No se trata de admirar a una persona por su talento, ni por su personalidad, ni por su belleza. No es admiración por parte de una persona, mi persona, que cree que ningún ser humano es más que otro, a no ser que demuestre que es necesario o imprescindible para desarrollar y conservar la armonía del mundo en el que viven las demás personas. Se trata de apoyar los sueños del prójimo, y de que, cuando estos se están haciendo realidad, mantener viva la llama de su ilusión, de su emoción, de su felicidad por lograrlos. Y una manera de conseguirlo es difundir los actos, las obras bien realizadas, de esos seres humanos (o colectivos) con un entusiasmo imperecedero. Solo eso me mueve.
En mi época de acudir a los conciertos de grandes estrellas internacionales, no había smartphones ni cámaras pequeñas con las que hacer fotos. Además, estaba prohibido, a no ser que pertenecieras a un medio de comunicación autorizado. Yo me las ingeniaba para pasar la cámara, carretes y flashes, de maneras rebuscadas para lograr burlar los controles de seguridad antes de entrar al recinto. Y luego estaba la complicidad de los desconocidos que te rodeaban para cubrirte y que los de seguridad no fueran a buscarte para requisarte el instrumento del delito. A Prince lo tuve muy cerca en las dos ocasiones que fui a verlo. Tan cerca que temblaba de emoción (por eso algunasfotos me salieron movidas, salvo excepciones).
Dicen que soy un artista. Algunas personas dicen, incluso, que soy un buen artista. Esta es una faceta de mi vida que siempre me ha acompañado, desde niño, y que intenté ver materializada en mi adolescencia cuando quise ser actor. Pero no pudo ser. En el 2016 empecé a cantar en jam sessions, tímidamente, para salir de la depresión en la que caí tras la muerte de mi padre, en julio de ese año. Haciendo coros para otros cantantes llegué hasta la eclosión con Purple Rain, de Prince, que dedicaba, en mis pensamientos, a mi padre, y más tarde, cuando también falleció, a Prince. Considero que nunca he cantado bien hasta hace bien poco. Tras la Pandemia, realizando covers, a mi manera excéntrica, de varias canciones conocidas por la mayoría del público de jam sessions y open mics, me fui haciendo conocido en la escena underground de Madrid. Sé que lo que hago no agrada a muchos pero me reconforta saber que puedo dibujar una sonrisa, e incluso una carcajada, de satisfacción en el ánimo de otros. Todos los elogios recibidos continuamente, los aplausos, no se han visto materializados en ningún proyecto mío o de colaboración con otro artista. Quiero que ese arte del que algunos quieren convencerme que tengo, se haga conocido, para poder hacer feliz a la mayor cantidad de gente posible. Pude haber aprovechado, en el año 2022, la oportunidad de aparecer en la TV, pero no lo hice por miedo a que repercutiera en mi vida laboral, ya que yo no padezco del mínimo sentido del ridículo. He podido ser manager o representante de varios músicos, he podido ser presentador de Open Mics en Madrid y otras localidades aledañas, y no lo he hecho. Una amiga, artista reconocida, me dijo una vez: el Arte hay que pagarlo y a ti te tienen que pagar por tu arte. Yo transformé, en mi interior, su consejo, creyéndome, de corazón, que mi arte hay que valorarlo y me tienen que valorar por mi arte. Más allá de lo económico, más allá de lo transaccional. Me tomo su consejo en serio ahora, en el comienzo del año 2026. Y sigo abierto a cantar con mis amigos o participar en proyectos colaborativos, o a actuar en salas que me inviten para hacerlo. Soy un artista, porque ya me estoy creyendo, en serio, que lo soy. Gracias por escucharme, por verme, por dejarme ser libre encima de un escenario.
