Elefantes

Mienten los que dicen que no escuchan crecer la hierba.

Mienten los que dicen que no se puede respirar en el vacío del espacio.

Mienten los que dicen que la mancha de mora con otra verde no se quita.

No hagas caso de los que no ven elefantes rosas surcando el cielo.

Desconfía de los que no creen que una sola palabra construye un mundo.

Márcate un rumbo sin contenido y libera tu mente.

Salta los mares. Nada los montes.

Y si algo te cierra el corazón, no desfallezcas. Y fíjate bien cuando sientas que te estás ahogando. Quizás hagas pie.

Solo estira el espíritu, coge impulso y rebélate.

Volviendo a reír, volviendo a soñar, volviendo a volver.

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Arco Iris

El susurro en el intercomunicador le causó alarma y, sobre todo, extrañeza. Había escuchado el mensaje y no había conseguido dilucidar en qué idioma había sido vocalizado, porque, pensó bien, eso es lo que había oído, una retahíla de vocales entonadas en altibajos continuos en una frecuencia perturbadora, cercana al ultrasonido. 
Continuó caminando con los rayos del sol azul incidiendo en la visera de su casco, pensando que su compañero de misión se había tomado unas copas de más y estaba desbarrando incongruencias. Era perdonable en aquella soledad tan profunda, en aquella luminosidad perenne tan irritante. 
Estaba a punto de cruzar el umbral de la carpa isotérmica y de manipular los anclajes manuales de las compuertas de las cúpulas de descompresión cuando volvió a sufrir las estridentes vocales imposibles en sus auriculares. Y se dijo que aquel idioma extraño no era propio de un borracho como el comandante.
Y de reojo, aún con los guantes resbalando por las manivelas de acceso, lo vio. Allí de pie, junto a él, con su cara iridiscente y sus extremidades fantasmales. Y cuando lo vio, inexplicablemente, conociendo su propio carácter asustadizo, no se inmutó, y fue al otro al que la cara le cambió de color, pasando del arco iris luminoso al gris más apagado, mientras que levantaba lo que parecía una mano, a modo de saludo, a la vez que susurraba al intercomunicador del humano, varias vocales, que éste entendió perfectamente.
-Bienvenido. Os esperábamos con ansia.

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Pa Pa Na Ta

Sacrílega. La tachaban de sacrílega. Y cuando lo hacían, los tachaba de incautos, de profundos papanatas con efímeras creencias. Pues clamaba, sin arrepentirse, que era ella, y no otro, el único dios.

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Peso es igual a masa por gravedad

Cada segundo de su caída era decisivo. Pasaban por su cabeza decisiones relampagueantes que no podrían cambiar el hecho de que sería un cadáver roto. Tan tardías que no podían cambiar nada en el trayecto, salvo que el arrepentimiento hiciera que el tiempo se detuviera y quedara suspendido en el aire retrasando el impacto, que se acercaba vertiginoso.

 

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Sin futuro

El último hombre, meditabundo, chapoteó sobre el barro mezclado con ceniza y miró al cielo, dejando que las gotas de lluvia se mezclaran con sus lágrimas.

El último hombre acababa de ser testigo de la muerte del penúltimo hombre, y se sintió desolado, porque supo la responsabilidad que recaía sobre sus espaldas, a partir del mismo momento en que escuchó la última exhalación de su compañero: Debía reconstruir todo un planeta, solo, en los futuros días de penumbra, en las próximas oscuras y frías noches, sin ayuda, teniendo que dejarse acompañar por sus pensamientos de desesperación.

Y mientras cubría, a paso ligero, la distancia que lo separaba del campamento base, maldijo el día en que aceptó ser parte de una misión suicida, sabiendo que nunca volvería a su hogar, que estaba a demasiada distancia, porque no le quedaban recursos de supervivencia, porque cuando el comandante murió entre sus brazos se había esfumado su última oportunidad de hacerlo.

Emitiría el último mensaje por luz y esta vez sería un S.O.S. O más que un grito de socorro sería una proclamación de que se rendía. Y con él se rendiría la especie humana. Y mientras hundía sus botas en el barro pensó que no se merecían ninguna oportunidad. Ni en este ni en otro mundo.

Los relámpagos rojos le obligaron a forzar, aún más, el paso. Hasta que cayó de bruces, y no se levantó. Nunca se levantó. Y nunca nadie sabría que él había sido el último hombre. Porque ya no había más hombres para saberlo.

Y a poca distancia, el rayo lumínico lanzó un mensaje vacío. De un mundo vacío. Inerte. Sin futuro.

 

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Rezos

Los santos la escudriñaban desde lo alto. Desde sus aposentos divinos. Y ella, indiferente, rezaba para encontrarse a sí misma. Segura de que así encontraría a Dios. 
Y los santos aplaudían su fe, aplaudían su búsqueda, aplaudían su entereza. Pero ella no los escuchaba. 
Porque estaba tan concentrada en su amor por Dios que ni siquiera escuchaba su propia respiración, ni sentía sus propios latidos, ni el fluir de sus pensamientos. 
Y allí estaba, rezando a un dios que quizás no existiera solo en su cabeza. Implorando el perdón por un pecado que aún no había cometido. Buscando en un rincón de aquella iglesia la divinidad. Porque aún no sabía que la divinidad estaba en ella.

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El respeto

En aquella ocasión mi víctima imploraba clemencia cuando mi resolución irreversible de cortarle la yugular se veía incrementada exponencialmente con cada lágrima que caía sobre las baldosas blancas de la cocina sobre las que estaba arrodillada. 
-Dígame: ¿Cuál es su último deseo? (…) ¿Perdone? ¡No la entiendo! ¡Deje de gimotear que me va a dar igual!
La juré y perjuré que el sufrimiento sería mínimo pues no me gustaba hacer prolongar un final que ya estaba predicho.
Al no recibir respuesta inteligible de ningún tipo, di por hecho que lo que quería era acabar cuanto antes, como yo.
-Yo trato bien a todo el mundo, incluso a los niños muy pequeños. ¿Tiene usted hijos?
Un silencio, que no me esperaba, me confundió.
Ella apartó su mirada enrojecida y se traicionó con un reojo hacia el pasillo que daba al salón. Y agudicé mi oído.
Sonreí.
-A todo el mundo lo trato de usted.
Bajé mis párpados y me concentré en la respiración entrecortada que llenaba la penumbra.
Y, de pronto, habló, calmada, segura, convincente.
-Como le hagas daño, te mato.
La miré fijamente y ella no pestañeó.
-Yo trato bien a todo el mundo.
Observé el filo del cuchillo que blandía en mi mano derecha y aflojé la tensión en la otra mano que agarrotaba su larga melena.
Coloqué el arma sobre la repisa de la cocina, junto al microondas, y tiré del cabello para que me siguiera, aún de rodillas, por el corredor.
– ¡Ya puede salir usted de su escondite! ¡Salga usted, que no le haré daño!

 

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Felicidad

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