Quédate a dormir (versión primigenia)

Cada vez que decía que la quería, lloraba, no de emoción, sino porque vislumbraba la cuenta atrás de su desamor.

Sabía que cada vez que hacía el amor con ella, que cada vez que la besaba, que la miraba a los ojos tierno o apasionado, era la última vez que la iba a amar de aquella manera, y que en los siguientes encuentros, cuando ella le implorara un “quédate a dormir”, la querría un poco menos.

Hasta que llegara la noche, tras las copas de vino y los boleros de Luis Miguel, o los momentos íntimos de poesía, en que la respuesta fuera la más dura que hubiera dado nunca, pero también la más sincera.

-No volveré mañana. Ya no soy nadie. Quédate con tu Escandar. Intenta buscarle y conocerle fuera de sus libros y dile que alguien te amó tanto que no quiso amarte tanto.

Dedicado a Escandar Algeet, autor literario imprescindible.

Escrito en Bar Aleatorio, Madrid, el 12 de noviembre de 2019.

Próxima estación

Nos mirábamos en los reflejos de la ventana del vagón de metro. A veces de soslayo, otras directamente, sin reparo, sin vergüenza, sin recato. Sabiendo que nunca nos dirigiríamos la palabra. Que el amor entre nosotros era tan fugaz como las estaciones de metro que dejábamos atrás. Que no tendríamos más oportunidades de encontrarnos en aquella ciudad atestada.
Daba igual. Eran más importantes las palpitaciones que sentíamos al vernos sorprendidos mirándonos la piel, el nerviosismo del primer amor de colegiales adolescentes que fuimos y la ingravidez emocional de no conocer nuestros nombres, nuestros destinos, nuestras vidas.
Deseando que nunca llegara el fin de nuestro trayecto para así eternizar la vorágine de las mariposas en nuestro corazón, el asalto de la calentura en el imposible contacto de nuestros dedos.
Sin sonreír, para no perder el encanto. Sin pestañear, para no perder detalle de lo fugaz de nuestro encuentro.

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