Arco Iris

El susurro en el intercomunicador le causó alarma y, sobre todo, extrañeza. Había escuchado el mensaje y no había conseguido dilucidar en qué idioma había sido vocalizado, porque, pensó bien, eso es lo que había oído, una retahíla de vocales entonadas en altibajos continuos en una frecuencia perturbadora, cercana al ultrasonido. 
Continuó caminando con los rayos del sol azul incidiendo en la visera de su casco, pensando que su compañero de misión se había tomado unas copas de más y estaba desbarrando incongruencias. Era perdonable en aquella soledad tan profunda, en aquella luminosidad perenne tan irritante. 
Estaba a punto de cruzar el umbral de la carpa isotérmica y de manipular los anclajes manuales de las compuertas de las cúpulas de descompresión cuando volvió a sufrir las estridentes vocales imposibles en sus auriculares. Y se dijo que aquel idioma extraño no era propio de un borracho como el comandante.
Y de reojo, aún con los guantes resbalando por las manivelas de acceso, lo vio. Allí de pie, junto a él, con su cara iridiscente y sus extremidades fantasmales. Y cuando lo vio, inexplicablemente, conociendo su propio carácter asustadizo, no se inmutó, y fue al otro al que la cara le cambió de color, pasando del arco iris luminoso al gris más apagado, mientras que levantaba lo que parecía una mano, a modo de saludo, a la vez que susurraba al intercomunicador del humano, varias vocales, que éste entendió perfectamente.
-Bienvenido. Os esperábamos con ansia.

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Abducido

Ya fui abducido hace tiempo, justo cuando me implantaron nódulos neurológicos de alta prestación para que se imbricaran con los ejes de mis neuronas, aunque creo que erraron en la apreciación de que mi cerebro extralimita su velocidad en relación con mis constantes fisiológicas, o sea, pienso más rápido de lo que hablo y es por ello que, a veces, me trabo en mis disquisiciones.

 

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Huesitos

Tro me observó un rato sin decidirse a morderme. No sabía si obtendría algún beneficio con ello. Me husmeaba sin que le llegara olor alguno. Y seguro que temía, con absoluta certeza, que quebraría sus colmillos si intentaba atenazarme con ellos.
Me puse en cuclillas y acaricié su cabeza.
Mecánicamente, pues no sentía su piel con mis yemas. Y gruñó.

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