Debería

Debería quejarme menos y escribir más. Dejar de llenar mi boca de palabras insulsas, sin sentido, cuya única finalidad es el quedar bien ante los demás, y armarme de paciencia, talento y rebeldía para atacar al Sistema y a todos los que adoran sus templos de intelectualidad y basura mediática.
El mundo se merece un revulsivo para seguir evolucionando, y cuando me refiero al mundo me refiero al planeta, a la Tierra que nos ve nacer y morir cíclicamente, y también me refiero a la masa de humanos que corrompen la armonía del Universo.
Debería llenar hojas y hojas y hojas con palabras hirientes, que invocaran la conciencia de la especie primigenia, antes de que sea demasiado tarde y los quejumbrosos habitantes de las civilizaciones fallidas se hundan en la miseria ética y moral, antes de que desaparezca el inmerecido estado de bienestar que idolatran todos los que sabotean las leyes del amor, respeto y tolerancia hacia lo ajeno.
Debería mandar a paseo a los gurús económicos y financieros, a los políticos calentadores de poltronas, a los medios de comunicación incomunicadores, a los falsos profetas de lo perennemente bello.
Debería escribir y dejar de quejarme a los oídos sordos, a las voluntades inconexas, a la barbarie de la desidia. Tengo tiempo. Toda una vida y las siguientes en las que no creo.
Y después de escribir las palabras, las gritaré. Y las actuaré.

Fotografía de Adelbrando McPherson

Libre

¿Por qué no damos opiniones sinceras sobre muchos temas?
Siempre se dice aquello de «en público no hables ni de religión ni de política ni de fútbol». Yo añado que ni de sexo ni de alimentación.
Pero bueno, nos autocensuramos para no caer en el bucle infinito de la controversia, la polémica, la discusión. Para no ser señalados a nuestro paso por las conciencias cobardes que prefieren el conformismo. Para que nuestras ideas, sobre cualquier tema, no influyan en nuestro trabajo, en nuestras relaciones sociales cotidianas.
¡Y así nos va! Tenemos que esperar cuatro años (oficialmente, en España) para dar a conocer nuestra opinión y de tratar de imponerla a los demás con el rito del voto en unas elecciones políticas. 
¿Y si ninguna opción te representa? ¿Te quedas callado y aguantas los embates del borreguismo humano?
Yo me niego. Me niego a censurarme y a que me censuren.
Aunque me encerraran en una cárcel, aislado a cien kilómetros bajo tierra, y tiraran la llave, amordazado y sin luz ni agua ni alimentos, mi mente seguiría siendo libre, y mi conciencia, y pensaría en mi derecho a ser auténtico conmigo mismo, a no traicionarme ni anularme.
Por eso no quiero callar ni de palabra ni de acto.
Soy libre.

En Paz

   El rumor se hizo rugido. La fricción se hizo fuego. El escarnio había llegado. Siempre, invariablemente, ocurría lo mismo. Era bien aceptado que cualquier intención pacificadora era semilla sin terreno en el que crecer.

    -¡Que sean los demás quienes opinen! No los influya con su charlatanería. Es usted muy locuaz, pero, al fin y al cabo, completamente vacío. Pero ha cometido un gran error: No contar con nuestra aquiescencia. ¿Para qué tanta palabrería, tanto ridículo rito y burocrática hipocresía, si al final las guerras declaradas son guerras efectivas?

   Janos Hendricks se encontraba esplendoroso, satisfecho de su inminente obra. Se dijo a sí mismo que había llegado el momento de hacerles tragar sus palabras a los que ejercían de defensores de ideas que ni ellos mismos creían, a los que tachaban de inverosímiles las propuestas de esta paz forzada que tenía próxima en sus manos, y a todos los burócratas desmadejados les iba a demostrar que enarbolar el estandarte de la hipocresía diplomática no era buen asunto, sobre todo cuando la conveniencia empujaba a apoyar iniciativas que en otro tiempo no hubieran patrocinado ni por asomo.

   Ceñudo, se rascó con gravedad su prominente apéndice nasal, y mascó la respuesta como si tuviera que deglutirla para ver si era digerible para él y para los intereses que debía salvaguardar. Y cuando rumió y rumió, soportando el mal sabor de la bilis de rabia que se le acumulaba en la garganta, presentó su dictamen ante aquel público ávido.

   -¡De verdad, quiero que me dejen en paz, retirarme a descansar eternamente! No quiero más luchas, más políticas, más ambiciones. He perseverado por la armoniosa conjunción de las ánimas de todos nosotros, todos vosotros, y la infección del poder se ha extendido demasiado, repeliendo, haciendo cero, mi trabajo. Estoy agotado, desesperado, sin intenciones vitales… Déjenme tranquilo. No busco conspiraciones. No pido perdones, clemencias, expiaciones. Busco morir, conmigo mismo.

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Democracia

Quiero creer que me quieren por lo que soy, no por lo que represento.
Deseo hacerme valer por mis valores, no por lo que los demás esperan de mí.
Y aun así, dudo de mis capacidades. Y aun así, libero sus atrocidades, les permito sus procacidades.
Y creo monstruos. Respetables monstruos que devoran a sus propios padres, que hacen rechinar sus dientes cuando se carcajean de sus prójimos, a los que desprecian hasta alcanzar el grado sumo de envilecimiento.
Y tiemblo, porque siento un leve amor por esos ruines. Y para que este sentimiento no caduque los mantengo, los encumbro, los eternizo.

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