
Archivo de la categoría: Amor
Más que una mujer
Era, posiblemente, la mujer más bella que él jamás hubiera conocido. Era, seguramente, la mujer más inteligente con la que jamás nunca hubiera hablado. Y cuando decidió que debía abandonar los prejuicios de género, se dio cuenta de que era, con certeza absoluta, el ser vivo más feliz del Universo.

Este dolor
Me duele tragar.
Me duele tragar porque tengo un nudo en la garganta. Y tengo un nudo en la garganta porque te añoro hasta dolerme el corazón. Y ese dolor me sube por el pecho, oprimiéndome el esternón con un peso enorme.
Y la saliva se acumula en mi boca, porque la embalso para no tragar. Y cuando las sienes me palpitan, me rindo y dejo pasar la corriente por el esófago porque creo que prefiero ese dolor al del estallido de la cabeza, y no por terror al sufrimiento en sí sino porque la jaqueca me lobotomiza, me deja inerte, in albis, estúpido y vegetal. Y si estoy en ese estado no puedo pensar, y si no pienso, no me llegan los recuerdos sobre ti.
Prefiero concentrarme en la respiración, porque cuando se cumple el ciclo de diez inhalaciones, trago. Y me duele. Y me deleito en el dolor. Para volver a empezar.
Y las emociones pasadas vuelven: Las que viví contigo. Las que me dieron felicidad. Las que me causaron penas profundas. Porque ambas, desde sus extremos, me dieron vida. Esa vida que ahora no tengo. Y ambas me empapan los ojos. Y me hacen moquear. Lo que complica todo, pues boqueo hasta toser. Y al toser armo tal escándalo que todos me miran. Los que me rodean y más allá. Algo que me despreocupa. Porque me duele tragar.
Y aunque no quiera pensar en ti, para evitarme todo este engorro, caigo en la cuenta de que adoro pensar en ti, recrearme en los recuerdos, antes de que se me olviden, o de que ellos me olviden. Porque sé que nunca, que jamás volverás. Porque es imposible.
Y es entonces cuando la verdad invade mi raciocinio. Y sé que no es que me duela tragar.
Es que me duele vivir.

Vencido
Tengo los labios secos de no besar tus labios.
Tengo los latidos inquietos por no tenerte a mi lado.
Se me hace raro mirarte y no encontrarte.
Es extraño abrazarte y no sentirte.
Una pesadilla no alcanzarte.
Un suplicio no vivirte.
No serte.
No.
No.
Tantos no. Y para ti no tantos.
Tengo los ojos secos por haber llorado tanto. Nunca demasiado.
Y el terror más profundo, a que se seque también mi corazón,
por no haberte tenido dentro.
A que mi alma huya, a ser otra vez nada.
Otra vez, hasta que tú quieras.
Otra vez, y otra y otra.
Hasta que asuma mi derrota.

Aristas
Dejó caer la copa. Y con los trozos esparcidos en la mesa hizo un montoncito. Después apretó las palmas de las manos sobre las aristas cortantes. Se quedó observando cómo el color rojo manchaba la multitud de transparencias. Y en vez de quejarse por el dolor autoinfligido, sonrió, presionando más aún.
No había decidido cuándo dejaría de hacerlo. Se recreaba con su masoquismo. Se sentía mejor. Era un efecto físico sabido y buscado. Relajándose poco a poco.
Esperando que apareciera ella de un momento a otro. Imaginándose su alarma, su descontento y su ansiedad. Recreándose con la probable propuesta de una prórroga concedida. Mientras que durara la lástima había esperanza. Y para cuando ésta empezara a caducar tenía reservados un plan B, y uno C y todos los que se prolongaran con el abecedario.
Daba igual. Lo que importaba era no dejarla escapar. La amaba demasiado.

