Trémulos

Temblar para dejarse acariciar.

Acariciar para hacer temblar.

Siempre con los ojos cerrados,

si hay luz.

Siempre con los ojos fijos en un punto,

si está oscuro.

Notando cómo me atropella tu calor.

Atropellando tus oídos con mis susurros.

Sudando y temblando al unísono.

Con un único sonido en tu garganta.

Incomprensible pero cierto.

Proveniente de eso que llaman Amor.

 

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Posesivo

Siento tener que tenerte.

Tengo que sentir sentirte.

Y la desdicha es dicha.

Teniéndote me basta.

Bástame tenerte.

Sí, siempre, así, sí.

Y si no es así…

 

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Para nadie

“¿A qué espero para el suicidio? A tener una razón para vivir.”

 

Y se asomaba al espacio profundo de sus mentes, por otra parte, tan superficiales, que le daban tan poco trabajo, que le aburrían tanto.

Y algunas lo sorprendían por su negrura, no porque fueran nulas sino por su podredumbre y depravación.

Y cuando encontraba una que era limpia, autoinducía un retardo en su acción, antes de llegar a la inacción más severa, más irreversible.

Y así viviría. Para siempre. Para nadie.

 

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Marchita

se paseaba contoneándose ridícula por la acera mirando si la miraban para luego despreciar a los que lo hacían y sentirse insultada por los que no con una máscara por cara llena de colores mal distribuidos que envolvían una sonrisa amarillenta dedicada a los que intentaban filtrear con ella deteniéndose cuando pasaba algún perro por temor al mordisco cambiándose de acera cuando veía acercarse a algún hombre que no tuviera la piel blanca intentando no caerse desde la altura que le daban unos tacones tan afilados y jactándose de estar envuelta y abrigada por pieles muertas que brillaban bajo un sol marchito de vez en cuando hacía como si hablara por el teléfono móvil para sentirse importante para que creyeran los demás que era una persona muy ocupada cada día recorriendo las manzanas de un barrio distinto buscando alguna víctima que no conociera su fama con la que olvidar momentáneamente la soledad provocada por su mala educación por su desfachatez por su insultante soberbia y se decía a sí misma que a estas alturas no cambiaría no le valía la pena empezar desde cero creyendo que con su hermosura ya decrépita lograría tener una vejez soportable en una casa que ahora estaba insoportablemente vacía y solitaria y cuando la llave volvía a escurrirse entre sus dedos arrugados para abrir la oscuridad en su vida mojaba el almohadón frío con sus lágrimas desesperadas esperando que el sueño fuera eterno y que no tuviera que despertar a un nuevo día para volver a contonearse ridícula por las calles mirando si la miraban

marchita

Y lo siguiente

 

Y lo siguiente, ¿qué sería?

¿La humillación, por no poder tenerla nunca?

¿La transgresión, para luchar por su amor?

¿El desamparo, el azote de la soledad?

¿La invasión de los miedos?

¿La inapetencia, la depresión, el abandono de sí mismo, la huida?

¿El no ser por no ser de ella?

¿El no querer ser de nadie más?

 

Y lo siguiente(Fotografía: © Jesús Fdez. de Zayas “Archimaldito”)

 

Ombligo

Escapo del infierno de tus ojos para caer en las arenas movedizas de tu boca.

No es que seas una trampa, es que eres un peligro para mis sentidos, pues al final caigo voluntariamente en tus excesos, los de personalidad, los de hermosura, los de tu inquietante ternura.

Y, sin embargo, tú me sigues mirando insultante, creyendo que acaparas el mundo porque te crees su ombligo. Me desprecias y me desesperas a partes iguales, porque has asumido que te amo y que puedes ningunearme a tu antojo, pero he de decirte que aún no he asumido mi papel de esclavo reprimido. Mi ama. Ama.

Ámame tú también.

 

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Cinco dedos

Tus cinco dedos abiertos que van a marcar mi rostro con tu odio. Aunque lo enmascares con algo que dices que es amor.

Y cuando el paso del tiempo borre las huellas de tu insulto, éste quedará indeleble en mi corazón.

Cierro los ojos y aguanto la embestida de mis lágrimas, para que me veas fuerte, para que creas que no me importa.

Y luego volverás, como siempre, a pedirme perdón.

Y tendré que claudicar, autoconvenciéndome de que mi amor curará las heridas, insuflándome ánimos con la esperanza de que algún día cambiarás.

Consolándome, porque creo que nunca llegarás a matarme.

 

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Pecandoando

 

He querido admirarte

y no me has dejado.

He querido vivirte

y me dijiste que era pecado.

No me digas entonces que vuelva.

No me dirijas palabra,

ni cometas actos de los que pueda arrepentirme.

No me inmiscuyas en tus planes de futuro.

Sé todo para los demás,

y para mí no seas nada.

Serás más feliz.

Seré más feliz, pecando.

 

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