El actor sin acto

Teatro abierto. Mundo abierto. Telón levantado. Y las ocurrencias sin sentido de un individuo arrepentido del papel que ha aceptado, ante la mirada amenazante del director de escena, porque su vida vacía se lo merece. Y como no hay marcha atrás, al pasado continuamente cambiante, se aprende el libreto, para intentar convencerse que su vida tiene una finalidad en el Universo.
Pero el teatro sigue vacío, y quizás nadie acuda, porque las entradas, demasiado caras, no se las puede permitir nadie.
Y los diálogos que tiene que memorizar, tan insulsos que da pereza aprendérselos, no dan sentido al mundo abierto que, segundo a segundo, va clausurando  sus puertas de acceso. Y cuando el mundo se apague, no porque no haya luz que lo ilumine, sino porque las escenas repetitivas lo asesinan, él, como todos los otros, los miles de millones de otros, se fundirá en la nada, disgregándose en la mezquindad de los dioses, los directores de la obra desasosegante.
Y el telón bajará para volver a levantarse. Periódicamente. Sin prisa. Sin pausa. Sin remedio.

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Mis mañanas mías

Me he despertado, demasiado temprano. Sigo atontada y me niego a tener que llenarme de cafeína para volver a ser persona. Porque me aburre esa rutina. Porque quiero salir, por mí misma, del bucle infinito de la desidia.
Cogeré el cassette portátil y, mientras duren las pilas, daré play a la cinta con mezclas que me regaló mi último novio. Mientras me enfundo los vaqueros negros y la camisa floreada que se deja resbalar por los hombros. Sin mucha prisa, porque hoy no voy a perder el tiempo maquillándome.
Y con dos barritas de cereales tendré bastante para aplacar los ruidos de hambre del estómago.
Ni coche ni bicicleta. Hoy andando al trabajo. Así que me acoplaré las bambas deshilachadas y mugrientas pero extremadamente cómodas. Y que me quiten lo bailao.
No sé, pero hoy me encuentro llena de buenas vibraciones, como si algo bueno fuera a pasarme.
Desde que decidí no llorar más por el último descerebrado que me dejó, las cosas parecen ir a pedir de boca. La depresión atraía lo negativo, parece ser.
Me peinaré con las manos y saldré a la calle, para comerme el mundo.
Y prometo no hundirme, con el paso de las horas, cuando caiga en la cuenta de que hoy, tampoco, volveré a cruzarme con otro ser humano, ni con otro ser vivo.
Me quedaré sentada frente al escritorio, en mi oficina, observando la pantalla apagada de mi monitor. Intentando no llorar. Ni suplicar. Ni suicidarme.
Sin perder la esperanza de que mañana, otro interminable mañana, alguien me eche la bronca por ser un desastre, o de que mi exnovio aparezca para llevarse sus cosas, todas empaquetadas, a su nuevo apartamento.
Sin perder la esperanza de escuchar otra voz que no sea la mía.

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Los trinos

Las notas de color estrenaban la primavera y, como cada año, de los últimos veinte, los trinos de los pájaros eran, cada vez, menos intensos. Llamaba la atención que la explosión de vida fuera acompañada, cada vez más, de una explosión de desánimo de los habitantes de las ciudades.
El temor al repentino apagado. El terror a la andanada de explosiones solares y las subsiguientes olas de radiación. Y el apagado. El apagado total de todos los equipos electrónicos del planeta. Y las posteriores generaciones de supervivientes que tendrían que volver a confiar en su instinto y no en la asistencia de las máquinas. Algo para lo que no sabían si estaban preparados.

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Los supermurientes

 

Mataban para sobrevivir. Sin prisa. Con calma. Meticulosamente. Estudiando, por supuesto, cada detalle de la infamia. Esperando el segundo exacto para asaltar, sin piedad, a sus víctimas. Logrando que nada ni nadie se interpusiera en su camino a la barbarie. Haciendo que el exterminio fuera su obra maestra, su continua e incesante obra maestra. Y mientras actuaran en grupo la hecatombe tendría sentido. Porque el individuo sobraba, siempre sobraba, y era asimilado o aniquilado. O eras ejecutor o eras víctima, sin término medio. Y disfrutaban de la magia de la muerte. Su magia. Hasta que ese hechizo desaparecía con los primeros rayos de sol. Cuando la luz del día los catapultaba a la oscuridad de la inexistencia.

