Visible

Había llegado demasiado lejos.

Sin pensar en los límites, había vuelto a contradecir todas las leyes físicas conocidas, para salirse con la suya, con el riesgo inherente a su ímpetu revolucionario.

Paso a paso, errando para avanzar, sobreponiéndose siempre a las críticas de sus colaboradores y allegados, quedándose, al final del proceso, solo, sin nadie que celebrara su triunfo.

Y para preservar su legado había grabado cientos de horas de vídeo, atestiguando sus avances, hasta dejar de ser visible y que solo quedara registrada su entusiasta voz.

Y los miles de procesos espaciotemporales rebasaban las capacidades de los más potentes ordenadores, dejándolos inservibles, sin opción de poder replicar sus hallazgos en el futuro.

Ahora deambulaba sin destino, decidiendo quedarse mudo para siempre, para no trastocar el tejido social, para no asustar a las masas ni a los poderosos, para que siguiera todo igual.

Para que su invisibilidad fuera su inexistencia.

Extracto de SOL

Se despertó de madrugada y fue entonces cuando escuchó los alaridos. Provenientes de los otros adosados. Y ruidos de carreras por la calle. Gritos y gente corriendo descontrolada. Como si les fuera la vida en ello. No se decidió a salir hasta que pareció llegar, de nuevo, el silencio. Pero cuando se dirigía a su coche, para revisar si tenía desperfectos por posibles vandalismos, cayó al suelo por un violento empujón. Y, aunque las farolas no funcionaban, pudo ver la cara, la media cara de su asaltante.

Quédate a dormir

Cada vez que le decía que la quería, lloraba, no de emoción, sino porque vislumbraba la cuenta atrás de su desamor.

Sabía que cada vez que hacía el amor con ella, que cada vez que la besaba, que la miraba a los ojos tierno o apasionado, era la última vez que la iba a amar de aquella manera, y que en los siguientes encuentros, cuando ella le implorara un “quédate a dormir”, la querría un poco menos.

Hasta que llegara la noche, tras las copas de vino y los boleros o los momentos íntimos de poesía, en que, a la petición de ella, la respuesta fuera la más dura y sincera que hubiera dado nunca a nadie.

-No volveré mañana. Intenta buscar y conocer a alguien fuera de este libro, a alguien que no sea fruto de tu imaginación. A alguien real, que te ame tanto que quisiera no amarte tanto.book-love-1173268

 

Beso volado

 

Le dijeron, por activa y por pasiva, que ésas no eran maneras de evadirse de la realidad.

Que tomara drogas, que bebiera hasta caer arrastrándose por las calles, que meditara pensando en Gaia y todos sus habitantes, que hiciera lo que quisiera, que se le iba a perdonar fuera lo que fuese.

Pero él hacía oídos sordos. Se ponía al final del corredor de su casa en el noveno piso y cogía carrerilla hasta llegar al salón y tirarse por su ventana.

Y cuando llegaba abajo y se estampaba contra el asfalto, su hija arriba, desde la ventana recién abandonada, seguía gritando y gritando de terror, creyendo que esta vez no lo lograría.

Pero siempre se levantaba, se recomponía la cabeza y las extremidades quebradas y reía, reía a carcajadas sabiendo que su mejor manera de huir de la realidad era burlando la muerte. Y la soltaba un beso volado. Y su hija, desde las alturas, y todos los espectadores incrédulos que le rodeaban, reían con él.

2019-11-03 19.09.19

Secreto

Lo que hacemos en la oscuridad no debe saberlo nadie. Debe ser un secreto entre nosotros y tú. De lo contrario nuestra existencia estaría en peligro, y si nosotros peligramos, reaccionamos en consecuencia.
Y no te gustaría verlo ni oirlo, porque experimentarías la hecatombe en tu mundo.

 

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(Photo by Troy Stoi from FreeImages)

 

Mejor

En la oscuridad previa, los pensamientos cabalgan desbocados.

En la penumbra plena, esos pensamientos, que se han transformado en pesadilla sudorosa, le despiertan. Y se ve a sí mismo boca abajo, con la cara mojada por su propia saliva y los ojos ardiendo por las lágrimas.

Y se asusta, porque todo el cabecero de la cama está bañado en luz, porque, temiendo que aún siga soñando, se yergue y, apoyándose sobre los codos, observa sus manos que brillan en fosforescencia amarilla.

Tras un desesperado parpadeo, vuelve a enfrentarse a la realidad extraña y ve como sus uñas pintadas en rojo quieren arrancarle los ojos y las manos en garfio quieren estrangular su cuello.

Y la oscuridad desaparece, pues, por fin, todo él es luz.

Y gime de terror intentando no despertar a su acompañante, para que no le tome por loco.

Y, como un resorte, salta de la cama, descalzo, sintiendo el frío en sus talones, tropezando, ahogando el chillido del meñique golpeado con las malditas patitas del sifonier.

Y la luz envolvente va diluyéndose, convirtiéndose en un torbellino que desaparece por la puerta del dormitorio. Y se atreve a preguntar, musitando. Pero no llega la respuesta.

Mejor.

