A rajatabla

No la destrocé. Porque, si lo hubiera hecho, podría haberse recompuesto en cualquier momento. Y yo no quería eso. Lo que hice fue aniquilarla. Porque así, sin ninguna posibilidad de regeneración, mi visión y mi misión se cumplían a rajatabla.

La libertad de expresión siempre ha estado sobrevalorada. Y nunca debí de haber permitido su existencia en los comienzos de mi gobierno.

Ahora todo fluye. El pueblo acepta lo que decimos. Y los tenemos mansos como corderos. Acatan nuestras órdenes sin vacilación, sin distracciones que retrasen la cadena de productividad. Los contentamos con entretenimientos intrascendentes y efímeros, que no hagan pensar demasiado. Porque lo único que importa es que se dejen manejar a nuestro antojo, para satisfacer nuestra soberbia, para llenar nuestros bolsillos y asegurarnos un futuro de bienestar que ellos, que no son de los nuestros, no se merecen. 
Ya no me consideran un dictador, sino un bienhechor, que cuida de sus hijos y que los cobija de las maldades de los nuevos tiempos.
Que no piensen.

Que no digan.

Que no pregunten.

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Hay vida fuera

Álvaro Pérez de Herrasti Urquijo

 

Hacía tiempo que no compartía en mi blog textos de otros escritores. Y no ha sido porque no conozca escritores o porque mi ego haga que solo publique “historias” o rimas escritas por mí.

Casi todos los autores literarios tienen un canal donde dejan que fluyan todas sus ideas, llámese libro, blog o alguna de las más contemporáneas redes sociales. En el medio que sea, transmiten su valía como creadores de sueños.

Pero alguna vez descubro un escritor que está buscando aún su momento o su medio para poder hacerlo, y ahí es donde entro yo para que el mundo lo descubra.

El talento merece, debe, ser compartido, y se le debe dar su justo valor en esta sociedad que va demasiado rápida como para perder su valioso tiempo en productos que no sean comercializables, vendibles y consumidos por las masas de habitantes del planeta que buscan vivir la vida intensamente, y que prefieren las dosis cortas y continuas de creatividad efímera que el sabor del talento cocido a fuego lento en la mente en ebullición de ciertos seres humanos.

Por ello, intentaré seguir en la busca continua de talentos escondidos, para que no se pierdan entre la turba de vulgaridad que asola el mundo del Arte.

Álvaro Pérez de Herrasti Urquijo es uno de esos talentos que merecen ser leídos por la mayor cantidad posible de personas. Mordaz, irónico y talentoso en expresar lo subliminal. Conocedor de la actualidad más hiriente y maestro en el arte de mezclarla con la memoria histórica más olvidable, para que el lector no caiga en la utopía de un mundo demasiado idealizado por algunos medios de comunicación, para que el lector no sucumba a la amnesia colectiva que idiotiza a sus prójimos, Álvaro se deja rozar por la genialidad en la intromisión de nuestra conciencia, y se deja bañar plenamente por ella cuando azota nuestra psiquis con su humor ácido y sanador.

Con ustedes, con vosotros, con todos, Álvaro. ¿Álvaro? ¿Estás por ahí?

 

HAY VIDA FUERA

Si te da por poner la televisión, verás el mundo lleno de tertulianos, políticos, empresarios y gánsteres, pero no a la gente que gobierna el mundo en las sombras. Verás a gente muy importante y a otra sin ninguna importancia, que repetirá mentiras una vez detrás de otra. Porque sabes por tu pareja, que es socióloga, que las cadenas de TV son multinacionales, las ve mucha gente, a todo lo largo del planeta, y lo que buscan no es informar, sino crear opinión. Cuando te acuerdas de un amigo que se puso a investigar todo eso, y se dio cuenta de que cada día hay una noticia que acapara la atención de casi todo el mundo. Yo, cuando me lo dijo, le pregunté:

-¿Es casualidad?

-No.- me contestó- Es que hay organizaciones que deciden lo que los medios tienen que contar. Las noticias no son información, son historias que cuentan los que mandan para lavar el cerebro de la gente.

