Sala de espera

El lanzamiento había transcurrido sin demasiadas novedades, después del acostumbrado retraso en el encendido de motores. 
La liberación de la gravedad había sido tal y como habían experimentado en los interminables simulacros.
Y después, el vacío, el sonoro y el visual.

Y los corazones acompasados bombeando sangre al ritmo previsto. 
Debían prepararse para el largo viaje. Debían dormir para aguantar los antojos imprevistos de sus organismos. Debían acomodarse a las exigencias del hiperespacio y dejarse llevar hasta el infinito, en busca del nuevo mundo prometido para empezar una nueva vida anhelada.

Y cuando estaban a punto de entrar en el agujero de gusano, la implosión inesperada los borró del Universo Material Conocido.

Y noté el espasmo en mi alma.

Sin saber lo sucedido, me detuve en el intercambio de anécdotas con mis allegados, los que habían decidido acompañarme en el que podría haber sido uno de los momentos más felices de mi vida. Debió ser entonces cuando el director de la misión, cabizbajo, con labios temblorosos y con los ojos humedecidos, se decidió a entrar en la sala de espera. Y antes de que pronunciara palabra alguna, me derrumbé con el corazón exhausto, pues intuí lo que me iba a decir.

-Tus padres no lo han logrado. Pero no pierdas la esperanza. Se han marchado sin ti, pero esperan que vayas, estén donde estén ahora.

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Esperad noticias

Queridos amigos que algún día podáis leer esto:

   Parece mentira. He logrado llegar a Barajas a las nueve y media de la mañana. Y aquí me tenéis, escribiendo después de complicarme un poco la vida. Me refiero a que lo de ser vegetariano me trae algún problemilla que otro.

   Mis amigos expedicionarios se olvidaron mencionar ese detalle tan tonto respecto a mí y, claro, cuando lo digo en los mostradores en que me dan la tarjeta de embarque ¡plaf! no voy a poder comer a mi modo desde Madrid a Chryse Planitia. Tendré que escoger secciones comestibles para mí de entre el menú poco variado que me ofrezcan. Han tardado en atenderme más de lo normal porque, además, a petición mía, se han molestado en intentar reservarme mi nutrición especial en el transcurso del vuelo de vuelta. Son unas ricuras estas chicas.

   Terminé todo el papeleo en un cuarto de hora. Hasta tuve que pasar por R-X mi equipaje al confesar que no sabía lo que Elizabeth me ha legado para que entregue a su hermana y que resultó ser una batidora. Y ahora, mientras escribo con esta maravillosa pluma que me regaló Armando, estoy dejando pasar la hora que falta hasta mi embarque. Salgo a las 11:25 AM pero debo estar en la lanzadera a las 10:45 AM.

   Me he propuesto absorber todo lo que ocurra a mi alrededor y concentrarme en mis objetivos a realizar. Necesito dejar de pensar, hasta donde resista, en todo lo que dejo aquí. La ilusión de volver con nuevos ánimos vitales me ayuda a no obsesionarme con lo que me espera a la vuelta.

   Y justamente lo que me ha estado martirizando durante estos últimos días es muy distinto a lo que, en un principio, cuando me planteé el viaje, concentraba mis pensamientos: Converger todo mi amor en una persona determinada en vez de buscar el conocimiento.

   Me iniciaré magistralmente en el arte de aprender, aprender de mí mismo y de los demás.

   Esperad noticias.

 

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La Búsqueda

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   No llegué al sueño en todo el resto de la travesía.

   Realicé lo rutinario en cualquier vehículo espacial dirigido que estuviera a punto de entrar en nueva atmósfera: La asepsia integral, la desintegración de las vestimentas y calzado utilizados en el viaje, y la esterilización de los complementos insustituibles, así como la incorporación de un atavío unisex de un único uso que estuviera de acuerdo con la moda del planeta en el que iba a ingresar, compuesto por un vestuario de riguroso estreno, y en tal caso, con los gérmenes propios del mundo en cuestión.

   Completado esto, anduve, sin demasiada prisa, por el corredor, dirigiéndome al portón de salida. La antigravitación me depositó sobre un deslizador uniplaza que tenía ya asignado un domicilio en la memoria de su orientador electromagnético. 

   Durante la carrera, dejé a los lados avenidas rancias de lujo, con luminotecnia que sobraba, que se hacía barroca en las formas y en los usos, pues con el día que estaba reiniciando, se aportaban demasiados brillos a los metales de las calzadas, de los edificios, de las alturas surcadas. La privacidad de los acontecimientos que contenían aquellas interminables sucesiones de rascacielos, que conferían monotonía en la línea paisajística, se hacía redundante con las placas de fibras traslúcidas. Los habitantes de aquella no debían de amar las sorpresas, la variedad, la inconstancia.

   No pude adivinar ninguna huella de creatividad, pues se había olvidado la presencia de la pasión, del equilibrio entre lo racional y lo sentimental, para dominar con la lógica incolora y pragmática. Además, iba a demasiada velocidad para permitirme degustar los aromas, sonidos y colores de las escasas pausas llenas de Naturaleza.

