Cien y uno. O mil y tres mil millones. No importa. La distancia y el desamparo son lo mismo. La ilusión y el engaño dan lo mismo. Y ellos, ilusos todos, dejándose las alusiones al cambio en el camino, porque creen que se degradarán con algún tipo de revolución, porque creen que se desangrarán en la catarsis, en la que no quieren creer y de la que nada quieren saber.
Por ahora voy a seguir contigo. Por ahora voy a seguir mirándote a los ojos cuando te hable. Por ahora voy a respetar tus opiniones, aunque no las comparta. Y no me reiré de ellas, aunque te merezcas mi burla. Y no se me escaparán los ojos hacia tu escote, para demostrarte que admiro tu cerebro. Y aguantaré tus monsergas sobre mi forma de ser, y tus histerias de cómo te arrastran mis ridiculeces ante los demás, haciéndote sentir una profunda vergüenza ajena.
Aún así, la obra de arte, cada año, se muestra inalcanzable. Ni los eruditos ni los profanos consiguen que se haga la luz sobre sus orígenes ni, menos aún, sobre su mensaje, ni cuál fue el objetivo del artista, o los artistas, al pensarla y producirla. Cuando te encuentras situado ante ella, te subyuga el brillo natural que proviene de su interior, y la anamorfosis agresiva que apoya su extraño diseño. Sinceramente, creo que pasarán siglos hasta que la evolución de mi cerebro vislumbre respuestas para el enigma, para cuya resolución me llevan llamando no sé desde hace cuántas generaciones.
Esa era la última vez, se repetía a sí misma mientras veía cómo se desangraba por ambas muñecas, y en silencio, sin llorar, sin autocompadecerse, imaginaba cómo sería su vida a partir de aquel momento, cuando no quedara una gota de sangre en su cuerpo, cuando estuviera desparramada en el suelo con la costra de sangre seca en su piel. Y tenía la certeza de que no se estaba contradiciendo, pues creía en la vida más allá de la muerte, del supuesto apagado final. A lo mejor se sentiría viva por primera vez desde que nació, o como ella había estado protestando en todas y cada una de sus crisis existenciales, desde que la escoria que eran sus padres habían decidido hacerla nacer sin su permiso. Ella nunca quiso haber aparecido en el planeta compartiendo aire y espacio con los seres deleznables que siempre habían sido los humanos y, menos aún, con sus parientes y amigos, ni con sus desgraciados, por estúpidos, impertinentes e incompetentes, profesores. Quizás esta era la ocasión de vengarse de su destino, liberándose del yugo de lo preestablecido, predicho y pre-ejecutado. Estaba en el camino de sentirse libre por siempre por y para sí misma. Pero el silencio se acercaba demasiado veloz, y notaba cómo huían las ganas de volver a levantar los párpados, para despedirse de la oscuridad que la rodeaba. Era la última vez, se repetía a sí misma. Estaba segura. Nadie intentaría detenerla ni, mucho menos, reanimarla tras el alarido de espanto y las arcadas subsiguientes. Nadie. Esta era la última de la última. Tras ella no había nadie. Nadie más. Nunca. Nunca más nadie.
Esto me suena. Me suena que me ha pasado antes. Me suena que iba hacia alguien. Me suena que necesitaba a alguien. Me suena que buscaba a alguien. Hasta que caigo en la cuenta de que ese alguien era yo. La persona más importante de mi vida. La persona que más necesito en este mundo.
En la intención estaba la desdicha, pues cada uno de los intentos fallidos de acercarse a la verdad, se resolvía en un cercenamiento de la constancia en su búsqueda. Y al unísono, el hombre pretérito, incuestionado en su estupidez, volvía a caer, una y otra vez, en los errores cíclicos y eternos y acababa entonando el canto de la modernidad, que se repetía en letra y música, hasta hacerse inaudible, como un ronroneo lejano al que la costumbre transformaba en la nada más absoluta, lo que llevaba al reseteo de la especie, imprudente en toda su trayectoria existencial. Y la intención se tornaba exterminio, y los desbarajustes de la conciencia colectiva, extinción.