 

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(Supervivientes: Aquellos que mantienen o prolongan su vida.

Supermurientes: Aquellos que mantienen o prolongan su muerte.)

 

 

Confesiones desquiciadas

¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las  dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

 

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Ruego me perdones

Antonio estaba de pésimo humor. De un humor cambiante y cambiador, pues imbuía su mal genio a los que osaban dirigirle la palabra. Pero aquella vez fue distinto. Cuando el hombre aparentemente hundido en la miseria, empujando el carro robado del supermercado, lleno de plásticos y papeles y cartones despedazados mil veces, arrastrando un abrigo gris y sucio en pleno agosto, y dejándose arrastrar por un perro viejo y parsimonioso que clamaba agua con su lengua colgante, le tendió una mano abierta, en gesto de súplica. 

– ¿No tengo yo bastante con mis problemas, como para preocuparme de un piojoso como tú?

El mendigo cerró la mano implorante transformándola en un puño. Frenó la tirantez de la cuerda que le unía con el can y, con tranquilidad, levantó el brazo en alto.

– ¿Cree usted, mamarracho de la vida, que lo voy a golpear? ¿Cree usted que voy a robar alguna de sus pertenencias materiales que, sean cuales sean, no me son nada interesantes? ¿Cree usted, señor pomposo, que busco su ruina y la mía?

Un ladrido los despertó a ambos de la pausa interminable.
Siempre amargado, de la vida y de su vida, sonrió, como nunca antes lo había hecho. 

-Convincente, realmente convincente. Toma tu euro. Te lo has ganado.

El mendigo bajó el puño, transformándolo en una araña tensa de cinco patas. Y la lanzó al cuello de Antonio.

– ¿Un euro? ¿En eso valoras tu vida? ¡Qué barato eres!

Más que presión en la garganta sentía calor, un calor abrasador que empezó a expandirse hacia el pecho, hacia el abdomen, hacia las extremidades colgantes, pues estaba en vilo y las piernas eran péndulos de hueso y carne.

Antonio se sentía abandonado, por la suerte y por la vida, que se le iba en cada intento asfixiante de gritar. Abotargada la cara, aún en el aire, tocó con ambas manos los hombros del desarrapado, y éste claudicó. Soltó a su presa y la dejó hablar:

– Ruego me perdones.

– Ruego me perdones tú. Me he dejado llevar por el entusiasmo.

Un nuevo ladrido descongeló la escena. Ambos se miraron intensamente y el mendigo se dejó tirar, de nuevo, por el perro, al que agradecía su ayuda, pues le esperaba un largo día de soledad y de cansancio.

Antonio pasó su mano derecha por el cuello, dolorido. Siguió con la vista el caminar pausado del mendigo, deseando perderlo de vista, pero éste, como si le hubiera leído el pensamiento, volteó el cuerpo y sentenció, con semblante serio y amargo.

– Aprende de la vida. O volveremos a encontrarnos.

Antonio, siempre de un humor cambiante y cambiador, decidió aprender, desde cero, como si hubiera nacido un segundo antes. Ese segundo antes en el que el mendigo le había guiñado un ojo. Ese segundo antes en el que le habían dado una segunda oportunidad.

 

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¿Cuántas veces más?

Acabo de despertar. He dormido, otra vez, boca abajo y he vuelto a encharcar la sábana, a la altura de mi cara, en dos zonas. Uno de los rastros corresponde a mi saliva, que dejo escapar con la relajación de los músculos de la boca. El otro, por ahora, lo desconozco, aunque, si me esfuerzo, puedo recordar algún fragmento de lo que he estado soñando.

Unos zapatos brillantes de charol en unos pies de niño que avanzan, apresuradamente, por una calle gris y mojada y el sentimiento de preocupación porque se lleguen a manchar con barro. Y los dedos, también de niño, que acomodan los calcetines de punto blanco, para que no bajen a los tobillos. El ruido de los tacones sobre el suelo, allá abajo, porque el campo de visión es otro, hacia adelante, hacia un portón de madera pintada de marrón chocolate.

El rechinar de los goznes cuando se abre la puerta empujada por las manos infantiles, y la pituitaria que asume el gozo del pan recién hecho, con la masa esponjosa de su miga aún caliente.

Y desde la perspectiva visual de alguien demasiado bajito, la impresión de los traseros alineados, pertenecientes a cuerpos apoyados en el mostrador, que esperan su turno para ser atendidos.

