0:00 0:00 es 0:00. Y yo soy 0. 0 y 0 suman 0. 0 o 0. 00:00:01 es el abismo. 00:00:01. Ya. Está. Bien. Ya está. Está bien. Bien. Bondad. Bueno. Bon dad. Dad. Lo único importante. Aunque sea 00:00:02, bien dad.
Mi vida compartida comenzó a estar partida. El Amor me abandonó, sentimental y físicamente, y el fondo ahondó y me hundió, y acabé roto, partido. Y partido, me partí en dos, que se hicieron, entonces, par. Y, entonces, partí, dejando a los dos en mi lugar. Pero nada de lo que hacían convencía. Y rehacían, y los demás maldecían. En la distancia, no entendía y me desentendía y a ninguna reclamación atendía. Los dos, poco a poco, aprenderían. Los dos eran las dos partes de mi personalidad, llevadas al máximo extremo, en antipatía y en empatía, con las que yo había lidiado desde mi nacimiento, sin mi consentimiento. Ahora, todo distinto, era yo un ser neutral, frío, insensible, pero apacible, fluible. Y mis dos partes, separadas de mí, actuaban a su libre albedrío, inconscientes de su origen e inconsistentes con sus hechos, que empezaban a estar maltrechos. Una, con su vehemencia, con su egoísmo, con su intolerancia más rancia, con su irascibilidad más sublime, que creaba enemigos con cada una de sus palabras, con cada una de sus insidiosas miradas, importándole poco o nada. La otra, con su paciencia y sapiencia, con su amabilidad nada caprichosa, con su ternura abrumadora, con su entrega desinteresada. Ambas necesitaban de mí y la confluencia en mí para sentirse completas. Pero yo no volvería a cometer el error. Prefería seguir solo, menos que solo, pues ser solo es ser uno y yo era cero, como quería seguir hasta el final de mi existencia. Y las víctimas de una de las partes, y los beneficiados de la otra, sufrían y disfrutaban, los embates del bien y del mal, en estado puro, en trato y maltrato duro. También ellos clamaban que volviera, y cada vez que lo hacían, yo me alejaba más, me perdía, me fundía con el entorno, con la mirada hacia la oscuridad en torno a la claridad, con mis nuevos sentidos escapando al horizonte, como si de uno de los agujeros negros del Cosmos se tratara.
Cuando deslizo la punta de mi lápiz o de mi bolígrafo, temo no ser leído, y que esto sola sea un gesto de rebeldía, de escape de mi corazón, en los estertores de las compulsiones de mis ansiedades o de mis angustias o de mis alegrías. Un acto de rebeldía, porque vivo y moriré siendo rebelde, un antitodo, un maldito olvidado, un desecho del karma global. Anulo mis perspectivas de pasar a la posteridad y me enfrento a la realidad de mi única fuerza: ser un ser humano bueno, porque mi bondad es mi signo de rebeldía, mi liberación, mi dicha y mi crítica al mundo envuelto en desesperanza.
Recuerdo a aquel niño que susurraba al bueno de Bruce Willis aquello de «a veces veo muertos». Pues bien, yo tengo aún dentro de mí a mi niño interior que me susurra continuamente «a veces veo tuertos». ¿O es que los que me rodean no se dan cuenta que tienen ante sí un problema y no lo ven en su auténtica y completa crueldad? Soy actor y tengo la osadía de decirte que, dentro de poco, todos los que son como yo no existirán. Mi carne y mis huesos, mis pensamientos, mis lágrimas y mis carcajadas ya no serán mías. Como tampoco serán suyas las palabras de los que escriben mis personajes y las encumbran hacia tu cerebro para que los escuches y los veas como reales. Ni nadie real registrará mis movimientos, mis gestos, mis liberaciones en un grito de exaltación o dolor eterno, ni habrá nadie que les dé sentido en la concatenación de experiencias de los que me acompañen en la aventura. No seré yo ni serán ellos porque los tuertos han decidido mirar con un solo ojo, sin saber que más adelante quedarán ciegos por la osadía de confiarlo todo a unas entelequias sin estómago, que no lloran ni ríen ni, menos aún, sienten pinchazos de desesperanza en el corazón, porque no lo tienen. Y estarán ciegos, aunque crean que ven, porque lo que contemplen no será parte de este maravilloso mundo real. Mis personajes no tendrán parte de mí ni serán parte de mí, porque lo más seguro es que no sea yo… a quien veas en la pantalla.
No sé cuántas veces, ni de qué formas, he de manifestarlo.
Todos creen que bromeo, incluso las autoridades, esas que, a veces, me tienen retenido innumerables horas hasta que se dan cuenta que no existen registros sobre mí, ni personales ni profesionales, y acaban aislándome en alguna celda hasta que se hartan de mi inacción y mi silencio y me vuelven a echar a la calle, para que las recorra día a día, sin destino ni finalidad.
No me importa. No siento frío, ni calor, ni hambre ni sed, ni cansancio.
Y en la próxima población, los vagabundos, los policías, los transeúntes, volverán a preguntarme.
Y volveré a responder: No soy humano.
Y se repetirá el ciclo.
Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, siglo tras siglo.
En la trastienda de mi desesperación acudo a los recuerdos de hechos fútiles, tan livianos como mi paciencia con los demás, con esos prójimos que están siempre muy lejanos. Y la paciencia infinita corroe la pequeña parte de egoísmo que queda en mí. Y asumo la desesperanza, el no fiarme de nadie ni de nada que provenga de humanos, porque la mente me lleva a revivir la inacción de tantos y tantos inútiles y mediocres. Y llego a dudar que aquellos recuerdos existan, que no sean más que memorias implantadas por los miembros del poder oculto que maneja y diluye todo. Tampoco me fío de mí mismo, pues son tantas veces las que he fallado que he traicionado a mi animalidad, ya que mi humanidad la he perdido. Los hombres me explican cosas, pero yo no las entiendo. Creo que, al fin, no soy nadie. Y duermo, claro que duermo. Aunque creo que, más bien, me hago el dormido.
Va a ser que no me haces caso cada vez que te digo que te quiero. Va a ser que te miro a los ojos cuando me hablas y rehúyes los míos. Va a ser que te toco una mano y la retiras. Va a ser que soy como soy y te burlas de mí o, peor aún, me desprecias. Pero tenme en cuenta cuando no haya nadie que te diga que te quiere, o nadie que te mire a los ojos, o cuando no sientas ninguna caricia en el final de tus días y nadie toque la magia de tus arrugas.