Pensó que allí podía liberarse. Librarse de la discordia que existía en sus ideas, cuyo significado y finalidad insultaban su deficiente inteligencia. Persistía en intentar retener las más banales, las que adivinaba que no podrían perjudicar a los que estaban fuera, al otro lado del espejo. Y esperó. No sintió ni sed ni hambre ni le asaltaron las necesidades básicas de su vejiga e intestinos. Y no se extrañó. Quizás se había cumplido su deseo. Y la cuenta atrás no se detenía.
El paraíso de las ideas estaba a punto de abrirle sus puertas. En el que se disgregarían hasta hacerse nulas. En el que las preocupaciones o las alegrías no existirían. El auténtico vacío. La nada más absoluta en la que ni siquiera existiría la nada. El descanso eterno. El no recordar, el no pensar, el no sentir.
Y al otro lado del espejo no existían imágenes reflejadas porque no había luz ni color ni materia ni energía.
Los diez minutos pasarían rápido. Debía prepararse para lo que iba a venir, o a ir, o a ser o no ser.
El último estallido, el último chasquido, la anulación del contacto.
Cuando te colocas, bien sentadito, ante el papel en blanco, en un entorno controlado como lo es tu casa, crees que el único miedo que tienes que desechar es el que te da la falta de inspiración, de ideas, o de tener demasiadas, tantas que no puedes ordenarlas ni plasmar nada con algún sentido frente a tus ojos. Y no ha sido diferente en esta ocasión. Cuando quieres participar en el Micro Abierto por el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, piensas o que no tienes nada que aportar, porque ya está dicho todo, o que eres el menos indicado para hacerlo porque has claudicado ante la sociedad patriarcal y sus mecanismos de presión y de manejo de conciencia, que permites cada día para seguir sobreviviendo de una manera egoísta, como no podría ser de otro modo. Y el folio en blanco continúa impoluto de una manera estúpida porque caes en la cuenta que tienes tantos ejemplos de violencia contra la mujer que da auténtica vergüenza que no hayas hecho nunca nada para evitarla. Pero peor es no decir cuándo sí la has evitado, como aquella vez que saliste corriendo de un vagón de Metro para avisar al conductor de que un hombre estaba pegando a una mujer en tu vagón, mientras todos los demás pasajeros miraban, sin hacer ni decir nada, y le clamabas que llamara a Seguridad. Como aquella vez en la que, antes de subirte al escenario de una sala en la que eres asiduo cantante, viste cómo dos hombres lamían los brazos y hombros de una mujer paralizada, y pediste al encargado que llamara a la policía porque si no, la llamabas tú. Como cuando ves y escuchas en conferencias y congresos, en los que participas profesionalmente, cómo los hombres utilizan a las mujeres como armas de guerra ante el enemigo, arrasando poblaciones enteras con violaciones en serie. Y la violencia más sutil y aceptada que es llamar a tu pareja con un «mi mujer», «mi esposa», mi, mi, mi. Y escuchar a aquellos que se creen con la suficiente confianza para contarte que se «van de putas» y están orgullosos de ello. Estando claro que esa será la última vez que te juntes con ellos. Y dejas siempre claro que apoyas la abolición de la prostitución, y que luchas contra tu pornoadiccion del pasado. Aún así, sigues preguntándote qué puedes hacer para acabar con esa lacra, y, sobre todo, para luchar contra las mentes cerradas, ilusas, desinformadas, egoístas, que piensan que no existe la violencia contra la mujer. Y hoy otra vez, otra enésima vez, no hay excusa. No hay papel en blanco, virtual o físico, que me impida manifestarme ante todos vosotros y, sobre todo, ante mí mismo.
Texto leído el 24 de noviembre de 2024 en la Plaza del Ayuntamiento de Aranjuez en el Micro Abierto por el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, organizado por la Asociación Cultural La Brecha.
Tengo tantos miedos que me enternezco con los valientes. Tengo tantos medios que me asombra estar entero. Y la desdicha, que no es más que dicha en negativo, me hace reír y llorar a partes iguales, cuando es verdad que encuentro mis partes. No voy de gurú, ni vengo con un soy más que tú. Pero aquí estoy para que mires, así soy para que oigas, así todo lo doy para que de mí no te olvides y puedas recordar cómo espanté tus sombras. Tengo tantos miedos que el que más temo es no acordarme de ellos. No saber quién soy o no recordar tus destellos.
(Texto escrito en colaboración con Estela Tatiana Fernández Claudet «Monami»)
No se trata de huir del planeta dejándolos abandonados a su suerte, a su mala suerte. Se trata de quedarse y enfrentar las próximas desdichas con ellos.
