Crepitaban el cielo, el horizonte y el suelo. Alaridos insonoros pedían piedad ante tal desdicha, y las víctimas, aún sabiendo que serían invisibles, preguntaban la razón de su destino: ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora?
Las llamas laceraban el bosque y millones de pensamientos desaparecían con la fisión de sus enlaces moleculares, y la disgregación de la materia ennegrecía el aire, que se convertía en irrespirable.
Los abrazos de fuego transformaban el paisaje en un páramo desolado y algunos ojos seguían mirando a las alturas esperando el milagro del agua.
Esperando que bajara la guardia la atacó con crudeza y desesperación. Insuflando desdichas, alimentando rencores. Liberando la rabia que le permitía la saliva que llenaba su boca a punto de ahogarla.
-¡Hermosa mariposa que sobrevuela las flores antes de elegir la que será succionada!
Enrojecida por la ira insalubre, atacada por la histeria acogedora.
-¡Haciendo votos de ternura espantas a los organismos parásitos de tu benevolencia, tan falta de fronteras!
Vomitando improperios como talismanes, fijando su mirada en la yugular palpitante, por si había algún cambio en el ritmo de su vibración subyugadora.
-¡Y esa lengua bífida tuya que silba inconstancias que penetran en mi infinito! ¡Y ya mis yemas no sienten más que los minúsculos enjambres de luz que pululan en tus poros!
Sin dejarse desconcentrar por el nácar de la piel incitadora de recuerdos impronunciables, de pretéritos innombrables.
-¿Y sigues neutra, como si la espuma que suelto por la boca no tuviera que ver contigo? Sigo sin entender por qué sigues muda ante la expresión de mi barbarie.
A punto de claudicar ante la fina línea que separaba la locura de lo relativo de la existencia, calló, al fin, esperando una reacción ante la vehemencia de su búsqueda. Sin dejarse engullir por la negrura de sus pupilas, esperando que esa oscuridad no la hubiera paralizado el corazón, esperó un atisbo de piedad en la respuesta, y cuando esta llegó deseo no quedarse en el clímax que la anularía como ser y como persona, cuando había logrado que ambas batallas no coincidieran.
La extensión planetaria de las infraestructuras humanas en detrimento de los hábitats naturales conseguirán beneficios económicos a corto, medio y largo plazo, pero el planeta se resentirá y los perjuicios serán más profundos e irremediables.
Pero no se trata de huir del planeta dejándolos abandonados a su suerte, a su mala suerte. Se trata de quedarse y enfrentar las próximas desdichas con ellos.
El violín rasgaba el aire con su melancólica tonada. El piano repiqueteaba, con cada nota grave, en mi intelecto. Pero fue la voz de ella la que me recorrió el espinazo con una corriente eléctrica imparable que estalló en chispas invisibles en el frontal de mi cerebro. Y lloré de alegría, de felicidad inmensa, ante el descubrimiento de la belleza. Aquella belleza que no podía ver con mis ojos, pero que podía sentir con el corazón.
Nota: Quiero dedicar este texto a todas mis amigas cantantes, que me llenan de felicidad cuando manifiestan, a través de su voz, su Arte y su talento inmenso.
La palabra no era de su gusto, pero le parecía más adecuada que peliculador. No era director ni guionista, pero condensaba ambos roles en su persona. Simplemente iba con su cámara y filmaba. Sin llevar consigo ninguna idea preconcebida. Sin pensar en protagonistas de sus tramas. Filmaba, filmaba y filmaba.
No rodaba. Decía que rodar era, para él, una palabra zafia, que hacía estimular la imaginación con acciones en que algo o alguien tenía que seguir las leyes de la física, dejándose llevar por la inercia o por la gravedad. Y esto no entraba en sus planes. Quería libertad e impredecibilidad en todos sus proyectos.
Por eso, cuando aquel vehículo no disminuyó la velocidad según se acercaba a su punto focal, no se preocupó de echarse a un lado separándose de la trayectoria. Filmaba el morro del camión y la cara de terror del conductor, que veía inminente la estampada, el arrollamiento del filmador.
Cada vez que decía que la quería, lloraba, no de emoción, sino porque vislumbraba la cuenta atrás de su desamor.
Sabía que cada vez que hacía el amor con ella, que cada vez que la besaba, que la miraba a los ojos tierno o apasionado, era la última vez que la iba a amar de aquella manera, y que en los siguientes encuentros, cuando ella le implorara un “quédate a dormir”, la querría un poco menos.
Hasta que llegara la noche, tras las copas de vino y los boleros de Luis Miguel, o los momentos íntimos de poesía, en que la respuesta fuera la más dura que hubiera dado nunca, pero también la más sincera.
-No volveré mañana. Ya no soy nadie. Quédate con tu Escandar. Intenta buscarle y conocerle fuera de sus libros y dile que alguien te amó tanto que no quiso amarte tanto.
Dedicado a Escandar Algeet, autor literario imprescindible.
Escrito en Bar Aleatorio, Madrid, el 12 de noviembre de 2019.
He cruzado mil umbrales, o más, y aún no he logrado discernir el principio ni, mucho menos, el final del camino. Ahora espero el siguiente ciclo de mi propia creación, para así liberar de peso mi pasos en el trayecto de la armonía. Y así sé que es solo una transición. Y tal vez sea una osadía creer que me integraré en la verdad de todo. Y me pregunto, siempre me pregunto, si es efímera mi grandeza.
¿Por qué dicen amar con el corazón si el corazón no ama, si solo late, bombea, te mantiene con vida gracias a los estallidos eléctricos provenientes de tu cerebro? Y la sangre que te recorre no lleva emociones ni exalta pasiones, solo mancha cuando se derrama.
Los hombres vinieron hacia mí y yo, con un gesto de respeto, bajé la mirada y mostré un semblante serio y preocupado. -No soy perfecto. Tengo un gran defecto: la sinceridad extrema. Una vez alguien me dijo que soy un manipulador. Y tenía razón. Pero no me merezco poder manipular a las personas. Porque… ¿saben? Duele.
Los hombres se fueron alejando, dejando atrás una estela de desánimo y de desinterés por el extraño. Dejándome, de nuevo, solo.
En el Principio había Luz. Y la Luz no emanaba de ningún sujeto físico, químico, espiritual o mental. La Luz estaba allí y estuvo allí desde siempre. Nadie ha logrado jamás explicar su existencia desde antes de la Oscuridad y, por ello, el Ser Humano inventó que su Principio de los Tiempos fue la Oscuridad y la explosión de Luz desde la Nada. Pero esto no es correcto. Quizás el Ser Humano haya preferido creer que su esencia proviene de la Oscuridad y que La Luz lo rescató de la nada y de la inmovilidad de la Avolución. Porque así encontró un sentido irreal a su anódina existencia.