¿Aún no lo entiendes?

 

¿A qué estoy esperando? ¿Para liberarme? ¿Para librarme de ti? ¿Para saber lo que es otra vida? ¿Sin ataduras? ¿Sin apegos? ¿Sin preguntas?

 

indecisa(Fotografía de Jesús Fernández de Zayas © archimaldito) 
 
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Monami

El talento. Con él se nace y se muere, muchas veces, sin que quede huella del mismo en el Cosmos. Otras veces, aparece tardíamente, pero siempre a tiempo para deslumbrarnos. Otras, se va fraguando poquito a poco en el horno mental de un ser especial, hasta que la supernova estalla. Y otras, más bien escasas, empieza a cegarnos con su luz a muy temprana edad.

No digo más. No escribo más. Solo os presento a Monami, y ella tiene 13 años…

Mi corazón tan frágil como cristal, pero hay que tener cuidado cuando se rompe, porque corta. Esos pedazos escritos por la última persona que te destrozó. Cuesta tanto respirar, duele tanto recordar. Miedo por volver a llorar hasta quedarse dormido.

 

Un último suspiro, aunque nos rompamos. Mentiras llenas de cicatrices, dolor que solo ocultamos con una sonrisa. Dentro solo quedan restos de un pasado lleno de mentiras y odio, el cual se refleja en mi piel y ojos, que son ventanas hacia una mente perdida y cansada de intentar parecer que todo está perfecto. Marcas de guerra contra mis demonios internos, que no dejan de perturbarme.

 

Esto es muy confuso para mí. Necesito algo más que un juego absurdo, algo más que sentirme confundida y aturdida. Dar vueltas como un tiovivo hasta caer… caer a un fondo oscuro y totalmente negro. Cegada por tu propia confusión. Ya no sabes qué es verdad y qué mentira. Totalmente desarmada. Presa de rompecorazones. Rota como una muñeca de porcelana. Tirada al suelo sin saber qué hacer.

¿Llorar? Haz algo mejor que derrochar lágrimas. Sonríe y haz todo lo posible por estar de pie.

 

Las palabras destruyen más que una bala. Palabras, palabras… que recordamos siempre. Promesas, promesas… que jamás fueron cumplidas. Lágrimas, lágrimas… que abren mi vacío. Sonrisas, sonrisas… que decoran un odio infinito. ¿Por qué? ¿Por qué pasa esto?

No eres mala persona, simplemente te tienen envidia. Envidia a saber vivir sin quejas, sin mentiras, sin cobardías.

 

Ríete enfrente de mi cara, mientras yo lloro como una niña sola y vacía. Como una muñeca sin boca, sin poder decir nada. Ojos de cristal, frágiles cuando recuerdas por la noche y no paras de llorar. Necesidad de acabar en una caja abandonada. Cuando empieza a pasar el tiempo me lleno de polvo, de odio y de venganza. Necesito retroceder para quitar lo que ahora me mata. Necesito retroceder para cambiar mi futuro. Para cambiar esas lágrimas. Para cambiar esas ilusiones. Pero… ahora me he hecho más fuerte gracias a tus empujones que me hicieron romperme hasta desaparecer. Ahora sé cómo soy, y sé que no debo ser como tú.

 

Mi mente explota de tantas palabras, como un globo que llenas de mucho aire. Mi boca siempre la he tenido tapada con celo. Mis manos las he tenido atadas con cuerdas. Mis ojos cegados con una venda.  Mi cuerpo tumbado sin fuerzas, sin poder levantarme. Mis sentimientos rotos. Me siento manipulada como un títere al que apuntan con una pistola, frente a su cara, sin poder verla. Pero no puedo seguir así.

No puedo seguir de esta forma. Totalmente encerrada en un cuarto a oscuras, en el cual solo puedo oír unas gotas encima de mi cabeza. Torturándome.

Puede que dentro de poco todo eso acabe. Luchar, luchar y luchar. No volver a rendirme y no dejar que me pisen.

Puede que tú hayas sido mi luz en mi oscuridad pero ahora eres mi oscuridad en mi luz. Solo puedo prender fuego y así iluminar toda mi valentía y poder. Yo no soy un títere. Yo soy un pájaro que vuela, libre y sin ser de nadie.

