Monami

El talento. Con él se nace y se muere, muchas veces, sin que quede huella del mismo en el Cosmos. Otras veces, aparece tardíamente, pero siempre a tiempo para deslumbrarnos. Otras, se va fraguando poquito a poco en el horno mental de un ser especial, hasta que la supernova estalla. Y otras, más bien escasas, empieza a cegarnos con su luz a muy temprana edad.

No digo más. No escribo más. Solo os presento a Monami.

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Mi corazón tan frágil como cristal, pero hay que tener cuidado cuando se rompe, porque corta. Esos pedazos escritos por la última persona que te destrozó. Cuesta tanto respirar, duele tanto recordar. Miedo por volver a llorar hasta quedarse dormido.

 

Un último suspiro, aunque nos rompamos. Mentiras llenas de cicatrices, dolor que solo ocultamos con una sonrisa. Dentro solo quedan restos de un pasado lleno de mentiras y odio, el cual se refleja en mi piel y ojos, que son ventanas hacia una mente perdida y cansada de intentar parecer que todo está perfecto. Marcas de guerra contra mis demonios internos, que no dejan de perturbarme.

 

Esto es muy confuso para mí. Necesito algo más que un juego absurdo, algo más que sentirme confundida y aturdida. Dar vueltas como un tiovivo hasta caer… caer a un fondo oscuro y totalmente negro. Cegada por tu propia confusión. Ya no sabes qué es verdad y qué mentira. Totalmente desarmada. Presa de rompecorazones. Rota como una muñeca de porcelana. Tirada al suelo sin saber qué hacer.

¿Llorar? Haz algo mejor que derrochar lágrimas. Sonríe y haz todo lo posible por estar de pie.

 

Las palabras destruyen más que una bala. Palabras, palabras… que recordamos siempre. Promesas, promesas… que jamás fueron cumplidas. Lágrimas, lágrimas… que abren mi vacío. Sonrisas, sonrisas… que decoran un odio infinito. ¿Por qué? ¿Por qué pasa esto?

No eres mala persona, simplemente te tienen envidia. Envidia a saber vivir sin quejas, sin mentiras, sin cobardías.

 

Ríete enfrente de mi cara, mientras yo lloro como una niña sola y vacía. Como una muñeca sin boca, sin poder decir nada. Ojos de cristal, frágiles cuando recuerdas por la noche y no paras de llorar. Necesidad de acabar en una caja abandonada. Cuando empieza a pasar el tiempo me lleno de polvo, de odio y de venganza. Necesito retroceder para quitar lo que ahora me mata. Necesito retroceder para cambiar mi futuro. Para cambiar esas lágrimas. Para cambiar esas ilusiones. Pero… ahora me he hecho más fuerte gracias a tus empujones que me hicieron romperme hasta desaparecer. Ahora sé cómo soy, y sé que no debo ser como tú.

 

Mi mente explota de tantas palabras, como un globo que llenas de mucho aire. Mi boca siempre la he tenido tapada con celo. Mis manos las he tenido atadas con cuerdas. Mis ojos cegados con una venda.  Mi cuerpo tumbado sin fuerzas, sin poder levantarme. Mis sentimientos rotos. Me siento manipulada como un títere al que apuntan con una pistola, frente a su cara, sin poder verla. Pero no puedo seguir así.

No puedo seguir de esta forma. Totalmente encerrada en un cuarto a oscuras, en el cual solo puedo oír unas gotas encima de mi cabeza. Torturándome.

Puede que dentro de poco todo eso acabe. Luchar, luchar y luchar. No volver a rendirme y no dejar que me pisen.

Puede que tú hayas sido mi luz en mi oscuridad pero ahora eres mi oscuridad en mi luz. Solo puedo prender fuego y así iluminar toda mi valentía y poder. Yo no soy un títere. Yo soy un pájaro que vuela, libre y sin ser de nadie.

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Sin Cyrano

¡Hermosa mía! Te tengo dicho, muchas veces, que el narizota no está conmigo y que entonces no me siento obligado a escribirte bellas palabras. Ni tampoco a decírtelas. Para qué. Si es al final mi peculio lo que te convence. Más que mi bella cara o mi prominente masculinidad. Tampoco tienes tú ni verbo ni labia. Ni herencia ni dote. Ni sapiencia ni lujuria. ¡Vayamos pues al tema! El frenesí instantáneo bien lo merece.

 

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Confesiones desquiciadas

¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las  dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

 

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¿Y si no hay nada?

¿Y si más allá no hay nada? ¿Y si mis esperanzas de volver a verte están basadas en un hecho jamás probado? ¿Y si tenía que haber aprovechado la última vez que te vi? ¿Para pedirte perdón? ¿Pero no solamente con palabras? Temo que tu recuerdo me abandone. Temo tanto al paso del tiempo, implacable, porque el tiempo no será nunca más mi aliado. No volverá jamás a eternizar nuestros instantes sublimes. No volverá jamás a ser testigo activo de nuestro amor.

