Voy a morir

Voy a morir.

Sé que quiero morir y que voy a morir.

No voy a quitarme la vida pero sé que voy a morir.

No es que necesite morir. Es que voy a dejar de existir.

De pronto, cuando yo decida, dejaré de ser alguien para ser, simplemente, nadie.
Y no habrá nadie para ser testigo de mi voluntad. 
Voy a morir. Es más, ya estoy muriendo mientras estoy escribiendo esto. No sé por qué lo estoy haciendo. Quizás para calmar mi conciencia. Pero es raro, porque estoy tranquilo. No tengo miedo. Ni atisbos de arrepentimiento. 
Moriré pues. Porque está dicho, porque está predicho que así ocurra. 
No siento nada parecido al rencor contra mí mismo. Ni contra los que me han imbuido esta idea, porque no es una idea, es un hecho.
Toca dejar de existir y lo acepto. 
Así se decidió hace casi cuatrocientos años. Vivir más llamaría, de nuevo, la atención. 
Quiero morir. Toca descansar y regenerar mi energía. 
Cuando vuelva a nacer tendré otro aspecto y estaré en otro sitio a miles de kilómetros de aquí. 
Los sondeadores recogerán mi cuerpo y se decidirá mi reciclaje íntegro. 
Así volveré a formar parte del destino de los humanoides con los que quisieron que conviviera. 
Ya siento las picovibraciones emocionales que llevarán a mi apagado interno. Y las ráfagas de lucidez darán paso a la nada estéril. 
Quiero morir y voy a morir. Aunque quizás exista una palabra más adecuada para mi apagado temporal. Aunque… qué es el tiempo sino un vaivén de mi existencia.

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Mis mañanas mías

Me he despertado, demasiado temprano. Sigo atontada y me niego a tener que llenarme de cafeína para volver a ser persona. Porque me aburre esa rutina. Porque quiero salir, por mí misma, del bucle infinito de la desidia.
Cogeré el cassette portátil y, mientras duren las pilas, daré play a la cinta con mezclas que me regaló mi último novio. Mientras me enfundo los vaqueros negros y la camisa floreada que se deja resbalar por los hombros. Sin mucha prisa, porque hoy no voy a perder el tiempo maquillándome.
Y con dos barritas de cereales tendré bastante para aplacar los ruidos de hambre del estómago.
Ni coche ni bicicleta. Hoy andando al trabajo. Así que me acoplaré las bambas deshilachadas y mugrientas pero extremadamente cómodas. Y que me quiten lo bailao.
No sé, pero hoy me encuentro llena de buenas vibraciones, como si algo bueno fuera a pasarme.
Desde que decidí no llorar más por el último descerebrado que me dejó, las cosas parecen ir a pedir de boca. La depresión atraía lo negativo, parece ser.
Me peinaré con las manos y saldré a la calle, para comerme el mundo.
Y prometo no hundirme, con el paso de las horas, cuando caiga en la cuenta de que hoy, tampoco, volveré a cruzarme con otro ser humano, ni con otro ser vivo.
Me quedaré sentada frente al escritorio, en mi oficina, observando la pantalla apagada de mi monitor. Intentando no llorar. Ni suplicar. Ni suicidarme.
Sin perder la esperanza de que mañana, otro interminable mañana, alguien me eche la bronca por ser un desastre, o de que mi exnovio aparezca para llevarse sus cosas, todas empaquetadas, a su nuevo apartamento.
Sin perder la esperanza de escuchar otra voz que no sea la mía.

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Casi todo

 Tanzer era un hombre solitario, de pocas palabras, de pocas acciones, que se dejaba arrastrar por la corriente de sus prójimos.

   Había decidido  quitarse de en medio.

   Fue a la cocina a por un cuchillo. Pensó que cortarse las venas, de forma bestial, sería lo mejor. Sentiría su propia brutalidad y, en los primeros momentos de su muerte, saborearía, por primera vez, momentos de vida, la que se le iría escapando.

   Cuando se disponía a darse un tajo en la muñeca izquierda, llamaron a la Casi todopuerta. Y la abrió. Y ella estaba allí.

   Cuan ridículo se sentía atendiendo a la desconocida con una hoja de acero de veinte centímetros en la mano.

  Yanil se mostró sorprendida por los ojos vidriosos de su interlocutor. Pensaba que se había equivocado de dirección. Y así era. Providencial fue su llegada, providencial fue su aparición ante la muerte.

   -¿En qué puedo ayudarle?- dijo Tanzer, con una lágrima surcando su pálida fisonomía.

   -¿Es usted el señor Ivan Ze?

   La invitó a pasar a su acogedora casa. Y cambió el cuchillo por un recogeterrones cuando puso el azúcar en sus cafés. Intercambiaron impresiones vitales como si se conocieran de siempre. Y olvidó lo que minutos antes había rondado por su martirizada mente.

   -Amor mío- le dijo ella a él-. Esto es un milagro. ¿Por qué he tardado tanto en encontrarte?

   -Amor mío- le dijo él a ella-. ¿Por qué he tardado tanto en buscarte?