   El deslizador fue desacelerando a medida que iba rozando las altas hierbas del prado violeta surcado por la senda de aproximación, señalada a ambos lados por dos hileras de enhiestos frutales, y finalmente se detuvo.

   Pisé el suelo y subí las escaleras pulimentadas sin ayuda de ningún automatismo. Raramente se veía aquello, pero así era en aquel planeta: los usuarios debían subir los peldaños luchando contra sus propios pesos activando sus aparatos locomotores. No se consideraba arcaico, sino elitista.

   La cima estaba coronada por una pileta de roca artísticamente labrada y, tras ésta, un portal ciclópeo que escondía mi próxima soledad.

   Una gran baldosa metálica resaltaba de entre las demás pétreas, y sobre ella me situé, siendo analizada mi identificación. Y escuché una voz dentro de mi cabeza.

   “”No luche demasiado. A veces, no vale la pena.””

   La mirada perdida en un punto fijo imaginario. Dejé pasar los pensamientos que me desolaban y repelí lo que me servían de consuelo, dejando la mente en blanco, evacuándola de todo su contenido, pero siempre teniendo dominio sobre ese vaciado. E ignorándolo todo.

   Me olvidé de mí mismo, siendo menos que nada, y ese era el escarmiento que me merecía y el que había estado buscando cuando me planteé viajar hasta ese planeta, pues, aunque había soportado años de voluntaria penitencia, de castigos psicofísicos incontables e incomparables por su severidad, no había logrado borrar mi angustia de omnipecador. Había soportado la carga, el peso continuo, y la flama incombustible en mi corazón, con la expectativa de que algún día se hiciera cenizas, para que pudieran volar y repartirse en el ciclo constructivo del quizás volver a ser.

   Y allí, encima de aquella gran baldosa metálica, me llegó la Iluminación:

   “”De todo existen dos caras, dos polos. Si considero que estoy inmerso en el Bien, debo considerar que el Reflejo de ese Bien es el Mal. Y yo nunca he actuado al otro lado del Espejo.”

La pregunta

   Quizás estuviera recuperando los dones atrofiados por el salto transtemporal. Quizás le llegaran lecturas de mentes despiertas e incorruptas. Fuera lo que fuese, no sabía por qué ocurría, y por qué en aquel preciso viraje de su estabilidad emocional. 

 Captaba a borbotones la verborrea egotista, ya que los pensamientos apocalípticos eclipsaban su relación con lo que le circunscribía, y le hacían volar a millones de kilómetros, como si algún detalle perdido arrastrara su atención. Una llamada a la providencia, una canto a la oportunidad.

   No viajaba linealmente a un punto concreto. El origen de la llamada no estaba localizado en espectro alguno. Más bien era una multiplicación radial, que rastreaba un cúmulo sensorial de amplitud infinita. Discernía un centro de propagación, como ocurría con el sonido y con la luz, que se difuminaba en el éter cósmico, pero lejos de cercenarse, se incrementaba.

   “¿Y entonces, Dios?”

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Cuarenta y nueve minutos

No hay nada peor que subirse al tren sin un libro al que echarle los ojos.

Mirar a los demás e intentar esquivar sus miradas. Y bostezar, bostezar continuamente. Y recitar mentalmente las estaciones que faltan para llegar a la tuya. Y en cada una de las paradas, la cuenta atrás para terminar el suplicio.

Te imaginas que la maciza que tienes enfrente te echa reojos provocadores. Pero sólo te lo imaginas, ya que no te atreves a mirar directamente, no vaya a ser que el que está al lado sea su novio, o esposo, y acabes con la boca partida. O se sienta insultada. O lo que es peor, que te mire con desprecio porque tu físico le desagrade. Ya le gustaría un tipo cachas, rubio con ojos azules y que marcara un buen paquete.

Y si miras al negro del maletón, que qué miras, que eres un racista. Que nuestros abuelos y padres también emigraron para buscarse el pan de cada día. Así que chitón, que ellos también tienen derecho. ¡Pero si yo no he dicho nada!

Si me hubiera acordado de traerme el libro no sentiría la vergüenza de los que te recriminan por qué no le has dado una limosna al cantante sudamericano que ha desgañitado una canción inconclusa porque tiene que subirse al siguiente vagón antes que lo localicen los de seguridad.

No estaría al acecho de alguna embarazada, anciano o inválido para cumplir con el deber cívico de dejarle mi asiento y dar ejemplo de solidaridad que en otras circunstancias destacaría por su ausencia. Y claro, mientras los demás siguen bien sentaditos tú te bajarás en tu estación con un buen dolor de riñones, de estar tanto tiempo de pie.