 

monami

Dos destellos

Gertrudis pensaba que estaba sola en el mundo porque nadie iba a visitarla, porque nadie la llamaba por teléfono, porque cuando hablaba nadie parecía escucharla. Hasta aquel día en que Gertrudis se encontró con un tal Pablo, un hombre poco hablador, que, sin embargo, le contó la pequeña historia de su vida. Al hacerlo de manera tan desinteresada, sin que ella le pidiera saber sobre su vida, Gertrudis empezó a confiar tanto en Pablo como en ella misma y poco a poco se dio cuenta de que no estaba sola en el mundo y de que su opinión contaba para las personas porque, como le confesó un día Pablo: “Si no tienes a nadie que te escuche ni a quien escuchar, nunca desperdicies la oportunidad de conocerte a ti misma. Y queriéndote a ti misma verás que también cuentas mucho para los demás porque la felicidad se reflejará en tu cara y en tus actos”. 

Cuando Gertrudis lo comprendió, fue inmensamente feliz. Y Pablo, el señor poco hablador, fue su mejor amigo porque reflejaba esa luz que Gertrudis siempre quiso encontrar, y ella, empezó también a ser luz, una radiante y cálida luz.

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Divorcio

 

Pronto me iré de aquí. Y hasta que ese momento llegue, recordaré con añoranza los momentos que pasé contigo, inmerso en una placidez absoluta, cuando las horas de hastío aún no habían contaminado nuestra convivencia.

 

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Nubes negras

   No he dicho toda la verdad sobre la existencia del amor desinteresado en mi historia. Aparte de mi madre, hubo otra persona: Vladis.

   Él fue un chico que me ofreció otra forma de amor que se salía de los parámetros normales: una amistad sincera, pura, perpetua. Perenne era su sonrisa al escucharme, perenne era el brillo de sus ojos al hablarme de sus pensamientos más recónditos, perenne era su entrega hacia mí en desinteresado intercambio de valores y de principios.

   Vladis fue, en definitiva, un hombre que me apoyó en mis mejores momentos y que me sorprendió con sus ánimos en los peores. Él fue mi salvador mental cuando mi madre se fue de mi vera para siempre.

   Le conocí en el colegio, y al principio de nuestra superficial relación, de obligados compañeros encerrados en un mismo recinto, no me fie de su extraño proceder. Me parecía absurdo que aquel chico enclenque y aparente despistado crónico ofreciera su ayuda académica sin objetivo de conseguir nada a cambio. Cuando otros se veían en el callejón sin salida de exprimir sus cerebros en busca de la nada de sus conocimientos, él los llenaba del rico jugo de la sabiduría. Y cuando casi todos conocieron el truco de acudir a él como gratuito salvamento, le empezaron a tomar por tonto. Tonto perdido, sin remedio y sin réplica. A él no parecía importarle. Hasta que yo me indigné en su lugar. No me gustan los explotadores y menos aún los explotados.

   Le abrí los ojos, y cuando consiguió reaccionar ante los abusos volcó todo su saco de virtudes sobre mí, no sé si en señal de agradecimiento. Fue imposible hacerle entender que no me debía nada, y él me hizo entender que no todo en la vida se hacía por agradecimiento, por beneficio, por compromiso o por responsabilidad. Y en su infantilidad me enseñó más que cualquier adulto y me abrió los horizontes de mi propio yo, los que no se han vuelto a cerrar jamás.

   Paseábamos, tras ir a clase, durante interminables kilómetros, hablando y hablando, aunque en la mayoría de las veces era un monólogo por su parte, pues yo prefería llenarme de aquello que parecía salir de la expresión de un ser muy experimentado en el devenir del mundo. Era un sabio con cuerpo de niño.

   Me tradujo el lenguaje de la Naturaleza, sus necesidades y sus protestas hacia el ser humano, me puso un espejo ante mi alma y me confesé con mis limitaciones inmateriales, me desengañó de los motivos auténticos del actuar del prójimo, me mostró las huellas que dejaban los amores platónicos en mi estela, me señaló, sin reparos, el despertar de mis próximas pasiones, me condujo al Cosmos, al Infinito, y jamás, repito, jamás, me mintió.

   ¿Qué querrían decir los demás cuando me hablaban de sentimientos impuros de él hacia mí? ¡Qué necesidad de calumniar a alguien por su destacar entre la mediocridad! Los que no le conocían eran los que, con el paso de los años, vieron en nuestra relación la suciedad no existente.

   Tanta fue la presión que ejercieron sobre nosotros, que un día, no señalado en mi memoria, Vladis desapareció de mi vida, pues no quiso que los otros me marcaran con un hierro imaginario y trastornaran mi inocente felicidad.

   Y me preguntaba cuándo volvería a encontrar a alguien como Vladis, a alguien como mi madre, seres que brillaron con altruismo puro. ¿Por qué todo se había corrompido?

