Desde lo más insano de mi corazón me desespero en la sinrazón. Tengo miedo de fallarme. Tengo terror a huir otra vez para excusarme.
Soy frágil, en el fondo soy frágil. Nada hábil, nada tierno ni agradable. Y no merezco nada que no tenga, como una vida donde adormezco, y aunque a veces me crezco, sufro parálisis de autoestima, sufro y lucho con mis inseguridades, tantas que ya no sé dónde están los aciertos.
Voy a llorar otra vez. Voy a suplicar otra vez. Voy a tener que vivir la pesadilla otra vez. Y me pregunto cuándo acabará el ciclo infinito, porque no sé salir de la espiral del desánimo.
Tanto desamor, tanta hipócrita maraña de sentimientos, tanta podredumbre de pensamientos. Necesito respirar, aun sabiendo que al hacerlo me enveneno. Necesito lidiar con mis neuronas y luego desconectar.
Cuando te colocas, bien sentadito, ante el papel en blanco, en un entorno controlado como lo es tu casa, crees que el único miedo que tienes que desechar es el que te da la falta de inspiración, de ideas, o de tener demasiadas, tantas que no puedes ordenarlas ni plasmar nada con algún sentido frente a tus ojos. Y no ha sido diferente en esta ocasión. Cuando quieres participar en el Micro Abierto por el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, piensas o que no tienes nada que aportar, porque ya está dicho todo, o que eres el menos indicado para hacerlo porque has claudicado ante la sociedad patriarcal y sus mecanismos de presión y de manejo de conciencia, que permites cada día para seguir sobreviviendo de una manera egoísta, como no podría ser de otro modo. Y el folio en blanco continúa impoluto de una manera estúpida porque caes en la cuenta que tienes tantos ejemplos de violencia contra la mujer que da auténtica vergüenza que no hayas hecho nunca nada para evitarla. Pero peor es no decir cuándo sí la has evitado, como aquella vez que saliste corriendo de un vagón de Metro para avisar al conductor de que un hombre estaba pegando a una mujer en tu vagón, mientras todos los demás pasajeros miraban, sin hacer ni decir nada, y le clamabas que llamara a Seguridad. Como aquella vez en la que, antes de subirte al escenario de una sala en la que eres asiduo cantante, viste cómo dos hombres lamían los brazos y hombros de una mujer paralizada, y pediste al encargado que llamara a la policía porque si no, la llamabas tú. Como cuando ves y escuchas en conferencias y congresos, en los que participas profesionalmente, cómo los hombres utilizan a las mujeres como armas de guerra ante el enemigo, arrasando poblaciones enteras con violaciones en serie. Y la violencia más sutil y aceptada que es llamar a tu pareja con un «mi mujer», «mi esposa», mi, mi, mi. Y escuchar a aquellos que se creen con la suficiente confianza para contarte que se «van de putas» y están orgullosos de ello. Estando claro que esa será la última vez que te juntes con ellos. Y dejas siempre claro que apoyas la abolición de la prostitución, y que luchas contra tu pornoadiccion del pasado. Aún así, sigues preguntándote qué puedes hacer para acabar con esa lacra, y, sobre todo, para luchar contra las mentes cerradas, ilusas, desinformadas, egoístas, que piensan que no existe la violencia contra la mujer. Y hoy otra vez, otra enésima vez, no hay excusa. No hay papel en blanco, virtual o físico, que me impida manifestarme ante todos vosotros y, sobre todo, ante mí mismo.
Texto leído el 24 de noviembre de 2024 en la Plaza del Ayuntamiento de Aranjuez en el Micro Abierto por el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, organizado por la Asociación Cultural La Brecha.
Querida hija: La vida está llena de oportunidades y, aunque creas que la vida se paraliza si no las aprovechas, no es cierto. La vida es un ciclo continuo de oportunidades, de idas y venidas, de gritos de alegría y de sensaciones de ahogo y desesperación. La vida es dejarse llevar y tratar de no limitarse a agradar a los demás. Siempre siendo uno mismo consigo mismo no te traicionas ante los demás, porque no estás interpretando un papel según las circunstancias ni según los interlocutores.
Como siempre eres tú, no cambias el registro y se notará, ante los demás, que no estás fingiendo. Son los demás los que deberían actuar de la misma manera y aceptarte porque actúas, armoniosamente, como ellos. Es por eso que nunca te encontrarás fuera de lugar, estando con quien estés y estando donde estés.
Ese es el truco para no entrar en depresión por no encontrarse arropado por los demás, porque el «abrigo» lo llevas puesto siempre contigo, siendo real, genuina y sincera.
El equilibrio exacto. Donde las extremidades juegan con el vacío. Donde la lengua demora en zafarse de las necedades. El equilibrio deseado. Cuando uno logra mirar y juzgar desde la distancia. Cuando se es testigo de la esperanza perdida y recuperada. Y la respiración no se entrecorta sino que fluye como un manantial invisible de lucidez. Y la dispersión de la memoria, antes de hacerse líquida e inalcanzable.