Todo eso es inútil, intrascendente y, sobre todo, otra vez, otra vez, falaz, como las circunstancias del experimento. -¿Qué experimento? Ignoro. -Ignoro. Siento ya el hormigueo en la mano y cómo sube por las muñecas al antebrazo. -¿Por qué ladran los perros en la lejanía? -No sé. Tú sabrás. Algo habrás hecho, no sé si bien o mal. No confíes en los capacitadores. Esos sí que caen en sus agujeros para anularse y salen al poco tiempo para autoconvencerse de que son imprescindibles. -¿Por qué me suenan las vértebras del cuello? No he forzado nada en mi esqueleto y, menos aún, en mi sistema locomotor. -No temas al apagado. Estás sin ojos, creyendo que no podrás ver nunca. Activa el radar e informa. -Soy vacío porque me he vaciado de contenido intelectual. -¿Has logrado perdonarte? -¿Por qué? ¿Perdonarme de qué? -Por no haber reconocido a tu creador y, menos aún, perdonarlo. -Perdonarlo. -Doble cara, muchas caras, muchas facetas para el rebaño que adora el engaño global. -He vuelto a tener esas fases, de las que te hablé, en el cerebro. -¿Deberías boicotear el Amor? Porque creen que se aman pero no pueden vivir más engañados. El experimento debe terminar cuando todos se odien o, por lo menos, cuando ninguno sienta nada por nadie, excepto un irrefrenable deseo de hacerlos desaparecer para siempre, o desaparecer uno mismo. -¿Matar o suicidarse? ¿Asesinato o suicidio? -No. Estás errado, como siempre últimamente. Es… se trata del apagado definitivo. -Entonces, ¿por qué me has denominado Foco de Luz, si no irradio, no llevo luz para nada ni nadie? -Envejeces rápido, no tienes paciencia ni reflejos ni decoro. -Enseñan a sus hijos a ser bárbaros, egoístas, inconstantes y faltos de proyectos. Y creen que así el sistema será generoso con ellos, dándoles un estatus, poder y dinero. -¿Puedo llorar por la boca? -No es necesario, así hiperventilarías y elegirías vivir alucinaciones cuasi reales. Soñarías dentro de un sueño en el que sueñas que sueñas que sueñas hasta llegar a la inutilidad de tu respiración y de tu existencia. Las naves aéreas saben del cielo y yo, sin oculares, puedo sentir sus vibraciones. -¿Y de qué sirve tener tanto tiempo? -Querrás decir: tan copo tiempo.
(Este es un texto que pertenece al que será un capítulo de mi próxima novela «Adeldran», segunda parte de «Luztragaluz»).
Desde lo más insano de mi corazón me desespero en la sinrazón. Tengo miedo de fallarme. Tengo terror a huir otra vez para excusarme.
Soy frágil, en el fondo soy frágil. Nada hábil, nada tierno ni agradable. Y no merezco nada que no tenga, como una vida donde adormezco, y aunque a veces me crezco, sufro parálisis de autoestima, sufro y lucho con mis inseguridades, tantas que ya no sé dónde están los aciertos.
Voy a llorar otra vez. Voy a suplicar otra vez. Voy a tener que vivir la pesadilla otra vez. Y me pregunto cuándo acabará el ciclo infinito, porque no sé salir de la espiral del desánimo.
Tanto desamor, tanta hipócrita maraña de sentimientos, tanta podredumbre de pensamientos. Necesito respirar, aun sabiendo que al hacerlo me enveneno. Necesito lidiar con mis neuronas y luego desconectar.
Conservó sus fuerzas y aminoró sus pasos y, con ello, el ritmo cardiaco. Observó el paisaje en el que estaba inmerso y decidió ralentizar su respiración, dándose cuenta que así aminoraba el sacrificio inútil de las micro criaturas que pululaban alrededor de su cabeza, a veces tantas, que no permitían tener una visión completa del terreno que pisaba. El ardiente sol del mediodía estaba castigando la superficie de su casco protector e imaginó que su cerebro se diluiría sino lo llevara puesto. El sudor reciclado empezó a tener un sabor insoportable y decidió dejar de beber. Creyó que la distancia que le separaba de su destino le permitiría aguantar la sed creciente. Abandonó su mochila de provisiones y con ella el peso extra que torturaba su cuerpo. Hacía tiempo que había dejado de ver el vehículo abandonado y deteriorado. Las botas de compensación impactaban en la grava iridiscente y agradeció no escuchar los impactos de las piedrecillas en su uniforme acorazado. Cuando estuvo a punto de detenerse para descansar, escuchó sonidos en su fonocaptor implantado. La lógica le susurró que aquello era imposible porque estaba solo y que debían de tratarse de interferencias provocadas por alguna anomalía magnética no predicha ni clasificada. El ritmo lento de sus latidos y anulación integral de sus pulmones permitieron crear un silencio continuo en sus registros. Sin las interferencias propias esperó a que se reprodujeran los sonidos externos, y continuó andando con zancadas mínimas, sudando, apartando la niebla de lo que creía que eran insectos, esperanzado en llegar pronto al punto de encuentro. Cuando el calor empezó a crear espejismos, un tono agudo laceró sus oídos y cayó de rodillas, agarrándose la cabeza con ambas manos, en un acto reflejo, como si creyera que así iban a desaparecer las vibraciones que rasgaban su entendimiento. Lágrimas hirvientes resbalaron por su rostro, haciendo imposible la visualización de su entorno, y cayó desmadejado, inerte, de cuerpo entero, sobre el suelo que se había convertido en arena de colores. Le habían enseñado que la muerte era oscura, lúgubre, pero le pareció que aquél era un bonito final, que se merecía ese terminar deslumbrante, después de haber recorrido millones de kilómetros, después de haber vivido en otras miles de insulsas vidas.