Y estaría zambulléndome en otros paisajes, en otras pieles, en otros sentimientos. Y no en la cruda realidad que me rodea. Me evadiría de los pensamientos oscuros que me acechan cuando rememoro el planning laboral, cuando los espíritus malignos de los trepas no hacen más que mandarme malas vibraciones para que caiga del pedestal al que ellos quieren llegar. Aunque si estoy tan bien colocado, qué me impide coger el coche para desplazarme hasta mi lugar de curro. Mi conciencia ecológica, y ¡narices! hay que admitirlo, lo racano que soy, que la gasolina está por las nubes. A ellos, ¿qué les importa? Búsquense otra víctima. Que ya tengo yo bastante con tener que aguantar los caprichos del patrón, cual proletario oprimido.

Si no me hubiera centrado en comprobar que la fiambrera no se volcaba dentro del maletín y manchaba con los jugos del manduqueo todos los informes que tengo que presentar a primerísima hora. Si no hubiera contado una y otra vez los diferentes llaveros con innumerables llaves que son más un símbolo de la confianza que han vertido sobre mí los mandamases que algo práctico que se arreglaría con las dos o tres que utilizo siempre, para el local de las oficinas, para el coche de la empresa y para los almacenes de material. Si no me hubiera puesto a repasar los sobres, menos mal que ya sellados, que tengo que meter en el buzón de la primera esquina que doblo para venir a la estación. Sin tantos “si no” no me hubiera olvidado sobre la mesilla del recibidor mi estupendo libro de aventuras que estoy a punto de terminar, deseando volver a la biblioteca para pedir prestado otro.

Y si todo va bien, si no hay corte de fluido eléctrico, o alguno de esos problemas ajenos a la compañía de ferrocarriles, o alguna huelga de conductores de la que no me haya enterado porque siempre voy distraído por la vida, serán cuarenta y nueve minutos, contados por cronómetro, para desembocar en el paradero que está a cinco minutos andando de la parada del autobús que me dejará a diez minutos a pie de la puerta de mi trabajo. Y todo ello sin libro que devorar, o por lo menos algún periódico de esos gratuitos llenos de propaganda política subliminal que no he podido conseguir de esos amables repartidores por haberse agotado, aunque ya estoy acostumbrado que unas veces no me los den por coger el tren demasiado temprano o por hacerlo demasiado tarde. Nunca consigo coincidir con ellos.

Y los anuncios pegados en el interior del vagón me aburren por ser los de todos los días que ya tengo aprendidos de memoria. Y el estudio del plano de los trayectos de los que se compone el servicio de cercanías, con los que hago hipotéticos viajes por confluencias, transbordos y estaciones centrales. Ya no me queda nada que leer.

Aunque si soy un poco avispado podré echarle un vistazo por encima al periódico pagado del vecino. Hasta que se dé cuenta y con un refunfuño me advierta que está harto de los gorrones y con un simple movimiento de manos lo haga desaparecer de  mi campo visual.

Hay que ver lo que me hubiera evitado si me hubiera traído mi libro.

Hasta por el hecho de concentrarme en el texto hubiera desaparecido de mis sentidos esa musiquilla enlatada que se corta cada dos por tres cuando la otra voz, también en diferido, te anuncia la próxima estación. A veces a tanto volumen que te desconcierta y otras tan bajo que no logras discernir de qué pieza se trata, que tal vez traería a tu cabeza recuerdos de alguna película entrañable, o la imagen sonriente de alguna chica con la que saliste a aquel pub donde la estaba pinchando, la canción, un disc jockey afanado y mal pagado. O cuando reproducen mal la cinta de las paradas y te las dicen en sentido inverso, cuando te anuncian que estás a punto de llegar a donde ya has estado hace media hora.

Con mi libro en la mano, podría estar en cualquier posición, aguantando apretujones, pisotones y malos olores de algunos que olvidan asearse por las mañanas, seguirían mis ojos fijos en las palabras, en el caudal de mensajes, acariciando las tapas resbaladizas, haciendo malabarismos para poder agarrarme al asidero y poder pasar a la siguiente página. Riendo o temblando de emoción. A mi bola.

Ya estoy llegando a mi destino.

Aunque pensándolo bien, a veces me relajo tanto que con el libro sobre mi regazo no puedo evitar echar una cabezadita, y más de una vez, y de dos, me he pasado de estación.

Cosas de la vida. Nunca estamos contentos. Pero sigo en mis trece: No hay nada peor que subirse al tren sin un libro que echarse a los ojos.

 

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Reproche

   Mis padres me habían repetido, una y otra vez, que no tendría ninguna oportunidad. Que me querían y que por eso me decían la verdad. Para que la verdad no me defraudara cuando me encontrara con la cruda realidad. Yo les agradecía su tesón para echar mis sueños por los suelos.

   Pero esta, como las otras veces, se han equivocado: Esta vez sí que estoy en la cápsula. Y tras varios meses de acondicionamiento, podré comunicarme con ellos, para decírselo. Que no debieron haberme infravalorado.

   Ahora se quedarán, para siempre, solos. Porque de esta misión no se vuelve. Y tendrán que asimilar mi triunfo.

   Ellos seguirán siendo ciudadanos de su insulsa Tierra. Yo, una pionera en mi enigmático Marte.

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