Guinness World Record

Evitaba eliminar a más de uno al mismo tiempo. Entre uno y el siguiente quería parar para vomitar, pero no lo hacía porque el tiempo apremiaba y porque debía cumplir las reglas. Sabía que batir el récord era posible.

Al jurado, sentado frente a él en el anfiteatro, presenciando la escena sin moverse, no parecía que le influyera demasiado el método utilizado. Lo importante era que cumpliera su objetivo.

El silencio solo se rompía segundos antes de cada ejecución. Cuando la víctima, con la boca amordazada, los ojos cegados por anchas vendas opacas y las extremidades inutilizadas con bridas, notaba el frío del metal en su gaznate y emitía un pequeño gemido antes de ser sajada, a un volumen tan bajo que la siguiente no se percataba de que era la próxima en caer.

Y así una tras otra, a una velocidad increíble, con un virtuosismo desconocido.

Cuando terminó, tuvo que descalzarse. Dejó caer el arma aflojando la tensión de su mano derecha, sin ruido estrepitoso, pues la abundante sangre en el escenario amortiguaba el impacto. Bajó los escalones, que continuaban calientes, pues habían sido pisados por demasiados pies camino al cadalso.

Se dirigió a la tribuna donde esperaban los jueces. Y escuchó. Y uno tras otro aplaudieron rabiosamente. Y su rostro mostró la más absoluta felicidad.

Había conseguido batir el récord: Ahora sería el asesino en serie más famoso de la Historia.

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Cimbreo

Arrostré el peligro arrastrando el cuerpo y levantando el pie derecho a una altura inverosímil, la que me permitía la pierna correspondiente, para dejarlo caer y machacar la jeta de aquel malnacido que había intentado asaltarme con su navaja de Toledo, cimbreando por mi rostro la hoja reluciente, amenazándome con que la iba a estrenar con mi sangre.

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El respeto

En aquella ocasión mi víctima imploraba clemencia cuando mi resolución irreversible de cortarle la yugular se veía incrementada exponencialmente con cada lágrima que caía sobre las baldosas blancas de la cocina sobre las que estaba arrodillada. 
-Dígame: ¿Cuál es su último deseo? (…) ¿Perdone? ¡No la entiendo! ¡Deje de gimotear que me va a dar igual!
La juré y perjuré que el sufrimiento sería mínimo pues no me gustaba hacer prolongar un final que ya estaba predicho.
Al no recibir respuesta inteligible de ningún tipo, di por hecho que lo que quería era acabar cuanto antes, como yo.
-Yo trato bien a todo el mundo, incluso a los niños muy pequeños. ¿Tiene usted hijos?
Un silencio, que no me esperaba, me confundió.
Ella apartó su mirada enrojecida y se traicionó con un reojo hacia el pasillo que daba al salón. Y agudicé mi oído.
Sonreí.
-A todo el mundo lo trato de usted.
Bajé mis párpados y me concentré en la respiración entrecortada que llenaba la penumbra.
Y, de pronto, habló, calmada, segura, convincente.
-Como le hagas daño, te mato.
La miré fijamente y ella no pestañeó.
-Yo trato bien a todo el mundo.
Observé el filo del cuchillo que blandía en mi mano derecha y aflojé la tensión en la otra mano que agarrotaba su larga melena.
Coloqué el arma sobre la repisa de la cocina, junto al microondas, y tiré del cabello para que me siguiera, aún de rodillas, por el corredor.
– ¡Ya puede salir usted de su escondite! ¡Salga usted, que no le haré daño!

 

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Amnistía

Miraba. Más bien ojeaba. Y la manecilla del minutero no se movía. Era extraño. Porque oía el tictac. Tan claramente como su respiración entrecortada.

Y la gota de sudor que invadía su lagrimal, el del ojo abierto, el derecho, lo martirizaba con su salinidad, pues del otro, hinchado, surgía otro tipo de gota, bien distinta, roja, viscosa y caliente, que lamía cuando pasaba por la comisura de los labios, cuando la gravedad la hacía deslizarse hacia su cuello.