El equilibrio exacto. Donde las extremidades juegan con el vacío. Donde la lengua demora en zafarse de las necedades. El equilibrio deseado. Cuando uno logra mirar y juzgar desde la distancia. Cuando se es testigo de la esperanza perdida y recuperada. Y la respiración no se entrecorta sino que fluye como un manantial invisible de lucidez. Y la dispersión de la memoria, antes de hacerse líquida e inalcanzable.
Sobrevivo en una sociedad que intenta imponerme normas que no acepto. Me adapto rápidamente a las personas y a sus creencias y sueños.
Trabajo, desde antes que salga el sol hasta después de que se ponga, realizando labores que no me hacen feliz, salvo en puntuales momentos de autorrealización.
No hay ningún sistema político, religioso o económico que me satisfaga, y aquí estoy, dejándome llevar por ellos hasta que pueda cambiarlos, haciendo que mi mente y mi corazón se centren en el aprendizaje y creación de nuevos modos de evolución hacia un mundo mejor.
VIDA EN MARTE (Música: David Bowie / Letra versión en español: Jesús Fernández de Zayas «Archimaldito»)
Tanta vida queriendo huir. Preparándome en subsistir. Luchando contra la razón. Agarrándome a la intuición.
Sin saber qué me ocurrirá, estoy dejando todo atrás. Y mi mente es una explosión que transforma la realidad.
Pero esto se ha de arreglar y a todos tengo que gritar que no hay otra oportunidad y tenéis que saber que…
(Chorus) En mis sueños había vida en Marte, sueños que me llenan de ilusión. Soy un explorador. Dime si soy un hombre libre que se asombra o que va llorando de emoción con Bowie en esta canción. Is there life on Mars?
Falló toda Revolución, las promesas, la Humanidad. Error del Sistema fatal que al humano quiso salvar.
Y por eso he de decir que mi misión he de cumplir. Una llamada de atención y te pido tengas valor.
Porque esto se ha de arreglar y a todos tengo que gritar que no hay otra oportunidad y tenéis que saber que…
(Chorus) En mis sueños había vida en Marte, sueños que me llenan de ilusión. Soy un explorador. Dime si soy un hombre libre que se asombra o que va llorando de emoción con Bowie en esta canción. Is there life on Mars?
Trompetas, que lo petas y no respetas. Violines, jolines, y no opines. Y el saxo, sin retraso, no hagas caxo. Mas la guitarra, esa cimitarra, no seas bandarra. Escucha, no más, la música celestial que anuncia, sin más, el jamás.
En la insaciable eternidad, en su utópica búsqueda, andamos inmersos para no deshonrar nuestra propia memoria, nuestros próximos recuerdos no fraguados. Liberando energía constructiva en el intento de no ser abandonados en la nada, clausurando puertas para que la amnesia no invada nuestro santoral de vivencias. Elucubrando, durante toda una vida, sobre la perennidad de nuestras huellas, esforzándonos en la esperanza continua de un legado en proyecto. Tramando y tratando vivencias comunes con nuestros prójimos para que ellos prolonguen nuestra presencia en el mundo sin nuestra existencia. Con el temor y el terror a lo fútil de nuestras experiencias.
¿Por qué no damos opiniones sinceras sobre muchos temas? Siempre se dice aquello de «en público no hables ni de religión ni de política ni de fútbol». Yo añado que ni de sexo ni de alimentación. Pero bueno, nos autocensuramos para no caer en el bucle infinito de la controversia, la polémica, la discusión. Para no ser señalados a nuestro paso por las conciencias cobardes que prefieren el conformismo. Para que nuestras ideas, sobre cualquier tema, no influyan en nuestro trabajo, en nuestras relaciones sociales cotidianas. ¡Y así nos va! Tenemos que esperar cuatro años (oficialmente, en España) para dar a conocer nuestra opinión y de tratar de imponerla a los demás con el rito del voto en unas elecciones políticas. ¿Y si ninguna opción te representa? ¿Te quedas callado y aguantas los embates del borreguismo humano? Yo me niego. Me niego a censurarme y a que me censuren. Aunque me encerraran en una cárcel, aislado a cien kilómetros bajo tierra, y tiraran la llave, amordazado y sin luz ni agua ni alimentos, mi mente seguiría siendo libre, y mi conciencia, y pensaría en mi derecho a ser auténtico conmigo mismo, a no traicionarme ni anularme. Por eso no quiero callar ni de palabra ni de acto. Soy libre.