por qué he sentido arcadas de ansiedad? ¿Por qué?

Y para ser sincero contigo y conmigo mismo: ¿Por qué estoy escribiéndote? ¿Por qué necesito hacerlo?

Tienes mi teléfono y sabes que puedes llamarme cuando quieras. Si no lo haces, tras leer esta carta, lo entenderé. Paso de mandarte whatsapps y mierdas de esas. Quiero escuchar tu voz cuando me digas que quieres verme. Pero si lo haces, quiero advertirte, que nunca más te dejaré ir… sin que te despidas.

 

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Sinceramente, tuyo

Me olvidé decir que a menudo me cuesta olvidar que digo. Sobre todo incoherencias que te sulfuran. Con mi verborrea incontrolada con la que ¡digo tanto de nada!

Por ello te pido perdón. Y te ofrezco mi promesa de escucharte más y de madurar tus silencios sin intentar avasallarlos con mi vehemencia.

Te respeto. Te quiero.

Y ahora te dejo, para que no me olvides.

 

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(Texto presentado, y seleccionado, en el I Concurso de Cartas Breves “Me olvidé de decir”, año 2014, convocado por Letras con Arte.)

Carta de Amor

Aranjuez (Mon Amour)

Primer día de Primavera

Del año 2013

 

   Querida mía:

   ¡Qué vergüenza atreverme a empezar así una carta! ¡O qué desvergüenza! Sobre todo sin tener claro aún, desde nuestro encuentro, si soy yo también querido tuyo.

   Perdóname pues si consideras que voy demasiado rápido. Pero, con el corazón en la mano, y en la tinta que dibuja estas palabras, te diré que no me arrepiento de haber comenzado así esta carta porque, de veras, que eres por mí muy querida.

   No me hacen falta más citas contigo para tener claros mis sentimientos. Y es porque te amo por lo que me atrevo a pedirte de nuevo que nos veamos. Para que tú también puedas darte una oportunidad de conocerme más profundamente.

   La primera fue una cita casi a ciegas, pero en las escasas horas en las que disfruté de tu compañía, de tu conversación, de tu visión, esta última hizo que mi entendimiento me quitara el velo que no me dejaba ver cuán bella es la vida si hay personas como tú con quien compartirla.

   Porque te diré ahora, en este papel, y podré decirte más tarde, si me lo permites, de viva voz, que hasta que te conocí, tenía perdidas las esperanzas en tener una vida feliz, una vida plena, ya que mi trabajo me absorbía casi todo de ella. Y la obsesión de conseguir el éxito profesional no me dejaba ver otros aspectos de la única vida que tenemos.

   Puede que me digas que es importante tener ambiciones y, hasta cierto punto, yo apoyaría esa opinión. Pero, ¿qué es una vida llena de éxitos si no tienes a nadie con quien compartirla?

   Tengo casi todo en esta vida, pero me falta algo. Tengo, lo reconozco, muchos amigos, más bien muchos conocidos, y el amor y apoyo de mi familia sé que nunca me faltarán, pero íntimamente estoy solo, con secretos y vivencias que siguen siendo sólo mías, con pensamientos que nacen y mueren en mí, y no quiero que continúe esto así por más tiempo.

   Soy un hombre maduro que creía saber lo que quería, que tenía muy planificado su futuro. Pero, desde que te he conocido, no estoy tan seguro de ello.

   ¿Podría, entonces, verte otra vez? ¿Dejar de ser yo para ser tú y yo?

   Dame la oportunidad de hacerte feliz para ser feliz.

   Muy tuyo, muy sinceramente,

 

                                                           Adalberto Cifuentes

 

 

 

(Carta presentada al XIX Certamen Literario de Cartas de Amor Villa de Mijas 2014)

 

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