Ruego me perdones

Antonio estaba de pésimo humor. De un humor cambiante y cambiador, pues imbuía su mal genio a los que osaban dirigirle la palabra. Pero aquella vez fue distinto. Cuando el hombre aparentemente hundido en la miseria, empujando el carro robado del supermercado, lleno de plásticos y papeles y cartones despedazados mil veces, arrastrando un abrigo gris y sucio en pleno agosto, y dejándose arrastrar por un perro viejo y parsimonioso que clamaba agua con su lengua colgante, le tendió una mano abierta, en gesto de súplica. 

– ¿No tengo yo bastante con mis problemas, como para preocuparme de un piojoso como tú?

El mendigo cerró la mano implorante transformándola en un puño. Frenó la tirantez de la cuerda que le unía con el can y, con tranquilidad, levantó el brazo en alto.

– ¿Cree usted, mamarracho de la vida, que lo voy a golpear? ¿Cree usted que voy a robar alguna de sus pertenencias materiales que, sean cuales sean, no me son nada interesantes? ¿Cree usted, señor pomposo, que busco su ruina y la mía?

Un ladrido los despertó a ambos de la pausa interminable.
Siempre amargado, de la vida y de su vida, sonrió, como nunca antes lo había hecho. 

-Convincente, realmente convincente. Toma tu euro. Te lo has ganado.

El mendigo bajó el puño, transformándolo en una araña tensa de cinco patas. Y la lanzó al cuello de Antonio.

– ¿Un euro? ¿En eso valoras tu vida? ¡Qué barato eres!

Más que presión en la garganta sentía calor, un calor abrasador que empezó a expandirse hacia el pecho, hacia el abdomen, hacia las extremidades colgantes, pues estaba en vilo y las piernas eran péndulos de hueso y carne.

Antonio se sentía abandonado, por la suerte y por la vida, que se le iba en cada intento asfixiante de gritar. Abotargada la cara, aún en el aire, tocó con ambas manos los hombros del desarrapado, y éste claudicó. Soltó a su presa y la dejó hablar:

– Ruego me perdones.

– Ruego me perdones tú. Me he dejado llevar por el entusiasmo.

Un nuevo ladrido descongeló la escena. Ambos se miraron intensamente y el mendigo se dejó tirar, de nuevo, por el perro, al que agradecía su ayuda, pues le esperaba un largo día de soledad y de cansancio.

Antonio pasó su mano derecha por el cuello, dolorido. Siguió con la vista el caminar pausado del mendigo, deseando perderlo de vista, pero éste, como si le hubiera leído el pensamiento, volteó el cuerpo y sentenció, con semblante serio y amargo.

– Aprende de la vida. O volveremos a encontrarnos.

Antonio, siempre de un humor cambiante y cambiador, decidió aprender, desde cero, como si hubiera nacido un segundo antes. Ese segundo antes en el que el mendigo le había guiñado un ojo. Ese segundo antes en el que le habían dado una segunda oportunidad.

 

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Corres que te las pelas

Me visto rápido pero concentrado, para no caerme con las perneras, para no golpear mis gafas con las mangas, para no olvidar que dentro de un segundo tu marido podría verme el ombligo.

Corresquetelaspelas

Senderismo

A menudo paseo por el campo sin pensar en nada más que en disfrutar el aire puro que entra en mis pulmones, sin pensar en nada más que disfrutar del calor de la intemperie, a veces abrasador, sin pensar en nada más que en espantar los insectos que continuamente se lanzan contra mi cara, sin pensar en nada más que en autocurarme, por frotamiento,  los tobillos cuando alguna planta me los acribilla con sus pinchos, sin pensar en nada más que en el preciso momento en que cruzo el umbral de mi pisito para encontrarme a salvo bajo techo, con mi aire acondicionado, con mi cervecita en la mano, con mi televisor de plasma, con mi camita y su colchón de viscoelástica y con mi ducha con hidromasaje.

Senderismo

Cuarenta y nueve minutos

No hay nada peor que subirse al tren sin un libro al que echarle los ojos.

Mirar a los demás e intentar esquivar sus miradas. Y bostezar, bostezar continuamente. Y recitar mentalmente las estaciones que faltan para llegar a la tuya. Y en cada una de las paradas, la cuenta atrás para terminar el suplicio.

Te imaginas que la maciza que tienes enfrente te echa reojos provocadores. Pero sólo te lo imaginas, ya que no te atreves a mirar directamente, no vaya a ser que el que está al lado sea su novio, o esposo, y acabes con la boca partida. O se sienta insultada. O lo que es peor, que te mire con desprecio porque tu físico le desagrade. Ya le gustaría un tipo cachas, rubio con ojos azules y que marcara un buen paquete.

Y si miras al negro del maletón, que qué miras, que eres un racista. Que nuestros abuelos y padres también emigraron para buscarse el pan de cada día. Así que chitón, que ellos también tienen derecho. ¡Pero si yo no he dicho nada!

