Invisibles


No se atrevía a levantar la vista del suelo, para no cruzar la mirada con nadie. Y se concentraba en los sonidos que llegaban desde todos lados. Las risas de niños exultantes por el viaje, mientras que los padres advertían que no soltaran sus manos. Las batallitas de los ancianos, que aprovechaban cualquier descuido de los jovenzuelos para soltar su perorata. Los avisos de megafonía, indescifrables a veces. La guitarra del artista ensayando antes de subirse al siguiente tren para conseguir algunas monedas. Y sus propios latidos, acelerados por la ansiedad que le causaba el próximo examen en la facultad.

Imagen de Klaus Fedorow en Pixabay

Próxima estación

Nos mirábamos en los reflejos de la ventana del vagón de metro. A veces de soslayo, otras directamente, sin reparo, sin vergüenza, sin recato. Sabiendo que nunca nos dirigiríamos la palabra. Que el amor entre nosotros era tan fugaz como las estaciones de metro que dejábamos atrás. Que no tendríamos más oportunidades de encontrarnos en aquella ciudad atestada.
Daba igual. Eran más importantes las palpitaciones que sentíamos al vernos sorprendidos mirándonos la piel, el nerviosismo del primer amor de colegiales adolescentes que fuimos y la ingravidez emocional de no conocer nuestros nombres, nuestros destinos, nuestras vidas.
Deseando que nunca llegara el fin de nuestro trayecto para así eternizar la vorágine de las mariposas en nuestro corazón, el asalto de la calentura en el imposible contacto de nuestros dedos.
Sin sonreír, para no perder el encanto. Sin pestañear, para no perder detalle de lo fugaz de nuestro encuentro.

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