Cuando oigo que hay programas en que se presentan candidatos a cantantes de éxito, sin reparar en las consecuencias, en que su vida cambiará para siempre, que se convertirán en muñecos maneados por hijoputas. Cuando ves a cocineros desconocidos, o de postín, haciendo el ganso, en vez de enseñar a cocinar, a supervivientes estilo Robinson que encuentran en una isla el único medio para adelgazar. Cuando me entero que todavía sigue en antena un programa en que varios jóvenes, de ambos sexos, se presentan para encerrarse en una casa, con la intención de que les filmen los pedos que se tiran, lo bien o mal que follan, los tacos que se dicen unos a otros, cómo se critican mutuamente, cómo se insultan, las tonterías que dicen, lo palurdos que son. Y veo que tiene mucho éxito. Cuando veo que todavía el futbol es el opio del pueblo, y que está dirigido por mafiosos. Y que algunos de los más forofos son los mismos que usan bates de beisbol para apalizar inmigrantes, mujeres, gente que piensa distinto a ellos.  Mientras no nos dicen nada de las colas del paro, de las que hay en las urgencias de los hospitales públicos, de las colas de gente que hay viviendo de la caridad, pidiendo comida en iglesias, ONG y en los comedores sociales. Cuando veo que hay cámaras que nos vigilan de continuo, en todas partes, quiero desparecer.

Cuando veo tantos presentadores estrella tontos, tantas presentadoras estrella tontas, y algunas guapas, para confirmar un tópico absurdo. Cuando veo presentadores y periodistas expulsados de sus medios por decir cosas incomodas e inconvenientes. Cuando veo que no hay ningún canal de televisión de izquierdas, progresista, alternativo, en el que la gente tenga voz, te da por pensar que por cada uno que se sale del corporativismo, florecen mil días de sol. Y que entonces las mariposas emprenden el vuelo a destiempo. Las aves pierden su radar interior con el cual localizan las estrellas. Los bosques se incendian por control remoto. Las jóvenes desaparecen y los niños se ahogan en pozos, y algunos ejecutivos del periodismo sin escrúpulos hacen negocio de ello. Entonces, te entran ganas de apagar el aparato. Esa máquina ya tan vieja, pero tan mefistofélica. Y de repente decides apagarlo, apagas la tele, y empieza a llover, como si fuera un efecto mariposa. Piensas si el agua será un espejo en donde la vida se refleja mejor que en las pantallas, y que tú estás hecho con un setenta y cinco por ciento de agua. Te acuerdas de Gene Kelly, o de aquel día de lluvia en el que paseabas con esa chica, y os resguardasteis en un portal, y allí te dieron el primer beso en la boca de tu vida.

Cuando compruebas que hay vida fuera de las ciudades, de los electrodomésticos, de la prisa, del odio, de los móviles, del ruido, del ordenador. Entonces te acuerdas de Christine Lagarde, la del FMI, que dijo que los viejos tenían la mala costumbre de no morirse. Buscas en internet. Te enteras de sus señas. Coges un avión con los últimos ahorros. Llevas una pistola nueve milímetros Parabellum. Te presentas en su casa, y llamas a la puerta. Te abre una mujer cuya figura ya conoces, con pinta de pastora evangélica y cara y cuerpo de lagartija. Te pregunta, “qué quiere usted” en francés, y le pegas un tiro entre las cejas. Piensas, “con esto pasaré a la posteridad”. Entonces suenan sirenas, llegan ambulancias y la policía. Esta te pregunta educadamente qué ha pasado, si eres un terrorista islámico. Te acosan diciéndote que por qué has destrozado la cara de una mujer tan importante. Y tú les contestas impávido:

-No la destrocé, lo que hice fue matarla.

 

Arco Iris

El susurro en el intercomunicador le causó alarma y, sobre todo, extrañeza. Había escuchado el mensaje y no había conseguido dilucidar en qué idioma había sido vocalizado, porque, pensó bien, eso es lo que había oído, una retahíla de vocales entonadas en altibajos continuos en una frecuencia perturbadora, cercana al ultrasonido. 
Continuó caminando con los rayos del sol azul incidiendo en la visera de su casco, pensando que su compañero de misión se había tomado unas copas de más y estaba desbarrando incongruencias. Era perdonable en aquella soledad tan profunda, en aquella luminosidad perenne tan irritante. 
Estaba a punto de cruzar el umbral de la carpa isotérmica y de manipular los anclajes manuales de las compuertas de las cúpulas de descompresión cuando volvió a sufrir las estridentes vocales imposibles en sus auriculares. Y se dijo que aquel idioma extraño no era propio de un borracho como el comandante.
Y de reojo, aún con los guantes resbalando por las manivelas de acceso, lo vio. Allí de pie, junto a él, con su cara iridiscente y sus extremidades fantasmales. Y cuando lo vio, inexplicablemente, conociendo su propio carácter asustadizo, no se inmutó, y fue al otro al que la cara le cambió de color, pasando del arco iris luminoso al gris más apagado, mientras que levantaba lo que parecía una mano, a modo de saludo, a la vez que susurraba al intercomunicador del humano, varias vocales, que éste entendió perfectamente.
-Bienvenido. Os esperábamos con ansia.