En 2020 la Pandemia estaba haciendo estragos en la Cultura viva en España. Se clausuraban salas, se cancelaban conciertos y los artistas tenían que adaptarse, a marchas forzadas, a los nuevos tiempos para sobrevivir. Yo sufría por la situación y apoyaba, con actos presenciales y online, a las salas de conciertos en Madrid. Estas no tenían casi ingresos porque la gente no acudía a ellas, aun sabiendo que se cumplían las estrictas normas de seguridad sanitaria. El cantautor Curro Rumbao me pidió, en octubre de 2020, apoyo para el Open Mic que coordinaba en el Teatro de las Aguas. Dándole vueltas a la cabeza, me di cuenta que la difusión en las redes sociales no era suficiente y pensé en Dan Millson. Dan Millson es un reputado cantautor inglés afincado en Madrid y su valía como artista es, y era desde hacía tiempo, sobradamente conocida. Su maestría en el lenguaje musical, su carisma como artista y su amabilidad y educación como persona, me habían acercado a él desde hacía años antes. Él era coordinador de algunas de las mejores salas y micrófonos abiertos de Madrid y su figura era reconocida públicamente. Pero es un líder, aunque no es inalcanzable. Le iba a proponer que acudiera en apoyo del Micrófono Abierto del Teatro de las Aguas y se lo conté a Curro Rumbao, que no podía creer que Millson estuviera dispuesto a hacerlo. Pero Dan no es de los que habla por hablar sino de los que actúan y dan ejemplo. Y accedió. ¡Vaya si accedió! No todas las personas son egoístas y se miran su propio ombligo sin importarle los demás. No todos los artistas son mitos inaccesibles. Algunos son líderes innatos, que con sus acciones ejemplares, nos enseñan, a los demás, a tocar el suelo y vivir y sobrevivir en la realidad. Seguro que Dan Millson se convertirá, como ya lo está haciendo, en una estrella, pero aquel acto de humildad me hará recordar siempre que, efectivamente, es una de las tantas estrellas que irradian luz y buenas energías entre sus semejantes.
Cuando tienes un sueño y quieres que se haga realidad, los astros se confabulan para que así sea. Hacer reír y disfrutar a la gente con algo original y distinto, sin dejar de sorprender. Esa es mi meta como artista. Por muy raro o controvertido que sea, por muy ridículo o extravagante que parezca, siempre estoy dándole vueltas a la cabeza para que lo que he visionado, llegue al mundo físico o al virtual. Esperando que algún día me descubra, a mis casi 60 años, un cazatalentos.
Es algo increíble y no sé cómo explicarlo. Seguro que los que se acercan a mi situación, o están en ella, lo comprenden, pero para mí es algo que va a más. No bebo alcohol, no fumo ni he fumado nunca, y tampoco he probado ninguna droga en mi vida. Según la Wikipedia, que es mi enciclopedia Larousse del siglo 21, el síndrome de abstinencia es la unión de reacciones físicas o corporales que ocurren cuando una persona deja de consumir sustancias a las que es adicta. Como he escrito al principio, no puedo ser adicto a sustancias que nunca he consumido, pero en mí existe un síndrome de abstinencia que se manifiesta en reacciones psicológicas como la apatía, la depresión y la sensación de mecanicidad en la consecución de mis actos diarios. No es que me encuentre en esa situación todo el día ni todos los días, pero me asaltan los síntomas cuando menos me lo espero. Y es que me entra el «mono» cada vez más a menudo cuando pasan los días sin poder actuar. La cura es rápida y contundente: Me subo a un escenario y me siento feliz, animado, vibrante. Mi cerebro se activa en una nueva dimensión, mis piernas y brazos se desentumecen, mis células se regeneran, mi piel se vuelve tersa y suave y la comisura de mis labios se tensan para dibujar una sonrisa de satisfacción extrema. Soy feliz con mi pareja, con mi familia y amigos y con mi trabajo, y conmigo mismo, pero, de vez en cuando, tengo este «síndrome de abstinencia».
Detrás de mí, uno de los mejores músicos que conozco: Alberto Palacios Anaut.
Gua pedía agua, no para beber sino para echársela por encima y reír a mandíbula desencajada. Gua jugaba con los demás tal como había jugado cuando era niña. Pero la edad y la experiencia daban otro sentido muy distinto a sus juegos. Estimaba que los que estaban con ella o se cruzaban en su camino eran seres aburridos a los que había que divertir a costa de sus defectos físicos y psíquicos, lo que la acarreaba la aparición de muchos enemigos y enemistades. Pero a ella eso no la importaba porque la principal diana de sus burlas, insultos y escarnios era ella misma y cuando alguien la preguntaba por qué se cebaba con su propia cojera, con su mandíbula saliente y con su bizquera mal disimulada, contestaba que lo hacía para superarse cada día, para encontrar un objetivo en la vida, para dar y recibir cariño y, consecuentemente, felicidad.
Es en lo cotidiano donde fijo la mirada para verter mi dosis de pureza. Es en lo versátil de la realidad donde apoyo mi estremecimiento de los pensamientos. Sin un poco de osadía no sería libre. Sin un mucho de capacidad de absorción de lo bueno del mundo, no sería feliz con mis hechos. Aquí estoy para entregarme abierto de alma y cuerpo, tan sutil como una brizna de electricidad neuronal, tan contundente como el martillo de mis pies sobre el suelo cuando camino hacia el futuro. ¡Salud y Alegría! ¡Amor y Armonía! ¡Libertad y Justicia!