Desorbitado

El ojo pinchado en una aguja de punto miraba a todos lados, llorando la poca sangre que le quedaba, maldiciendo no parecer desorbitado por no tener una cuenca que lo ciñera; esperando, con cólera, a que apareciera su liberador, para no quitarle la vista de encima.

 

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Zombis

Fueron tiempos de alegría alternados con tiempos de desdicha. En ambos, la gente era la misma. Y sus comportamientos eran extrañamente iguales, como si no les importaran los altibajos de su vida miserable. Se adaptaban bien a ellos y no pretendían más que sobrevivir. Y si era necesario matar para sobrevivir, mataban.

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Ejecutor

Hería todo lo que podía. No lo que quería. Porque la circunstancia de no estar en guerra coartaba su ansia de ver sangre derramada. Era un soldado en ciernes, un guerrero en potencia, que se consolaba cometiendo fechorías de toda índole dirigidas a la estima de las personas con las que se cruzaba. Ya que no podía cortarles la cabeza, los insultaba cruelmente, anulándoles, primero, su capacidad de reacción, incidiendo, después, en cualquier defecto visible para agigantarlo y minar cualquier atisbo de autoestima que pudiera autocurar la incisión psíquica.
Se aprovechaba, en ese sentido, de los supuestos más débiles, niños, ancianos y algunas mujeres. Con los adultos machos no se atrevía porque la incapacidad de evasivas y de evasiones ante los de su género amordazaba la valentía aguerrida que se le presuponía.
La ley del más fuerte era válida cuando el único fuerte era él. Y si alguien se atrevía a proclamarlo como cobarde, se daba media vuelta y lo dejaba abandonado a su suerte, creyéndose triunfador en una batalla no finalizada.

 

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Cinco dedos

Tus cinco dedos abiertos que van a marcar mi rostro con tu odio. Aunque lo enmascares con algo que dices que es amor.

Y cuando el paso del tiempo borre las huellas de tu insulto, éste quedará indeleble en mi corazón.

Cierro los ojos y aguanto la embestida de mis lágrimas, para que me veas fuerte, para que creas que no me importa.

Y luego volverás, como siempre, a pedirme perdón.

Y tendré que claudicar, autoconvenciéndome de que mi amor curará las heridas, insuflándome ánimos con la esperanza de que algún día cambiarás.

Consolándome, porque creo que nunca llegarás a matarme.

 

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Odio

Una y otra vez la muerte, causada por esa parte de la humanidad que nos hace perder el sentido de la vida, tan maravillosa, tan nulamente valorada por la Maldad intrínseca en nuestra naturaleza.

La fe en el ser humano y la esperanza en que algún día la deshumanidad desaparezca totalmente del espíritu del hombre se tambalean con cada segundo de la permanencia de la especie humana en este planeta.

Somos exterminables, y estamos siendo exterminados por nosotros mismos. Sigamos pues viviendo egoístamente, siendo cómplices de la barbarie que nos llevará a cumplir ese desafortunado destino: El día en el que el equilibrio volverá al Universo.

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Maldita suerte maldita

Me libré por una buena. Casi caigo por el precipicio, pero me libré por una buena. No tenía que haber tomado la curva a esa velocidad. No en esta zona. Y menos aún con esta carraca de coche. 
Aunque el impacto ha sido bestial, me libré por una buena. 
No sé por qué el camión que venía de frente tuvo que tomar la iniciativa y dar el volantazo.
No sé por qué no lo esquivé pensando solo en el vacío que me comería si frenaba de golpe.
No sé por qué la dije que no hacía falta que se pusiera el cinturón, si no quería, para un trayecto tan corto. No sé por qué tuvo que hacerme caso fiándose, como siempre, de mí, me imagino que por amor. 
Se la están llevando. A ella y al conductor del camión. Sin vida. 
Me libré por una buena. 

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