Cuando tienes un sueño y quieres que se haga realidad, los astros se confabulan para que así sea. Hacer reír y disfrutar a la gente con algo original y distinto, sin dejar de sorprender. Esa es mi meta como artista. Por muy raro o controvertido que sea, por muy ridículo o extravagante que parezca, siempre estoy dándole vueltas a la cabeza para que lo que he visionado, llegue al mundo físico o al virtual. Esperando que algún día me descubra, a mis casi 60 años, un cazatalentos.
Es algo increíble y no sé cómo explicarlo. Seguro que los que se acercan a mi situación, o están en ella, lo comprenden, pero para mí es algo que va a más. No bebo alcohol, no fumo ni he fumado nunca, y tampoco he probado ninguna droga en mi vida. Según la Wikipedia, que es mi enciclopedia Larousse del siglo 21, el síndrome de abstinencia es la unión de reacciones físicas o corporales que ocurren cuando una persona deja de consumir sustancias a las que es adicta. Como he escrito al principio, no puedo ser adicto a sustancias que nunca he consumido, pero en mí existe un síndrome de abstinencia que se manifiesta en reacciones psicológicas como la apatía, la depresión y la sensación de mecanicidad en la consecución de mis actos diarios. No es que me encuentre en esa situación todo el día ni todos los días, pero me asaltan los síntomas cuando menos me lo espero. Y es que me entra el «mono» cada vez más a menudo cuando pasan los días sin poder actuar. La cura es rápida y contundente: Me subo a un escenario y me siento feliz, animado, vibrante. Mi cerebro se activa en una nueva dimensión, mis piernas y brazos se desentumecen, mis células se regeneran, mi piel se vuelve tersa y suave y la comisura de mis labios se tensan para dibujar una sonrisa de satisfacción extrema. Soy feliz con mi pareja, con mi familia y amigos y con mi trabajo, y conmigo mismo, pero, de vez en cuando, tengo este «síndrome de abstinencia».
Detrás de mí, uno de los mejores músicos que conozco: Alberto Palacios Anaut.
Gua pedía agua, no para beber sino para echársela por encima y reír a mandíbula desencajada. Gua jugaba con los demás tal como había jugado cuando era niña. Pero la edad y la experiencia daban otro sentido muy distinto a sus juegos. Estimaba que los que estaban con ella o se cruzaban en su camino eran seres aburridos a los que había que divertir a costa de sus defectos físicos y psíquicos, lo que la acarreaba la aparición de muchos enemigos y enemistades. Pero a ella eso no la importaba porque la principal diana de sus burlas, insultos y escarnios era ella misma y cuando alguien la preguntaba por qué se cebaba con su propia cojera, con su mandíbula saliente y con su bizquera mal disimulada, contestaba que lo hacía para superarse cada día, para encontrar un objetivo en la vida, para dar y recibir cariño y, consecuentemente, felicidad.
Es en lo cotidiano donde fijo la mirada para verter mi dosis de pureza. Es en lo versátil de la realidad donde apoyo mi estremecimiento de los pensamientos. Sin un poco de osadía no sería libre. Sin un mucho de capacidad de absorción de lo bueno del mundo, no sería feliz con mis hechos. Aquí estoy para entregarme abierto de alma y cuerpo, tan sutil como una brizna de electricidad neuronal, tan contundente como el martillo de mis pies sobre el suelo cuando camino hacia el futuro. ¡Salud y Alegría! ¡Amor y Armonía! ¡Libertad y Justicia!
Recuerdo a aquel niño que susurraba al bueno de Bruce Willis aquello de «a veces veo muertos». Pues bien, yo tengo aún dentro de mí a mi niño interior que me susurra continuamente «a veces veo tuertos». ¿O es que los que me rodean no se dan cuenta que tienen ante sí un problema y no lo ven en su auténtica y completa crueldad? Soy actor y tengo la osadía de decirte que, dentro de poco, todos los que son como yo no existirán. Mi carne y mis huesos, mis pensamientos, mis lágrimas y mis carcajadas ya no serán mías. Como tampoco serán suyas las palabras de los que escriben mis personajes y las encumbran hacia tu cerebro para que los escuches y los veas como reales. Ni nadie real registrará mis movimientos, mis gestos, mis liberaciones en un grito de exaltación o dolor eterno, ni habrá nadie que les dé sentido en la concatenación de experiencias de los que me acompañen en la aventura. No seré yo ni serán ellos porque los tuertos han decidido mirar con un solo ojo, sin saber que más adelante quedarán ciegos por la osadía de confiarlo todo a unas entelequias sin estómago, que no lloran ni ríen ni, menos aún, sienten pinchazos de desesperanza en el corazón, porque no lo tienen. Y estarán ciegos, aunque crean que ven, porque lo que contemplen no será parte de este maravilloso mundo real. Mis personajes no tendrán parte de mí ni serán parte de mí, porque lo más seguro es que no sea yo… a quien veas en la pantalla.
Estoy de paso en la gran ciudad, donde todos miran hacia abajo, pero no hacia el suelo sino hacia la pantalla del teléfono móvil que tienen entre sus manos. En el suburbano, aquí llamado Metro, donde me tengo que desplazar hasta mi destino, donde me encontraré con un amigo de la época del instituto, todos están como hipnotizados andando por los andenes, subiendo y bajando escaleras, dentro de los vagones, sentados o de pie, sin despegar la vista de su pantallita, aislados también del entorno con los auriculares que todos llevan. Me siento como si fuera un extraterrestre recién llegado a un nuevo planeta. Una señora muy mayor casi me arrolla hace un rato cuando no se ha dado cuenta de que yo estaba dentro del vagón, agarrado a la barra de sujeción, porque pretendía llegar hasta los asientos, pero sin levantar la vista, en ningún momento, para mirar lo que la rodeaba. Pero no ha conseguido sentarse porque los jóvenes, que deberían haberla cedido el asiento, no se han percatado de su presencia al estar ensimismados en las redes sociales a cuya ventana se asoman desde su dispositivo móvil. Es como si todos fueran zombis. Menos mal que ya me faltan pocas paradas para llegar a Plaza de España. Miro mi reloj de pulsera y soy, por una vez, puntual, y ya estoy saliendo al exterior para dirigirme al Monumento a Cervantes. -¿Por qué no levantan la vista y contemplan el inconmensurable Edificio España?- le pregunto a Don Quijote, como si esperara respuesta de la estatua, imaginándome que Sancho me responde, con su desparpajo, a su vez con otra pregunta. -¿No se percata, noble señor, que estoy aquí, con mi hidalgo, para vigilar que Madrid no desaparezca y que los viandantes no sean abducidos por la desesperanza? Y cerca, por fin, escucho el ritmo de una guitarra, que pareciera acompañar a sus imaginadas palabras. Un músico ambulante está haciendo que se acerquen personas a contemplar su interpretación, y que levanten la vista y observen el maravilloso azul del cielo mientras corean, tímidamente, el archifamoso «Pongamos que hablo de Madrid».
Jerjes El Grande, fundador y líder del grupo Drunk In Palace. (Fotomontaje por Archimaldito).
Nota: Parte de este microrrelato está inspirando en el trovador funkyurbano Jerjes El Grande, genio musical y luthier inventor.