Monami
El talento. Con él se nace y se muere, muchas veces, sin que quede huella del mismo en el Cosmos. Otras veces, aparece tardíamente, pero siempre a tiempo para deslumbrarnos. Otras, se va fraguando poquito a poco en el horno mental de un ser especial, hasta que la supernova estalla. Y otras, más bien escasas, empieza a cegarnos con su luz a muy temprana edad.
No digo más. No escribo más. Solo os presento a Monami.
«
Mi corazón tan frágil como cristal, pero hay que tener cuidado cuando se rompe, porque corta. Esos pedazos escritos por la última persona que te destrozó. Cuesta tanto respirar, duele tanto recordar. Miedo por volver a llorar hasta quedarse dormido.
Un último suspiro, aunque nos rompamos. Mentiras llenas de cicatrices, dolor que solo ocultamos con una sonrisa. Dentro solo quedan restos de un pasado lleno de mentiras y odio, el cual se refleja en mi piel y ojos, que son ventanas hacia una mente perdida y cansada de intentar parecer que todo está perfecto. Marcas de guerra contra mis demonios internos, que no dejan de perturbarme.
Esto es muy confuso para mí. Necesito algo más que un juego absurdo, algo más que sentirme confundida y aturdida. Dar vueltas como un tiovivo hasta caer… caer a un fondo oscuro y totalmente negro. Cegada por tu propia confusión. Ya no sabes qué es verdad y qué mentira. Totalmente desarmada. Presa de rompecorazones. Rota como una muñeca de porcelana. Tirada al suelo sin saber qué hacer.
¿Llorar? Haz algo mejor que derrochar lágrimas. Sonríe y haz todo lo posible por estar de pie.
Las palabras destruyen más que una bala. Palabras, palabras… que recordamos siempre. Promesas, promesas… que jamás fueron cumplidas. Lágrimas, lágrimas… que abren mi vacío. Sonrisas, sonrisas… que decoran un odio infinito. ¿Por qué? ¿Por qué pasa esto?
No eres mala persona, simplemente te tienen envidia. Envidia a saber vivir sin quejas, sin mentiras, sin cobardías.
Ríete enfrente de mi cara, mientras yo lloro como una niña sola y vacía. Como una muñeca sin boca, sin poder decir nada. Ojos de cristal, frágiles cuando recuerdas por la noche y no paras de llorar. Necesidad de acabar en una caja abandonada. Cuando empieza a pasar el tiempo me lleno de polvo, de odio y de venganza. Necesito retroceder para quitar lo que ahora me mata. Necesito retroceder para cambiar mi futuro. Para cambiar esas lágrimas. Para cambiar esas ilusiones. Pero… ahora me he hecho más fuerte gracias a tus empujones que me hicieron romperme hasta desaparecer. Ahora sé cómo soy, y sé que no debo ser como tú.
Mi mente explota de tantas palabras, como un globo que llenas de mucho aire. Mi boca siempre la he tenido tapada con celo. Mis manos las he tenido atadas con cuerdas. Mis ojos cegados con una venda. Mi cuerpo tumbado sin fuerzas, sin poder levantarme. Mis sentimientos rotos. Me siento manipulada como un títere al que apuntan con una pistola, frente a su cara, sin poder verla. Pero no puedo seguir así.
No puedo seguir de esta forma. Totalmente encerrada en un cuarto a oscuras, en el cual solo puedo oír unas gotas encima de mi cabeza. Torturándome.
Puede que dentro de poco todo eso acabe. Luchar, luchar y luchar. No volver a rendirme y no dejar que me pisen.
Puede que tú hayas sido mi luz en mi oscuridad pero ahora eres mi oscuridad en mi luz. Solo puedo prender fuego y así iluminar toda mi valentía y poder. Yo no soy un títere. Yo soy un pájaro que vuela, libre y sin ser de nadie.
«

Sin Cyrano
¡Hermosa mía! Te tengo dicho, muchas veces, que el narizota no está conmigo y que entonces no me siento obligado a escribirte bellas palabras. Ni tampoco a decírtelas. Para qué. Si es al final mi peculio lo que te convence. Más que mi bella cara o mi prominente masculinidad. Tampoco tienes tú ni verbo ni labia. Ni herencia ni dote. Ni sapiencia ni lujuria. ¡Vayamos pues al tema! El frenesí instantáneo bien lo merece.

