Todo en silencio, padre,
tanto en el cielo como en la tierra.
Todo en silencio,
aunque éste no es tu cielo
ni ésa es mi tierra.

Todo en silencio, padre,
tanto en el cielo como en la tierra.
Todo en silencio,
aunque éste no es tu cielo
ni ésa es mi tierra.

Regresó a la cueva de la que procedía, donde se escuchaba su voz más alta, donde su espíritu inspirador eclipsaba el desánimo que le embargaba fuera de ella, donde la oscuridad no era más que luz en su memoria. Donde volvía a ser libre porque no era ya él. Donde su ego, ensalzado por los demás allá afuera, dejaba de tener sentido allí dentro, cuando no escuchaba su propio corazón porque allí , en el núcleo de la verdad, no lo necesitaba. Y durmió, para no volver a despertar, o para despertar para siempre.

¿A qué espero para el suicidio?
A tener una razón para vivir.

(Fotografía: Jesús Fernández de Zayas)
Voy dejando atrás los momentos amargos de mi vida, insuflándome positivismo, aceptando de buena gana lo bueno que me encuentro en el camino, aceptando con esperanza lo malo que me asalta de vez en cuando, porque creo que hasta de lo malo se aprende para superarse a uno mismo.
Y las personas, los lugares, las cosas, las circunstancias, que quisieron lastimarme, son expulsadas de mi espíritu y me abandonan dejando una estela que desaparecerá en la nada, una estela de agujas que ya no pinchan, que ya no hacen daño… porque soy otro.
(Autorretrato con alfileres)
Con el sonido lejano del violín desafinado mis manos dibujan ondas en el aire.
Con el sonido cercano de tu voz apasionada mis latidos componen una melodía enamorada.
Con el sonido de la brisa en la tarde luminosa mi mente dibuja paisajes de paraísos cercanos.
Con tantos sonidos que creo escuchar, los de mis lágrimas cayendo sobre mi regazo son los únicos que me recuerdan que estoy solo en este planeta.

Tus cinco dedos abiertos que van a marcar mi rostro con tu odio. Aunque lo enmascares con algo que dices que es amor.
Y cuando el paso del tiempo borre las huellas de tu insulto, éste quedará indeleble en mi corazón.
Cierro los ojos y aguanto la embestida de mis lágrimas, para que me veas fuerte, para que creas que no me importa.
Y luego volverás, como siempre, a pedirme perdón.
Y tendré que claudicar, autoconvenciéndome de que mi amor curará las heridas, insuflándome ánimos con la esperanza de que algún día cambiarás.
Consolándome, porque creo que nunca llegarás a matarme.


He querido admirarte
y no me has dejado.
He querido vivirte
y me dijiste que era pecado.
No me digas entonces que vuelva.
No me dirijas palabra,
ni cometas actos de los que pueda arrepentirme.
No me inmiscuyas en tus planes de futuro.
Sé todo para los demás,
y para mí no seas nada.
Serás más feliz.
Seré más feliz, pecando.

Tengo una vida.
Una vida de vidas.
Vidas debidas
a las vidas vivas
de otras vidas
que me mantienen con vida
en esta muerte eterna que vivo.

(Fotografía: © Luis Leo Photos)
Era cuadriculado, disciplinado, recto y pausado, y el punto vigía más alto de su alma le advertía que debía vivir la vida con osadía, con pasión, día a día, antes de que el infinito de su desesperanza se mezclara con el límite de su apatía.

(Fotografía: © LuisLeo Photos)