Los niños

Los niños gritaban y lloraban bajo un sol ardiente confinados en un contenedor al que le faltaba la parte superior que valiera de techo.

Me acerqué a ver qué ocurría con ellos en aquella situación y me salieron varios hombres armados al paso, desdentados, sudorosos y embriagados, amenazándome para que no me acercara más.

En una caseta contigua, un par de mujeres asiáticas tiraban comida a los niños, desde arriba, como si estos fueran animales, y dos de ellas sujetaban a uno de los niños mientras un viejo de barriga hinchada y pústulas por todo el cuerpo se masturbaba delante del niño al que habían desnudado completamente, mientras hacían fuerza para que el niño no se zafara.
No pude soportar la visión de aquella perversión y, olvidando los avisos de los vigilantes borrachos, ingresé a toda velocidad en la caseta y molí a palos al viejo asqueroso y a las mujeres perversas mientras que agarraba al niño y huía de allí a toda la velocidad que me permitían mis piernas y la fuerza de mis brazos que soportaban el peso del chaval , que estaba como drogado.

Este texto fue escrito nada más despertar, tras haber visualizado lo que en él se narra en una pesadilla exprés e inacabada. Mi subconsciente debe de estar enviándome mensajes.

Fundido en neg

Se puede decir aquello de “hasta luego” pero ¿y si es un adiós definitivo?

Total, ¿quién soy yo?

¿Quién creo ser?

Quizás una gota de nada.

Uno se cansa. No se deprime, pero se cansa.

Y lo intenta para nada.

Se puede decir aquello de “hasta luego” pero ¿y si es un adiós definitivo?

Y ahora, fundido en neg…

Pantallazo en negro | El Correo

3, 2, 1


Cuando escuchó la detonación, no pensó que hubiera sido tan cerca. Pero, aún así, corrió y corrió sin mirar atrás, por si le alcanzaba la mala suerte. 

Cuando, a su paso, otras explosiones fueron concatenándose a ambos lados de la calle por la que estaba dejando su aliento y sudor, pensó que ya era una cuestión de casualidades ajenas a su persona.

Siguió avanzando a grandes zancadas, las que le permitían su juventud y su estatura, ansioso de guarecerse en el aparcamiento subterráneo del centro comercial que se encontraba a tres manzanas de su ubicación, y empezó a preguntarse por qué no escuchaba gritos ni sirenas y por qué no había gente huyendo con él ni animales saliendo despavoridos en todas direcciones.

Creyó estar dentro de un mal sueño y que cuando despertara lo haría sudoroso y con falta de aire y, consolado con esa perspectiva, siguió sorteando los cascotes de los edificios estallados.

Y llegó al humo denso e irrespirable cayendo al suelo por la asfixia, cerrando los ojos por sentirlos arder, tapándose los oídos para escuchar su propia respiración, pues del exterior ya no escuchaba más que un pitido continuo y lacerante que eclipsada sus otros sentidos. Rogando que el polvo que estaba en suspensión, y que le iba cubriendo mientras que adoptaba una posición fetal, se convirtiera en purpurina de colores de fiesta y que el radiodespertador lo sustrajera de la desesperanza que estaba invadiendo su psiquis descontrolada.

Y empezó a sentir cómo se ralentizaban sus latidos, cómo su lengua se convertía en un tapón de carne pastosa que no le dejaba tragar la poca saliva que embalsaba en la boca sellada por labios resecos y sangrantes.

Levantó, por última vez, los párpados, antes de apagarse, y no vio más que oscuridad.

Ciego y sordo. Muriendo poco a poco.

Sin poder llorar o gritar.

Tres, dos, uno.

La Multitud

 

Esta vez mi paciencia ha sobrepasado su límite.

Esta vez he conducido un centenar de kilómetros para llegar hasta aquí, al culo del mundo, donde nadie me vea, donde no exista gloria ni alarma en lo que voy a hacer. Donde nadie ni nada, salvo el viento, intente detenerme y me haga repensar mi decisión.

