Cansancio

Nos advirtieron varias veces y no hicimos caso. ¿Para qué? Si nosotros éramos más inteligentes que ellos. Si nuestras insulsas vidas nos daban derecho a despreciarlos. Si ellos tenían el conocimiento pero nosotros el poder del capital, del consumismo, del desperdicio de los recursos, de la barbarie del acelerado ritmo de nuestras vidas.
Y se cansaron de indagar, de buscar salidas a lo que no parecía tenerlas, de enseñar y difundir la verdad, de comprobar una y otra vez sus teorías con la realidad circundante.
Se aburrieron de ser altruistas.
Y acabaron liberando sus remordimientos por dejar que sus palabras y sus obras cayeran en el olvido, antes de dejar de ser Científicos.

 

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Atornillado

Tornillos moleculares. Se trata de los tornillos moleculares repartidos por mi estructura craneoencefálica. Y aunque no tengo localizados todos, noto cómo algunos están desestabilizando mi equilibrio. Y si éste me llegara a fallar en cualquier momento el desbarajuste tendría tal magnitud que llamaría la atención del Sistema y éste tomaría represalias con el resto de mi estructura base. 
No podría tener miedo, aunque quisiera. No me ha estado nunca permitido. 
Pero una especie de sufrimiento se apodera de mí cuando racionalizo las consecuencias de los desajustes moleculares. Porque pienso más allá: en niveles atómicos y subatómicos. Y en la influencia del malfuncionamiento preprogramado en el Continuo.  
Y si el Continuo se desequilibra, los efectos en los demás entes que lo habitan serán catastróficos, anulando la existencia de unos y cambiando radicalmente la de los otros.
Los localizaré y abandonaré esta suerte de pesimismo. No tiene por qué pasar nada. Pocas veces ha ocurrido. Solo es que el Sistema me lo recuerda. Por si acaso decido dejar de ser Dios.

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Mis mañanas mías

Me he despertado, demasiado temprano. Sigo atontada y me niego a tener que llenarme de cafeína para volver a ser persona. Porque me aburre esa rutina. Porque quiero salir, por mí misma, del bucle infinito de la desidia.
Cogeré el cassette portátil y, mientras duren las pilas, daré play a la cinta con mezclas que me regaló mi último novio. Mientras me enfundo los vaqueros negros y la camisa floreada que se deja resbalar por los hombros. Sin mucha prisa, porque hoy no voy a perder el tiempo maquillándome.
Y con dos barritas de cereales tendré bastante para aplacar los ruidos de hambre del estómago.
Ni coche ni bicicleta. Hoy andando al trabajo. Así que me acoplaré las bambas deshilachadas y mugrientas pero extremadamente cómodas. Y que me quiten lo bailao.
No sé, pero hoy me encuentro llena de buenas vibraciones, como si algo bueno fuera a pasarme.
Desde que decidí no llorar más por el último descerebrado que me dejó, las cosas parecen ir a pedir de boca. La depresión atraía lo negativo, parece ser.
Me peinaré con las manos y saldré a la calle, para comerme el mundo.
Y prometo no hundirme, con el paso de las horas, cuando caiga en la cuenta de que hoy, tampoco, volveré a cruzarme con otro ser humano, ni con otro ser vivo.
Me quedaré sentada frente al escritorio, en mi oficina, observando la pantalla apagada de mi monitor. Intentando no llorar. Ni suplicar. Ni suicidarme.
Sin perder la esperanza de que mañana, otro interminable mañana, alguien me eche la bronca por ser un desastre, o de que mi exnovio aparezca para llevarse sus cosas, todas empaquetadas, a su nuevo apartamento.
Sin perder la esperanza de escuchar otra voz que no sea la mía.

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La Música del Fin del Mundo

 

Ya no me vale la pena hacer caso al rugido proveniente del cielo.

Por mucho que llore, que corra o intente protegerme, el fin es definitivo: El mío, el tuyo, el del planeta entero.

Me quedaré aquí, donde estoy ahora escribiendo estas palabras, y me echaré en la cama mirando a los ojos de mi amada, susurrando en su oído todo lo que nunca he podido decir hasta ahora, abrazándola con toda la ternura que puede contener mi limitado corazón, escuchando nuestra vida y nuestra música.

Esa música que ahora es la de todos: La Música del Fin del Mundo.

 

 

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Diseñado por Layerace – Freepik.com

La declaración

   No era muy dado a hablar en público. Ni siquiera tenía presencia para hacerlo. Ni nunca tuvo tema lo suficientemente atractivo para embaucar a los posibles oyentes.

   No comprendía, entonces, por qué le habían escogido a él para transmitir ese mensaje que ni siquiera él comprendía.

   Tan humilde y tan apocado. Tan poca cosa.

   Se acercó a aquella reunión en el comedor social para abrigarse de la soledad que le esquilmaba en la miseria de la calle. Ese peregrinar rutinario para no sentirse olvidado por el resto de la especie humana. Y de paso, comer caliente. Y aquel hombre robusto, que ya había visto antes, mirándole siempre de reojo, mientras hablaba con las monjas que regían todo con disciplina férrea.

   Y sin haberle dirigido palabra alguna antes, le tomó por el hombro y clavó su mirada de vidrioso azul para espetarle.

   -Sé que eres el elegido. Y ha llegado tu momento. Ha llegado la hora de hacerles saber a los otros que has venido a redimirles.

   En tres ocasiones se repitió la misma escena. En diferentes enclaves. Y siempre rodeados del barullo de los otros miserables.

   Y en ninguna de ellas contestó. Pensó que aquel loco se olvidaría de él. Que alguna paranoia extraña le hacía tener aquella fijación. Y que tan pronto como había pasado de la ignorancia a la manía persecutoria, volvería a no reconocerle entre la multitud.

   Pero se equivocó.  Ahora estaba allí. Ante otra multitud. Con un micrófono en la mano. Engalanado con un traje de etiqueta. Bien rasurado, peinado y perfumado. Irreconocible para él mismo.

   Y cien mil ojos mirándole. En silencio. Bajo un cielo más azul que nunca. Aguantando la respiración. Hambrientos de conocimiento.

   Y otros cientos de ojos artificiales enfocando sus iris al simpar. Tantos como países tenía el mundo. Esperando la declaración.

   Miró por última vez hacia atrás, hacia el fondo del escenario, para asegurarse de que allí estaba ojosazules, incitándole con la mirada y con la mano nerviosa para que hablara.

   Tímido, humilde, pero sobre todo, sincero.

   -Yo… soy… Dios.

 

 

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(Relato presentado al V Concurso de Relatos Breves de Diari de Terrassa, con seudónimo “Virgilio Taciturno”)

Salvo

Habían trabajado a marchas forzadas. Toda la familia. Codo con codo. Turnándose en las horas de vigilia. Aprovechando el frescor de la noche para avanzar. Y mientras, escuchando obsesivamente las noticias radiofónicas. Y todos, agradeciendo al cabeza de familia su actitud conspiranoica. Porque ahora ya estaban preparados para el final. Aunque, predecían entusiasmados, que sería el principio de una nueva vida en común. En el refugio. Para siempre. Hasta que desapareciera la radiación gamma en el exterior. En el resto de la Tierra.

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