El 31 de julio de 2024 descubrí a Tiny Tim. Desde entonces, estoy obsesionado con esta figura musical y performativa, al nivel que siempre me obsesionaron Michael Jackson, Marlon Brando, Prince, Adolf Hitler, Andy Kaufman o Stromae. Mi esposa sabe de mis obsesiones y tiene que sufrirlas. Soy la pesadez humanizada en esa faceta de mi personalidad y eso, a veces, harta a los demás. Debido a ello, en las relaciones sociales, suelo ser un individuo callado, tímido e introvertido. Nada que ver con mi alter ego, Archimaldito.
Trompetas, que lo petas y no respetas. Violines, jolines, y no opines. Y el saxo, sin retraso, no hagas caxo. Mas la guitarra, esa cimitarra, no seas bandarra. Escucha, no más, la música celestial que anuncia, sin más, el jamás.
En la insaciable eternidad, en su utópica búsqueda, andamos inmersos para no deshonrar nuestra propia memoria, nuestros próximos recuerdos no fraguados. Liberando energía constructiva en el intento de no ser abandonados en la nada, clausurando puertas para que la amnesia no invada nuestro santoral de vivencias. Elucubrando, durante toda una vida, sobre la perennidad de nuestras huellas, esforzándonos en la esperanza continua de un legado en proyecto. Tramando y tratando vivencias comunes con nuestros prójimos para que ellos prolonguen nuestra presencia en el mundo sin nuestra existencia. Con el temor y el terror a lo fútil de nuestras experiencias.
¿Por qué no damos opiniones sinceras sobre muchos temas? Siempre se dice aquello de «en público no hables ni de religión ni de política ni de fútbol». Yo añado que ni de sexo ni de alimentación. Pero bueno, nos autocensuramos para no caer en el bucle infinito de la controversia, la polémica, la discusión. Para no ser señalados a nuestro paso por las conciencias cobardes que prefieren el conformismo. Para que nuestras ideas, sobre cualquier tema, no influyan en nuestro trabajo, en nuestras relaciones sociales cotidianas. ¡Y así nos va! Tenemos que esperar cuatro años (oficialmente, en España) para dar a conocer nuestra opinión y de tratar de imponerla a los demás con el rito del voto en unas elecciones políticas. ¿Y si ninguna opción te representa? ¿Te quedas callado y aguantas los embates del borreguismo humano? Yo me niego. Me niego a censurarme y a que me censuren. Aunque me encerraran en una cárcel, aislado a cien kilómetros bajo tierra, y tiraran la llave, amordazado y sin luz ni agua ni alimentos, mi mente seguiría siendo libre, y mi conciencia, y pensaría en mi derecho a ser auténtico conmigo mismo, a no traicionarme ni anularme. Por eso no quiero callar ni de palabra ni de acto. Soy libre.
Te han estado preparando desde hace tiempo, introduciendo en tu vida recursos e instrumentos de entretenimiento para que te hagas adicto a su presencia subliminal. Luego llegaron las Redes Sociales y todas las Aplicaciones para teléfonos inteligentes y ordenadores para que, con su utilización, te creyeras que tú, que tienes poco tiempo para explotar tu creatividad, podrías crear con su ayuda, contenidos que te hicieran visible y gustable por parte de los demás usuarios de este nuevo opio del pueblo. Pero cuando ya te has dado cuenta de que es algo más que utilizar filtros para vídeos y fotografías, algo más que recrear los cuerpos, los rostros y las voces de seres humanos, con las consiguientes asombros y risas (y temas de conversación en tu vida tan insulsa y vacía de contenido real, por preferir hacer vaguear a tu cerebro), es demasiado tarde. La industria del entretenimiento ha difundido estas prácticas hasta el hartazgo y se ha dado cuenta que es un recurso que se ha convertido en un arma de doble filo que está a punto de cortarle elgaznate.
John Connor, hijo de Sarah Connor, es el líder de la Resistencia Humana (Tech-Com) durante la guerra contra las máquinas controladas por Skynet en la película Terminator.
No pretendo ser Sarah Connor ni, menos aún, su hijo, pero creo que es necesaria una resistencia contra las máquinas impersonificadas por la IA. No lo digo en forma de destrucción ni sabotajes sino con el boicot a sus productos y subproductos. Los contenidos del futuro deberán llevar una etiqueta, visible o invisible pero rastreable, de que han sido realizados por humanos, para que sean valorados, en su justa medida de trabajo, sacrificio y esperanzas, y se deseche la opción de los Artificiales. Es una idea que «pongo encima de la mesa», para que otros la apoyen y la llevemos a cabo.