Esta vez el borde del acantilado está a mis pies, en la semioscuridad, con las olas allá abajo, adivinadas por el sonido relajante de sus rompientes.

Esta vez he saltado.

Y el pitido del aire acelerado ensordece mis sentidos, cerrando los párpados, notando la presión de la velocidad en mi cuerpo que cae descontrolado.

Esperando el impacto. Esperando el click del apagado.

Y los segundos se hacen eternidad. Y otra vez estoy empezando a impacientarme.

Pienso, demasiado tarde, que voy a aplastar a algún habitante de las rocas, o a varios, con el guiñapo en el que me voy a convertir.

Y creyendo que ya está aquí el silencio, un murmullo gratificante me sorprende.

Pero, ¿qué hace aquí tanta gente?

 

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Nosecuantas

La vuelvo a ver nosecuantas veces doblando la esquina para ir a no sé dónde. Pero siempre vuelve a encerrarse en su portal.

Y vuelve a salir, una y otra y otra vez para ir a ningún lado.

Aún no se ha dado cuenta de que la observo impávido, con la paciencia que me da el no poder mover ningún músculo de mi cuerpo, esperando a que mi captor venga a mover mi silla de ruedas y eche en su mochila todas las monedas que han dejado los ilusos que han sentido pena por mí mientras ríe y me dice que hoy ha sido un buen día, pero a mí me dan igual sus parrafadas y sus dientes grises. Porque me quedo observándola salir otra vez de su portal.

Y cuando el mamarracho empieza a hacer rodar mi cárcel, ella se percata de mi existencia. Y paraliza su espídico proceso de huida al vacío.

Y me mira a los ojos. Y sonríe.

Y viene corriendo hacia mí, estampándose contra el que la grita, el que ha soltado el freno de la silla, el que me deja coger velocidad calle abajo, el que me va a librar de mi existencia cuando ese furgón se salte el semáforo y una sus ruedas a las mías, convenciéndome de que la volveré a ver nosecuantas veces.

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Photo by Anders Wiuff from FreeImages

Adopta, no compres

Un gran amor privado de toda familia. Allí, en la jaula, esperando que alguien se fijara en él y lo adoptara. Para dar amor con cada lametón, con cada ladrido, con cada movimiento de su cola.

Pero siempre elegían a otro, más joven, más pequeño, más amaestrable. Mas no perdía la esperanza. En cualquier momento aparecería una familia privada de todo amor. Su familia.

 

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Cúter

Lo tengo decidido. Hoy me plantaré frente al espejo y, después de llorar, por mi impotencia ante la vida, me haré cinco cortes rápidos en la yugular con el cúter que agarro desesperado. Si no lo hago, tendré un mañana.

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La caja de madera

Sabía que encontraría vacía la caja de madera. Había estado probando cantidades industriales de su contenido durante meses. Y aun así, necesitaba seguir consumiendo aquella sustancia maravillosa que le habían prometido que llenaría su vida de instantes felices e irrepetibles. Se había prometido a sí mismo dosificar la apertura de su cerradura, para eternizar el efecto altamente beneficioso para su cordura y, sobre todo, para su creatividad. Pero se dio cuenta, demasiado tarde, que se había convertido en un dependiente de las endorfinas provocadas por aquellos orgasmos psicodélicos insuflados por aquel maná que parecía no acabarse nunca.

Pero se acabó. Y con el vacío que tocaba cada vez que metía los dedos en el recipiente sagrado, se desmoronaban sus ganas de vivir. Y con su desánimo llegó el declive de su cuerpo, de su agilidad mental, de su rendimiento en el trabajo.

Y decidió volver a suicidarse. Y decidió volver a fabricar otra caja mágica. Para volver a ser feliz. Para repetir el ciclo. Hasta que alguien le rescatara de su soledad. Hasta que alguien le liberara de su maldición, mostrándole la verdad, mostrándole el hecho de que aquella caja con la que jugaba en su imaginación no era otra cosa que su corazón vacío, tan necesitado de amor.

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