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Comprende

El érase una vez quedó para otros tiempos. Es el ahora, lo que está ocurriendo, lo que importa.

Y es así, que un niño llamado Paco, bueno como nadie, comprensivo como pocos, tenía un amiguito llamado Antoñito, que estaba solo en el mundo. Es huérfano y sus padres adoptivos, ricos en cosas, pobres en sentimientos, le dejaban de lado porque tenían que atender sus trabajos, su casa, sus obligaciones sociales.

Y Antoñito se iba al parque que tiene en el patio común de la comunidad donde vive. Y en aquel parque conoció a Paco, al que se le escapó la pelota cuando jugaba un partido de fútbol con los demás niños vecinos.

-¡Lánzame la pelota! – le gritó Paco a Antoñito en la distancia.

-¿Puedo jugar con vosotros? – Antoñito se la entregó en la mano.

-No sé. Se lo preguntaré a los otros.

Paco volvió a donde estaban los demás, reunidos en corrillo, y les preguntó si podía jugar con ello aquel niño tan amable.

Los demás niños dijeron que mejor sería que dejara a aquel chico en paz, y que sería mejor que siguiera ocupándose de sus asuntos.

-¿Por qué? – preguntó Paco a sus amiguitos.

No le supieron responder. Y desde aquel día, Paco intentó descubrir por qué los demás veían a Antoñito tan diferente.

Se encontraban casi a escondidas, después de clase, cuando Paco no tenía otros compromisos que atender, cuando la pena que sentía por su amigo Antoñito vencía las ganas que sentía por ponerse a ver la tele, o leer tebeos o, incluso, terminar los deberes pendientes para el día siguiente.

-Estoy contigo porque te aprecio, porque sé que eres un niño bueno, porque no tienes otros amigos, y porque me lo paso muy bien hablando contigo, jugando contigo, descubriendo cosas contigo.

Los días pasaron y, de pronto, Antoñito no volvió a ver más a Paco porque Paco no volvió al parque, y Antoñito pensó que mejor se quedaba en casa, encerrado en su habitación, intentando pasárselo bien solo. Pensó que algo raro pasaba en él para que los demás le trataran así, y decidió preguntárselo a sus padres adoptivos.

Esperó el día en que sus padres no estuvieran tan ocupados haciendo dinero, cuidando su casa y su coche, atendiendo a los amigos que les visitaban en casa.

-Mamá, ¿por qué no tengo amigos? ¿Por qué, en clase, me tratan como un bicho raro? Mamá, si me quieres, dímelo, por favor.

La madre, ante las lágrimas de Antoñito, olvidó de inmediato todo el mundo que le rodeaba y se centró en los ojos de su hijo adoptivo. Pensó que le había tenido demasiado tiempo abandonado. Que no todo en la vida era darle el desayuno, llevarle a clase, recogerle a la salida, darle de comer y dejarle irse al parque, para que cuando volviera se acostara con un simple buenas noches en un beso vacío. Que debía hablar con su esposo para que olvidara un poco su negocio y se centrara más en su hijo.

Y así, ahora Antoñito podía decirle a Paco qué ocurría, y lo llamó por el telefonillo para que bajara a jugar con él.

-Antoñito, no me importa nada lo que digan los demás de ti, que si eres raro, que si tienes una enfermedad contagiosa, que si te vas a morir dentro de poco. Me da pena, pero quiero saber la verdad de tu propia boca.

Antoñito abrazó a Paco y le dijo que era el mejor amigo del mundo, y que iba a contarle lo que su madre le había contado a él. Que sus verdaderos padres eran drogadictos, que su madre murió en el parto y su padre murió de una sobredosis de una droga muy mala, pero que él lleva en la sangre la misma enfermedad que ellos. Que él no va a morir por ella, que la tiene dentro, durmiendo, y que espera que nunca se despierte, pero que, mientras, los demás tienen muchísimo miedo de que se la pegue.

-Por eso no tengo amigos, excepto tú. Los demás no saben qué me pasa. Nadie se lo ha explicado bien, o por lo menos no tan bien como lo ha hecho mi madre. Por eso te lo cuento yo así, para que puedas decírselo a tus padres y no te prohíban estar conmigo.

Paco quiere a Antoñito como nunca ha querido a ningún amigo. Es el hermano que nunca ha tenido. Son felices jugando, saltando, riendo, y todos lo que quieren escuchar y comprender también pueden ser sus amigos.

Y es que con el colorín colorado, este cuento no se ha acabado: Aprende para que este cuento te muestre el camino de la verdad de la amistad.

 

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