Si me hubiera acordado de traerme el libro no sentiría la vergüenza de los que te recriminan por qué no le has dado una limosna al cantante sudamericano que ha desgañitado una canción inconclusa porque tiene que subirse al siguiente vagón antes que lo localicen los de seguridad.

No estaría al acecho de alguna embarazada, anciano o inválido para cumplir con el deber cívico de dejarle mi asiento y dar ejemplo de solidaridad que en otras circunstancias destacaría por su ausencia. Y claro, mientras los demás siguen bien sentaditos tú te bajarás en tu estación con un buen dolor de riñones, de estar tanto tiempo de pie.

Y estaría zambulléndome en otros paisajes, en otras pieles, en otros sentimientos. Y no en la cruda realidad que me rodea. Me evadiría de los pensamientos oscuros que me acechan cuando rememoro el planning laboral, cuando los espíritus malignos de los trepas no hacen más que mandarme malas vibraciones para que caiga del pedestal al que ellos quieren llegar. Aunque si estoy tan bien colocado, qué me impide coger el coche para desplazarme hasta mi lugar de curro. Mi conciencia ecológica, y ¡narices! hay que admitirlo, lo racano que soy, que la gasolina está por las nubes. A ellos, ¿qué les importa? Búsquense otra víctima. Que ya tengo yo bastante con tener que aguantar los caprichos del patrón, cual proletario oprimido.

Si no me hubiera centrado en comprobar que la fiambrera no se volcaba dentro del maletín y manchaba con los jugos del manduqueo todos los informes que tengo que presentar a primerísima hora. Si no hubiera contado una y otra vez los diferentes llaveros con innumerables llaves que son más un símbolo de la confianza que han vertido sobre mí los mandamases que algo práctico que se arreglaría con las dos o tres que utilizo siempre, para el local de las oficinas, para el coche de la empresa y para los almacenes de material. Si no me hubiera puesto a repasar los sobres, menos mal que ya sellados, que tengo que meter en el buzón de la primera esquina que doblo para venir a la estación. Sin tantos “si no” no me hubiera olvidado sobre la mesilla del recibidor mi estupendo libro de aventuras que estoy a punto de terminar, deseando volver a la biblioteca para pedir prestado otro.

Y si todo va bien, si no hay corte de fluido eléctrico, o alguno de esos problemas ajenos a la compañía de ferrocarriles, o alguna huelga de conductores de la que no me haya enterado porque siempre voy distraído por la vida, serán cuarenta y nueve minutos, contados por cronómetro, para desembocar en el paradero que está a cinco minutos andando de la parada del autobús que me dejará a diez minutos a pie de la puerta de mi trabajo. Y todo ello sin libro que devorar, o por lo menos algún periódico de esos gratuitos llenos de propaganda política subliminal que no he podido conseguir de esos amables repartidores por haberse agotado, aunque ya estoy acostumbrado que unas veces no me los den por coger el tren demasiado temprano o por hacerlo demasiado tarde. Nunca consigo coincidir con ellos.

Y los anuncios pegados en el interior del vagón me aburren por ser los de todos los días que ya tengo aprendidos de memoria. Y el estudio del plano de los trayectos de los que se compone el servicio de cercanías, con los que hago hipotéticos viajes por confluencias, transbordos y estaciones centrales. Ya no me queda nada que leer.

Aunque si soy un poco avispado podré echarle un vistazo por encima al periódico pagado del vecino. Hasta que se dé cuenta y con un refunfuño me advierta que está harto de los gorrones y con un simple movimiento de manos lo haga desaparecer de  mi campo visual.

Hay que ver lo que me hubiera evitado si me hubiera traído mi libro.

Hasta por el hecho de concentrarme en el texto hubiera desaparecido de mis sentidos esa musiquilla enlatada que se corta cada dos por tres cuando la otra voz, también en diferido, te anuncia la próxima estación. A veces a tanto volumen que te desconcierta y otras tan bajo que no logras discernir de qué pieza se trata, que tal vez traería a tu cabeza recuerdos de alguna película entrañable, o la imagen sonriente de alguna chica con la que saliste a aquel pub donde la estaba pinchando, la canción, un disc jockey afanado y mal pagado. O cuando reproducen mal la cinta de las paradas y te las dicen en sentido inverso, cuando te anuncian que estás a punto de llegar a donde ya has estado hace media hora.

Con mi libro en la mano, podría estar en cualquier posición, aguantando apretujones, pisotones y malos olores de algunos que olvidan asearse por las mañanas, seguirían mis ojos fijos en las palabras, en el caudal de mensajes, acariciando las tapas resbaladizas, haciendo malabarismos para poder agarrarme al asidero y poder pasar a la siguiente página. Riendo o temblando de emoción. A mi bola.

Ya estoy llegando a mi destino.

Aunque pensándolo bien, a veces me relajo tanto que con el libro sobre mi regazo no puedo evitar echar una cabezadita, y más de una vez, y de dos, me he pasado de estación.

Cosas de la vida. Nunca estamos contentos. Pero sigo en mis trece: No hay nada peor que subirse al tren sin un libro que echarse a los ojos.

 

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