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Pa Pa Na Ta

Sacrílega. La tachaban de sacrílega. Y cuando lo hacían, los tachaba de incautos, de profundos papanatas con efímeras creencias. Pues clamaba, sin arrepentirse, que era ella, y no otro, el único dios.

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Peso es igual a masa por gravedad

Cada segundo de su caída era decisivo. Pasaban por su cabeza decisiones relampagueantes que no podrían cambiar el hecho de que sería un cadáver roto. Tan tardías que no podían cambiar nada en el trayecto, salvo que el arrepentimiento hiciera que el tiempo se detuviera y quedara suspendido en el aire retrasando el impacto, que se acercaba vertiginoso.

 

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Sin futuro

El último hombre, meditabundo, chapoteó sobre el barro mezclado con ceniza y miró al cielo, dejando que las gotas de lluvia se mezclaran con sus lágrimas.

El último hombre acababa de ser testigo de la muerte del penúltimo hombre, y se sintió desolado, porque supo la responsabilidad que recaía sobre sus espaldas, a partir del mismo momento en que escuchó la última exhalación de su compañero: Debía reconstruir todo un planeta, solo, en los futuros días de penumbra, en las próximas oscuras y frías noches, sin ayuda, teniendo que dejarse acompañar por sus pensamientos de desesperación.

Y mientras cubría, a paso ligero, la distancia que lo separaba del campamento base, maldijo el día en que aceptó ser parte de una misión suicida, sabiendo que nunca volvería a su hogar, que estaba a demasiada distancia, porque no le quedaban recursos de supervivencia, porque cuando el comandante murió entre sus brazos se había esfumado su última oportunidad de hacerlo.

Emitiría el último mensaje por luz y esta vez sería un S.O.S. O más que un grito de socorro sería una proclamación de que se rendía. Y con él se rendiría la especie humana. Y mientras hundía sus botas en el barro pensó que no se merecían ninguna oportunidad. Ni en este ni en otro mundo.

Los relámpagos rojos le obligaron a forzar, aún más, el paso. Hasta que cayó de bruces, y no se levantó. Nunca se levantó. Y nunca nadie sabría que él había sido el último hombre. Porque ya no había más hombres para saberlo.

Y a poca distancia, el rayo lumínico lanzó un mensaje vacío. De un mundo vacío. Inerte. Sin futuro.

 

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Rezos

Los santos la escudriñaban desde lo alto. Desde sus aposentos divinos. Y ella, indiferente, rezaba para encontrarse a sí misma. Segura de que así encontraría a Dios. 
Y los santos aplaudían su fe, aplaudían su búsqueda, aplaudían su entereza. Pero ella no los escuchaba. 
Porque estaba tan concentrada en su amor por Dios que ni siquiera escuchaba su propia respiración, ni sentía sus propios latidos, ni el fluir de sus pensamientos. 
Y allí estaba, rezando a un dios que quizás no existiera solo en su cabeza. Implorando el perdón por un pecado que aún no había cometido. Buscando en un rincón de aquella iglesia la divinidad. Porque aún no sabía que la divinidad estaba en ella.

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El respeto

En aquella ocasión mi víctima imploraba clemencia cuando mi resolución irreversible de cortarle la yugular se veía incrementada exponencialmente con cada lágrima que caía sobre las baldosas blancas de la cocina sobre las que estaba arrodillada. 
-Dígame: ¿Cuál es su último deseo? (…) ¿Perdone? ¡No la entiendo! ¡Deje de gimotear que me va a dar igual!
La juré y perjuré que el sufrimiento sería mínimo pues no me gustaba hacer prolongar un final que ya estaba predicho.
Al no recibir respuesta inteligible de ningún tipo, di por hecho que lo que quería era acabar cuanto antes, como yo.
-Yo trato bien a todo el mundo, incluso a los niños muy pequeños. ¿Tiene usted hijos?
Un silencio, que no me esperaba, me confundió.
Ella apartó su mirada enrojecida y se traicionó con un reojo hacia el pasillo que daba al salón. Y agudicé mi oído.
Sonreí.
-A todo el mundo lo trato de usted.
Bajé mis párpados y me concentré en la respiración entrecortada que llenaba la penumbra.
Y, de pronto, habló, calmada, segura, convincente.
-Como le hagas daño, te mato.
La miré fijamente y ella no pestañeó.
-Yo trato bien a todo el mundo.
Observé el filo del cuchillo que blandía en mi mano derecha y aflojé la tensión en la otra mano que agarrotaba su larga melena.
Coloqué el arma sobre la repisa de la cocina, junto al microondas, y tiré del cabello para que me siguiera, aún de rodillas, por el corredor.
– ¡Ya puede salir usted de su escondite! ¡Salga usted, que no le haré daño!

 

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