 

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Ruego me perdones

Antonio estaba de pésimo humor. De un humor cambiante y cambiador, pues imbuía su mal genio a los que osaban dirigirle la palabra. Pero aquella vez fue distinto. Cuando el hombre aparentemente hundido en la miseria, empujando el carro robado del supermercado, lleno de plásticos y papeles y cartones despedazados mil veces, arrastrando un abrigo gris y sucio en pleno agosto, y dejándose arrastrar por un perro viejo y parsimonioso que clamaba agua con su lengua colgante, le tendió una mano abierta, en gesto de súplica. 

– ¿No tengo yo bastante con mis problemas, como para preocuparme de un piojoso como tú?

El mendigo cerró la mano implorante transformándola en un puño. Frenó la tirantez de la cuerda que le unía con el can y, con tranquilidad, levantó el brazo en alto.

– ¿Cree usted, mamarracho de la vida, que lo voy a golpear? ¿Cree usted que voy a robar alguna de sus pertenencias materiales que, sean cuales sean, no me son nada interesantes? ¿Cree usted, señor pomposo, que busco su ruina y la mía?

Un ladrido los despertó a ambos de la pausa interminable.
Siempre amargado, de la vida y de su vida, sonrió, como nunca antes lo había hecho. 

-Convincente, realmente convincente. Toma tu euro. Te lo has ganado.

El mendigo bajó el puño, transformándolo en una araña tensa de cinco patas. Y la lanzó al cuello de Antonio.

– ¿Un euro? ¿En eso valoras tu vida? ¡Qué barato eres!

Más que presión en la garganta sentía calor, un calor abrasador que empezó a expandirse hacia el pecho, hacia el abdomen, hacia las extremidades colgantes, pues estaba en vilo y las piernas eran péndulos de hueso y carne.

Antonio se sentía abandonado, por la suerte y por la vida, que se le iba en cada intento asfixiante de gritar. Abotargada la cara, aún en el aire, tocó con ambas manos los hombros del desarrapado, y éste claudicó. Soltó a su presa y la dejó hablar:

– Ruego me perdones.

– Ruego me perdones tú. Me he dejado llevar por el entusiasmo.

Un nuevo ladrido descongeló la escena. Ambos se miraron intensamente y el mendigo se dejó tirar, de nuevo, por el perro, al que agradecía su ayuda, pues le esperaba un largo día de soledad y de cansancio.

Antonio pasó su mano derecha por el cuello, dolorido. Siguió con la vista el caminar pausado del mendigo, deseando perderlo de vista, pero éste, como si le hubiera leído el pensamiento, volteó el cuerpo y sentenció, con semblante serio y amargo.

– Aprende de la vida. O volveremos a encontrarnos.

Antonio, siempre de un humor cambiante y cambiador, decidió aprender, desde cero, como si hubiera nacido un segundo antes. Ese segundo antes en el que el mendigo le había guiñado un ojo. Ese segundo antes en el que le habían dado una segunda oportunidad.

 

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¿Cuántas veces más?

Acabo de despertar. He dormido, otra vez, boca abajo y he vuelto a encharcar la sábana, a la altura de mi cara, en dos zonas. Uno de los rastros corresponde a mi saliva, que dejo escapar con la relajación de los músculos de la boca. El otro, por ahora, lo desconozco, aunque, si me esfuerzo, puedo recordar algún fragmento de lo que he estado soñando.

Unos zapatos brillantes de charol en unos pies de niño que avanzan, apresuradamente, por una calle gris y mojada y el sentimiento de preocupación porque se lleguen a manchar con barro. Y los dedos, también de niño, que acomodan los calcetines de punto blanco, para que no bajen a los tobillos. El ruido de los tacones sobre el suelo, allá abajo, porque el campo de visión es otro, hacia adelante, hacia un portón de madera pintada de marrón chocolate.

El rechinar de los goznes cuando se abre la puerta empujada por las manos infantiles, y la pituitaria que asume el gozo del pan recién hecho, con la masa esponjosa de su miga aún caliente.

Y desde la perspectiva visual de alguien demasiado bajito, la impresión de los traseros alineados, pertenecientes a cuerpos apoyados en el mostrador, que esperan su turno para ser atendidos.

Y, de pronto, el cambio radical de imagen.

La cara sonriente, muy cerca, tanto que se puede adivinar el sentimiento de franqueza, inherente a la confianza extrema en las palabras del señor que las emite, con su voz grave y melodiosa.

– ¡Susito! ¡Hijo! Ya creía que te habías perdido. Menos mal que llegaste a tiempo para ayudarme con el recado de tu abuela.

Ya sé. El agua se ha escapado de mis ojos. La añoranza ha provocado el estallido del dolor por la pérdida del ser amado.

Le he vuelto a echar de menos y el asalto de los recuerdos ha dejado testimonio en mis devaneos oníricos. Demasiado reales a veces.

¿Cuántas veces más mojaré la cama? Con mis lágrimas.

¿Padre?

¿Papá?

 

Con papa

Estoy impaciente

He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.

Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

 

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Palabreando

 

¡La felicidad!

No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.

 

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