Limpié mi casa de pecados.
Distribuí los valores por habitaciones.
Tiré al contenedor negro los defectos.
Me deshice de todos los espejos e insonoricé el cuarto de los insultos.

Limpié mi casa de pecados.
Distribuí los valores por habitaciones.
Tiré al contenedor negro los defectos.
Me deshice de todos los espejos e insonoricé el cuarto de los insultos.

Erase una vez un planeta maravilloso que guardaba para sí el orgullo de que uno de sus habitantes trabajara por su bienestar, que se ocupara de él como un hijo que se desvive por su madre ya demasiado madura. Y el hijo pródigo prodigó la traición total. Siempre había escondido detrás de aquel cariño ficticio un interés egoísta. Pretendió que la Naturaleza le enseñara todos sus secretos, que el colectivo que lo mantenía en forma le entregara toda la sabiduría existente en sus mentes, para después robarles la confianza, pues como no había más que hurtar, las víctimas eran una carga pesada e inservible, demasiado para que él pudiera remontar el vuelo y alcanzar las estrellas, su ansiado firmamento que le aguardaba con nuevos enigmas que descifrar, con nueva sabiduría que absorber.
Lo malo para el ingenuo criminal era que la memoria colectiva de aquel mundo no moriría nunca y recordaría su fechoría por los milenios de los milenios hasta que tuviera el momento y la oportunidad de pedir cuentas a cualquiera de las múltiples reencarnaciones del infame…

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A cada rima, un latido.
A cada latido, un poco más de vida.
Deduzco, entonces, que la Poesía hace ser.

Calla.
No hagas de esto una batalla.
No sigas metiendo cizaña.
Calma.
Pues está contigo mi alma.
Y si no hablas, escuchas.
Mis latidos, no tus quejidos.
Que sabré escuchar tus necesidades.
Y así olvidarás mis nimiedades.
Que sabrás sentirme en tus silencios.
Que los míos serán tuyos, a gritos.
Calla, no hagas que me sienta un canalla.
Calma, que está contigo mi alma.

Amo los libros. Amo leer. Amo escribir.

(Fotografía: Iván Fdez. Claudet)
Era inapreciable la marca del odio en mí. La que transformaba la vida del que osaba estar a mi lado. Cuando divagaba con su trascendencia, hundía el ánimo del más cauto, del que se creía seguro en su guarida de felicidad. Y entonces, atacaba. Y solucionaba todos mis problemas. Me aceptaba a mí mismo y me sentía bien por ello. Hasta que volvían a encerrarme. Hasta que, en mi obligada soledad, me volvía a sentir incomprendido.

Fui a buscar la luz y encontré la oscuridad. Y en la oscuridad alguien encendió una antorcha de esperanza. Y los que rodeaban al infame quisieron que no se provocaran sombras. Porque esas sombras los delataban. Y el que portaba la antorcha explicó que si encendían más antorchas las sombras desaparecerían. Dudaron entre silenciar al mutante o unirse a él.
Y un sol estalló.
Y encontré lo que había estado buscando. Y me fui, con mi antorcha, a otros lugares de penumbra. Yendo a buscar más luz.

Ya no me vale la pena hacer caso al rugido proveniente del cielo.
Por mucho que llore, que corra o intente protegerme, el fin es definitivo: El mío, el tuyo, el del planeta entero.
Me quedaré aquí, donde estoy ahora escribiendo estas palabras, y me echaré en la cama mirando a los ojos de mi amada, susurrando en su oído todo lo que nunca he podido decir hasta ahora, abrazándola con toda la ternura que puede contener mi limitado corazón, escuchando nuestra vida y nuestra música.
Esa música que ahora es la de todos: La Música del Fin del Mundo.

Diseñado por Layerace – Freepik.com
Miraba. Más bien ojeaba. Y la manecilla del minutero no se movía. Era extraño. Porque oía el tictac. Tan claramente como su respiración entrecortada.
Y la gota de sudor que invadía su lagrimal, el del ojo abierto, el derecho, lo martirizaba con su salinidad, pues del otro, hinchado, surgía otro tipo de gota, bien distinta, roja, viscosa y caliente, que lamía cuando pasaba por la comisura de los labios, cuando la gravedad la hacía deslizarse hacia su cuello.
Y del reloj de pared hacia la boca del energúmeno que tenía enfrente, casi golpeando su nariz con la propia, mientras exhortaba, a base de salivazos, a que hiciera algo, que no comprendía, porque ni siquiera lo escuchaba. Le oía desgañitarse pero no asimilaba lo que parecía una orden.
Y como un péndulo visual, otra vez a la manecilla, que no se movía.
Y el dolor de las muñecas era tan intenso que dejó de sentirlo hacía ya tiempo, haciéndole dudar si carecía o no de manos, que debían de estar allá arriba, pues notaba cómo presionaban sus brazos las orejas que hervían.
Y aunque no podía hacerlo, tampoco hubiera querido mirar hacia abajo, hacia el suelo, porque lo hubiera echado de menos, pues no existía, o por lo menos no lo sentían los dedos de sus pies, que lo tocaban de puntillas.
Y el tictac, que no cesaba, que hacía eterno aquel instante, en el que el minutero no se movía, congelando el tiempo en una infinita secuencia de repeticiones del mismo momento.
Sin tener conciencia de lo que ocurría o por qué ocurría.
Con el escozor en el ojo, y el sabor agridulce en la boca. Y el hedor del aliento del otro.
Y la explosión junto a su oído, tan cerca, con tanto calor en la sien.
Y el tirón del cuello, que lo quebraba.
Y la manecilla que, por fin, se movía.

(Dibujo a lápiz de Estela Tatiana Fernández Claudet, 12 años)
