Me vigiláis. Me escucháis. Me veis. Me observáis veinticuatro horas al día siete días a la semana durante toda mi vida o, por lo menos, desde que habéis tomado el control. Y yo he caído en la trampa de ese seguimiento continuo de mis actividades habiendo sucumbido a los instrumentosdel sistema.
Son cosas extrañas que ocurren cuando estás solo en la noche. Parpadear en la oscuridad y ver luces intermitentes a ambos lados de tu inexistente campo visual. Observar tus piernas enflaquecidas por el tiempo y desear volar para que no aguanten tu peso por mucho más tiempo. Liberar un grito y enmudecer en la primera sílaba que aún no has tragado. Ruborizarte en la distancia de la cercanía a la mujer que amas mientras observas sus párpados caídos por el cansancio de la edad desmerecida. Escuchar ruidos y luego risas de los que los han provocado por hallarle gracia a la injusticia. Alterarse por las voces sutiles y las palabras apagadas que a veces se tornan ininteligibles. Rumiar la cena cuando estás pensando en el desayuno y sonreirte, porque nadie te ve hacerlo, cuando sabes que volverás a caer en la gula del consumismo más cruel. Soportar los dolores de muelas esperando que no se hagan más crueles con los próximos latidos de tu taquicárdico corazón. Parpadear rápido para intentar que tu vida futura se transforme en una película en blanco y negro. Aguantarte las ganas de orinar porque crees que algo extraordinario está a punto de suceder y no te lo puedes perder. Escribir en el aire palabras de amor por si pueden leerlas en un espacio paralelo. Intentar recordar todas las mentiras que has dicho durante el día para intentar enmendarte a la mañana siguiente. Provocarte una tos, de vez en cuando, para asegurarte de que aún respiras y estás vivo. Y dormirte, siempre dormirte, aburrido de la vida, convencido de que cosas aún más extrañas ocurrirán cuando estés solo en el día. En el día a día.
A veces, olvido el dolor. Ese martilleo incesante en mis palpitaciones. Ese ruido de fondo que me bloquea en mi apreciación del entorno. Mas cuando está conmigo, me preparo para curar las heridas del prójimo, cuando estas no son sangrantes sino lacerantes. Pues el dolor me hace empático, y el ardor en mis ojos, y en el estómago, me hace adivinar las raíces de los sufrimientos que traen consigo las injusticias y las necedades de los que oprimen.
¡Qué bien peinados están todos! Afeitaditos y con su traje impoluto. Lo malo es que no saben hacerse bien el nudo de la corbata y eso les desprestigia frente a las miradas de los puretas. Pero no pasa nada. Al menos, no tienen ningún rastro de caspa en los hombros y la zona de la cremallera no está abultada, y es como si no tuvieran genitales. Ángeles uniformados. Menudo lujo.
¡Qué estilazos llevan ellas! Sin manchas de carmín en los dientes, sin mostrar escote, sin insinuaciones de curvas corporales. Sin cruzar las piernas y sin estar continuamente mirándose las uñas ni tocándose el cabello. Recatadas, femeninas e, incluso, feministas algunas. Pero no pasa nada. Seguirán siendo ninguneadas y silenciadas. Y creerán que algo está cambiando, pero el patriarcado nunca da pistas de su extinción, y los pensamientos y murmullos de revolución son silenciados por los piropos de los maleducados.
¡No te acerques a mí, mísero trabajador que te levantas todos los días a las cinco de la mañana para desplazarte a tu puesto de trabajo! ¡Ni se te ocurra mirarme, indigente que me tiende la mano abierta, no para saludarme, sino para gorronearme unas monedas! ¡No me dirijas la palabra, estúpida camarera de habitación, que aún tienes la desfachatez de sonreírme y darme los buenos días cuando salgo de mi suite!
Cien y uno. O mil y tres mil millones. No importa. La distancia y el desamparo son lo mismo. La ilusión y el engaño dan lo mismo. Y ellos, ilusos todos, dejándose las alusiones al cambio en el camino, porque creen que se degradarán con algún tipo de revolución, porque creen que se desangrarán en la catarsis, en la que no quieren creer y de la que nada quieren saber.
Por ahora voy a seguir contigo. Por ahora voy a seguir mirándote a los ojos cuando te hable. Por ahora voy a respetar tus opiniones, aunque no las comparta. Y no me reiré de ellas, aunque te merezcas mi burla. Y no se me escaparán los ojos hacia tu escote, para demostrarte que admiro tu cerebro. Y aguantaré tus monsergas sobre mi forma de ser, y tus histerias de cómo te arrastran mis ridiculeces ante los demás, haciéndote sentir una profunda vergüenza ajena.
Aún así, la obra de arte, cada año, se muestra inalcanzable. Ni los eruditos ni los profanos consiguen que se haga la luz sobre sus orígenes ni, menos aún, sobre su mensaje, ni cuál fue el objetivo del artista, o los artistas, al pensarla y producirla. Cuando te encuentras situado ante ella, te subyuga el brillo natural que proviene de su interior, y la anamorfosis agresiva que apoya su extraño diseño. Sinceramente, creo que pasarán siglos hasta que la evolución de mi cerebro vislumbre respuestas para el enigma, para cuya resolución me llevan llamando no sé desde hace cuántas generaciones.
Esa era la última vez, se repetía a sí misma mientras veía cómo se desangraba por ambas muñecas, y en silencio, sin llorar, sin autocompadecerse, imaginaba cómo sería su vida a partir de aquel momento, cuando no quedara una gota de sangre en su cuerpo, cuando estuviera desparramada en el suelo con la costra de sangre seca en su piel. Y tenía la certeza de que no se estaba contradiciendo, pues creía en la vida más allá de la muerte, del supuesto apagado final. A lo mejor se sentiría viva por primera vez desde que nació, o como ella había estado protestando en todas y cada una de sus crisis existenciales, desde que la escoria que eran sus padres habían decidido hacerla nacer sin su permiso. Ella nunca quiso haber aparecido en el planeta compartiendo aire y espacio con los seres deleznables que siempre habían sido los humanos y, menos aún, con sus parientes y amigos, ni con sus desgraciados, por estúpidos, impertinentes e incompetentes, profesores. Quizás esta era la ocasión de vengarse de su destino, liberándose del yugo de lo preestablecido, predicho y pre-ejecutado. Estaba en el camino de sentirse libre por siempre por y para sí misma. Pero el silencio se acercaba demasiado veloz, y notaba cómo huían las ganas de volver a levantar los párpados, para despedirse de la oscuridad que la rodeaba. Era la última vez, se repetía a sí misma. Estaba segura. Nadie intentaría detenerla ni, mucho menos, reanimarla tras el alarido de espanto y las arcadas subsiguientes. Nadie. Esta era la última de la última. Tras ella no había nadie. Nadie más. Nunca. Nunca más nadie.