Excéntrico

Paciente. Pletórico. Capaz. 
Con ganas de ir a por todas. Enfundándose el mono multicolor para no dejar de estar a la moda y para que las cámaras no lo perdieran de vista.
Asomándose a la escotilla y mirando hacia abajo y a todos lados, porque el vacío lo rodeaba. 
Sabía que el salto iba a salir perfecto, porque los simulacros así se lo habían anticipado.
Ya no había perturbaciones que pudieran echar al traste tantos años de entrenamiento. Ni cuánticas ni mentales.
Y en la Tierra, allá abajo, veía el punto de luz que debía alcanzar en tiempo récord. Solo faltaba que el trampolín lo situara a los cinco metros estipulados de la carcasa de la nave, que desde control terrestre detuvieran la caída en picado de ésta, y que él dispusiera ambos brazos a lo largo de su tronco, con el casco iridiscente apuntando en sentido contrario al Sol.
Y la inercia haría el resto. 
Y el calor infernal de la entrada en la atmósfera. 
Y su hermoso traje, y su egocéntrica banalidad, y sus tediosas riquezas, se fundirían en un abrazo irreversible entre su profunda cobardía y la muerte, alimentando la última de sus insaciables excentricidades.

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El dueño del sol

Al batir las alas se elevaba un poquito más, intentando tocar los rayos solares con el pico.

Siempre huyendo de los seres que lo empujaban, desde allá abajo, a batir más de prisa las alas para no ser alcanzado por aquel sonido ensordecedor que, cuando se acercaba demasiado, hacía caer a alguno de sus amigos.

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Dedicado a los seres que han logrado sobrevivir a la barbarie humana.

Dedicado a los humanos que luchan para que todos los seres vivan tranquilos y ajenos a la existencia de seres que quieren acabar con la armonía del planeta.

Dedicado al PACMA, a Anima Naturalis, y a las organizaciones y asociaciones que luchan por el derecho a la vida plena y digna de los seres que comparten el Planeta Tierra con nosotros.

Los trinos

Las notas de color estrenaban la primavera y, como cada año, de los últimos veinte, los trinos de los pájaros eran, cada vez, menos intensos. Llamaba la atención que la explosión de vida fuera acompañada, cada vez más, de una explosión de desánimo de los habitantes de las ciudades.
El temor al repentino apagado. El terror a la andanada de explosiones solares y las subsiguientes olas de radiación. Y el apagado. El apagado total de todos los equipos electrónicos del planeta. Y las posteriores generaciones de supervivientes que tendrían que volver a confiar en su instinto y no en la asistencia de las máquinas. Algo para lo que no sabían si estaban preparados.

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Mi hastío del estío

Cuando corres, sopla el viento.

Al correr, haces viento.

Y la gente insiste en decirme que el viento es único y que uno no puede crearlo.

Limítate a sufrir el calor y derrítete bajo el sol de justicia en el verano insoportable. Cada vez más insoportable.

Antes deseábamos que llegara para disfrutar de la vida, del descanso de las vacaciones escolares. Ahora, de mayores, deseamos que nunca llegue, y transmitimos ese miedo a nuestros hijos. La piel es la primera alarma y la muerte es la última llamada de atención.

Cualquier mínimo esfuerzo se convierte en un reguero de sudor caliente primero, que te baja por la nuca, haciéndote sentir escalofríos cuando toca la espalda ya helado.

Me transformo en un papanatas que busca la sombra más duradera y que provoca corrientes de aire casi tan mortales como el hervimiento del cerebro.

Las manchas solares se trasladan a través del espacio-tiempo y se acoplan en mi piel mostrando su reflejo cruel en estética y dolor.

Y si bebes demasiado líquido, lo pierdes en micciones, lo malgastas en cejas empantanadas que cuando rebosan te irritan los ojos, y el velo saldo te provoca la impotencia de la ceguera instantánea.

Casi mejor dejar pastosa la lengua, que para lo que hay que decir es preferible dosificar los buches de agua y observar los orines cada vez más oscuros, más densos, más preocupantes.

Y el alivio, cuando corres. Así es. Cuando provocas el viento, aunque el aire no sople.

 

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