 

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Punto de encuentro

A más velocidad aparecen las arcadas, y calmo el ritmo para recuperar la compostura.  
Tengo tantas ganas de llegar que me olvido que, tarde lo que tarde, estarán esperándome, que no se irán sin mí. 
No quedan vehículos y tengo que hacer el trayecto por mi propio pie, por lo que debo extremar el cuidado en no torcerme el tobillo o en clavarme cualquier arista del camino o cualquier elemento extraño abandonado. Cuando se agarrotan mis gemelos, me detengo para frotármelos con ambas manos, y vuelvo a la carretera.
Tengo unas ganas inmensas de volar, pero me controlo porque, si no, llamaré la atención y alguna de las patrullas policiales itinerantes retrasará mi llegada al punto de destino. 
Los otros deben de estar actuando de la misma forma porque no veo a ningún alado en las inmediaciones. Lo suyo es que todos nos ocultemos de miradas que podrían dar la alarma a las autoridades. Y si éstas se enteraran de nuestra existencia, el Plan se torcería. 
El Sol ha desaparecido hace rato y no se avistan aún las balizas lumínicas que señalan el punto de encuentro. 
Seguiré corriendo a un ritmo más pausado, para que uno de mis dos corazones pueda entrar en «modo espera» y no consuma parte de mis energías, más necesarias que nunca. 
La visión nocturna se ha activado automáticamente y son más visibles los resaltes de la pista, que se nota que no ha sido asfaltada hace tiempo.
Mi respiración se anula periódicamente, en intervalos de dos minutos y medio por cada hora, y así no se perturba la oxidación de mis células.
Ningún rastro animal ni vegetal me distrae de mi focalización en el punto previamente fijado en el horizonte. Y si escucho algún sonido, es el de mi propio corazón, el activo, que bombea y recicla sangre a un ritmo vertiginoso. 
Las zancadas son cada vez más largas, porque mi impaciencia se va acumulando y las visiones premonitorias me dan continuos subidones de adrenalina.
Sé lo que me espera cuando alcance las coordenadas prefijadas en mi cerebro por el Maestro.
Lo más importante será que los «no alados» elegidos no se arrepientan. Ahora se sentirán secuestrados, apartados de sus seres amados, extraídos de sus vidas «felices», abducidos de su presunta sociedad perfecta, humillados, anulados, manipulados. Pero con el tiempo, y después de un adoctrinamiento y adiestramiento continuos, verán la realidad, verán que son piezas claves en la Gran Recuperación. 
Poco a poco, en mi penumbra realzada, atisbo movimiento en la lejanía, y manteniendo mi aceleración continua, a media madrugada estaré brindando con mis colegas venidos desde todos los rincones del planeta.
Se supone que el «Invisibilizador» ya estará cubriendo, con su manto de frecuencias, el núcleo de simas de escape.
Los satélites y radares humanos no se percatarán de la gran huída hacia el espacio, formada por más de un millar de lanzamientos hiperlumínicos.
Tengo fe en el Maestro porque Él, con su sintonía con el Gran Consejo, ha precipitado los acontecimientos humanos para cribar los seres necesarios para la reconstrucción de la especie en otro planeta con condiciones biosféricas radicalmente distintas a las de este mundo fallido.
Preferimos la adaptación de los ya existentes a la nueva experimentación con la creación de nuevos seres que podrían acabar siendo inválidos.
Cuando atraviese la frontera de la cúpula de radiación, podré extender mis alas y dejar descansar mis extremidades ya extenuadas.
Falta poco. Lo intuyo, pues las oleadas de júbilo impactan en mi córtex y me imbuyen de felicidad extrema.
Cuando me olvido, los espasmos me sobrevienen, y tengo que detenerme. Pero la esperanza me apantalla la conciencia y el silencio de la noche me relaja la euforia. Porque, al fin y al cabo, ellos me esperarán. No creo que el Maestro me haya mentido al marcar mi destino con el papel que cumplirán mis genes en el Plan, pues una gota de la sangre de mi corazón ralentizado aprobará y activará el código matemático de multilanzamiento a las estrellas. Por supuesto que me esperarán.

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Arco Iris

El susurro en el intercomunicador le causó alarma y, sobre todo, extrañeza. Había escuchado el mensaje y no había conseguido dilucidar en qué idioma había sido vocalizado, porque, pensó bien, eso es lo que había oído, una retahíla de vocales entonadas en altibajos continuos en una frecuencia perturbadora, cercana al ultrasonido. 
Continuó caminando con los rayos del sol azul incidiendo en la visera de su casco, pensando que su compañero de misión se había tomado unas copas de más y estaba desbarrando incongruencias. Era perdonable en aquella soledad tan profunda, en aquella luminosidad perenne tan irritante. 
Estaba a punto de cruzar el umbral de la carpa isotérmica y de manipular los anclajes manuales de las compuertas de las cúpulas de descompresión cuando volvió a sufrir las estridentes vocales imposibles en sus auriculares. Y se dijo que aquel idioma extraño no era propio de un borracho como el comandante.
Y de reojo, aún con los guantes resbalando por las manivelas de acceso, lo vio. Allí de pie, junto a él, con su cara iridiscente y sus extremidades fantasmales. Y cuando lo vio, inexplicablemente, conociendo su propio carácter asustadizo, no se inmutó, y fue al otro al que la cara le cambió de color, pasando del arco iris luminoso al gris más apagado, mientras que levantaba lo que parecía una mano, a modo de saludo, a la vez que susurraba al intercomunicador del humano, varias vocales, que éste entendió perfectamente.
-Bienvenido. Os esperábamos con ansia.

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