Confesiones desquiciadas
¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

¿Y si no hay nada?
¿Y si más allá no hay nada? ¿Y si mis esperanzas de volver a verte están basadas en un hecho jamás probado? ¿Y si tenía que haber aprovechado la última vez que te vi? ¿Para pedirte perdón? ¿Pero no solamente con palabras? Temo que tu recuerdo me abandone. Temo tanto al paso del tiempo, implacable, porque el tiempo no será nunca más mi aliado. No volverá jamás a eternizar nuestros instantes sublimes. No volverá jamás a ser testigo activo de nuestro amor.

Ruego me perdones
Antonio estaba de pésimo humor. De un humor cambiante y cambiador, pues imbuía su mal genio a los que osaban dirigirle la palabra. Pero aquella vez fue distinto. Cuando el hombre aparentemente hundido en la miseria, empujando el carro robado del supermercado, lleno de plásticos y papeles y cartones despedazados mil veces, arrastrando un abrigo gris y sucio en pleno agosto, y dejándose arrastrar por un perro viejo y parsimonioso que clamaba agua con su lengua colgante, le tendió una mano abierta, en gesto de súplica.
– ¿No tengo yo bastante con mis problemas, como para preocuparme de un piojoso como tú?
El mendigo cerró la mano implorante transformándola en un puño. Frenó la tirantez de la cuerda que le unía con el can y, con tranquilidad, levantó el brazo en alto.
– ¿Cree usted, mamarracho de la vida, que lo voy a golpear? ¿Cree usted que voy a robar alguna de sus pertenencias materiales que, sean cuales sean, no me son nada interesantes? ¿Cree usted, señor pomposo, que busco su ruina y la mía?
Un ladrido los despertó a ambos de la pausa interminable.
Siempre amargado, de la vida y de su vida, sonrió, como nunca antes lo había hecho.
-Convincente, realmente convincente. Toma tu euro. Te lo has ganado.
El mendigo bajó el puño, transformándolo en una araña tensa de cinco patas. Y la lanzó al cuello de Antonio.
– ¿Un euro? ¿En eso valoras tu vida? ¡Qué barato eres!
Más que presión en la garganta sentía calor, un calor abrasador que empezó a expandirse hacia el pecho, hacia el abdomen, hacia las extremidades colgantes, pues estaba en vilo y las piernas eran péndulos de hueso y carne.
Antonio se sentía abandonado, por la suerte y por la vida, que se le iba en cada intento asfixiante de gritar. Abotargada la cara, aún en el aire, tocó con ambas manos los hombros del desarrapado, y éste claudicó. Soltó a su presa y la dejó hablar:
– Ruego me perdones.
– Ruego me perdones tú. Me he dejado llevar por el entusiasmo.
Un nuevo ladrido descongeló la escena. Ambos se miraron intensamente y el mendigo se dejó tirar, de nuevo, por el perro, al que agradecía su ayuda, pues le esperaba un largo día de soledad y de cansancio.
Antonio pasó su mano derecha por el cuello, dolorido. Siguió con la vista el caminar pausado del mendigo, deseando perderlo de vista, pero éste, como si le hubiera leído el pensamiento, volteó el cuerpo y sentenció, con semblante serio y amargo.
– Aprende de la vida. O volveremos a encontrarnos.
Antonio, siempre de un humor cambiante y cambiador, decidió aprender, desde cero, como si hubiera nacido un segundo antes. Ese segundo antes en el que el mendigo le había guiñado un ojo. Ese segundo antes en el que le habían dado una segunda oportunidad.
