¿Es la I.A. a lo que me dicen que tengo que adaptarme, los que supuestamente saben mucho de la vida, de la inteligente y de la otra? Resulta que ahora cualquier ser humano mediocre, sin talento, sin sabiduría, sin conocimientos ni cultura, puede escribir libros y canciones, hacer exámenes (en remoto, claro, o hasta presenciales a hurtadillas), dar conferencias y ganar concursos y puestos de trabajo, porque puede utilizar la Inteligencia que él no tenga naturalmente, y liderar el mundo filosófico, económico y social. ¿Os puedo decir algo, por escrito, a los que defendéis a capa y espada (o debería escribir, a neurona y axioma) la utilización de la IA, o AI?
¡IDOS A LA MIERDA CIBERNÉTICA (Y A LA OTRA TAMBIÉN)!
Quizás las personas esperen los buenos tiempos para olvidarse de los malos tiempos. Empiezo a atisbar otro nuevo rastro de desmemoria a corto plazo. Sin haber dado oportunidad a dejar atrás los efectos mortales de una reciente pandemia, la gente, que ha creído que se trataba de un mal sueño, se ha lanzado, irresponsablemente, a vivir de nuevo la vida como si la emergencia sanitaria no hubiera sido algo real que puede volver en cualquier momento. El egoísmo humano, cómo no, impera en las relaciones globales humanas. El beneficio inmediato, el placer de vivir una vida que, algunos consideran, es demasiado corta. Han muerto muchos humanos, y han quedadas trastocadas muchísimas más vidas. Pero no pasa nada. Hemos venido a este mundo a trabajar y a disfrutar de nuestro suspiro vital. Y así van las cosas: La caída libre e incontrolada hacia el desbarajuste total del Planeta Tierra, el olvido hacia las futuras generaciones, el autoexterminio imparable. Luego diremos que no nos lo podíamos imaginar, que todo es una sorpresa continua, que el azar juega con nuestras vidas. ¡Cuán equivocados estamos!
Es un renglón torcido. Es un repicar interminable de campanas. Es una disputa que trae el consabido delirio. La sensación del vacío, de la inacción. El habla sin sonido, el gesto sin significado. Es la rabia sin espuma en la boca ni lágrimas ardientes en las mejillas. El golpear de la palma abierta en la mesa frágil. Son las luces que se apagan sin que nadie accione el interruptor. Es la osadía de tu mirada. La rotura de tus uñas cuando atacan mi rostro. El crepital del fuego cuando es alimentado con gasolina y no con amor. Es el esperar horas y horas en las colas interminables de la desazón y la desesperanza. Son los exabruptos injustificados. Pero, sobre todo, sobre todo, son mis cortocircuitos neuronales, mis ataques de ira seguidos de la frialdad y desinterés casi inhumanos, mis renglones perdidos, mis palabras vacías, mi lenguaje simulado.
0:00 0:00 es 0:00. Y yo soy 0. 0 y 0 suman 0. 0 o 0. 00:00:01 es el abismo. 00:00:01. Ya. Está. Bien. Ya está. Está bien. Bien. Bondad. Bueno. Bon dad. Dad. Lo único importante. Aunque sea 00:00:02, bien dad.
Estoy de paso en la gran ciudad, donde todos miran hacia abajo, pero no hacia el suelo sino hacia la pantalla del teléfono móvil que tienen entre sus manos. En el suburbano, aquí llamado Metro, donde me tengo que desplazar hasta mi destino, donde me encontraré con un amigo de la época del instituto, todos están como hipnotizados andando por los andenes, subiendo y bajando escaleras, dentro de los vagones, sentados o de pie, sin despegar la vista de su pantallita, aislados también del entorno con los auriculares que todos llevan. Me siento como si fuera un extraterrestre recién llegado a un nuevo planeta. Una señora muy mayor casi me arrolla hace un rato cuando no se ha dado cuenta de que yo estaba dentro del vagón, agarrado a la barra de sujeción, porque pretendía llegar hasta los asientos, pero sin levantar la vista, en ningún momento, para mirar lo que la rodeaba. Pero no ha conseguido sentarse porque los jóvenes, que deberían haberla cedido el asiento, no se han percatado de su presencia al estar ensimismados en las redes sociales a cuya ventana se asoman desde su dispositivo móvil. Es como si todos fueran zombis. Menos mal que ya me faltan pocas paradas para llegar a Plaza de España. Miro mi reloj de pulsera y soy, por una vez, puntual, y ya estoy saliendo al exterior para dirigirme al Monumento a Cervantes. -¿Por qué no levantan la vista y contemplan el inconmensurable Edificio España?- le pregunto a Don Quijote, como si esperara respuesta de la estatua, imaginándome que Sancho me responde, con su desparpajo, a su vez con otra pregunta. -¿No se percata, noble señor, que estoy aquí, con mi hidalgo, para vigilar que Madrid no desaparezca y que los viandantes no sean abducidos por la desesperanza? Y cerca, por fin, escucho el ritmo de una guitarra, que pareciera acompañar a sus imaginadas palabras. Un músico ambulante está haciendo que se acerquen personas a contemplar su interpretación, y que levanten la vista y observen el maravilloso azul del cielo mientras corean, tímidamente, el archifamoso «Pongamos que hablo de Madrid».
Jerjes El Grande, fundador y líder del grupo Drunk In Palace. (Fotomontaje por Archimaldito).
Nota: Parte de este microrrelato está inspirando en el trovador funkyurbano Jerjes El Grande, genio musical y luthier inventor.
Lo único que me mueve es estar quieto. Y sin embargo, en la osadía de mi existencia clamo por desaparecer de ella. Visionando cada detalle del proceso. Sintiendo el irse de la sangre a raudales, hasta quedar vacío y liviano. No quiero disolver mi forma con la firma de lo infernal. Se acercan tiempos devastadores para mi mente.