Y del reloj de pared hacia la boca del energúmeno que tenía enfrente, casi golpeando su nariz con la propia, mientras exhortaba, a base de salivazos, a que hiciera algo, que no comprendía, porque ni siquiera lo escuchaba. Le oía desgañitarse pero no asimilaba lo que parecía una orden.

Y como un péndulo visual, otra vez a la manecilla, que no se movía.

Y el dolor de las muñecas era tan intenso que dejó de sentirlo hacía ya tiempo, haciéndole dudar si carecía o no de manos, que debían de estar allá arriba, pues notaba cómo presionaban sus brazos las orejas que hervían.

Y aunque no podía hacerlo, tampoco hubiera querido mirar hacia abajo, hacia el suelo, porque lo hubiera echado de menos, pues no existía, o por lo menos no lo sentían los dedos de sus pies, que lo tocaban de puntillas.

Y el tictac, que no cesaba, que hacía eterno aquel instante, en el que el minutero no se movía, congelando el tiempo en una infinita secuencia de repeticiones del mismo momento.

Sin tener conciencia de lo que ocurría o por qué ocurría.

Con el escozor en el ojo, y el sabor agridulce en la boca. Y el hedor del aliento del otro.

Y la explosión junto a su oído, tan cerca, con tanto calor en la sien.

Y el tirón del cuello, que lo quebraba.

Y la manecilla que, por fin, se movía.

 

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(Dibujo a lápiz de Estela Tatiana Fernández Claudet, 12 años)

Alguien y nadie

A veces, alguien se sorprende de seguir siendo alguien, de contar los segundos para ser nadie.

 El mundo sigue siendo esa desesperanza casual que ilumina nuestros actos y, sin embargo, el desánimo corrompe las expectativas del esperanzado.

   A menudo, muy a menudo, eres alguien siendo nada.

   Si eres capaz de permanecer impertérrito ante la mirada extraña, estás pleno de personalidad inquebrantable, pues son siempre los rostros ajenos los que causan desdicha al culpable de pusilanimidad.

   Y, sin embargo, éste es el ciclo de la sandez, éste es el ciclo de la sordidez.

Alguien y nadie

Mordimiento sin remordimiento

El instinto cazador dominaba.
Intentaba controlarse pero le era imposible disimular su canibalismo, pues era la humana la única especie con la que se atrevía a desarrollar su espíritu de supervivencia.
Cuando ejecutaba, los posibles remordimientos se diluían con el convencimiento de que sus víctimas merecían su destino al considerar que los humanos eran los seres más cobardes y ruines de la Madre Naturaleza.

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Matando

   Los dedos índice y corazón de su diestra se engarfiaron en las cuencas oculares y las vació de su contenido. El alarido fue ensordecedor, pero no podía permitirse dejarse vencer por la lástima.

   Y el siguiente paso sería completamente apocalíptico para su conciencia pues, sin retirar los dedos de las sangrantes cavidades, agudizó sus fuerzas y las convergió en sus extremidades superiores para cumplir su objetivo: La profanación.

   La potencia muscular que había combinado en ambos dedos y en la mano que sustentaba la base occipital de la cabeza permitió que estos llegaran a tocar lo más sagrado de aquel ser que tenía bajo su dominio. Tocó el cerebro y lo desgarró con las duras y afiladas uñas. Y aró en una parte mínima de sus circunvoluciones. Y la muerte hizo presencia. Y las lágrimas hicieron presencia. Y se sintió sucio, y desvalido, y retiró con autodesprecio sus garras.

   Desencajado, con los ojos desorbitados, contempló su cruenta obra.

   Temió caer en el arrepentimiento, pero ya no había lugar para ese sentimiento: Había sido consciente de todo el proceso del asesinato, segundo a segundo, movimiento a movimiento.

   Y perdió el conocimiento.

   Y murió un poco. Solamente un poco.

 

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