Y, de pronto, el cambio radical de imagen.

La cara sonriente, muy cerca, tanto que se puede adivinar el sentimiento de franqueza, inherente a la confianza extrema en las palabras del señor que las emite, con su voz grave y melodiosa.

– ¡Susito! ¡Hijo! Ya creía que te habías perdido. Menos mal que llegaste a tiempo para ayudarme con el recado de tu abuela.

Ya sé. El agua se ha escapado de mis ojos. La añoranza ha provocado el estallido del dolor por la pérdida del ser amado.

Le he vuelto a echar de menos y el asalto de los recuerdos ha dejado testimonio en mis devaneos oníricos. Demasiado reales a veces.

¿Cuántas veces más mojaré la cama? Con mis lágrimas.

¿Padre?

¿Papá?

 

Con papa

Tan de vez en cuando, cuando las veces eran tantas

Y el amasijo de carne putrefacta hiriendo la sensibilidad de los que se asomaban por las ventanas de sus casas. Sin nadie que hiciera nada. Dejando, simplemente, que sucediera, como tantas veces, cuando las veces eran tantas.

Acostumbrados al olor, que se extendía por kilómetros, encontrándose con otros olores que venían desde kilómetros. Y dejando que se mataran, porque nadie castigaba.

Ya nadie lloraba. Lo podían ver allí o en las pantallas. No había casi diferencia, solo en el olor. Habían perdido sus almas. Y la Madre ya no se quejaba. Ya había perdido a todos sus hijos, y la Tierra era la Madre, cuando había sido padre y madre a la vez.

Comer, beber, dormir, matar. No había nada más. Ni siquiera supervivencia, ni siquiera defensa propia. La vida no engendraba valor para dar valor a la vida.

Y un día, como en un juego de palabras, como en un juego de estrategia, como en un juego sin niños, porque la inocencia no era más que una palabra vacía, llegaron ellos. Decían que desde las montañas. Lo decían incluso donde no había montañas. Y ellos empezaron a retirar las cenizas, el polvo que nadie tapaba ni enterraba. Y limpiaron de carne las calles, las sendas, los valles, los bosques, los océanos, los ríos, las grutas, las selvas.

Y después de la limpieza, que llevó siglos de constancia, de paciencia y de mesurada reeducación, se dirigieron, los que quedaron, al hogar del último recién nacido sobre la faz de la Madre. Sin importarles la especie ni la raza del neonato. Y cuando le dieron su bendición tras estudiar su espíritu limpio y libre, se reunieron en consejo, los pocos que eran, para mirarse a los ojos.

Y el más joven, que era extremadamente anciano, dijo, sin palabras, al más anciano, que era extremadamente joven.

¿Y si les decimos que no existe Dios y que son ellos los que deciden sus destinos?

 

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Mi hastío del estío

Cuando corres, sopla el viento.

Al correr, haces viento.

Y la gente insiste en decirme que el viento es único y que uno no puede crearlo.

Limítate a sufrir el calor y derrítete bajo el sol de justicia en el verano insoportable. Cada vez más insoportable.

Antes deseábamos que llegara para disfrutar de la vida, del descanso de las vacaciones escolares. Ahora, de mayores, deseamos que nunca llegue, y transmitimos ese miedo a nuestros hijos. La piel es la primera alarma y la muerte es la última llamada de atención.

Cualquier mínimo esfuerzo se convierte en un reguero de sudor caliente primero, que te baja por la nuca, haciéndote sentir escalofríos cuando toca la espalda ya helado.

Me transformo en un papanatas que busca la sombra más duradera y que provoca corrientes de aire casi tan mortales como el hervimiento del cerebro.

Las manchas solares se trasladan a través del espacio-tiempo y se acoplan en mi piel mostrando su reflejo cruel en estética y dolor.

Y si bebes demasiado líquido, lo pierdes en micciones, lo malgastas en cejas empantanadas que cuando rebosan te irritan los ojos, y el velo saldo te provoca la impotencia de la ceguera instantánea.

Casi mejor dejar pastosa la lengua, que para lo que hay que decir es preferible dosificar los buches de agua y observar los orines cada vez más oscuros, más densos, más preocupantes.

Y el alivio, cuando corres. Así es. Cuando provocas el viento, aunque el aire no sople.

 

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